miércoles, 1 de abril de 2009

A propósito de Villoro y Álvarez:


Hay algo que siempre me dificulta hablar de política o de la realidad nacional. Tengo varias respuestas: que es algo tan complejo que cualquier afirmación va a ser nimia, que cuando tenía ocho años uno de los candidatos a la alcaldía del pueblo en donde vivíamos me prometió una vaca si yo lograba estar entre los tres mejores promedios de mi clase. Siempre me ha gustado estudiar, investigar, aprender, preguntar, así que lograrlo no me quedaba difícil; esperé meses a que el candidato apareciera con mi vaca, pero nunca lo hizo. Tal vez por eso la primera vez que ejercí mi derecho al voto fue sólo hace dos años; voté por un candidato que hoy es el alcalde de la ciudad en la que vivo y al que todos le reclamamos: “Por favor, haz algo”…

La realidad de violencia, injusticia y corrupción del país en el que vivo no ha sido ajena a mi familia, a mí. Cuando tenía tres años, vi el cuerpo muerto de mi abuela porque alguien, cuyo rostro se ha borrado, me alzó en sus brazos para que pudiera verlo en el ataúd. El sacerdote del pueblo no quiso entrar en la casa donde mi abuela agonizaba porque había mucho barro y sus "impecables" zapatos se ensuciaban… A mi tío, campesino y amante lector –el único en la familia al que le gustaba leer, según me cuenta mi mamá; tal vez un gen suyo quedó en mí–, lo asesinaron en una cantina de la vereda donde vivía. Cosas de borrachos, dicen en mi casa… Yo tenía siete años y recuerdo a mi mamá llevarnos de la mano a mi hermano y a mí, casi corriendo, por las calles de Buenaventura; yo no había tenido tiempo de quitarme completamente el uniforme de la escuela, un lugar en el que yo era la única “blanca” y todos me decían “paisa-come-arepa-sin-sal”, un lugar donde fui muy feliz… Recuerdo la descripción de mis tías, cómo encontraron el cuerpo de mi tío, recuerdo el velorio y a su esposa fumar un cigarrillo tras otro, recuerdo que con uno de esos cigarrillos ella rompió por accidente mi vestido, uno rosado, que a mí me parecía el de una princesa… Una tía a la que no conocí, murió una noche en el hospital de otro pueblo, después de que mi abuelo la había dejado casi a regañadientes, porque no lo dejaron pasar la noche con ella. Mi abuelo esperaba que el médico salvara la vida de su hija, pero ese hombre no tuvo ni siquiera la respetuosa y ética actitud de explicarle por qué ya no volvería a ver a su hija con los ojos abiertos… Me cuenta mi mamá que mi abuelo llegó destrozado por el dolor y la impotencia y que ella nunca lo había visto así…

Llegamos a vivir a Cali a principios de los noventa, durante el período más cruel de la guerra entre los narcotraficantes del cartel del Valle. Yo estudiaba en un colegio del norte (uno de los pocos que había con calendario A) y mi papá me recogía todos los días. Una tarde, durante nuestro recorrido habitual, vi un cuerpo tirado en la entrada de un edificio de apartamentos, cerca al colegio. Es diferente ver un cuerpo en un ataúd a ver un cuerpo que hace poco perdió la vida. No le pregunté nada a mi papá, pero supe lo que eso significaba…

Tal vez México vive ahora lo que Colombia vivió hace veinte años –y que sigue, claro–. Villoro (“La alfombra roja”, Malpensante 95) enfoca la situación en la “alfombra roja” que tiene también nuestra sangre, no sólo la de los narcotraficantes y sus víctimas. En Colombia, como en México, la alfombra roja tiene la sangre que han hecho correr los narcotraficantes, pero también los paramilitares, la guerrilla y el Estado. Tiene la sangre de mi tío asesinado por un sicario en Cali y la imagen de mi papá llorando mientras cargaba el ataúd (la primera vez que veía a mi papá llorando), tiene la sangre de otro familiar secuestrado y desaparecido por fuerzas “oscuras y omnipotentes”, tiene la sangre del primer arma que vi en mi vida y cuya imagen aún me asusta, me paraliza; tiene la sangre que corre por mi cuerpo cuando me intimidan en la calle con una ofensa, con un vidrio, con un cuchillo, con la fuerza de un cuerpo que pesa más que el mío, que odia más que el mío…

Amo este país, me sigo sorprendiendo de la riqueza y la multiplicidad del lugar donde casualmente nací, pero también de nuestro dolor, de nuestro silencio y de los cientos de alfombras rojas que día a día fabricamos. Cuando estaba en el colegio mis compañeros se burlaban de mi “nacionalismo”. No se trata de eso; no sé de qué se trata… El artículo de Juan Miguel Álvarez (Malpensante 95) habla de un río, el “río de las tumbas”, el río por donde transitan cientos de cuerpos a los que alguien les ha quitado la vida, el lugar donde se buscan los huesos en duelo. Historias de vida y de muerte. Una historia que también me recordó de dónde vengo: de las matas de café y de plátano, de mi abuelo y mi abuela, de mis tíos y tías trasegando las montañas, las verdes y fértiles montañas del eje cafetero, del norte del valle.

La historia de Álvarez y la de Villoro me recuerdan dónde estoy, dónde quiero ir, dónde están mis ecos y mis huesos, y de dónde vienen…

Dice alguien sabio y amoroso que las nuevas generaciones tienen la tarea de hacer posible lo que la generación anterior veía como imposible; yo creo en esa realidad…

martes, 24 de febrero de 2009

Revolutionary Road:

Aquí la tradujeron como Sólo un sueño y también podría llamarse como otra película de hace algunos años: Réquiem por un sueño. De los cincuenta a los noventa, los estadounidenses han tratado de desconstruir el sueño americano, de develar los placebos de la felicidad. Si ya no se cree tan fácilmente en la casita blanca en lo alto de la colina, en los niños rosados, en la pareja feliz mejor vestida, ahora no hay más sueños perfectos, ahora el paraíso sólo dura algunas horas, incluso segundos...
Ella es rubia y hermosa, es atractiva, quiere ser actriz y tiene la fuerza de tres lobos. Ella sabe que ese no es su lugar, ella sabe que ya no quiere esa casa, que ya no quiere otro hijo, que ya no quiere a su esposo vestido como miles de hombres iguales; ella quiere una nueva ruta, ella quiere un sueño...
Él es rubio y atractivo, y tiene el fantasma de un padre que lo persigue, que le exige continuar el camino. Él la ama, pero duda; él la ama, pero no va a cumplir el sueño de ella; él la ama, pero le han enseñado a ser hombre...
Los hijos están, pero son fantasmas, el sexo está, pero ella acaba de empezar...
Ella se siente distinta, ella quiere bailar sin mirar el piso...
La realización de los sueños se prolonga, las decisiones se dilatan... Pero ella dirá no...
Revolutionary Road está basada en una novela de Robert Yates que habría que leer, aunque de esto ya se haya escrito mucho, aunque de esto ya se haya hablado mucho...
¿Por qué Sam Mendes querría hacer otra película sobre el sueño americano? Hay un diálogo entre Belleza americana (no recuerdo ahora otras películas que haya visto de este director) y Sólo un sueño: los sueños de los “suburbios”. En Belleza americana (1999) el héroe actúa, es cínico, es quien quiere ser dentro de sus posibilidades; el héroe dice lo que todos sienten y al mismo tiempo rechazan. En Sólo un sueño ella no actúa, ella no sale del suburbio, ella va a tomar el sueño de otro, ella se aferrará a ese sueño, a un "revolutionary road" que no sea solamente el nombre de un barrio de moda... De los colores y la poesía de Belleza americana, pasamos al ritmo monótono de Sólo un sueño, a su final sin poesía; los héroes de Mendes son coherentes con la vida que sueñan, pero la vida, a veces, “no es muy seria con sus cosas”...

La colección Ganitsky Guberek:



Es un día entre semana. Dejo a mi mamá en el centro de Cali y cojo camino hacia el río, hacia La Tertulia. Un hombre me ha dicho que no lo haga, me ha advertido que no entenderé lo que voy a ver. No me importa; lo intentaré. El hombre no sabe que yo, sin decírselo, he buscado las pinturas en los libros (aún no sabía qué era Internet), las he visto, he intentado copiarlas y he logrado uno que otro trazo... Llego a La Tertulia y entro en la sala en donde se exhibe la obra de Luis Caballero; hay un políptico, una obra dividida en cinco partes que me envuelve, que exige de mí todos mis sentidos, que me atrapa en su angustia, en su soledad, en su deseo, en su desazón y en su violencia. No hay rostros, no hay nada conocido; sólo son figuras humanas, las figuras que Caballero pintaba en los sesenta... Cuando llego a Bogotá hay dos exposiciones de Caballero, una en la Casa de la Moneda, otra en la Galería Vásquez –creo–; no sé si sea cierto, pero me recuerdo sola yendo a esas exposiciones, recuerdo mi conmoción cuando vi el telón. Esta vez no había políptico, pero sí una gran tela que no me dejaba mover... Entre las cosas buenas de la U. Distrital está el que me permitió explorar mis curiosidades, mis intereses (que cada vez se hacen menos y cada vez ocupan más espacio), mis fantasmas. Una profesora, a la que le decían La Loca, me permitió hacer un trabajo sobre Luis Caballero, escribirle poemas a sus pinturas... Las palabras de “censor” estaban lejos...

No hay otro pintor en el mundo que me diga tantas cosas, que me haga sentir tantas cosas como Luis Caballero, y a pesar de que ya casi no visito los museos, de que ya casi no vea libros de pintura ni de fotografía –no sé por qué–, cuando vuelvo a ver una pintura, un dibujo de él, no puedo dejar de sentir emoción, de quedarme sin palabras (“gemir es mejor”). Esta es una forma de darle las gracias al hombre que no confió en mi capacidad de observadora, que me regaló el amor por el arte, que llenó mis días de guardagujas, moscas, locos, magas y Oliveiras...

La exposición Ganitsky Guberek estará hasta abril en la Casa de la Moneda. Es la colección de este matrimonio judío que se enamoró del arte colombiano y al que no le parecía una mala inversión comprar obras de arte. Junto a Caballero están otros nombres que vinieron después a mí: Santiago Cárdenas (comprendo, por fin, mi gusto por Hopper), Saturnino Ramírez y Óscar Muñoz (falta Darío Morales, porque con las obras de estos dos últimos artistas tuve mi primer acercamiento a eso que en mi infancia aún no entraba a ser parte de mi léxico: el erotismo); en todos predomina la línea sobre la mancha, el dibujo sobre el color. Hay una frase de Marta Traba que me ayudó a entender mi preferencia por la obra de estos artistas: “El dibujo es la forma de reconectarse a una sociedad concreta”. Claro, no es que el dibujo sea concreto y la pintura abstracta; el dibujo es abstracto, la línea es ya algo abstracto, pero el dibujo para estos artistas vino después del regocijo por el arte abstracto y por el pop art. Yo no entiendo el arte abstracto, aún no puede decirme nada; tal vez soy demasiado figurativa, pero ver las obras de estos artistas me hace sentir cosas que no puedo explicar del todo. Me alegra la vida saber que puedo visitar un museo y salir con imágenes en la cabeza, viendo con ojos compañeros lo que hay afuera, y compartirlo contigo.

lunes, 2 de febrero de 2009

Las alas de la paloma

Esta es tal vez la mejor novela que he leído hasta ahora... Cuando vi la película, hace un año, recuerdo salir a la calle con muchas preguntas, con cuestiones sin resolver; yo me sentía más cercana a la bella Helena Bonham Carter que a la otra actriz, entendía su sacrificio y su dolor, su impotencia por sentir que el amor se iba evaporando... Recuerdo que quien me llevaba cogida de la mano dijo algo que no pude entender y yo me salí del mundo... Recuerdo que nos sentamos frente a un restaurante, en un callejón donde el frío pasaba un poco de largo, recuerdo que aún lejos de este mundo no podía entender sus palabras, recuerdo que amor, amar y enamorarse eran palabras confusas, con significados diversos, recuerdo que ambos en el fondo nos entendíamos, y que algo cambió en mí respecto a cómo acercarme al amor, a los otros, después de escuchar algo que yo me había negado a ver.

Este libro aparece ahora como una forma de seguir dialogando con esa persona, de comprender eso que él ya entendió tan bien...

Kate es una mujer inglesa que ha perdido su fortuna y vive con su tía en una gran mansión... Merton es un periodista sin mayor fortuna... Kate y Merton se aman, pero su tía y su hermana ven en ella la oportunidad para salvar la fortuna que alguna vez tuvo su madre... Parece una historia telenovelesca, un folletín del siglo XIX, pero James no es un novelista folletinesco; en él ya están presentes la ambigüedad y la degradación que viven los seres humanos desde la novelística de Flaubert.

El amor es frágil, el amor, como cualquier vínculo humano, puede romperse como mucha facilidad... No comprendemos, no llega la comunicación, el puente tambalea y se cae... Distancias atravesadas por la traición de sí mismos y por el descubrimiento del otro, no de su arquetipo...

Milly despliega sus alas desde Norteamérica y llega a la vieja civilización inglesa, a una sociedad de excesivas cortesías y comportamientos correctísimos, sobre todo con aquellos que tienen una gran fortuna. Milly sólo quiere vivir, sólo quiere sentir cosas nuevas, asombrarse, quiere la intensidad del gran sentimiento humano: el amor... Ese “ángel” que odié en la película, en la novela se me apareció como un ser magnífico; esa mujer “sacrificada” la entendí en la novela como un ser que se dejó atrapar en un mandato victoriano.

Creo que la novela le debe mucho a Henry James, creo que todo escritor debería leer a James, sobre todo muchos novelistas que se han olvidado de sus personajes, que se han olvidado de pasar tiempo con sus personajes. Es lógico, la identidad humana se va perdiendo poco a poco, pero el diálogo con James sería motivo suficiente para no perderla de vista.

Hay maestría en los diálogos de James, en su capacidad para decir sin nombrar, para esquivar y para decir lo preciso. El encanto de ese narrador omnipotente es su facultad para mostrarnos cosas que hoy son evitadas por nosotros. El narrador cava en lo profundo de cada uno de sus personajes hasta mostrarle al lector lo más hermoso y lo más invisible de la naturaleza humana... Los personajes de James aún pueden encontrar un lugar en sí mismos en donde pueden sentirse bien con lo que son y lo que hacen, un lugar para descansar del ruido del mundo y de sus mandatos, para tomar un respiro, para estar en silencio y renunciar a todo y recuperarse a sí mismos, y empezar de nuevo... Hoy que hemos horadado nuestro espacio íntimo, que lo hemos llenado de miedos, de trampas, de saboteos, yo quisiera recordar a Merton Densher, recordar la honestidad de sus decisiones y de sus acciones, la inmensidad de sus sentimientos.

Sobrepasar límites a veces nos hace conocernos mejor a nosotros mismos, confiar más en nosotros mismos, pero a veces nos hace cambiar tanto que ya no es posible regresar a los mismos lugares ni a las mismas personas... Una puerta se cierra, ya nadie será quien solía ser...

Idan Raichel Project


Idan Raichel es un músico israelí que en el 2006 invitó a otros músicos africanos y árabes para crear sonidos, para renovar los sonidos tradicionales, para enriquecerlos con sonidos de otros lugares, de cercanos lugares... Yo escuché “Bo’ee” el año pasado, gracias a una emisora, la única en la ciudad en la que vivo que puede darme ánimos para bañarme a las cinco de la mañana... Después de un año encontré el disco de Idan Raichel (cuando supe cómo escribir su nombre) en un bello lugar sobre la avenida 19 (la del centro, no la del norte), el primero que visité cuando vine a buscar a un fantasma, y ahora tengo “Bo’ee” para mí todos los días y a toda hora; también “Shuvi El Beyti”, “Mi’Ma’amakim” y “Azini”.

La música puede lograr lo que la realidad niega, la música logra conectar lo que los cuerpos rechazan en su racionalismo fanático...

No entiendo qué dicen las canciones, no sé hebreo, no sé árabe, pero los sonidos son hermosos, me traen colores y paisajes, formas y movimientos que de alguna manera extraña añoro, sueño, me traen estados de ánimo íntimos, únicos; también tristezas, cierta melancolía, cierto silencio, que a veces me gusta sentir, que a veces llevo conmigo, voces que llaman presencias lejanas, como lamentos, como cuerdas enormes que halan fuerzas desconocidas, voces que salen desde las entrañas, desde muy dentro, y atraviesan desiertos junto al viento seco.

Hay canciones que nos hacen mucha falta, canciones que hacen que el mundo tenga más sentido que ayer; este era un disco que hacía falta en mi discoteca...

Idan Raichel escribe esto:

“Our ability to live in peace with each other depends first and foremost on our ability to accept all that is different between us…

On our own individual paths we are all looking for the bread, the water, the wind and a dignified life.

And yes, we all cling to love”.

Desde mi equipo no puedo subir canciones ni videos, tampoco está cerca mi fotógrafo favorito para que dispare sobre la carátula del disco compacto; mientras escribo esto no sé si encontraré alguna imagen del disco en Google. De no hallarla, buscaré un paisaje solitario del color del cobre...

Hay unas páginas de Internet: www.idanraichelproject.com, www.cumbancha.com

miércoles, 28 de enero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button

“El extraño caso de Benjamin Button” es la primera obra de Fitzgerald que leo, gracias a un regalo. El cuento de Fitzgerald no es la película de Fincher (el guión es de Eric Roth). La intención de Fincher en El curioso caso de Benjamin Button es diferente a la de Fitzgerald; aquí, más que en cualquier otro caso que recuerde de relación entre cine y literatura, la adaptación es fiel a su nombre y está bien que así lo sea. Por dos horas y media asistimos al nacimiento de una vida y a las analogías de la muerte, a un amor tejido de desencuentros y de encuentros, a una Historia de guerras lejanas y presentes, a una Nueva Orleáns de ensueño...

Si para Fitzgerald el orden paterno es perpetuo, para Fincher no; siempre existe la posibilidad de un nuevo comienzo, si hay la suficiente valentía para hacerlo. Si para Fitzgerald la normalización es una forma de aparentar ese orden paterno, para Fincher es la manera de decir: “Nunca sabemos qué se debe esperar”... Admiro a esos personajes-madre con el amor suficiente para no amedrentarse ante nada y para asumir las eventualidades de la vida como lobos (lobas): sin rencor y sin orgullo; así como vienen y en el momento que vienen, sin lástima por sí mismas, sin quedarse en el papel de sobrevivientes, con todo el amor y toda la fuerza de su alma salvaje...

Una hermosa bailarina, como lo son todas las bailarinas, como lo es el cuerpo cuando baila desde adentro... Una hermosa mujer que vive y ama...

Button no necesita nada más; tiene lo que a muchos nos hace falta tantas veces: su curiosidad y su comprensión de la vida como un aprendizaje, su capacidad de asombro y de sentir cosas nuevas, su capacidad de acercarse a quien tiene un punto de vista distinto, y de decir: “Duró lo que tenía que durar”... El reloj va hacia atrás, pero la vida va hacia delante, hacia su renovación; el cuerpo va hacia atrás, pero la mente sigue su curso...

Si en Fitzgerald, Button quiere ser un héroe de guerra, para Fincher, la guerra no es un asunto de patriotismo; si en El club de la pelea, Fincher centraba la fuerza de sus personajes en el no necesitar, en El curioso caso de Benjamin Button, la fuerza está en no necesitar y en tampoco necesitar demostrarlo...

jueves, 22 de enero de 2009

Siete almas

Cierta incomodidad, cierta incertidumbre; el ritmo es como la gráfica que describe los movimientos del corazón: un pico, una meseta, pero también puntos inmóviles, una ciénaga. No se sabe qué le ha sucedido al personaje; imágenes que retornan en los sueños, sensaciones que acompañan a Ben a cada segundo... Hay dolores tan grandes que pensar en la muerte resulta el único alivio, hay penas tan grandes que salvar una vida es ganarle un poco al ansia de muerte...

Le creo a Will Smith (él también es uno de los productores de esta película); siento su dolor, su angustia, su desesperación. Aún tengo en mi cabeza las arrugas de su frente, la tensión de sus labios, la tristeza de sus ojos. Cuando pienso en su personaje no hay una palabra que lo describa mejor que atribulado. Cuando pienso en este personaje pienso en el tiempo que uno no se toma en conocer a alguien o en conocerse a sí mismo, en acompañarse a sí mismo; si lo hiciera, me daría cuenta de que hay humanidad (aunque sea redundante) en cada uno de nosotros, y de que “lealtad” o traición a veces son términos intercambiables. Tal vez por eso nunca he participado en un Chat, tal vez por eso casi no uso el Messenger, tal vez por eso mi computador no tiene cámara... Las huellas de humanidad son frágiles; “personalizar” a veces –muchas– no es suficiente... Sobre todo hoy que nos causa sorpresa que alguien sea bondadoso con nosotros... “Mereces lo que sueñas” se nos ha ido olvidando en el camino del miedo...

Siete almas es una película muy bella y muy, muy triste... No estamos en presencia de un hombre bondadoso que decide entregar su vida a los demás; estamos acompañando a un ser desesperado (la desesperación del que ya no puede amar nada), imposibilitado para vivir y que busca algo en su vida que lo saque un poco, sólo un poco, del pozo en el que se encuentra. Hay quienes pueden “superar” un dolor, una pérdida, y están quienes pierden su identidad y su lugar en el mundo. Salir de sí mismo es encontrar un acuerdo con la realidad, pero también se puede escapar de sí mismo diluyéndose, insertándose en los otros, olvidándose de quien se era y quien se quiere ser, olvidándose de su propio valor, negándose a sí mismo para vivir en otros seres valiosos.

En la enfermedad habla el cuerpo, en la enfermedad aprendemos a cuidarnos a nosotros mismos, a prestarnos atención, a vivir en un delgado hilo y, sin embargo, ver su fuerza, su perseverancia... “No me he tratado bien los últimos años”... “Pues empieza ya”... “Quiero tiempo para conocerme más a mí misma”... Hay una anciana y un hombre que le inflige castigos degradantes; hay un niño que juega con un muñeco sobre la mesa servida; hay una mujer que cree que su vida es mediocre y él la ama, y ella lo ama y ama la imprenta, ama sus “bestias”, engranajes de tornillos, piñones y poleas; hay un hombre que no sabe cómo invitar a salir a una mujer; hay una mujer agradecida; hay un hombre que ama a su hermano; hay un hombre que ha hecho una promesa que no quisiera cumplir; hay un hombre que entrena con amor a sus jugadores; hay una mujer que ha sido golpeada por un hombre ausente; hay una medusa que baila en el agua y es la criatura más mortífera de la tierra...

lunes, 19 de enero de 2009

¿El paraíso? En la otra esquina



Hay libros que poco a poco van llegando, sin que nos demos cuenta, como ciertas personas, como ciertos intereses y elecciones. Palabras escuchadas al azar, mensajes encontrados en papeles olvidados, ecos que llegan sin que uno preste demasiada atención y, de pronto, allí está; alguien es más directo, alguien es más claro y aparece la propuesta: El paraíso en la otra esquina (2003).

Vargas Llosa escoge dos vidas, dos seres relacionados por la sangre y la utopía: Flora Tristán y Paul Gauguin, una abuela y un nieto, una mujer y un hombre, una revolucionaria social y un artista, una escritora y un pintor. El paraíso es una esquina esquiva, un lugar de pistas falsas, una ilusión compartida. El paraíso es un lugar diferente para Flora y para Paul, Perú es una referencia distinta para Flora y para Paul. Para Flora, es un lugar más burgués que París, para Paul es el lugar de culturas primitivas y genuinas. Flora quiere convertir en un paraíso la cruenta realidad de los obreros en el siglo XIX; Paul quiere construir un paraíso lejos de la sociedad occidental y modernizada. Flora renuncia al amor y a sus hijos para dedicarse a cambiar la sociedad; Paul renuncia a su familia para encontrarse a sí mismo... La utopía también es el encuentro de la propia integridad, de la propia dignidad, de un lugar en el mundo...

Acompaño a Vargas Llosa en este diálogo íntimo con sus personajes; los acompaño a ellos hasta el vislumbramiento de la muerte. La paradoja es una figura que acompaña toda vida, la figura que sólo permite que la forma definitiva llegue con la muerte, la figura que transforma, que produce movimiento y aprendizaje, complejidad, hipotaxis. La paradoja acompaña la muerte de Flora y Paul; también la enfermedad. Los últimos años de estos personajes atravesados por la cercanía de la muerte, por la certeza de la enfermedad, del cuerpo que puede menos que la vida. Vargas Llosa escoge la última etapa en la vida de sus personajes para que este diálogo íntimo tenga sentido...

Los recuerdos se repiten y se amplían, la vida va tomando su forma definitiva, las elecciones que llevaron hasta ese punto, hasta la cercanía de una muerte particular. El narrador se alza sobre la muerte, los personajes ya no pueden hablar más, ya no pueden decidir más sobre sus vidas. ¿Qué hizo el siglo XX con las vidas de Paul Gauguin y Flora Tristán?, ¿qué está haciendo el siglo XXI? Las búsquedas son las mismas, pero ellos no pudieron saber el efecto que su propia búsqueda produjo en la historia; nosotros que lo sabemos, observamos el estado de los obreros, de los trabajadores en el mundo (nosotros mismos), de las mujeres en el mundo, y nos preguntamos (me pregunto): ¿quién hoy tiene el derecho a la pereza? La tierra prometida hoy se visita a través de Ecoturismo; el color y la línea ya no parece ser una búsqueda de los artistas plásticos.

“La lógica artificial de todo destino que se piensa hacia atrás” no es la intención de Vargas Llosa, sino la ambigüedad de toda vida. Si antes esperábamos de la Historia coherencia, la novela actual que aborda hechos o personajes históricos nos permite ver lo ingenuo de esta espera. La vida, la Historia se definen en instantáneas, en encrucijadas, en elecciones que nos permiten cambiar o ser fieles. Aunque sea triste ver cómo las utopías se van deshaciendo en el aire, también es necesario ver qué tanto queda de esa utopía en el presente, qué tanto ha cambiado, qué tan imperiosa sigue siendo, qué tan lejos estamos de ella... Si la literatura es (des)constructora de utopías, de “nuevos contratos sociales”, quisiera preguntarme por mucho más tiempo sobre esta novela, sobre la posibilidad de revuelta y el costo de la misma, sobre la abyección humana y las luces que hay en ella...

Cartografías literarias: Cartagena



García Márquez y Espinosa, Gómez Jattin y también Medina Reyes, pero sobre todo El amor en los tiempos del cólera y Del amor y otros demonios. El convento de las clarisas que ahora es el costosísimo hotel Santa Clara, en donde García Márquez encontró aquel día de 1949 el motivo para su novela de 1994, las casas de cal y canto en las que el sol parece no sentirse, algunas hoy convertidas en apartamentos, en hoteles, en restaurantes, en bares, en cafés, en almacenes, en museos, en boutiques, en universidades, en institutos, en salas donde conectarse a Internet; otras a punto de caerse, con grietas enormes en donde crecen hilos verdes, gigantes... El salitre, el mar y, sobre todas las cosas hermosas de este universo, la brisa y luego el sol...

Cartagena y la historia de este país mestizo: la casa de la Inquisición y el convento de la Popa. Aunque ninguno de los instrumentos de tortura que aparecen allí se haya usado en Cartagena, sí se siente la atmósfera inquisitorial, represiva, oscura... Las paredes blancas, los grandes portales, la huerta y los enormes árboles, su sombra reconfortante en la hora sin sombra, el refrescante atardecer, pero también las salas de exposiciones, la historia allí más viva que en cualquier otro lugar que haya conocido o deseado... Buziraco y Luis Andrea, los ritos de adoración al becerro de oro, el fraile que vino a salvar a Cartagena del paganismo y del diablo, y que murió en Urabá con flechas en todo su cuerpo, los soldados que se resguardaron allí para defender a Cartagena... Los sacerdotes que duermen, meditan, oran, desean, sufren, tienen revelaciones o aburrimiento en el piso superior... El silencio y la lentitud de las horas...

“¿De dónde nos visitan?” nos pregunta el de los collares de coral que no es coral, también las de los masajes “anti-estrés” que desestresan por quince minutos, la del restaurante en Bocagrande que sirve pescados de precios exorbitantes y el del “city-tour” que tantea el bolsillo del incauto... Para ser visitante hay que ser estratega, para ser visitante hay que ocultar que no sabemos nada de corales ni de masajes ni de la ciudad ni de pescados, para ser visitante hay que entender que ellos viven en el hoy. Para ser visitante hay que aprender a decir no, para ser visitante no hay que ser “cachaco” porque los “cachacos” son “groseros y amargados”, pero el “cachaco” que está a mi lado no es ni lo uno ni lo otro, así que se gana un masaje gratis de Anita, por no negar la “pruebita”, por no llamar a la “mala suerte”...

Y quien no viste de blanco, está out, y quien no va al concierto de música también, aunque no vaya a escuchar, aunque sólo vaya a tomar cerveza y a ser fanfarrón y a lucir sus mejores galas blancas... (Las de Medina Reyes, eran negras)...

Bajo la luz de la luna llena, sobre las murallas de Cartagena me cantaste: “una noche en Cartagena, pero contigo”... Contigo...
_________________________________
Fotos por Paula.

domingo, 4 de enero de 2009

Vicky-Cristina-Barcelona: “Té para tres”

Más allá de las comentadas escenas entre Penélope Cruz y Scarlett Johansson (que en realidad no son para tanto; sólo un beso entre dos actrices muy bellas y muy sensuales), la película de Woody Allen tenía muchas expectativas para mí que he visto cada una de las películas de este director con el mismo encanto de la primera vez. A pesar de toda la espera, a pesar de toda la publicidad que se le ha dado a esta película, Vicky Cristina Barcelona no supera a la excelente Match point (no he visto Scoop, 2006) y no tendría por qué hacerlo (aunque yo lo esperaba o, por lo menos, que me dejara tan conmocionada, pero no fue así); la intención de Match point es diferente de la de VCB. Si en MP Allen explota con gran maestría las profundidades del drama y del alma humana a la manera de un Dostoievski en traje de gala, en VCB Allen juega con esas mismas profundidades y las deja ahí, a la vista de todos, en la más sutil de las superficies.

A pesar de la aparente banalidad de la historia y de los personajes, y de su estereotipia, encontramos el Allen que usa ese ya familiar narrador en off que resalta los pensamientos y las causalidades de los personajes; también la eterna y lacónica disposición de los créditos, en dos columnas, sobre la pantalla en negro. Y esta familiaridad es la que permite acercarse a la película, entrar en ese mundo en donde reinan las emociones humanas, las complejas, absurdas, convencionales, apasionadas, caprichosas relaciones amorosas, amistosas...

Es curioso ver a Javier Bardem y a Penélope Cruz actuando como españoles: explosiones de celos, gritos, intentos de asesinato, sexo desenfrenado y “libre”, arte sublime y poesía, calor, mediterráneo, bohemia. Cuando Allen se aleja de su amada Nueva York, puede caer en la homogeneización de los espacios; eso no sucede con Match Point, pero sí en Vicky Cristina Barcelona; Barcelona y Oviedo sirven como escenario de fondo a la mirada estadounidense o, tal vez, la pretensión sea exactamente esa: mostrar a estas dos mujeres que sólo vienen a pasar el verano en una tierra exótica. Cristina lo vivirá como una experiencia más en su larga lista, en su larga e insatisfecha búsqueda; para Vicky será el encuentro con algo que no sabía de ella misma, pero que se disipa, se vuelve nada; para ambas será un elemento más de su “civilizada” amistad...

Tal vez esto sea lo que más recuerde de la película: “toco madera”, “el que escupe para arriba”, “no digas de esta agua no beberé”... Mandatos de la cultura que a veces resultan ciertos sólo porque no aceptamos aspectos de nosotros mismos o nos hemos obligado a no aceptarlos, porque nos han enseñado el temor a confiar en nosotros mismos y en nuestras elecciones. Los principios, las creencias se basan en elecciones que pueden ser flexibles, pero que no tienen que estar supeditados a la fuerza del “destino” o a la de la “cultura”. Vicky cree que ha salido de uno de estos mandatos, pero fiel a su huida del caos, así sea sólo un simulacro, bajará las escaleras eléctricas y tomará un café o un buen vino...