lunes, 23 de junio de 2014

Ella en Shakespeare




Son las 9 de la noche de un martes de junio de 2014. Vengo caminando sobre la 13 rumbo a mi casa; después de varias calles compartiendo el andén con otras personas, el recorrido continúa sobre una calle en la que no camina nadie más y, entonces, aparece él. No recuerdo su cara ni su voz; sólo sus palabras con las que amenaza con cortarme, si no le doy todos los billetes que tengo… Después de entregarle todo lo que llevo en mi monedero y de seguir escuchando su descontento por algunos metros, el hombre se va quedando atrás, entretenido contando las –por fortuna– numerosas monedas que le he dado, y me digo a mí misma que, por esta vez, eso ha sido todo… Lo que me invade es la tristeza, la desilusión por no poder caminar a la hora que quiera, sola, por las calles de la ciudad en la que decidí vivir; lo que me entristece es limitar mis acciones a horas y sitios delimitados por otros y no por mí. Un amigo dice que la seguridad de una ciudad se mide por en qué medida una mujer puede caminar sola a cualquier hora...

Ella en Shakespeare, obra de teatro dirigida por Manolo Orjuela y protagonizada por Alejandra Borrero (mi musa, si fuera dramaturga o libretista) y Erik Rodríguez, encara este tipo de situaciones (ante las que mi caso sería apenas un impase, un dato de estadística), denominadas como violencia de género. Si bien es cierto que la violencia no tiene sexo, ni edad, ni condición social, también es cierto que las mujeres resultan ser más vulnerables que los hombres, en ciertas situaciones amenazantes. Lo difícil de montar una obra con “responsabilidad social” es terminar construyendo un documento, un testimonio, más que arte; lo difícil de poner en escena situaciones conocidas por la mayoría de los colombianos (hasta por mí que no veo televisión ni leo periódicos) es limitar el sentido de la obra a un ámbito local e impedir la universalidad a que aspira el arte.

Lo interesante de Ella en Shakespeare es que logra trascender lo local, lo testimonial y lo periodístico, a través de la inclusión de ciertas escenas de las tragedias de W. Shakespeare que le permiten al espectador construir una distancia frente a las situaciones representadas: noticias de casos en los que mujeres han sido depositarias de la enfermedad y la locura de hombres; noticias repasadas una y otra vez por los medios de comunicación y que ya se han instalado en la memoria colectiva de los colombianos.

Me duele el cuerpo y el alma al recordar cada caso de violencia sexual, de violencia física; me duele cada asesinato y cada cicatriz que ha dejado la imposición de la fuerza de un hombre sobre una mujer. Me duele el amor que se convierte en deseos de venganza, me duele cada “no” que se convierte en deseos de dañar, de “castigar”. Duele la libertad amenazada por un ego desorientado, desbordado, inseguro, enfermo.

Con una puesta en escena minimalista, sobria, que deja resaltar las excelentes interpretaciones de los dos actores, cabe añadir que, pese al acierto de reescribir nuestras tragedias actuales otorgándoles la profundidad de las tragedias renacentistas, es necesario preguntarse si el espectador podría entender la obra en su totalidad sin leer antes el “Programa de mano”, en donde se especifican, en su orden, cuáles escenas de las tragedias de Shakespeare se retoman y a partir de cuál evento trágico de violencia contra la mujer en Colombia se construye lo representado; quizá ciertos detalles podrían haber sido eliminados y reemplazados con otros menos apegados a la noticia que difundieron los medios o los mismos familiares de quienes sufrieron los vejámenes. Por último cabe preguntarse acerca de la pertinencia de incluir la escena en donde se critican los matrimonios obligados de menores de edad en algunos países del Medio Oriente, pues sacan del contexto local al espectador de manera un tanto abrupta; también me inquieta la pertinencia de incluir la proyección de las escenas capturadas por las cámaras de seguridad, mientras se perpetraba el asesinato de una mujer a la vista de cientos de personas.


Sigue siendo difícil juzgar este tipo de obras y sigue siendo difícil hablar fuera de mi propio cuerpo, de mi propio temor y de mi propia tristeza.     

jueves, 15 de mayo de 2014

Wakolda:




Hoy, las cirugías estéticas abundan; se busca mejorar la apariencia física, se busca la belleza perfecta. Es en este punto donde veo por qué una película “histórica” como la argentina Wakolda -excelente guión, actuaciones, composición, fotografía y música: una obra de arte-, de Lucía Puenzo (basada en su novela homónima), tiene absoluta vigencia para quienes no somos argentinos o quienes no tenemos un recuerdo cercano de lo que fue el nazismo o la época de postguerra, y la “cacería” de nazis en América, por parte del gobierno israelí.

Esta es la Argentina del sur, la ruta del desierto y Bariloche. Las montañas, los nevados, los inmensos lagos… Un colegio alemán-argentino que, en plena II Guerra Mundial, enseñó a toda una generación las bondades de los “súper hombres” y que, en la década de 1960 se debate entre esconder su pasado pro nazi y seguir alentando en secreto los beneficios de la eugenesia.

Lilith tiene 12 años, pero la estatura de una niña de 8. Su vida y la de su madre embarazada de gemelos se tropiezan con la de Mengele, el personaje histórico, el médico alemán responsable de atrocidades en Auschwitz ya bien documentadas. Mengele, obsesionado con la belleza perfecta y con mitologías de súper hombres, convence a Lilith y a su madre para probar un tratamiento que puede ayudar a la primera a crecer –y olvidarse así de la intimidación a la que es sometida por sus compañeros del colegio con complejo de “superioridad”– y a los gemelos a desarrollarse mejor.

El padre de Lilith fabrica muñecas; cada modelo es único y es eso lo que las hace especiales. Lilith escoge como suya la más extraña de ellas: Wakolda. Pero el padre también empieza a enredarse en el tejido mengeliano: el médico lo convence de comenzar a fabricar sus muñecas en serie… Cientos de cuerpos blancos y delgados iguales, de ojos azules, de pelo rubio igual, de labios y narices perfectas, de corazones mecánicos que laten al mismo tiempo. En medio de tanta perfección, la vida impone sus propios y diferentes ritmos; se adelanta, los procesos se aceleran y, por supuesto, los planes se alteran.

Las formas de nazismo mutan y se mantienen latentes en cada generación, en cada “civilización”. No deja de ser sorprendente para mí que en un país con tan altísimo grado de mestizaje como Colombia existan grupos neonazis, ni que en este mismo país con uno de los índices de desigualdad social más altos del mundo los grupos paramilitares –y sus nuevas y polifacéticas formas– apoyen e inciten esas ideas fascistas que siguen oponiéndose a la diferencia, a la dignidad humana.


Una cosa sí es segura: Mengele jamás se hubiera quedado a hacer pruebas en Colombia.

jueves, 13 de marzo de 2014

Philomena:




Una de mis películas favoritas es Las amistades peligrosas, el film que me hizo enamorar de John Malkovich, basado en la novela epistolar del mismo título, publicada en el siglo XVIII, y que no me canso de repetir. Philomena, al igual que esa película, es dirigida por Stephen Frears y eso ya la hace entrañable para mí.

Al igual que muchos dramas y al igual que la vida misma, aquí un final es sólo el comienzo de algo más; aquí como en muchos dramas, hay finales que necesitamos conocer para poder asumir nuevos comienzos. Aquí, el drama roza con el melodrama; aquí el drama, a veces se parecerá mucho a una telenovela, que, como todas las telenovelas, está basada en hechos reales (esta película más que muchas de ellas).

En los 50, Philomena queda embarazada siendo una adolescente; ella, al menos, tiene la justificación de no saber que teniendo sexo podía quedar embarazada, porque ni siquiera sabía qué era tener relaciones sexuales con alguien. Philomena no vive con sus padres, sino que uno de ellos la deja “recluida” en el convento de las Hermanas del Sagrado Corazón, en Irlanda. Las monjas limpian los “pecados” de las adolescentes vendiendo a sus hijos a padres con dinero al otro lado del océano; así Philomena pierde a su hijo.

En el aniversario número 50 de este, Philomena decide contar su secreto y su hija la contactará con un periodista que acaba de perder su empleo y que desprecia las historias de “interés humano”, como podría ser la de Philomena buscando a su hijo.

De aquí en adelante, la película girará en torno a la esperanza de Philomena en encontrar a su hijo y a la de Martin, el periodista, en encontrar una historia que contar (y que se venda bien), pero Martin subestina a las personas como Philomena que leen el Reader Digest, ven películas como Mi abuela es un peligro y leen sagas resultado de la mezcla entre los cuentos de los Hermanos Grimm, las telenovelas y la literatura rosa (precisamente, los posibles lectores de su historia). ¿Qué puede resultar de este encuentro? Una mezcla de manipulación emocional –por algunos minutos–, pero, sobre todo –lo más interesante de la película– un contrapunteo de perspectivas acerca de la vida –contrapunteo que, de no ser por las actuaciones de Coogan y Dench no tendría sentido–.

Con el sutil y delicioso humor de las películas inglesas, Martin aprenderá que lo aparentemente débil puede lograr más que el rencor, el escándalo y la violencia. Martin no cambiará su forma de pensar, pero su “inteligencia” ganará en respeto por el otro, algo que a Philomena le sobra, aunque no haya ido a Oxford ni a Cambridge.


Para muchos será simplemente una historia de “interés humano” con los clichés incluidos en esta clase de historias; para otros –yo incluida– será la posibilidad de echarle un vistazo a la vejez, al dolor, al perdón, a los secretos, a la inhibición de la sexualidad, a la pugna cultural entre Estados Unidos y el Reino Unido, a las diferencias entre clases sociales, al amor y a la gratitud ante la vida.

jueves, 6 de marzo de 2014

Agosto: Condado de Osage




Concebida en un principio como una obra de teatro, su autora participa en la adaptación para el guión de esta película sobre uno de los temas más comunes que ha dado pie para cientos de películas, series de televisión, novelas y cuentos: la familia y los secretos que están en su base.

Vamos hacia el sur de Estados Unidos, en pleno verano; vamos a instalarnos en una casa en donde las cortinas permanecen cerradas para no diferenciar el día de la noche, para hacer la vida aún más larga de lo que ya parece ser para este matrimonio: ella toma pastillas; él bebe todo el alcohol que puede.

Alguien se va sin decir a dónde y su prolongada ausencia hace que toda la familia se reúna, de nuevo. Las tres hijas que ya han dejado la casa paterna, vuelven con sus parejas (pasadas, futuras, presentes) y lo que hay es una larga cadena de crueldad matrilineal, una serie de verdades que se enuncian desde el rencor y la desdicha prolongadas. Decir una verdad no necesariamente ayuda a encontrar soluciones, no –al menos– cuando se enuncia con el ánimo de herir. Aquí hay seis mujeres heridas por su respectivas madres, quienes no pueden recibir amor. La tragedia de esta película, realmente, consiste en esto: en tener el corazón cerrado para recibir el amor de otro ser humano… Podemos ser “inteligentes”, pero no abiertos de mente; podemos apasionarnos por ciertas cosas, pero tener dura el alma.

Las cortinas se abren y entra el orden que, tras las puertas, ayuda a instalar una mujer Cheyenne; entran el aire, la luz, de lo que se muestra y se dice cuando no hay público, cuando se renuncia a ser víctima y a aceptar la responsabilidad de cada acto. Entonces, ya no se trata de quién es más fuerte, de quien puede defender por más tiempo su orgullo; entonces, las madres deben reconstruir su maternidad, porque, con los años, este lazo pierde casi toda su función innata, “natural”; entonces, las mujeres deben callar, porque, en este caso, son los hombres los que saben hablar desde el alma, desde la consideración y la comprensión…


Es una lástima que esta película esté teniendo tan poco espacio en la cartelera bogotana (y supongo que, más aún, nacional), que sólo a quienes les guste ir a cine a medio día puedan toparse con ella, y que, en cambio, se le dé tanta publicidad a una película como Ninfomanía que, a estas alturas de la filmografía de vonTrier, deja muy pocas ganas de esperar la segunda parte. Hoy sí entré con mi perro caliente y mis crispetas…

viernes, 21 de febrero de 2014

Dallas Buyer Club:




La mayoría de los de mi generación, nos hemos visto enfrentados al terror que produce practicarse el examen del VIH, pero también la mayoría de nosotros –de aquellos que conozco–, hemos sentido el alivio de saber que, a pesar de los riesgos que se corrieron, a pesar de la ingenuidad, de la ignorancia, esta –esa– vez no pasó nada más de lo que nuestras emociones perdieron o ganaron.

El protagonista de esta película recibe un positivo en su examen y, por supuesto, su vida cambia, recorre la distancia de pasar los días como si la muerte pudiera llegar en cualquier momento y la vida tuviera que vivirse sin consecuencias (sexo, cocaína, whiskey en cantidades), como una implícita autodestrucción, a saber con más exactitud que cualquier otro ser sobre la tierra cuántos días quedan de estar vivo. Corre el primer lustro de la década de los 80.

Ron y Rayon se conocen en estas circunstancias y su amistad –como tantas otras– va de la extrañeza y el prejuicio (más de Ron), ante alguien que elige un camino distinto, a la comprensión y el afecto. Un vaquero con SIDA, en un momento –y aún ahora– en el que esa enfermedad se asociaba con el homosexualismo, un momento en el que el desconocimiento y la desinformación abundaban –aunque ahora también–, un momento en el que el SIDA se cubría en las familias con la palabra “cáncer” para que no se levantaran “sospechas”, para cuidarse un poco de las habladurías, de la discriminación.

Ron tiene el negocio, pero Rayon tiene los clientes. Socios obligados, abren una pequeña empresa que compite contra las enormes y poderosas farmacéuticas y, al mismo tiempo, intenta darle una mayor esperanza de vida a quienes han sido diagnosticados con SIDA. Más allá de la frontera, al sur de Dallas, en México, está el lugar donde un médico sin licencia busca, por y con sus propios medios, una medicina que les ayude a los enfermos a tener una mayor calidad de vida. En Estados Unidos, en cambio, las farmacéuticas buscan hacer legal un medicamento costoso y tóxico para estos mismos enfermos, y algunos médicos callan frente al gran negocio que se va tejiendo frente a ellos.


Ron asume su nuevo comienzo, Ron es capaz de decirle adiós a su antigua vida y empezar una en la que los riesgos ya no son un impedimento que tome más de dos segundos (lo que toma encontrar algo de dinero, poner en marcha un automóvil, hacer una llamada). Me encantan estos personajes –estas personas– que tienen la valentía de dejar de ser quienes pensaron que eran para asumirse de una manera distinta. Ojalá nunca se necesitara tener a la muerte tan cerca para atreverse a dar el paso, para atreverse a construir nuestras vidas, para intentarlo.

jueves, 30 de enero de 2014

El lobo de Wall Street




La película que más quiero de Scorsese es La edad de la inocencia, basada en la gran novela del mismo título de Edith Wharton. Sin embargo, es imposible no darse cuenta de la calidad de sus otras películas, tanto las clásicas (Taxi driver, Toro salvaje), como las más contemporáneas (Buenos muchachos, Casino). A Scorsese le había querido perder la pista desde mi desencuentro con Pandillas de Nueva York, pero, después de ver a Dicaprio en El gran Gatsby, no pude detener la curiosidad de ver El lobo de Wall Street.

Esta película no tiene un argumento muy atractivo o no más de lo que lo pueden ser –para mí– los avatares vividos por los corredores de bolsa de Wall Street. Aquí lo importante es la manera en la que se cuenta ese argumento (la técnica de Scorsese) y la fuerza de la actuación del personaje principal (Dicaprio). Lo importante, entonces, es el punto de vista (ni drama ni comedia, pero con mucho de esta última) desde donde se cuenta la historia (inspirada en un libro escrito por el protagonista real de esa historia: Jordan Belfort).

Jordan es un hombre que, básicamente, se ha trazado, como única misión en la vida, ser rico, tener muchísimo dinero, más del que se le ocurre gastar, y esto es lo que más me gusta de esta película: tanto dinero se vuelve vacío cuando ni la misma imaginación da para saber en qué más gastarlo. Exceso de drogas, de alcohol, de sexo, de dólares. Salgo hastiada –y  no sé si habrá sido la intención de Scorsese o del escritor del libro o si será una especie leve de mi particular moralismo– de esas imágenes que pierden su sentido: dar placer, hacer olvidar de la “vida real” a quienes recurren a ellas y a las sensaciones que producen. Parece que sobrevivir y triunfar en Wall Street sólo se puede lograr gracias a las drogas, las prostitutas, el alcohol y el dinero que hace posible tenerlos al alcance de la mano. 

Después de un enorme fracaso, tras los altibajos constantes de la bolsa, Jordan decide montar su propia empresa de comisionistas y, a diferencia de otros negocios, en donde el cliente siempre tiene la razón, Jordan y sus asociados pasarán por encima de quien sea para conseguir todo el dinero que quieren (y también el que no). El cliente se convierte en un estúpido a quien, con algunas estrategias de “psicología” de ventas, se puede hacer comprar cualquier cosa (¿nos suena familiar?).

Las estafas de un corredor de bolsa no están tan lejos de las de cualquier motivational speaker, pero mientras el corredor hace una apuesta no 100% segura, el que juega con las inseguridades de las personas (como muchos “pastores” de ciertas iglesias) siempre lleva las de ganar (aún con las autoridades); ambos se aprovechan del llamado “sueño americano” y explotan ese deseo en los más incautos.


Aquí la vida sigue siendo un “concurso de belleza” (tan bien descrito y criticado por esa bella película Miss Little Sunshine o por American psycho o por Belleza americana o por Réquiem por un sueño), una competencia que jamás termina. 

sábado, 4 de enero de 2014

Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (IV)



Nuestro viaje se completa yendo a cuatro playas: Jauá, Guarajuba, Arembepe y Praia de Forte. El mar azul y la arena suave y morena, el sol sin nubes, la cerveza que pasa por la garganta sin sentir el sabor excesivamente amargo de la mayoría de cervezas colombianas. Entonces, tomamos sin parar, mientras veo desfilar todos los cuerpos masculinos enfundados en sungas que, en Colombia, pasarían por ropa de baño “gay”; mi traje de baño me delata como turista, en la tierra de los bikinis y los hilos dentales… Sentados todo el día alrededor de una mesa y un parasol, compartimos chistes, anécdotas e intercambiamos información de colombianos en Brasil y brasileros en Colombia. J. habla de la franqueza de los brasileros y de la reticencia de los colombianos a decir lo que realmente piensan (por tacto, decimos nosotros, por consideración por el otro; por falta de entrenamiento en aquello de ser directos y claros, sin necesidad de herir al otro, pienso yo). Por momentos, vamos al mar, por momentos caminamos por su orilla mientras el sol se oculta detrás de las palmeras.
  
De camino al bar, vemos gitanos y gatos en las calles… Al llegar al bar, vemos hombres que coquetean con otros hombres y mujeres que bailan con otras mujeres, y hombres que besan a mujeres, y niños que, sentados junto a sus padres o corriendo por entre las mesas, también disfrutan de la música del grupo de samba que ya va terminando su presentación de hoy… Nosotros abrazamos nuestra “jirafa” de cerveza y L. me enseña un paso de samba bahiana; comemos buñuelos de pollo con papas fritas…

En casa de D. se preparan tres fiestas: dos cumpleaños y la Navidad. J. se burla de la forma en que los colombianos cantamos el “Feliz cumpleaños”; mientras nosotros hicimos una traducción de la versión norteamericana, los brasileros cantan una forma “original” –dice él–. Nosotros tratamos de aprenderla para darle a sorpresa a D., pero no lo conseguimos. Lo que sí conseguimos es disfrutar de los ponqués, los fríjoles, la harina de yuca, las carnes, las ensaladas, el arroz, la sangría, cerveza y más cerveza para celebrar estos parabéns. Yo me quedo pensando en que me gustaría un cumpleaños a lo bahiano: no esperar a que alguien me celebre, sino yo mismo celebrarme mi vida, mi llegada a este mundo; preparar para mí y para aquellos que quiero una feijoada con mucha carne y cerveza...

En su programa en la televisión local, G. envía saludos para los colombianos hospedados en la casa de su hermana; A. y yo alcanzamos a escuchar nuestros nombres y luego una cadena de sonidos acompañados de imágenes de fútbol. Somos famosos en la televisión de Camaçari, somos famosos y bienvenidos en la casa de C. y D. Como buenos colombianos del interior, nos sentimos, “apenados” y nos parece poco lo que ofrecemos para compensar, de algún modo, todo lo que nos han dado, toda la alegría, el cariño y los cuidados para estas vacaciones a la brasilera.


¿Qué son las vacaciones sino una forma –la más superficial de todas, pero una, al fin– de dejar de definirnos por lo que hacemos y pensar más en lo que somos? Paso más de una semana sin revisar el correo electrónico, sin ver las publicaciones del Facebook, sin hablar con nadie por celular, sin pensar en los papeles que me definen en mi cotidianidad bogotana, sin pensar en que valgo por lo que hago, por lo que produzco; sólo estoy yo, lo que soy y lo que construimos entre compañeros de viaje.



Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (III)



Llegamos al Pelourinho, al centro histórico de la ciudad, donde podemos ver la arquitectura que dejaron los portugueses y parte de la vida cultural de esta enorme ciudad, rodeada por el mar. Quedo gratamente sorprendida con dos lugares: una plaza en donde cada sábado hay toques en vivo de grupos de samba, y el Cravinho, un lugar en donde podemos degustar todos los licores hechos con la famosa cachaza brasilera. Lo que más me gusta es que el grupo no toca para los turistas o no sólo para ellos, sino que los músicos, sentados alrededor de una mesa rectangular, interpretan sus instrumentos y son los bahianos a quienes veo cantando las canciones y bailando, tomando cerveza y cachaza en todas sus formas. El domingo, volvemos a pasar por allí y vemos una presentación de capoeira. D. y A. me explican que no hay forma de desligar sus tres funciones: juego, baile y combate. Los esclavos (con cuchillos en sus pies) ensayaban sus movimientos de combate para enfrentar a los blancos, quienes pensaban que ellos sólo estaban divirtiéndose en esa especie de juego y danza. El hombre que recoge el dinero de los turistas en un sombrero, me empuja al centro de la plaza y me pone en medio de dos negros enormes que hacen poses junto a mí, mientras más allá, alguien ha tomado mi cámara y dispara…



 

Frente a una iglesia vemos una cruz gigante. D. nos explica que antes, allí estaba un poste del que ataban a los esclavos para azotarlos… Más abajo está la iglesia a la que podían ir los negros y, más allá, una iglesia en la que podemos pedir un novio o una novia… Hemos comido moqueca de pescado, pititinga, acarajé, sabores que tienen música… Hemos visitado la Iglesia del Señor de Bonfim y hemos pedido nuestros tres deseos; hemos caminado por el malecón, comiendo helados de coco, guayaba y piña; hemos visitado la casa de Yemanjá, la señora de estos mares; hemos ido al Faro y, al igual que la policía, hemos dejado tranquilas a las parejas que sólo quieren estar solas, de cara al mar, detrás de la vieja construcción. Escuchamos las historias de D. y J. sobre el carnaval, sobre las treinta bocas que han besado en un solo día, sobre el dolor de amígdalas y la gripa del día siguiente, sobre el calor del cuerpo que baila todo el día, sobre la cerveza que no se agota…


Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (II)



Tomamos el bus a dos cuadras de la casa de D. y empiezo a escuchar los diversos ritmos derivados de la samba que escucharemos en todo el viaje. La única canción que escucho en otro idioma (inglés) en todos esos días de viaje es una de Daft Punk (infaltable en el 2013: “Get lucky”), saliendo del equipo de sonido de un restaurante-bar en una zona del centro histórico de Salvador, hecha especialmente para los turistas. D. y J. nos mencionan decenas de grupos y cantantes brasileros, cantarán y tararearán canciones que nosotros desconocemos. Les hablamos de una canción que se escuchó mucho en Colombia y tal vez en todo el continente, pero ellos dicen que no les gusta porque el cantante se la plagió de un grupo musical de Bahía (yo recordaré el “bom [chi] bom [chi] bom bom bom” y A. pide que le pongan “La lambada”…).

Nuestro primer encuentro con Salvador tiene el encanto del candomblé, de la santería y los dioses orishas. Después de pasar por uno de los estadios construidos para el Mundial de Fútbol y de probar nuestro primer plato bahiano, caminamos alrededor de las representaciones de los dioses orishas: a lo lejos, sobre una de las riberas del Dique de Tororó, los del agua; en la otra orilla, los de la tierra y las ofrendas que les dejan los creyentes bajo los árboles, con las que nos toparemos en muchos de nuestros recorridos: champaña, cerveza, rosas, yuca, frutas, tabaco. D. nos cuenta la historia de cada uno de los orishas y me sorprende su cercanía con otras leyendas de dioses occidentales.


Nosotros somos los “blancos” –colombianos, del interior– (incoloros, insaboros, inodoros) en medio de todo este mundo mezcla de portugueses, africanos e indígenas. Los cuerpos de grandes caderas, de amplios pechos, de largas y firmes piernas, de ojos grandes, desfilan delante de nosotros. Pienso en los negros del Pacífico y del Atlántico colombianos, pero la fisonomía de los bahianos es distinta; distinto su color de piel, distinto su tono de voz, distintos sus rasgos faciales. Otra parte de ese universo negro que tanto admiro y al que tan cercana me siento, en tantos aspectos.



Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (I)



De Brasil: Machado de Assis, Fonseca, Lispector, Ribeiro y Amado (y también Coelho); un intento feliz de aprender samba carioca; una rubia de ojos azules que a mis doce años cantaba canciones para los “bajitos” con un acento extraño; Ciudad de dios y la visión de las “favelas”; canciones que escuchaba, sorprendida por su armonía, en las voces de Chico Buarque y Caetano Veloso… Eso o un poco menos de eso: referencias que eran el tema de moda o el estereotipo exotista de un país que por su inmensidad es también diverso, difícil de definir solamente en esos estereotipos.

Llegamos a San Pablo y nos sentimos en un aeropuerto de los 80, en el antiguo Dorado, en una terminal de autobuses; las maletas se amontonan en una vuelta de la cinta y alguno de nosotros se arriesga a ordenar lo que ya parece ser un caos de equipajes… Corremos por el aeropuerto atestado de personas haciendo largas filas con niños y con demasiado equipaje (¿cómo será cuando empiece la Copa do Mundo?). Nuestro primer encuentro con el portugués es un conjunto de sonidos que intentan explicarnos dónde está nuestra terminal, pero que no logramos entender al primer intento. De ahí en adelante, nuestra conclusión será que el portugués y el español sólo son parecidos en los documentales para turistas o en los textos escritos...

Llegar a una casa que no es la nuestra siempre causa cierta nerviosidad, incertidumbre, y esta no es la excepción, pero el primer contacto con quienes serán nuestra familia adoptiva por diez días en Bahía no puede ser mejor: en la pared, hay un cartel que nos da la bienvenida y unos globos blancos que apaciguan nuestro cansancio por el viaje de todo el día.


Al día siguiente, me encuentro temprano con el sabor tan distinto del café brasilero y desde ese momento extraño el colombiano. Mi paladar no extraña la comida, pero sí esa bebida caliente infaltable ya para mí, a diario. Hay pastel para desayunar, pero –poco arriesgados aún– elegimos el pan. La familia de D. nos hace sentir como en nuestra propia casa y, como colombianos del interior que somos (un poco incrédulos, un poco timoratos), nos intimida y sorprende su cordialidad, su generosidad, toda la atención que nos prestan (hasta I., quien se molesta porque no nos entiende ni nosotros a él y trae su Google traductor como último recurso…). La casa siempre estará llena de los sonidos de todas las personas que la habitan o que pasan por ella a lo largo del día, llena de sus diálogos y, sobre todo, de sus risas. Cuando abro los ojos, lo primero que escucho es una voz llena de sonidos nasales y una cadencia que para los latinoamericanos es tan familiar y, a la vez, tan admirada; muchas veces, la voz es una sobreposición de voces, de presencias a las que les encanta estar juntas, hablar al mismo tiempo, sin tener que pedir a nadie permiso para hacerlo.