lunes, 6 de octubre de 2008

Otra mujer:




Creo que tengo catorce años y voy a un salón de belleza; él-ella se llama F. y me encanta, me siento como Lol V. la noche del baile, en El arrebato de Lol V. Stein, de Duras. Miro las fotografías colgadas en las paredes: Madonna se repite en todas sus formas, en todas sus metamorfosis, en todos sus renacimientos. F. me habla de ella, pero yo sólo veo a F. A F. se le ve un buen bulto entre las piernas, ajustado por los jeanes, y dos medianas protuberancias en el pecho, resaltadas por un discreto, pero sensual escote. F. tiene ojos claros, gracias a sus lentes de contacto, y también hay fotografías suyas junto a las de Madonna; todo el tiempo hay videos de ella en los televisores altos, y su música, a un volumen discreto, se oye mientras cierro los ojos y F. masajea mi cabeza y pasa las tijeras y el cepillo por mi pelo...


Cada vez que entro en un salón de belleza recuerdo a F. y el nombre del lugar en el que podía verlo (Madonna). Por mucho tiempo Madonna siempre fue F., como antes había sido un video con un negro hermoso incluido que parecía no gustarle a nadie, después fue un libro que nunca vi, luego un video que escandalizó a mi familia y que a mí me parecía muy, muy, muy sensual, después el baile, el movimiento de sus manos, siempre el baile, desde entonces el baile... Sin sus tacones...


Después de tanto tiempo, Madonna hace una nueva aparición en el espacio que habito gracias a una gira: The Confessions Tour, y a alguien con el oído en el corazón, en los ojos y en las manos... De nuevo voy detrás de los acontecimientos, porque ahora esta mujer anda promocionando su actual reinvención: Nueva York y su música de suburbios, Madonna y su interpretación de la música “urbana” (Hard Candy). Madonna y su propósito de no repetirse, no porque el mercado lo imponga (aunque también), sino porque la creatividad es su forma de no dormirse sobre los días... The Confessions Tour es música, es una voz, es baile, es moda, es sensualidad, es un espectáculo perfecto, es sensaciones, es un sentimiento honesto, es fuerza, es rabia, es indignación, es ironía, es comunicación, es lenguaje que se renueva y que dice de otra forma, que despetrifica el cuerpo y el cerebro, que desbloquea las piernas y la sonrisa.


Admiro en esta mujer su capacidad de estar (más que de “mantenerse”), admiro sus movimientos, sus pasos, tan elocuentes como sus palabras... El agudo y preciso Fresán escribió un artículo en el que dice mejor que yo lo que me permite descubrir, comprender esta mujer: “Y las víctimas somos, siempre nosotros: las personas que jamás podrán creer tanto en sí mismas porque siempre nos dijeron que eso era peligroso, que no estaba bien, que te vas a caer si subís tanto... Algunas cosas que dijo y que merecen recordarse: Soy fuerte, ambiciosa y sé exactamente lo que quiero. Si eso me convierte en una puta, bueno, de acuerdo... Hay gente que me odia por el simple motivo de que yo tengo una opinión sobre las cosas... Yo fui violada y no se puede frivolizar con eso. Fue una experiencia muy educativa... ¿Quién soy realmente? La respuesta es: yo soy todas las Madonnas y no soy ninguna...”. No como una forma fácil de la vanidad o el egotismo o la soberbia, tampoco del resentimiento, sino de quien tiene los ojos abiertos y el corazón atento...

Carta abierta


Ahora que la universidad es un discurso que también empieza a caer, que está cada vez más amenazado ya no solo por las universidades de garaje, sino por los colegios grandes que se creen universidades, por las universidades que aún defienden la época de la Regeneración, por las universidades que cada vez más son empresas y los maestros sus empleados, y los estudiantes sus clientes... Ahora que la universidad se mueve al ritmo de la acreditación, de la “alta calidad”, de los créditos y demás discursos abstractos.... Ahora que mi inconsciente me juega una tramposa partida, vuelvo a algo que escribí hace cuatro años y que hoy es tan vigente como entonces...:

En toda relación vertical hay violentación de las partes en algún momento, la cual sólo cesa cuando las apariencias se develan y se logra establecer reglas claras de juego y ya sé que en cuanto a educación, las reglas son demasiado claras y si alguna de las partes no las acepta o las desconoce, quien tenga mayor poder sacará provecho de la situación. Creer ingenuamente que sólo basta mi saber para ser docente es un enorme error; creer que sólo basta la pasión por el saber, por mi saber, es un error mucho mayor. Los que así pensamos olvidamos que lo que se hace en este trabajo es educar: relacionarnos con otras personas que esperan mínimamente que les ayudemos a descubrir algo que no han visto o que no comprenden.

La sobreexposición aparece cuando el docente no sale de sí mismo, cuando se encierra en su saber y es feliz allí –y no hay culpa en esto– y por más que lo intente, no disfruta de manera grandilocuente de esas relaciones con los más jóvenes. Esta sobreexposición se convierte en un arma de doble filo, pues mientras el maestro se interesa por tratar de explicar aquello que sólo le interesa explicarse a sí mismo, quienes lo observan leen en él mucho más que esto: leen sus contradicciones, sus dudas internas y no les es posible comprender la importancia que ese saber tiene ya para él y que al fin de cuentas, resulta ser él mismo. El maestro sobreexpuesto es un ser compaginado con lo que sabe, con lo que desea saber; hay en él una correspondencia entre su ser y su conocimiento, pues esa es su manera de conocer aquello que lo rodea, de estar en el mundo; en esto reside su dignidad, pero no su saber hacer (cada vez me gusta menos esta expresión).

En la nueva concepción de mundo que surge de la sociedad contemporánea, tiende a desaparecer aquel ser que se ha dedicado voluptuosamente a la investigación, a la lectura, a los libros, a un mundo generalmente solitario y silencioso –pero no por eso menos febril que cualquier otro–, que contrasta con lo que la sociedad termina de alguna u otra forma por exigir. Si se exhibe este mundo es casi siempre por la vía del afecto, del diálogo, de las palabras que no buscan de-mostrar, sino compartir la alegría, la emoción, el entusiasmo que brinda comprender, ir ligando esos pequeños fragmentos que conforman nuestro mundo o nuestra visión de mundo, entrar subrepticiamente en la vida de esos personajes literarios o históricos que nos muestran variaciones del ego y de la felicidad (y cuando no sea así será mejor no leer más).

Hay espacios en los que esto puede ser posible (inclusive espacios académicos), espacios donde la persona no siente el deber de jugar un papel en el que siempre deba ganar o de lo contrario perderá credibilidad y control sobre las situaciones. Se trata solamente de encontrar –también funciona la palabra construir, si así se prefiere– un lugar en el que siempre se pueda jugar a ser otro (alterar nuestros límites conocidos) sin necesidad de mentir.

Nadie puede evitar la vida, sus distracciones y silencios, sus molestias y placeres, ni siquiera el ermitaño, pero nuestra vida no se mide por cuántas cosas nos pasan, ni cuántos obstáculos hemos superado para demostrar nuestra eficiencia y valor ante las nuevas circunstancias, sino por la profundidad o indiferencia con la que vivimos aquello que nos sucede –incluida la ficción que puede haber en este acto–.

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Foto por Jhonny.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Barquito de letras II


La lectura, la que siempre se mantiene en pie, me ha dado otro regalo para “el monstruo de mi curiosidad”:

“Casi siempre me gusta lo que traigo en brazos. Lo que traigo en los brazos es, casi siempre, algo profundamente vivo”. Ese “bicho difícil” es el borrador de toda escritura y yo diría que de cualquier cosa que hagamos... A veces temo que ese bicho se muera en mis brazos y por eso me levanto asustada en medio de la noche, como en las mejores y peores novelas... Leila Guerriero habla de lo que hace ella: “preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está”. La tercera es mi favorita.

“Que creen que ser cruel es lo mismo que ser inteligente”.

“Lo difícil no es entender que una víctima puede no ser monolíticamente un santo, sino entender que un dictador puede no ser monolíticamente un hijo de puta”.

“Aplico la misma ética que aplico en las cosas de la vida y que me deja en una orilla no necesariamente buena –en absoluto angelical- pero sí opuesta a la de los pusilánimes, los cobardes, los ingenuos, los corruptos, los crédulos y los delatores”. Pronunciar estas palabras cada mañana, cuando aún no sale el sol, cuando se respira profundo y se piensa por un segundo en por qué hacemos lo que hacemos, por qué vamos a desnudarnos y a meternos en la ducha. Pronunciar estas palabras y pedir, por favor, que el camino se despeje de la niebla, de la obligación, de los crueles, de los santos, de los mártires y de los hijos de puta.
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Foto por Paula.

Barquito de letras I


Un poema que me hubiera gustado escribir:

“Resulta
que ya nada es igual, nada es lo mismo,
que algo se ha muerto aquí
sin llanto,
sin sepulcro,
sin remedio,
que otro aire se respira ahora en el alma,
patio oloroso a humo donde cuelgan
tantos locos afectos de otros días.
Tendría que decir
que ha llovido ceniza tanto tiempo
que ha tiznado por siempre las magnolias,
pero es pueril la imagen y me aburro.
Me aburro dócilmente, blandamente,
como cuando era niña y me tiraba
a ver pasar las nubes,
y la vida
era larga como una carrilera.
Ahora el tren da la vuelta y unos rostros
borrosos me saludan desde lejos:
yo amé a aquel hombre que va hablando solo.
Aquel otro me amó y no sé su nombre.
La tarde se silencia y todos parten.
Soy yo la que hace tiempo ya se ha ido”.

P. Bonnett.

domingo, 24 de agosto de 2008

CASINO chileno


No sé nada de ellos, sólo tengo un nombre: Casino. Resultan ser sólo una excusa para hablar de algo más. Mi humanismo buscado en los sonidos, en las imágenes, en las palabras; simulacros de vidas, de sensaciones que no son nuestras, pero que hacemos nuestras. Hay un lenguaje del cuerpo que es común a todos: lo comprendemos cuando nos indignamos ante el comportamiento de un personaje, cuando nos excitamos con una representación erótica, cuando lloramos con el dolor de una palabra, de una imagen, de un sonido, cuando nos emocionamos con la intensidad de una voz o la elación de un hombre, la dignidad de unas manos, cuando siempre, siempre, podemos mirarnos desde afuera y volver a ver eso que somos, hacemos y sentimos, o cuando podemos, simplemente, salir de aquí adentro y ver siempre, siempre, que la vida también está lejos, donde tal vez nunca iremos, al lado de quien tal vez nunca conoceremos o nunca volveremos a ver.

Hay quienes se alejan cuando sienten mucho y hay quienes se quedan... Vida más grande que estas palabras, vida que jamás se reduce. Imágenes, sonidos y palabras siempre abiertos, siempre más allá. Cuando estoy demasiado triste me tiendo en la cama y pienso en las personas que conozco o que apenas he visto, imagino sus acciones, sus pensamientos, sus sonrisas y su angustia y, entonces, la tristeza se expande, y luego se difumina; no soy yo sola, sino todos. Cada día de madrugada, cada día al anochecer... Tanta vida desbordándose, ser humanos, recorrer el mismo camino y sentir la necesidad impostergable de salirse de él sólo para reconciliarnos con lo que somos aquí y ahora, “y después”. Todos lo sabemos, todos lo podemos comprender; los juicios, las maledicencias, la anulación del otro, son sólo una resistencia a esta verdad, a esta experiencia, a la evidencia de una caricia o una ausencia.

Casino... Viene de Chile una densidad sentida hoy tan fuerte como siempre. Un diálogo íntimo con Zoé. Sonidos largos, largos, intensos, expandiéndose en la cabeza y en lo que no se piensa aún... Manías del cuerpo, nuevas filiaciones de la “caverna sensorial”... Todo lo que he sentido y lo que sentiré en la inmensidad de este espacio...

martes, 19 de agosto de 2008

Bel ami: "mediocre habilis"

Cuando leo novelas del siglo XIX entiendo mejor cómo ha cambiado la imagen del hombre y su posibilidad de “triunfar” en el mundo. Al hombre de las novelas contemporáneas le es cada día más difícil triunfar; a "Bel ami" todavía no.

Hay un ensayo de Gabriel Zaid que leí hace un tiempo y al que vuelvo cada vez que siento la tentación del “trepador”. Zaid expone allí cómo la mediocridad pasó de ser una cualidad positiva a una negativa, y luego se convirtió en tabú: nadie quiere saber de la mediocridad, porque nadie desea que le digan mediocre. La “justa medida”, el “justo medio”, dejó de ser una aspiración, pues lo que se impuso fue la tentación de ser el mejor, de conseguir el éxito de cualquier manera.

Allí está "Bel ami": el ex oficial que desea ser reconocido por la alta sociedad parisina y que para lograrlo se valdrá de sus encantos físicos, de su eficacia seductora con las mujeres. La sociedad del mediocre como tabú ensalza al negligente, al incompetente, al diestro en las manías trepadoras, arribistas, al lagarto que sabe cómo moverse, cómo hablar y, sobre todo, a quién hablar, al que mide sus amistades por las invitaciones que pueda ofrecerle, por los beneficios que pueda ofrecerle. En la sociedad de los “exitosos” desaparece el silencio, la honestidad, y se imponen los eufemismos y el frac.

Maupassant me hizo indignar (y admirarme) ante este personaje tan común desde hace más de un siglo, cuando la apariencia pasó a tomar el lugar del aprendizaje, del sentirse bien nadando y no solamente llegando a la meta…

miércoles, 6 de agosto de 2008

"Persépolis": "Me gusta ser mujer y odio a las histéricas" (aunque a veces...)

Llegué a ella de la mano de alguien que me ha dado el bello regalo de sus imágenes, sus sonidos, sus palabras, la musicalidad del hermoso francés...

Creo que siempre recordaré el rostro de Marji Satrapi en el aeropuerto de alguna ciudad europea: el rostro de la nostalgia y de las ilusiones perdidas, o bueno, casi perdidas, porque ahí está la figura de la abuela para hacer advenir la magia de los jazmines recién cortados, la magia de las palabras que se burlan de la trascendencia de nuestros más cotidianos y singulares sentimientos. Tal vez todos necesitemos una abuela como ella; tal vez no... Una voz que nos recuerde que el resentimiento, el rencor, sólo es el resultado de no aceptar una realidad, un error –como dijo otro alguien sabio y amoroso-, una voz que nos recuerde que los tropiezos, las “idioteces” de los otros, sólo son el resultado de su estulticia (de su propio mundo, simplemente), y que no pueden hacernos perder nuestra dignidad, nuestra integridad, porque siempre, siempre tenemos una alternativa... “Y sin embargo”...

Los directores no habrían podido escoger una estética mejor. La animación permite que lo más atroz sea parte de una memoria distanciada, que lo más “cursi” sea un contenido más de los años de aprendizaje (toda la vida), que la violencia y la opresión despierten el uso sagaz de la lengua y el refinamiento de todos los recursos.

Derecha e izquierda, oriente y occidente. ¿Dónde estaban los “revolucionarios” cuando Marji dormía en las calles de Viena?, ¿dónde estaba la "democracia" cuándo no tenía a dónde ir, cuando su mano tenía una mancha de sangre?, ¿dónde estaba la “revolución” cuando casi la mata una pena de amor? El hombre, sus guerras, sus conflictos; el hombre, su miseria, su soledad, sus fracasos... Marji sobrevivió a una guerra, a una “purga” del gobierno iraní, y casi la lleva a la muerte la infidelidad de un hombre... El amor cambia de rostros y algunas veces los idiotas somos nosotros...

Los tenis Adidas, Bruce Lee, el Dios de oriente, los sueños, los egoísmos y el orgullo de la niñez; Dios y Marx en un mismo cielo, los bárbaros en nuestro occidente “blanco”, la orfandad del extranjero, del exiliado, del inmigrante, del “provinciano”, el lento y brusco proceso de adaptación, la identidad que se resquebraja, el yo que casi desaparece, las voces que simplemente siguen su camino, la amargura, la venganza, la fuerza, la voluntad, “nuestra caverna sensorial” como un tesoro hallado, la ilusión; la voluntad impostergable de los días, la vida... Bellas imágenes-sonidos, tristes imágenes-sonidos, dones para mi memoria cinematográfica, para nuestra memoria vital.

domingo, 3 de agosto de 2008

"La gran Joda"

“Señora Aparacida Gomine, todo el mundo conoce su sufrimiento y su angustia. La prensa oral y escrita recuerda diariamente su drama: su marido, funcionario diplomático en el exterior, ha sido secuestrado y envuelto así en acontecimientos de índole política. Señora, no es usted la única que llora. Pero nadie habla de mi sufrimiento y de mi angustia. Yo lloro sola. No tengo sus posibilidades de hacerme oír, de decir a mi vez que “tengo el corazón destrozado y que quiero volver a ver a mi marido”. Su marido está vivo y bien tratado. Volverá a su lado. El mío murió en la tortura, asesinado por el Primer Ejército. Fue ejecutado sin proceso y sin sentencia. He reclamado su cadáver. Nadie me ha oído, ni siquiera la Comisión de Derechos de la Persona Humana. No sé lo que han hecho con él ni donde lo han arrojado. Se llamaba Mario Alves de Souza Vieira, periodista. Fue detenido por la policía del Primer Ejército el 16 de enero de este año, en Río de Janeiro. Lo llevaron al cuartel de la policía donde lo golpearon salvajemente toda la noche, lo empalaron con un bastón tallado en forma de sierra, le arrancaron la piel de todo el cuerpo con un cepillo de metal, porque se rehusaba a dar las informaciones exigidas por los torturadores del Primer Ejército y el DOPS. Los prisioneros llevados a la sala de torturas para que limpiaran el suelo cubierto de sangre y de excrementos, vieron a mi marido agonizando, la sangre que le brotaba por boca y nariz, desnudo en el suelo, ahogándose, pidiendo de beber. Entre risas, los militares torturadores no permitieron que se le prestara el más mínimo socorro. Ya sé, señora, que no está usted en condiciones de comprender mi sufrimiento, pues el dolor de cada uno es siempre mayor que el de los demás. Pero comprenda, espero, que las condiciones que llevaron al secuestro de su marido y a la tortura mortal del mío son siempre las mismas: que es importante darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella. Su desesperación y su sufrimiento demuestran que su marido era un buen jefe de familia, que usted deplora su ausencia y que su vida es muy importante. También Mario Alves fue un buen jefe de familia, también él me falta. Tenía una hija que adoraba; era inteligente, culto, bueno; jamás hirió personalmente a nadie. Murió por amor a los oprimidos, a las víctimas de la injusticia, a los que no tienen voz y no tienen esperanza. Luchó para que los inmensos recursos materiales y humanos de nuestra patria fueran empleados en beneficio de todos”.

Esta carta aparece en una novela publicada en 1973: Libro de Manuel, de Julio Cortázar.

Entre muchas otras cosas, en esta novela, Cortázar pone en conflicto la idea de la revolución. Esta palabra, que en Latinoamérica ha tenido tantos significados, tiene uno fundamental en la obra de este escritor: el individuo. Hay un hombre (Andrés Fava) que se pasea por parte de la obra cortazariana y que, en esta ocasión, camina por un jardín de senderos que lo obligan a bifurcarse, pero él se niega a hacerlo. Su “revuelta” no puede darse en un solo plano de la existencia; su “revuelta” es suya y de todos, pero sobre todo suya...

Hace once años llegó a mí un librito verde, que luego fue casi blanco-hueso (¿no habrá otra palabra para denominar este color?), y por culpa del cual (gracias al cual) no he podido parar de leer. Hoy el libro vuelve a ser blanco-hueso y vuelve a tener en su tapa un nombre accidentado entre Argentina y París... El libro verde llegó a mí como un regalo –como llegan los mejores libros (a veces regalos directos; otras indirectos, casi en contra de la voluntad)– y se convirtió en una compañía insistente que está sin estar, que está siempre, y también en una manía, en una idea testaruda que puede funcionar como un paraguas, como unas gafas nuevas para vivir el nuevo día que llega, tan pertinaz y la mayoría de las veces tan anónimo: no estamos obligados a aceptarlo tal y como llega, no tenemos que vivirlo como los “famas” o los “Vip” suponen; siempre habrá una posibilidad, por mínima que sea, de hacerlo nuestro, de hacerlo singular e infinitamente irrepetible... El amor, sobre todo, el amor, “y sin embargo”...

La revolución va por dentro, viene de adentro, cuando podemos decir no o sí, sin tener que renunciar a ningún sendero, cuando dejamos de pensar que nuestro dolor es mayor que el del otro, cuando no herimos personalmente a alguien, cuando podemos dejar atrás la mezquindad, los juicios, cuando ya no suponemos nada del otro, cuando nuestra ayuda no depende de cuán bien nos caiga el otro, o de cuánta competencia representa, cuando damos y cuando recibimos, cuando entregamos la posibilidad de la palabra como un don, cuando nos damos a nosotros mismos ese don, cuando un gesto, un tono, acaricia, comprende, ama...

miércoles, 16 de julio de 2008

Rebobinando, 1, 2, 3...

"La disposición espiritual que requiere
un novelista de su lector no es
solamente racional sino especialmente
emotiva. Y por el camino de la emoción
llegamos al reino de lo memorable,
que es el reino de la literatura".

"Le preguntan a Luder por qué rompió
con una amiga a la que adoraba.
-Porque no tenía ningún contacto con su

pasado. Vivía constantemente proyectada
en el tiempo por venir. Las personas
incapaces de recordar son incapaces de
amar".
Julio Ramón Ribeyro.

A veces –muchas– llego tarde a libros, a discos y a películas... Esta es una de ellas. La primera vez pude llegar hasta la 88, y luego tal vez salté a la 101, para concluir que no, todavía no, y que tal vez no habría próxima vez... Tal vez alguien preguntó, tal vez nadie lo hizo... Cuatro años después volvió a mí, en una versión “remix”, por cinco mil pesos, en un “agáchese” del centro de la ciudad... Y tampoco; tal vez hasta la 50...

Creo que fue Borges el que dijo que cada libro nos llega en el momento preciso –o algo así–; hay otra frase popular que dice que la tercera es la vencida... En este caso, todo lo anterior resulta cierto. Por favor, rebobinar, de Alberto Fuguet, llegó en un momento en el que podía disfrutarla, en el que podía conmocionarme. Hacía varios días una lectura no me producía tanto placer como esta –tanto rebobinado, como esta– y eso es algo que un lector aprecia mucho. Todos los comentarios que había escuchado sobre la novela resultaron ciertos y un poco más; tal vez una verdad obvia, pero que ahora me resulta necesaria, rebobinada: Fuguet me sorprende, como me sorprende en cualquier escritor cómo conoce, cómo observa, cómo sabe de lo humano, cómo expresa aquello de lo que casi nunca hablamos, de lo que permanece implícito, de lo que casi siempre evitamos, no sé si por vergüenza ajena o por hacernos –o ser o querer ser– "maduros", "seguros"...

“Lo que no se olvida así como así son los miedos y dudas que se apoderan de uno. Como, por ejemplo, darle la razón al enemigo. Desconfiar de uno mismo. Odiarse. Y, lo que es absolutamente letal, creer que todo el resto de la humanidad son traidores potenciales”...

“Esta cinta va a estar dedicada a todos aquellos totalmente ahogados en el vaso de agua de la desesperación, de la falta de ganas. Es sobre esa época horrible cuando uno duda de todo, sobre todo de uno mismo. Cuando no te quieres y nadie te quiere y no te perdonas quién sabe qué. Ya sé: no te perdonas haber sacado tu propia voz y haber decepcionado a los tuyos. No te perdonas ser menos de lo que esperabas ser”...

Esa “época horrible” no sé si haya pasado, no sé si ya sea un “adulto contemporáneo”. Lo más seguro es que no. La tranquilidad, la seguridad, y la confianza en uno mismo, es un futuro al que no es muy claro cómo llegar o al que tal vez sólo se llega por intermitencias, con un ritmo que sólo puede ser un regalo para sí mismo. Si uno rebobina, pueden decirle nostálgico o quedarse pegado al pasado como un lastre de culpas. Los personajes de Fuguet lo evitan; nuestra generación también. Por favor, rebobinar es claramente la voz de esa generación que sólo rebobina en la intimidad para no sentirse sola, y que para descanso de sus amigos tiene un analista llamado Max que ayuda a oprimir el botón...

Rebobinar para reanudar... Escribir es rebobinar -el tiempo de la escritura es un paréntesis en medio del play-; rebobinar es un poco también poder amar y, en uno de los universos cinematográficos de Fuguet, al último que lo intenta, sin conseguirlo del todo, se lo están comiendo "Las hormigas asesinas", como en Cien años de soledad -y tal vez estas palabras le incomoden un poco a Fuguet-. En García Márquez, las estirpes están condenadas a la soledad; en Fuguet, esa generación MTV está condenada a no poder amar -a menos que se transforme en "adulto-joven" (¿?)-, a no poder expresarse, a huir de rebobinar.

A diez años de la publicación de Por favor, rebobinar, estamos en la época del DVD y el MP4: siempre play, nunca más rebobinar.

lunes, 7 de julio de 2008

La “República de las Letras”:


En 1955 el Premio Nobel de Literatura fue concedido a Halldór Laxness (Islandia). Yo ni siquiera sabía que existía un escritor con este nombre... Ese mismo año, Jean-Paul Sartre y Thornton Wilder postularon al escritor antioqueño Fernando González para el premio entregado por la Real Academia Sueca de Ciencias. Este escritor, nacido en Envigado, fue el primer candidato colombiano al Nobel de Literatura...

Adivinen qué hizo la Academia Colombiana de la Lengua cuando los suecos solicitaron su opinión sobre la postulación de González... Los colombianos dijeron que este escritor carecía de los méritos necesarios para aspirar al excelso galardón. “Presidida por el padre Félix Restrepo, la Academia de la Lengua fue aún más lejos: sugirió el nombre de Ramón Menéndez Pidal”...