
...Volver a sentir ese algo que se mueve a la velocidad de las teclas, que intente sacudir por espasmos prolongados el pensamiento.

A veces me pregunto qué habría sucedido si mi familia hubiera decidido que nos quedaríamos a vivir en Fusagasugá, en Silvania, en Quimbaya, en Chinchiná, en Buenaventura o en Arauca... Pero mi papá siguió su trasegar, pero luego llegamos a Cali y después yo llegué a Bogotá... Pasé más de un año en Armenia (una ciudad intermedia) y el tedio fue un síntoma constante, pero había Internet, algunos libros y revistas, un cuarto propio, una casa cálida y algunos viajes (pocos y a veces tristes, pero posibilidades al fin) a la “gran ciudad”... En Las Heras no hay ni siquiera esto; no hay nada. La palabra futuro es un lugar sin conjugaciones verbales posibles. Al sur, siempre más allá de Caminito, del obelisco, Cuando era niña, la gente a mi alrededor nombraba
A él lo encontré en mi adolescencia, detrás de un cuerpo, una nariz y una voz descomunal, que despertaron -y despiertan- mis más prístinas sensaciones... Gérard Depardieu ama especialmente estas palabras, según cuenta alguien muy cercano a sus vivencias:“Todos los hombres son mentirosos, inconstantes, falsos, bastardos, hipócritas, orgullosos y cobardes, despreciables y sensuales: todas las mujeres son pérfidas, artificiosas, vanidosas, curiosas y depravadas: el mundo entero no es más que una cloaca sin fondo donde rampan las focas más informes y se revuelcan en montañas de fango; pero hay en el mundo una cosa santa y sublime, es la unión de dos de estos seres tan imperfectos y tan repugnantes. No pocas veces a uno lo engañan, lo hieren y lo hacen desdichado en el amor, pero se ama, y cuando se llega al borde de la tumba, uno se vuelve a mirar atrás y se dice: He sufrido no pocas veces, me he engañado algunas otras, pero he amado. Yo soy quien ha vencido y no un ser inventado por mi orgullo y mi aburrimiento”.
(Musset, On badine pas avec l’amour).
De padres franceses, Marguerite Duras (1914-1996) nace en Saigón (hoy Ho Chi Minh), Cochinchina (Indochina francesa: Vietnam del Sur-Camboya), y se traslada a París a los dieciséis años. Duras se siente separada de esa sociedad blanca a la que se refiere como “ratería colonialista”: “Éramos más vietnamitas que franceses”. De su llegada a París recuerda: “Cuando llegué a Francia había que abrazarse, preguntarse cómo andaban, todo ese circo; a mí no me salía”. Duras se siente extraña en un lugar donde habita el tipo de personas que llevó a su familia a la quiebra, que engañó a su madre con la compra de unos terrenos que el mar se iba tragando poco a poco. 
La primera obra que vi del Teatro Matacandelas fue “Angelitos empantanados” (Historias para jovencitos). Todavía recuerdo esa tarde caleña, hace ya doce años: tengo una blusa blanca, una minifalda a cuadros, escocesa, tal como se usaba en esos años, y las uñas pintadas de negro... Estoy sola y veo a un compañero de clase que se acerca a saludarme con desdén, que me sonríe con ironía, que me demuestra la poca confianza que tiene en mí (y la liberación que eso significa); luego se va al primer piso del teatro Jorge Isaacs, ese edificio blanco que inició mi fascinación por el teatro, mientras yo voy al “gallinero” (o tal vez fue al contrario...); inclino mi cabeza para ver mejor y nada más existe en ese momento: las voces, la música, los colores, las sensaciones y otra fascinación nueva: Andrés Caicedo... Luego vendría Fernando Pessoa y “O marinheiro”, el afiche que aún guardo, después de una función que destrozó nuestros nervios, nuestros ojos y nuestros oídos, que estalló en llanto (interno y externo), que hizo desaparecer la noción de escenario e instaló en su lugar ningún lugar, “otraparte”. Aún hoy es imposible olvidar las voces y las luces, la atmósfera de extrañamiento que me invadió, los sonidos y las sombras que aún resuenan, retumban en mi memoria... Más tarde vino Silvia Plath, su “querer ser horizontal”, su cabeza metida dentro del horno, sus ganas de desaparecer de este mundo...; una chica “agradable”, una rubia simpática que dejó todos los platos rotos, sin lavar...
Doce años después de ansiar por primera vez ese escenario, esas luces, esa música, esa atmósfera, esa experiencia absoluta, llega Fernando González. De Fernando escuché hablar en
Antioquia y el amor doloroso de los antioqueños, el amor que permite ser lúcido frente a las dinámicas de lo propio. “Velada metafísica” es un puño en la cara de los que hacen fáciles encomios del terruño, de los que reducen el “empuje” al aprovechamiento económico, y de los que angostan la búsqueda de sí mismos en sermones alejados de la vida, de lo cotidiano, en sermones que resultan ser sólo mandatos, órdenes sin sentido, temerosas de mirar de otra forma eso que vemos todos los días. Ahora es más cercano Fernando Vallejo, ahora sus improperios, sus diatribas, sus vejámenes, sus odios, tienen una historia más, un hilo más... Fernando González y Fernando Vallejo: hombres que viven plenamente en una contradicción, en una paradoja, tan humana, tan vital como la metafísica o la misma literatura.

En Sicko, Moore nos vuelve a cuestionar sobre otras enfermedades contemporáneas. Esta vez, el cuerpo humano se exhibe en toda su fragilidad y quienes se autodenominaron como sus ángeles guardianes, se han convertido en empresarios... ¿Cuándo sucedió esto? Se pregunta Moore, y su respuesta sobreviene mientras cruza el mar que lo llevará a Cuba: porque estamos en una sociedad que evade el “nosotros” y se concentra en la defensa del “yo”...
Un hombre debe escoger entre cuál de sus dedos salvar, porque no puede pagar la cirugía de los dos; una mujer llora porque su empresa de salud le negó a su esposo una operación que pudo haber salvado su vida; otra llora porque en Estados Unidos los medicamentos que la mantienen con vida son casi inaccesibles, y descubre que en
Cosas que no sabía, cosas que no nos cuentan: los fraudulentos negocios de Nixon con una empresa privada de salud para implantar en Estados Unidos este sistema; las jugosas tajadas que recibieron Bush y sus congresistas, gracias a la aprobación de una ley que daba infinitas ventajas a las empresas productoras de medicamentos; la “satanización” de la campaña que comenzó a hacer la esposa de Clinton para implementar un sistema de salud “universal” (para Estados Unidos)... La misma “satanización” a la que han sido sometidos muchos proyectos solidarios (que terminan siendo barquitos solitarios), por causa de los reduccionistas, de los extremistas, de los empresarios de la dignidad humana...
Esta película sería perfecta para presentar en todos los televisores de las EPS e IPS colombianas: mientras una mujer o un hombre firman una orden de rechazo para salvar la vida, la dignidad de alguien, mientras le “ahorran” dinero a su empresa, mientras ellos ascienden en el trepadero económico, los pacientes pacientes, los que esperan horas y horas a que alguien los escuche y los atienda honestamente, más allá de las pastillas para el dolor de cabeza o del estómago, llenan los formatos de sugerencias y reclamos, usan aquellos mecanismos que no sabemos usar por temor y por desesperanza; otros empezarán a soñar con irse a Gran Bretaña, Francia o Cuba, mientras la enfermedad sigue en nuestros cuerpos, expresándose en cada ilusión diaria...
La elocuencia de la voluntad produce incriminaciones. Eso dice la contratapa de Los culpables, el último libro de cuentos de Villoro, un libro esperado desde La casa pierde (1998), un libro encontrado por cinco mil pesos en una edición de Alfaguara, cuando esta editorial –y también otras– solía hacer ofertas reales en Esclavos de las palabras, los personajes de estos cuentos expresan más de lo que quisieran y también no todo lo que quisieran; en la literatura habla el cuerpo y sus contradicciones, el cuerpo y sus deseos, sus expectativas insatisfechas. Los culpables –todos– aguardan la palabra que alcance el perdón y también la palabra que acerque los silencios, los temores inconfesables y tantas veces inefables...
Recomiendo especialmente dos de ellos: “Mariachi” y “Amigos mexicanos”, mis favoritos, desde ahora y tal vez después... ¿Qué hacer cuando alguien mira de frente nuestros fantasmas, nuestras filias y fobias más íntimas, y decide vincularlas a la realidad?, ¿pintarse el pelo de blanco, comer tomates como promesa de un placer venidero, llevar el absurdo de la cultura show postmoderna hasta el punto de convertir el simulacro en encantadora intimidad detrás de cámaras?, ¿qué hacer si Latinoamérica sigue siendo un parque temático?, ¿plagiar hasta encontrarnos a nosotros mismos, dejar pelotas de tenis en el asiento trasero como una huella a destiempo, dejar de contestar las llamadas telefónicas, seguir mirando cómo las ballenas se pierden en alta mar?
Si el escritor no perdona a sus personajes caerá en el ya anacrónico realismo socialista o en las obras literarias que dividen –y reducen obscenamente– al mundo entre demonios y ángeles, urbe apocalíptica y campo neoarcádico, realidad y espacios íntimos... La voz que crea desde la ironía está de pie sobre su ojo insomne; la palabra alcanza el perdón en la voz de una mujer de pelo blanco que se fue lejos sólo para volver definitivamente, en la voz de un hombre borracho que escribe guiones para que alguien se reescriba a sí mismo...
En aviones, en sets de grabación, sobre un camión mirando caer las estrellas, en el desierto con reptil incluido, sobre un andamio, en una cancha de fútbol, en un contestador automático, resuena una cicatriz, una pavesa del pasado... Los culpables pueden seguir de largo o decir mentiras, o decir no a la voluntad y dejar que el cuerpo se mueva por la casa sin contestar las llamadas telefónicas o sólo comiendo tomates...
Una tarde que recuerdo muy bien, llegó a mi casa una revista que incluía un artículo escrito por esta mujer. Ese día la ciudad cambió, mi familia cambió y mi corazón se sintió mejor... Pasé cuatro años imaginando el rostro de esta hermosa mujer y mis piernas no quisieron responderme cuando intenté acercarme para verlo mejor, para agradecerle por esas palabras que me acompañan desde hace cuatro años y que repito como un mantra cuando el peso de la realidad parece volverse frágil... Me gusta pensar en ella y en su presencia en un bus destartalado trasegando por
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Foto de Gonzzo.
Llegamos a la terminal del norte; lo primero que vemos son las luces aún encendidas –o ya encendidas– en las laderas de las montañas: las comunas –nos decimos–, pero todo Medellín está conformado por ellas, como Bogotá por localidades, pero eso lo sabremos después...
En el 97, Medellín fue sólo un barrio: Buenos Aires, una casa pequeña y confortable en lo alto –en uno de los altos– de la ciudad, una palabra escuchada por primera vez: mezanine, un frutero con frutas secas, vacías por dentro, el metro y ver a mi mamá colgada de un bolso todo el tiempo. En el 2004, Medellín fueron las luces a lo largo de
Llegamos a la estación Caribe y el río Medellín no es el Medellín, sino el Turbio, Sabaneta es la de la película, Envigado y el Poblado son los de Pablo –y este nombre lo escribo por primera vez en mi vida...–; “escoba nueva barre bien”, lo desconocido mejor que lo conocido... El metro a reventar y la contundencia de esas lógicas que nos devuelven a la tierra...
Gracias a la señora que nos indicó cómo llegar a Itagüí, gracias al señor que nos enseñó a comprar los “integrados”, gracias al taxista caleño por su parquedad, gracias a Marlon, a su cotidiana presencia con moto incluida, gracias al Sol Naciente por su mazamorra, sus arepas de maíz, maíz y sus chicharrones generosos, gracias a David por ofrecernos su casa, por ofrecernos el espacio para estar juntos... Sobreponemos esta Medellín a una que no conocimos, a una que mantiene sus lógicas e ilógicas diversas a quien quiera permanecer un poco más en ella; ofrecemos esta Medellín a nuestra singular manera de estar juntos...
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Fotos por Paula.
“La ventaja de no tener opiniones es que uno jamás se repite” (J. R. Ribeyro).Aquí no hay niños ni mujeres ni hay personajes que se desvíen del código; los dólares y los hombres van al mismo lugar: a desagües en donde todo se vuelve mierda... Aquí el dinero “fácil” pudre las manos, el mal lento se supera exhumando un cadáver; la magia negra se deja a un lado cuando se atraviesan los límites de lo sagrado... El futuro que se posterga indefinidamente, los hombres corriendo por un callejón sin salida como un eco del título del cuento que da origen a esta película: “Los malditos”...