Guillermo del Toro ha hecho que
me vuelvan los deseos de ver películas de “terror”, muy seguramente porque es
un terror cuyas causas tienen un sentido que alcanzamos a comprender y no como en
aquel con el que crecí en los 80 y principios de los 90: un terror porque sí.
No puedo aún quitarme de la
cabeza la imagen del protagonista: Thomas Sharpe, una mezcla entre hombre
seductor y víctima de un amor que a los ojos de casi todo el mundo, en casi
todos los tiempos, siempre será una aberración.
Todavía temo a los fantasmas, a
los ruidos, a la oscuridad. En Crimson Peak, los fantasmas son mujeres que
advierten de peligros: una madre tratando de proteger a su hija, una esposa
tratando de evitar una nueva muerte.
El peligro tiene forma de hombre que
seduce aun a mujeres cuya prioridad nunca ha estado en ser esposas. Quizá esto
es lo que más me llama la atención y me asusta de Crimson Peak: cómo un considerable
número (me indica alguien con toda la autoridad del caso) de mujeres-intelectuales
somos seducidas –nos dejamos seducir, anhelamos ser seducidas– por ese tipo de
hombres-peligro. C. me dice que sucede así porque al no habernos ocupado mucho en
las estrategias del coqueteo, del enamoramiento y de la búsqueda de marido,
podemos caer más fácilmente en decisiones equivocadas. Puede ser, pero quizá
haya algo más: ¿Qué busca una mujer-intelectual en un hombre seductor –y qué
busca el “seductor” en una mujer-intelectual– (cuando la respuesta no es tan fácil como dinero o ascenso social)? Edith es escritora y escribe
historias con fantasmas; desprecia las fiestas y prefiere quedarse en casa
leyendo y escribiendo, pero es incapaz de advertir los peligros y confía en sus
sentimientos por el desconocido interesante, extranjero y soñador.
¿Cuánto hace falta para darnos
cuenta de que estamos en una situación dañina, desequilibrada? ¿Cuánto hace
falta para poder tomar la decisión de marcharse, de dejar atrás?
No desconozco que hay otros
aspectos en la película: el hecho de que la protagonista sea estadounidense y
él inglés –al mejor estilo de Henry James–, la circunstancia de que el otro
pretendiente sea estadounidense y médico. Tampoco desconozco los clichés (narrativos
y visuales) de esta historia “gótica”, ubicada en la primera década del siglo
XX, pero la belleza de la composición me hace olvidarlos y me pierdo en el
vestuario, en los peinados, en esas casas con muchos salones y puertas, en las
cartas escritas a mano.
¿Entre el chico “bueno” y el encantador,
brillante, seductor, a quién escogeremos? Recuerdo Tesis, el thriller de Amenábar y me río de mí misma. A todas nos
advierten, todas lo intuimos, pero la mayoría terminamos buscando validar nuestra
feminidad y nuestro propio intelecto siguiendo la temeraria volatilidad de los
sentimientos.
Quizá lo único importante sea
cómo salimos de ese enamoramiento y qué tan honestas logramos ser con nosotras
mismas.
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