lunes, 22 de abril de 2013

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires III



Los días se pasan entre el “subte”, el hostal, los restaurantes en donde la televisión es la misma de siempre, los cafés que quisiera ver en Bogotá y las bibliotecas; me siento cuando puedo y veo a las mujeres que no se visten para seducir, a los hombres que no miran queriendo desvestir –eso veo desde mi lejanía–; los veo hacer tranquilamente la fila en la fotocopiadora, los veo esperar tranquilamente la cuenta, sentados en su mesa hasta que el mesero decide acercarse; los veo entrar y salir tranquilamente, en las horas “pico”, de los vagones del “subte”, en medio del calor y los olores que se cuelan por la paredes desnudas; sus palabras son como disparos y, a la vez, como caricias; siempre tienen la respuesta rápida y atenta de quien sabe su situación y conoce su historia –eso vi, eso escuché–.


Susana me ha llevado a una confitería donde el mozo me ha regalado una “masita” de dulce de leche sólo por repetirle la palabra que le ha parecido tan curiosa: “arequipe”; luego me ha llevado a un café donde Borges y Bioy Casares se sientan a tomar café y a escribir las historias de don Isidro Parodi todas las tardes. Susana me pasea por La Recoleta y terminamos en su casa, recorriendo los anaqueles de su biblioteca: las paredes de todo su apartamento; allí está toda la literatura latinoamericana que alguien podría tener. En los trayectos, Susana habla con el taxista sobre Perón y el día que escucharon los bombardeos en la Plaza de Mayo, a pocos metros de la Facultad de Filosofía y Letras. Susana me habla de la histeria de Vallejo, de la perfección de María, de la mezquindad literaria de Rosario Tijeras y de los libros de Vargas Vila; hablamos de psicoanálisis y de las situaciones que, tantas veces, nos hacen volver hacia dentro; hablamos de su jubilación próxima y del gato que la sobrevivirá… Más que la arquitectura nada barroca, nada colonial de Buenos Aires, más que sus edificios de principios de siglo XX, más que su puerto y la gente que camina y toma mate, más que su Río de la Plata, es Susana la que ha quedado en mi memoria… 




Cerati ha estado conmigo durante todo este tiempo: desde los carteles que veo en el hostal con frases de sus canciones, los conciertos que pone y silba la chica del turno de la noche para no dormirse, la nave espacial (el planetario) plantada en los Bosques de Palermo y las dos niñas besándose frente a ella –de espaldas a mí–, hasta el chico que interpreta una de sus canciones en una estación del “Subte”. Mi viaje termina en un hospital, como si fuera otra manera de estar con él –quiero pensar–. Paso de uno público a otro privado y mi cuerpo se ve igual en las radiografías… Salgo en pijama y en chanclas a buscar un taxi que me lleve al hostal, de nuevo, a esperar que amanezca para ponerme mi disfraz y salir de allí, para llevarme a la distancia de 6 horas en avión y llegar casi muriéndome al único lugar donde ahora podría estar tranquila. Cuando llego a Bogotá, me entero de que en Buenos Aires alguien ha desocupado mi cuenta bancaria. Intento tomarlo como una despedida furiosa, por salir casi huyendo de ella; intento dejarlo como una indemnización por mi cuerpo virulento –que antes fue de “morocha linda”– paseándose por sus hospitales, sus taxis, sus hostales y sus aeropuertos…




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Fotos por Paula.

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires II



Veo y escucho colombianos todos los días: en el hostal son quienes me atienden y son, como yo, otros huéspedes; en las calles van, como yo, admirándolo todo o en sus rutinas de vida. Me pregunto si querría vivir allí y, sin saber muy bien por qué, me digo que no.

Después de cinco días, extraño el café y la comida; estoy cansada de las medialunas y el café con leche todos los días. Ningún mesero me entiende cómo quiero el café (que aquí es brasilero, fuerte), pero después de cinco días lo consigo: alguien le explica al mesero que soy colombiana y que debe prepararlo “liviano”. Encuentro un restaurante vegetariano atendido por chinos; me gustan los sabores, el servicio y el precio; por la mitad de lo que cuesta un almuerzo en cualquier otro restaurante, consigo un buen plato de comida que me deja tranquila toda la tarde para caminar y leer.

Recorro algunas librerías de la Av. Corrientes y supongo que algo así se siente cuando se camina por Broadway: los carteles gigantes de obras de teatro en cada cuadra. Las librerías, en cambio, son discretas; paso por algunas casi sin notarlo. Entro a las más grandes para tener mayores esperanzas de hallar lo que ando buscando, sin embargo, apenas logro encontrar la mitad de lo que esperaba y a precios que se parecen mucho a los de Bogotá… Es la crisis, dicen.


Lejos de allí, en La Boca, voy, por mí misma, por un encargo, a Eloísa Cartonera, una Cooperativa Editorial que elabora libros con el cartón que recogen los recicladores por toda la ciudad. Libros, realmente, al alcance de todos. Escojo algunos y les digo que en Colombia admiramos mucho ese proyecto; el muchacho me dice un lacónico “gracias”; todos trabajan y yo siento que no tengo mucho más qué hacer o decir. Tomo fotos y me voy caminando al lado de la Bombonera, sin mucho interés… El muchacho me ha dicho que no me desvíe, por nada del mundo, y así lo hago; llego a Caminito y todos reconocen mi “gracias” colombiano; algunos preguntan si estoy sola y otro más me invita a tomar ron… Me siento a tomar un café y luego me voy de allí, hacia las calles abiertas del microcentro…

Me sorprende ver los kioscos de revistas que en Bogotá se reducen a ventas de periódicos, dulces y cigarrillos; veo en esos kioscos revistas con la imagen de la “diva” del momento que “lucha” con su “éxito” y al lado revistas dedicadas a la marihuana y un periódico anarquista… Recuerdo que hace algunas décadas, me cuentan, en estos kioscos se vendían ediciones muy económicas de obras de la literatura latinoamericana y argentina que superaron las expectativas de la editorial que impulsó la idea: la de la Universidad de Buenos Aires. Recuerdo también que, gracias a estos lugares, en gran parte, los porteños lograron tener una tasa de analfabetismo tan baja… 

En la noche y por una suerte de azar, me encuentro con una pareja que me lleva a La Recoleta. Tomo Quilmes toda la noche y a las 4 a.m. ya no puedo responder por mí; sólo quiero irme a dormir al hostal, después de escuchar en un bar de San Telmo un grupo cuyo teclista es el hermanastro de Dante Spinetta –eso dicen–, tratando de hacer un rock tipo Sui Generis. Cuando el grupo deja de tocar y han pasado más de dos horas, me sorprende darme cuenta de que sólo ha sonado rock argentino… Intento hacer el ejercicio con el rock colombiano… Las canciones de los grupos que me gustan me alcanzan para una hora y media. Me voy a dormir con las canciones de Los Visconti que pone el del turno en la recepción del hostal…

Por la calle, veo a Caparrós en un cartel de una película sobre un militante del Partido Obrero, asesinado durante una manifestación. En los corredores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA –que pueden ser los corredores de la Distrital, de la Nacional o de la Pedagógica–, no está Caparrós, sino Ferreyra, y los carteles que reclaman la verdad y la justicia sobre su muerte. En otro cartel, en una estación del “Subte” están D. Grandinetti y C. Roth; la película se llama Matrimonio. Pienso en la primera película que vi de Grandinetti: El lado oscuro del corazón; el cartel es la confirmación del tiempo que ha pasado… Y a pesar de las varias películas argentinas en cartelera, resulto entrando a ver Oblivion, en una sala de Palermo. La sala está llena y yo como algo parecido a pandebonos en miniatura con Fanta de naranja…


En La Recoleta, camino casi por entre un laberinto; veo la tumba de Sarmiento, pero no siento nada. Sigo caminando y ya no puedo mirar hacia los lados: temo seguir encontrándome con mausoleos medio derruidos, abandonados, con ataúdes semidestruidos, exhibiendo eso que somos cuando ya no somos nada conocido… Prefiero mirar los gatos y su paseo indiferente por las escaleras de mármol y las rejas oxidadas.

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires I



Todo comienza con una película que hoy me parece demasiado cursi y que, sin embargo, puedo ver de nuevo, sin sonrojarme o sentir vergüenza ajena. Una película de Subiela y tres poetas: Benedetti –sí, Benedetti–, Girondo y Gelman. A mis 16 años quería entender qué significaba volar con un hombre y si era verdad que el orgasmo era como una montaña rusa; a mis 16 años no entendía los chistes políticos ni quiénes eran los “milicos”; a mis 16 años no entendía qué significaba vivir en una “ciudad de pobres corazones”. No entendía y, sin embargo, un año después seguía caminando por las calles leyendo libros de poesía, mientras los carros pitaban y la gente miraba extrañada… Luego de la poesía, llegó el cuento, con Borges, en una fiesta de último año de colegio; mientras los demás bailaban salsa –yo también bailé–, alguien me hablaba de un Jesús que podía ser, al mismo tiempo, Judas; de un Judas, aún más admirable que Jesús… Ahí todo se vino al piso y nada volvió a ser como antes… Yo pasaba los domingos viendo la televisión, pero después de la fiesta y mientras estaba en la mecedora tratando de entretener ese domingo con Guardianes de la bahía, me di cuenta de que ya nada de lo que me mostraban ahí tenía sentido. ¿Qué iba a hacer? Entonces, apareció una novela de Cortázar y todo el mundo conocido terminó de derrumbarse. Años después, vendrían los cuentos de Arlt, más que sus novelas, y un nombre que aparece como un eco cada vez que un resquicio del pasado se quiere colar en el presente: Ester Primavera…

Algo cambió en mí con todo eso, para siempre. Había películas que no sólo eran terror, risa, acción o amor; había palabras capaces de cambiarnos por dentro…Todo ese mundo venía de una ciudad llamada Buenos Aires y ahí empieza el mito.


17 años después, Buenos Aires son un poco más de 18 horas en aeropuertos y aviones, y una escena que siempre había querido en mi vida: la del hombre esperando en la salida del aeropuerto con un cartelito que tiene mi nombre… El hombre es Marcelo y me habla durante todo el camino; empiezo a escuchar las palabras con las que imitamos a los bonaerenses y una, sobre todo, me encanta escucharla de él, de una sonoridad que no encuentro en ninguna otra: el orto… Marcelo acaba de dejar su trabajo y se siente algo desubicado; Marcelo me hace preguntas y yo hago un esfuerzo sobrehumano para contestarle más que monosílabos; el resultado es fruto de mi cansancio –quiero pensar– y Marcelo me dice que parezco argentino, tratando de explicar lo que no sé…

El panorama se repite en numerosas ciudades: personas en los semáforos tratando de ganarse una moneda limpiando parabrisas, personas durmiendo en los andenes; la escena se repetirá en las entradas y en los vagones del “subte” y aunque lo veo todo el tiempo en Bogotá, no puedo dejar de llegar a la habitación del hostal con pesadez y culpa, con la imagen del niño de la mano de su padre, tan cansado como él o más, sólo con ganas de llegar a una cama.

miércoles, 3 de abril de 2013

No, de Larraín:




Basada en una obra de teatro de A. Skármeta, No cuenta la historia de cómo los chilenos deslegitimaron la dictadura de Pinochet a través del plebiscito de 1988.

René Saavedra es un publicista que estuvo fuera de su país por ocho años y ahora trabaja en una importante firma publicitaria; convocado por uno de los principales políticos de los partidos (ya quisiéramos usar ese plural en Colombia...) de la oposición, René participa en el diseño de la campaña por el “no” de los chilenos a que Pinochet continúe en el poder.

Los opositores del régimen sólo quieren una campaña que recuerde las ignominias cometidas por éste, pero René piensa que los chilenos necesitan algo más: al lado de la denuncia de las injusticias y de la reconstrucción de la memoria colectiva, emerge algo quizá más importante: burlarse del miedo que ha carcomido la tranquilidad y la libertad, restaurar la confianza en un futuro que se puede cambiar y la alegría que produce pensarlo posible.

En formato televisivo ochentero, en colores ochenteros, en factura ochentera, la campaña del No saca provecho de todos los estereotipos publicitarios del momento (muchos vigentes hoy) para restaurar el tejido social. La ventaja de René es la del que se ha ido, se ha alejado y regresa para ver las situaciones desde otra perspectiva: quienes han vivido quince años de dictadura, conocen los desastres de la misma; la creatividad de la campaña no consiste en decir lo que ya se sabe, sino en evidenciar lo que es deseable y posible, sin hablar con el lenguaje de la oposición, sino con uno universal, que recuerda que todos son chilenos, sin importar de qué partido sean.

Se van los setenta y ya han llegado los ochenta a Latinoamérica: la cultura pop, el rock, el ideal de la juventud… Ante la incredulidad de la oposición, de la izquierda en todas sus variantes, y ante la soberbia del régimen oficial, la campaña encabezada por René busca congraciarse con el nuevo lenguaje de las masas. Ningún purista estaría de acuerdo con esto, pero hay que ver lo que pasa cuando alguien decide trabajar para devolverle a los personas la confianza para ejercer su ciudadanía.

Ver la campaña del Sí, recuerda el discurso más neoliberal posible, recuerda cómo tantas veces en Colombia se ha satanizado (y se sigue satanizando) el discurso de la izquierda (en todas sus variantes), a veces de la manera más ramplona posible (habría que sentir vergüenza ajena y propia por las palabras de Pinochet y sus “asesores”, así como por la de muchos “políticos” actuales y otros tantos “vecinos” míos) y, a veces, con la sofisticación que una campaña publicitaria puede permitir (cuando el objetivo no es devolver la confianza en la ciudadanía, sino borrarla de la memoria). Pinochet quería convencer a la gente que era mejor ser “propietario” que “proletario”; la campaña del No quería convencer a la gente que tenía derecho a la alegría. Parece tonto (por ejemplo, para quien piensa que dejarse moler a golpes en una protesta es la solución), banal, pero no lo es; tienen sentido las palabras cuando le hablan al ser humano, no al deber ser de un dogma.

¿Cómo montar esto en una obra de teatro?

domingo, 31 de marzo de 2013

Anna Karenina:




Sé que algún día leeré la novela y podré entender mejor qué tanto Joe Wright (el director) quiso alejarse o acercarse a la visión de Tolstoi sobre su sociedad. Ya se ha hablado acerca de los pros y los contras de haber escogido un teatro (en las escenas correspondientes a la vida de la aristocracia rusa) para echar a rodar la película; yo quiero hablar de la visión del amor-sociedad que hay en ella.

¿Por qué no es un amor verdadero el que nace entre una mujer casada y su “amante”?, ¿porque es una mujer de la aristocracia de San Petersburgo antes de la caída de los zares?; ¿por qué sí es un verdadero amor el que nace entre un “campesino” y una princesa que decide dejar el teatro de la vida aristocrática en Moscú para casarse y vivir en el campo?, ¿será esta la visión de Tolstoi o, mejor, la visión de Stoppard (el guionista) y Wright sobre Tolstoi?

La cuñada de Anna le dice que admira su determinación, su “valentía”, que, de haber tenido ella también una oportunidad (un hombre que se lo propusiera) y el valor, también le habría sido infiel a su marido… ¿La infidelidad es la respuesta de las mujeres aristócratas insatisfechas frente a un matrimonio que es sólo apariencia, un arreglo para quedar “bien” frente a la “gran” sociedad?

A Anna la corroe la culpa de haber quebrado una regla (no una ley) y su acción pasa de ser valiente a temeraria; de ahí a perder la cabeza o la esperanza hay sólo un paso… Aunque existía el divorcio, la mujer quedaba “deshonrada” para siempre y no podía volverse a casar legalmente. 

¿Por qué Wright escoge hacer una adaptación de Anna Karenina? ¿Por el éxito de Orgullo y prejuicio? ¿Qué hay de vigente en Anna Karenina? ¿Qué nos puede decir hoy? Definitivamente, no puede decirnos ya que escojamos el campo y que vayamos a sembrar la tierra y a recoger sus frutos, que tengamos hijos y que lavemos los pies a los enfermos y desheredados del mundo… Utópicamente, lo podremos pensar, lo podremos decir, pero sé que la realidad del campo no es el ideal pintado por Wright –¿por Tolstoi?– y que tampoco el amor “urbano” es el infierno mostrado por él: mujeres y hombres insatisfechos que buscan en la infidelidad el escape de la rutina y de la convención social, de la estrechez de la reglas de la “alta sociedad” o que se resignan a cumplir su papel normativo porque no se atreven a hacer otra cosa, porque no saben cómo hacerla (la “perfección” de éstos, no hace más que enfatizar la inadecuación de los otros).

Mejor sería preguntarnos quién no ha pensado en ser “infiel” alguna vez, quién no se ha sentido insatisfecho alguna vez, quién no se ha puesto a pensar qué habría pasado de no haber tomado la decisión de estar con alguien, quién lo esperaba en la próxima esquina, en el próximo viaje, en el próximo bar, en la próxima fila del banco… Todos tenemos algo de Anna Karenina, de su ansia de libertad, de lo nuevo, de algo intenso; a todos nos seduce esa parte infantil del amor. No sé si eso signifique que el amor “maduro” sea mejor o peor, pero en la película sí resulta clara la respuesta. En tiempos de amores “líquidos” y de Casanovas masculinos y femeninos, Stoppard y Wright traen esta visión sobre Tolstoi más o menos anacrónica, más o menos utópica.

jueves, 7 de marzo de 2013

Cloud atlas:



Tres horas que no se sienten… Cuando salimos de la sala de cine, nos sentimos más livianos.

Tenía muchas expectativas sobre esta película y no fui defraudada. Nueve personajes y seis historias en las que ellos aparecen una y otra vez para cumplir con su destino –elegido–, para descubrir que el hombre siempre es el mismo en todas las épocas, pero, sobre todo, para entender que nuestras vidas no nos pertenecen, que todo hace parte de un fin más grande que el egocentrismo de cada individualidad, por lo general, no permite ver.

Las filosofías occidentales se equivocan cuando ponen la conciencia –el yo– y el tiempo para explicar la existencia y el sentido de lo humano. Todo siempre –creo– es más sencillo de lo que pensamos, más sencillo de lo que parece; todo es aquí y siempre, en todo lugar. La mezquindad (el orgullo, la avaricia, la ambición desmedida, la competencia, la envidia, la vanidad que busca opacar al otro…) y la abundancia (la consideración por mí mismo y por el otro, la solidaridad, el respeto, la equidad, el equilibrado deseo de aprender, la concentración en el propio destino y no en el de los demás) de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestros actos y palabras, son las causas de todas las acciones en nuestras vidas y las de las generaciones que vienen.

Asumir esto es más difícil que asumir la “verdad” que proponía The matrix y por esto Cloud Atlas será menos popular que aquella película. Es más fácil repetir la queja acerca de que “alguien” nos engaña, de que un “sistema” nos engaña y que nuestras vidas son una mentira diseñada por “alguien” más. Lo difícil es asumir la utopía que propone Cloud Atlas: asumir la responsabilidad de entender que todo es consecuencia de nuestros actos y que aquello que nos hace daño se repetirá hasta el infinito (en esta vida –o en otras vidas, si creemos en ello–), mientras no comprendamos esa lógica tan sencilla. La utopía está en que los comportamientos se pueden cambiar, en que podemos reparar nuestros cuerpos y nuestras conciencias, limpiarle sus “demonios”, sus “enfermedades”.

No es cierto que la película sea difícil de entender, difícil de seguir su hilo narrativo, su estructura. No somos tan tontos como piensan los que creen que saben cómo funciona la industria del entretenimiento, el mercado (yo incluida); tampoco como piensan algunos teóricos, algunos “sabios” del conocimiento que creen que lo que pocos puedan entender es lo que vale la pena (yo incluida); menos como quienes, a veces, se sienten mejores personas que otras (yo incluida).

Hay actos que elevan la dignidad del ser humano y hay otros que la aplastan; es sencillo y en ello no hay relativismos. Cada acto individual de dignidad, cada acto de valentía, de honestidad, de amor, desencadena otras acciones como esas. De eso depende la supervivencia del hombre sobre la tierra y, eventualmente, sobre otros planetas.

Coda 1: en la película aparece el invento que deseo cada mañana: una ducha no de agua, sino de vapor. ¿Cuándo la van a patentar?
Coda 2: en el libro, ¿cómo hará el narrador para que el lector entienda que son los mismos personajes los que aparecen en las seis épocas?
Coda3: "evil", "neutral" y "good" no son clasificaciones adecuadas para los personajes...

jueves, 28 de febrero de 2013

Silver linings playbook






Promocionada como una comedia, la gente en la sala de cine espera la menor oportunidad para reírse. Silver linings playbook (El lado bueno de las cosas/Juegos del destino) es una comedia en el sentido clásico de la palabra, es decir, es una obra que tiene un final positivo para los personajes, pero eso no la acerca a la comedia romántica ni a la tradicional comedia gringa, así como tampoco al consabido drama o a esas películas que confunden mostrar la “realidad” con el naturalismo más truculento.

Pat hace aquello que todos querríamos (consciente o inconscientemente) si vemos a nuestra pareja teniendo sexo con alguien diferente a nosotros: golpear a ese alguien, golpear y golpear hasta casi desaparecerlo. En Colombia (no sé cómo sea en otros países), hay una ley que ampara al “acusado” en casos de “ira e intenso dolor” para rebajar su pena (que esté bien o no, no podré discutirlo ahora), pero en Estados Unidos, al parecer, no. Pat será juzgado por su esposa (la que invitó a otro hombre a bañarse con ella en la casa que compartía con Pat –sin el consentimiento de Pat–), por su familia, por sus jefes y por sus vecinos, como alguien que no logra controlar su ira fácilmente y, por ello, es enviado a recluirse en un hospital para mejorar su salud mental.

Cuando su mamá lo recoge para llevarlo a casa, Pat sólo puede pensar en recuperar a su esposa (la misma que prefirió a otro hombre en su ducha, la misma que opinaba que Pat estaba demasiado gordo, que era demasiado esto, tan poco aquello… para ella), en ser una mejor persona para ella, entonces, aparece Tiffany, que pelea con el mundo porque su esposo ha muerto, porque el regalo que había comprado para ella se quedó esperándola en el asiento del auto, porque hombres y mujeres le dicen puta, pues ha hecho lo que ellos y ellas quisieran hacer o que les hagan, porque su hermana mayor siempre quiere ser la mejor para que los demás la aplaudan…

Parece fácil. Pat y Tiffany comparten cosas que la mayoría de nosotros no se atreve a compartir: su “locura” o, mejor, aquello que los demás llaman “locura” (incluidos los medicamentos que ya no quieren tomar para tranquilizar su mente). Pero no es fácil, puesto que ambos no han podido soltarse del todo de su herida. Aunque parezca absurdo, es difícil dejarle de ser fiel a un muerto o a alguien que nos ha “traicionado” o que, simplemente, no nos ama, es difícil darse cuenta de los finales y de los comienzos y, más difícil aún, aceptarnos así como somos y mostrárselo a los demás.

Cada quien “pilotea” (sé que no es correcto, pero no puedo encontrar en este momento una mejor metonimia) su “locura” lo mejor que puede (aunque hay momentos en los que TODO parece salirse de control). Cada padre está con su hijo lo mejor que puede, cada madre expresa su amor lo mejor que puede, cada hermano mayor intenta “guiar” al menor como mejor le parece, cada quien procura tener la pareja que desea de la forma que le parece bien. Lo mejor de esto es que siempre habrá equivocaciones (también muchos aciertos), pero también “silver linings” y “playbooks” para intentar hacerlo de otra forma, en lo que sigue. 

jueves, 21 de febrero de 2013

Amour, de Michael Haneke:




El ‘trailer’ no es atractivo, tampoco las fotografías y fotogramas que se pueden encontrar en Google… Voy a la sala de cine llevada por los comentarios de quienes ya la han visto…

Aquí no hay banda sonora; los sonidos son pocos: los ruidos cotidianos de una casa habitada por dos ancianos, los sonidos de sus voces cuando conversan, el silencio de su soledad asumida, creada y protegida… Aquí no hay grandes escenarios ni grandes paisajes para mostrar, sólo un piso, la casa que habita un matrimonio que ha decidido tener al margen a quienes quieran ‘preocuparse’ por ellos, a quienes quieran entrometerse en sus destinos elegidos, a la soberbia de los hijos con sus padres (con nuestros padres), la de los médicos con sus pacientes, la de los jóvenes con los viejos.

Pocas veces nos detenemos a pensar en la vejez, en nuestra vejez. Esta película la recuerda todo el tiempo. Miro mi cuerpo y pienso en eso, aunque parezca absurdo y ahora innecesario; imagino mi cuerpo, la lentitud, la mirada, el dolor, entonces, voy más despacio…

Recuerdo una novela de Tomás González (La luz difícil) en la que el narrador cuenta cómo ha debido dejar a su esposa en manos de una hermana de ella, porque él ya no se siente con fuerzas para seguirla cuidando en su enfermedad. Recuerdo las palabras del sacerdote católico en la ceremonia nupcial: “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la tristeza y en la alegría”…El personaje de González, simplemente, se cansa y, a pesar del amor que pueda sentir por su esposa, debe pensar en sí mismo también para no exceder sus fuerzas. ¿Cómo saber si nuestro amor durará ‘para siempre’, cómo saber si se podrá cumplir esa promesa?

Pienso en las parejas que conozco, pienso en mis padres, en mis tíos y en mí misma… En Amour aparece el amor que ha traspasado todas sus etapas. Ya no queda nada de aquel amor infantil que aprendemos en la televisión, en las novelas, en los cuentos, en las canciones, en las películas, en los poemas, en la ópera; está el amor despojado de toda ilusión, el más difícil, el que casi nadie quiere, del que todos tratamos de escapar en algún momento, en muchos momentos...

Alguien me dijo que el matrimonio es compartir la vida… Parece obvio, pero esta película lo hace claro; ella dice ‘incoherencias’ que sólo él entiende… Anne mira el álbum de fotos y dice: “La vida larga y bella”. 

jueves, 7 de febrero de 2013

Django unchained:






Qué bueno reconciliarse con el cine de Tarantino. Después de la desilusión de Bastardos sin gloria, puedo decir que esta última película del cineasta estadounidense, me deja con la misma sonrisa que me dejaron Pulp fiction y Kill Bill, tal vez, incluso con una más grande que en esta última, porque fue en un solo “volumen”.

Nada mejor para mostrar la sevicia y el absurdo de la cultura estadounidense contra los negros que instalarse dos años antes de la Guerra Civil y caminar al lado de un esclavo liberto llamado Django y de un alemán Doctor Shultz quien (antes de las dos Guerras Mundiales) no puede entender cómo un ser humano es entregado a perros entrenados para despedazar a un hombre. Nada mejor para un argumento “western” (un cazarrecompensas y un  vaquero -negro- que busca vengarse y salvar a su amada) que alimentarse con una leyenda alemana: la de Brumhilda y Siegfred; el héroe “western” salvará a la princesa del dragón y del círculo de fuego... La princesa caerá desmayada por la belleza de su héroe, su inteligencia, su elocuencia y su valentía.

Django descubre su habilidad para manejar armas de fuego, su facilidad para acostumbrarse a matar blancos (con prejuicios raciales) y negros que actúan como blancos (con prejuicios raciales), pero también descubre el poder de la palabra y las ventajas de dominar las emociones a través de la inteligencia.

Aún no me acostumbro a aceptar que en el fondo de todos nosotros hay un instinto de destrucción y que la mayoría de acciones que emprendemos, de movimientos que hacemos, se encaminan a canalizar ese instinto. La venganza hace parte de él, los fines que justifican los medios... Me alegro cuando asesinan al “malo” (al obstinado, al envidioso, al traidor, al ladrón, al asesino de “inocentes”, al mezquino, al ambicioso) en las películas de Tarantino, aunque mi “buena conciencia” quiera creer que los “malos” son solo personas sin educación y con enfermedades en su mente y en su espíritu. Me parto de la risa en la sala de cine cuando vuelan los pedazos de brazos y piernas, de cerebros, estómagos y corazones, cuando estallan las bolsitas con "sangre". César me hace caer en la cuenta: es la exageración lo que aleja el cine de Tarantino del dilema ético de la venganza... Entonces sigo riéndome cuando el cuerpo del mismo Tarantino-actor salta por los aires y solo queda de él un hueco en la tierra...

Me volví a encantar con los diálogos y con las actuaciones, con las tensiones precisas, con el hilo narrativo que nunca decae. Qué bueno reconciliarse con el cine de Tarantino.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mariposas negras:





No tener una casa donde llegar, no tener un lugar que se sienta como propio, debe ser la cara más triste de la orfandad. Ingrid es la hija de uno de los hombres más influyentes de Sudáfrica, pero su cuarto es el de los empleados, su lugar en la gran casa es el de quien está allí para procurar no ser visto. Así, Ingrid se identifica más con los negros “apartados”, desterritorializados en su propio territorio, marginados, reprimidos y explotados por blancos quienes –como el padre de Ingrid– pensaban que ellos eran una raza superior por naturaleza, a pesar de que hacía tan sólo veinte años Europa se llenaba de sangre por ideas muy parecidas.

Mariposas negras es la historia de una mujer poeta: Ingrid y de un hecho histórico: el apartheid. Mientras Ingrid y sus amigos escriben versos y frases que su padre intenta censurar por su amenaza de contenido revolucionario, los negros protestan en las calles para poder circular libremente por ellas y para tener poder de representación en proyectos que sólo a ellos competen. Ingrid escribe un poema y Nelson Mandela lo lee como parte de su discurso de posesión presidencial casi treinta años después. La literatura, las palabras transforman silenciosamente los pensamientos, la cotidianidad; el dolor, la rabia, la neurosis, la esquizofrenia de una persona, pueden traducirse en el ansia de libertad de otro, en la acción de otros.

El cuerpo blando de Ingrid se estrella, una y otra vez, contra la roca que es el cuerpo de su padre; el corazón de Ingrid busca un lugar en el de su padre, pero sólo encuentra reprobación de sus conductas. El cuerpo blando de Ingrid es una fiera hambrienta de amor, de aprobación, de sexo, de libertad. Ingrid escribe en las paredes, en papeles con historias de fiestas, de alcohol, de hambre, en sus puntas. Ingrid empujando el columpio de su hija hasta el anochecer, porque no hay otro lugar a donde ir. Ingrid escapando de su padre y de su esposo. Ingrid destruyendo la única casa en la que podía estar segura. Ingrid destruyéndose a sí misma. En el exterior, una bala se incrusta en la frente de un niño; en el interior –el suyo–, las agujas se incrustan allí donde ya no puede nacer la vida.