jueves 9 de febrero de 2012

La piel que habito:

Basada en otra novela (Mygale), La piel que habito es la historia de la obsesión de un hombre por recuperar a la mujer que ama. Se puede cambiar la piel, pero no lo que hay dentro, se puede transformar la apariencia, pero no la fuerza que hace moverla... En tiempos de cirugías plásticas y estéticas para modificar casi todo lo que hay en nuestros cuerpos, Almodóvar pone a prueba los límites de la ciencia, de la biología, de la antropología y de la psicología, y los mismos límites del amor y de nuestra sexualidad.


Nada más afín a la estética de Almodóvar que esta historia, nada más cercano que una historia con personajes fieles a sus pasiones, a sus sentimientos –y tantas veces “traicionados” por ellos mismos–, nada más familiar que una historia donde lo no convencional se vuelve cotidiano.


Lo que más admiro-envidio de este director de cine es su libertad para hacer lo que su imaginación le permita, es su posibilidad de que sus obsesiones, sus gustos y sueños tomen la forma de una película, se materialicen en voces y cuerpos, en palabras y gestos. De la oscuridad y frialdad de los ochentas, pasando por los colores brillantes de los noventas, llegamos a la luz intensa del siglo XXI; de los encuadres planos y la edición televisiva, llegamos a un director que cuida cada detalle de la imagen que vemos, que se demora en las imágenes y vuelve estético lo banal (un quirófano, por ejemplo).


En las películas de Almodóvar, por lo general, aún en lo más oscuro titila una posibilidad de que la luz atraviese el espacio; la belleza de sus últimas dos décadas de cine reside en el tremendo contraste de las fuerzas representadas y en cómo, poco a poco, la luz supera los espacios cerrados, la monotonía y la oscuridad. Hablo de contrastes, pero como bien lo sabemos, éstos suelen rozarse todo el tiempo y Almodóvar lo hace evidente.


Como Almodóvar, creo que el arte salva, como el y la protagonistas de esta historia, creo que el arte salva y también la seguridad de que somos dueños de nuestros cuerpos, de lo que decidamos hacer con ellos.


Recuerdo la voz de Concha Buika y la música de Iglesias, recuerdo las imágenes de Louise Bourgeois, recuerdo el cuerpo de Elena Anaya, recuerdo el grito de Norma y los gemidos de placer de decenas de adolescentes en el jardín oscuro de una casa...

miércoles 8 de febrero de 2012

The help (Historias cruzadas):







Basada en la novela Criadas y señoras (The help), la película cuenta la historia de muchas mujeres en el Misisipi de los años sesentas. Blancos y negros separados por los prejuicios raciales y una editora que aprovecha el movimiento creado por Martin Luther King para poner a circular un libro que devela las historias de las "señoras" blancas y las mujeres negras, contadas por esas criadas negras. La escritora “fantasma” es Skeeter, una mujer que ha sido la única de sus amigas blancas en aún no casarse y en ir a la universidad y “ganarse la vida” trabajando fuera de su casa, fuera de los vestidos floreados color pastel, fuera de las veladas de bridge con limonada, fuera de los niños para mostrar a las “amigas”, fuera de las campañas de beneficencia y otras tantas intríngulis de apariencias.



Cercana a La sonrisa de la Mona Lisa por su crítica a la sociedad norteamericana de mediados del siglo XX y, sobre todo, a la educación de las mujeres, “criadas” para ser buenas esposas y buenas madres, The help parece tan vigente hoy como lo pudo haber sido si el libro se hubiera publicado en los sesentas… Sentada en la sala de cine, veo a muchas señoras cuyas criadas las debían estar esperando en sus casas junto a los niños que cuidan/crían todos los días, sólo para poder marcharse a sus propias casas a cuidar de sus propios hijos… Veo a muchas señoras que se ríen nerviosamente con las escenas que ven en la pantalla y pienso que tal vez recuerden a la muchacha con rasgos indígenas que han contratado para los oficios de la casa, a la señora humilde que llega cada mañana a hacerse cargo de la casa, a la muchacha negra que cocina tan bien, quienes, tal vez, deben comer en la cocina y tener restricciones en el uso de algunos elementos de la casa…



Sentada en la sala, pienso en Skeeter y en su anhelo de trabajar como escritora, en su necesidad de realizar un acto valiente, en su principio de pensar todos los días en si va a creerle o no a las palabras de los imbéciles que la rodean. Skeeter decide que no lo hará, que no les creerá y escribe cada día y cada noche, escribe sobre cómo no llorar mientras se pica una cebolla, escribe y aprende a escribir, escribe y aprende a escuchar a las personas que tienen una historia que contar.
“You is kind, you is smart, you is important”…

jueves 29 de diciembre de 2011

Incendies:



“La muerte no es el fin de la historia”. Esta frase podría resumir esta película (basada en una obra de teatro), ésta y una ecuación: uno más uno es igual a uno… Parece un anacronismo hablar de las luchas entre musulmanes y cristianos, y es una lástima que no lo sea, más aún cuando esta película recuerda las guerras civiles que han atravesado varios países del Medio Oriente por ese anhelado anacronismo.


Estampas de la Virgen adheridas a los fusiles, hombres, mujeres, niños y ancianos acribillados una y otra vez a la vista de la cámara, casas y buses ardiendo al sur del país y una madre buscando a su hijo, ese que nació del amor, pero creció entre la guerra para convertirse en una máquina del terror… Cierro los ojos y oigo los tiros, las granadas explotando, el fuego atravesando las telas, la madera, consumiéndolo todo; me pregunto si es necesario mostrar la sangre, el fusil apuntando y la niña cayendo, el niño cayendo, el amante cayendo… Cierro los ojos y pienso en este país que habito, en las fotografías que he visto, en el dolor que he visto y sentido…


El amor puede producir monstruos y éstos pueden crear, de nuevo, amor. La verdad aparece para cerrar círculos de rabia y dolor, para que un cuerpo pueda mostrar su cara al sol; la verdad aparece para mostrar qué poco conocemos a nuestros padres, para enseñar su resistencia, su valentía y la historia de un país desconocido, para mostrar que el objetivo de un largo viaje es regresar a darnos cuenta de lo que hay a nuestro lado.


Nada como una canción de Radiohead para acompañar este viaje…

viernes 23 de diciembre de 2011

Cartografías literarias: P.N.N. Cueva de los Guácharos (o La vorágine para adolescentes)





Dormir en carpa, amanecer con el sonido de los gallos, los patos, los gansos y otras aves más pequeñas, bañarse viendo pasar las nubes sobre la cabeza, ver las cabras desperezándose, escuchar ese dialecto que sólo era una broma en los programas de televisión… Salir de allí y seguir la ruta señalada por el mapa; llegar a un pueblo que lleva el nombre de un país del Medio Oriente, ver los rostros con rasgos indígenas, saber que estamos al sur del Huila, pero más cerca del Caquetá y del Putumayo. Es domingo y todos salen a hacer mercado, pero, sobre todo, a tomar aguardiente y cerveza, a bailar en las discotecas de la plaza que están abiertas desde el medio día…


Nos internamos más en la montaña, me hablan de osos de anteojos, de dantas, de micos, de murciélagos, de guácharos (que escucho nombrar por primera vez); dicen que hay mucho pantano, que el camino no es fácil, que hay personas que se quedan y otras que se tienen que devolver. Decidimos partir, decido partir… El camino de cuatro horas, lo hago en seis, insultando (absurdamente), por momentos, el barro en el que mis piernas se entierran casi hasta la rodilla, donde, por poco, pierdo mi zapato; hay caídas, hay mosquitos, hay tábanos que entierran su “aguijón” por encima de la ropa. Me quedo sola, por momentos y tengo miedo, entonces, pienso en Alicia, en Arturo Cova, en los andaquíes, los indígenas que poblaron estos espacios y que acosaron los colonos traficando la quina y el caucho… Grito y una voz me contesta; trato de ir más rápido y, por fin, veo un rostro conocido…


Nos internamos en una cueva; la leyenda dice que en ella vivió un indígena que desapareció sin dejar rastro. Nos metemos en túneles, en sus cámaras que nos muestran estalactitas y estalagmitas, los racimos de murciélagos colgando del techo y volando sobre nuestras cabezas. Pensé que les temería, pero sé que huyen de nosotros… Salimos de la cueva (yo doy las gracias, porque ya quiero sentir la luz). Veo micos y un guatín, veo loros, llueve, trato de bajar por una pendiente, resbalo y caigo algunos metros abajo, escucho mi cuerpo caer contra un colchón de pasto; el tobillo duele y se inflama.


Mientras miro mi tobillo, un hombre me habla de minas quiebrapatas, de alguien que pisó una, de su muerte esperando un helicóptero; mientras miro mi tobillo, una mujer me habla de cómo lo dejó todo para salvar a sus hijos de tener que irse con un grupo armado, de cómo hacía tamales en una esquina de un barrio bogotano, de cómo recogía la ropa que otros botaban, de cómo volvió al campo para sembrar la tierra, de cómo la necesidad tiene cara de perro, de cómo extraña “su tierra”, de cómo se siente mejor estando un poco más cerca de ella… Dejo de ver mi tobillo para escuchar las voces de quienes anhelan la belleza de los centros comerciales bogotanos, de quienes cuando vienen aquí evitan pararse delante de las vitrinas demasiado tiempo para que no los señalen como provincianos…


Salgo de este 80% de bosque tropical y de este 20% de selva húmeda (sin entender bien la diferencia) a caballo; llegando a mi destino, empiezo a ver las casas en las orillas de la trocha, los techos de plástico, los fogones de leña, los conejos debajo de las camas, los niños de tres y cinco años acostados en los corredores, una niña de cuatro años con un cuchillo en la mano, “jugando” sobre una tabla, el bebé de seis meses columpiándose dentro de una red en uno de los cuartos, la emisora cristiana a todo volumen, la hora del almuerzo y los hombres que empiezan a llegar caminado a través de la montaña…


Pienso que yo ya me voy, pienso en las vidas que veo sobre un caballo, al otro lado de la baranda, desde la ventana del carro, a través de la pantalla del computador o del televisor y me siento un poco canalla; mientras voy por el camino de herradura, sin desviarme, me siento la turista que viene a conocer el país tropical… Todos preguntan si regresaremos; todos decimos que sí, pero, por dentro, yo sólo tengo dudas. Me siento débil, cobarde y, por momentos, cínica. Tal vez estos caminos, estos parques nacionales naturales sólo deban ser visitados por biólogos, por investigadores, expedicionarios, caminantes profesionales, estudiantes, no por turistas que buscan su cuota anual o semestral de “aire puro” y descanso de la “agitada vida citadina”… Pero también puedo estar equivocada y, tal vez, regrese algún día en una época en la que llueva menos…

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Fotos por Paula.

Cartografías literarias: Desierto de la Tatacoa





Todo es nuevo: el clima, el paisaje, la forma como hablan las personas, la comida. Cuando pasamos por Neiva o por Pitalito o por Gigante, veo varios lugares que llevan un nombre conocido: José Eustasio Rivera… Desde el páramo, pasando por la humedad pegajosa del río Magdalena y llegando al calor casi insoportable del desierto, el Huila permite que resuene en mi cabeza el nombre de ese hombre que dejó “su tierra” para hacerse un letrado de la capital, pero también para hacerse un intelectual y no un simple servidor de la letra oficial.


Por el antiguo camino de los trenes, atravesamos pueblos en medio de la nada en donde la antigua estación del tren queda para rememorar tiempos mejores, tiempos que anunciaban el “progreso”; atravesamos quebradas y túneles angostos hasta llegar al Desierto de la Tatacoa. Curiosamente, estas formas las he visto antes fuera de Colombia y ahora mi referente es ese paisaje sonorense que roza Arizona. Aquí, los “terrones” son más pequeños y angostos, pero, igual, las formas son impresionantes, tierra erosionada por años y años, el color del polvo, del barro, de la arcilla con la que jugaba cuando era niña, los cactus altos y otros pequeños que producen un fruto con sabor a kiwi y a pitaya.


Dicen que hay un puerto para OVNIS, dicen que los han visto; decidimos no ir y prepararnos para ver las estrellas como si el cielo fuera un tablero que Javier señala con su rayo láser; imagino películas de ciencia ficción (que no suelo ver, pero que vienen a mi memoria), imagino tener uno de esos rayos en mis manos, como una espada, y jugar con alguien a luchas intergalácticas… Aprendo el nombre de una estrella, la única que me interesa; veo las constelaciones, pero ninguna de las formas que sugiere el guía, me sorprendo descubriendo que el cielo nunca es el mismo, que nunca vemos las mismas estrellas, que todo es continuo movimiento; con grandes telescopios y binoculares, veo los anillos de Júpiter y algunas nebulosas, aprendo que hay estrellas azules y otras cobrizas, aprendo la diferencia entre el brillo de una estrella y el de un planeta… De ahora en adelante, busco en el cielo la estrella que puedo nombrar y recuerdo a una mujer del siglo XIX que llevó su nombre…

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Fotos por Paula.

Silencio en el paraíso:



Hace algún tiempo me había dicho que no volvería a ver una película cuyo tema fuera el conflicto armado, la violencia, y mucho menos si era colombiana… No se trata de ser ciega o ser como se supone lo es el avestruz… Mostrar la supuesta realidad, a veces, lo único que produce es naturalizar esa violencia, esos conflictos, y esto es lo que menos le conviene a un país que desde hace siglos espera conocer una verdad.


Toda esta introducción para hablar de una película que habla de los “falsos positivos” que nos dejó la última etapa del gobierno de Uribe Vélez y cuya responsabilidad mayor recayó en el actual presidente Santos (no soy ingenua; sé que los “falsos positivos” continúan…). La película duele por muchos motivos, pero el principal es la falta de alternativas que padecen millones de personas en este país, la pobreza que parece cerrar puertas, una tras otra, hasta dejar contra la pared, contra un abismo o contra un fusil. En mejores días, tiendo a pensar que siempre hay alternativas, que siempre se puede escapar de una situación que nos apabulla, que nos atormenta, pero hoy no, después de esta película, no. La desesperanza que recorre este país se resume en cerrar el camino, cada vez más, en dejar cada vez menos encrucijadas posibles.


Aquí, la vida se consume en su lenta y absurda monotonía. La ciudad abajo son luces titilantes como estrellas o atardeceres que matizan los colores de los edificios; el aquí y ahora, en cambio, es polvo cuando hace sol y barro cuando llueve, es estudiar el bachillerato sabiendo que ir a la universidad suena a imposible, es trabajar para ayudar en una casa con papá ausente, con una hermana quien ha dado a luz a un sobrino que hay que ayudar a mantener, es tener sexo o hablar de sexo porque no hay nada más en qué pensar, nada más qué hacer, es trabajar y conseguir la cuota para la pandilla del barrio, es escapar de una golpiza, de un robo, de una amenaza, es escapar de tanto polvo y barro, de tantos golpes, de tantas ausencias, creyendo en el amor, decidiendo creer en él, en las cartas dejadas debajo de la puerta, en la invitación a la fiesta, en el regalo de despedida, en la promesa del regreso…


Me explican que el Plan Colombia es la principal causa de estos “falsos positivos”, la exigencia de estadísticas, de resultados, de rendirle cuentas a quien patrocina la guerra… Al igual que la educación, el desempleo, los niveles de lectura y tantos otros “índices”, las personas se vuelven números vestidos de camuflado y botas de caucho.


Me siento culpable, porque por un momento lloré por la suerte del protagonista de la película y no por la de uno de los que cobraban la “vacuna” a los comerciantes y trabajadores del barrio; me sentí, por un momento, un poco fascista, pero, tal vez, lo que quiera decir la película es que cualquiera está expuesto a ser víctima del orden impuesto por estadísticas inhumanas.


Lloro porque la realidad es peor que esta película, lloro porque, por ahora, no veo qué otra cosa puedo hacer… Creo que la película logra su cometido, no porque me haga llorar a mí (que es tan fácil), sino porque escoge un conflicto que logra mostrar la complejidad del problema, el dilema moral de quienes participan en él (aunque el actor que encarna al encargado de conseguir los “positivos” parezca de mármol) sin excesos, con toda la mesura y el respeto del caso para las víctimas, sus madres, los amores que dejaron, las esperanzas rotas…

viernes 9 de diciembre de 2011

Villa Amalia:





Basada también en una novela, Villa Amalia cuenta la historia de una pianista quien una noche descubre que su pareja por quince años le es infiel; ella decide terminar la relación y empezar otra vida (el espectador no puede estar más de acuerdo, porque el actor sólo expresa pusilanimidad). Hasta allí no hay nada extraordinario; parecería otra historia más de la mujer que lo deja todo atrás para encontrar una vida en la que pueda reconocerse más fielmente representada. Vender el apartamento, vaciar las cuentas bancarias, abandonar la carrera profesional, dejar la pareja, cambiar de guardarropa, cortarse el pelo, buscar una ciudad con mar y sol, viajar sola, tener amantes (mujeres y hombres), encontrar un viejo amigo, perder a la madre y reencontrar al padre, ser reconocida por él, al fin.


En el preciso momento en el que se decide cerrar una puerta, otra se abre para confirmar el conocido refrán. La segunda secuencia de la película parece injustificada porque nunca sabemos cómo apareció ese viejo amigo que ofrece una taza de té y una tostada a la mujer que acaba de perder una ilusión; lo que sabe el espectador es que este hombre le permitirá a ella seguir con el relato de su vida, aunque ese relato no lo incluya a él del todo.


A ella, a Eliane (que ha decidido ser Anne) le interesa señalar la diferencia entre un Madeimoselle y un Madame; a una edad en la que fácilmente se relaciona a una mujer con esta última categoría social, ella sigue afirmando su derecho a ser Madeimoselle… Me gusta la imagen de ella nadando (en piscinas, en el mar azul profundo) y componiendo canciones en un piano imaginario, me gusta la limpieza de sus decisiones, su elección por el no y por el sí cuando y como lo prefiere.


Estamos en una película francesa, asistimos a diálogos escuetos, pero honestos (un sinónimo de escueto es desnudo –según me señala el diccionario– y nada más acorde con la forma como hablan estos personajes), a escenas cortas que se van vinculando con aparente fragilidad-gratuidad. Ella va dejando maletas y vestidos en todo su recorrido hasta Villa Amalia, habla todos los idiomas perfectamente y sabe exactamente qué hacer en cada uno de los destinos elegidos. A veces, esta especie de fluidez programada llega a ser antipática para el espectador (para mí); también la imperturbabilidad del carácter de Eliane-Ann, la serenidad de su ánimo, su capacidad para estar sola y en silencio. Sin embargo, estas antipatías pueden ser sólo el resultado de una cultura en la que no nos enseñan a viajar solos, a estar solos, a sentirnos bien en silencio…

domingo 4 de diciembre de 2011

Coco Chanel e Igor Stravinski:







Basada en una novela, Coco e Igor cuenta la historia de ¿amor? entre estos dos famosos y talentosos personajes en la París de entreguerras. Aún no veo Coco Chanel, la película basada en la vida de esa mujer que hoy me permite usar pantalones tan ajustados o sueltos como los quiera, minifaldas tan altas como quiera permitírmelo y el pelo tan corto como me apetezca. Este hecho me permite no comparar las dos interpretaciones hechas por las actrices sobre esta mujer, sino centrarme en lo que vi, en lo que sentí y pensé.



No es extraño que, después de verla, las mujeres quieran salir a encontrar un vestido o un perfume Chanel; la actriz modela toda la película hermosos vestidos que le sientan de maravilla y pasa noches en vela buscando la esencia perfecta: Nº 5. Esta es la Gabrielle exitosa, dueña de una tienda de ropa femenina, la empresaria visionaria, independiente, segura de sí misma, hermosa, quien puede tener al hombre que prefiera… El que quiere se llama Igor, es ruso, está casado y tiene cuatro hijos. La película hace ver como si pareciera inevitable que dos seres tan brillantes se enamoraran, pero aquí el amor se reduce a cuatro escenas de un erotismo bastante sugerente.


Coco no quiere ser una amante e Igor no puede decidirse; Coco admira su música e Igor, en el fondo, piensa que ella es sólo una “vendedora”… Ella crea, ella sigue creando formas que hacen ver diferente a la mujer, el cuerpo (cuando no se tenía criada, ¿cómo ponerse un corsé? Entonces, apareció Coco), que construyen identidad e independencia. Al final sólo quedan objetos que recuerdan caminos no elegidos…



El uso de algunas foto-fija es innecesario o no logra un efecto en el espectador (o al menos en mí); algunas escenas finales parecen más un capricho del director y se nota demasiado impostada la composición. Me quedo con el recuerdo de la interpretación de Coco: la mujer que amó cuando y como quiso, aunque su moral fuera mal vista por algunas “damas”, la mujer que creó una imagen para sí misma; Chanel supo cómo hacer época, cómo imponer un estilo: el suyo.

sábado 26 de noviembre de 2011

La extraña:

¿Por qué voy a cine?, ¿qué busco en las películas? Busco otras mentes, busco otras formas de pensar, otras maneras de sentir, ver y comprender este aquí y ahora míos. ¿Qué pasa cuando esa otra forma de pensar no me gusta, cuando esa otra manera de ver se torna inaceptable? Eso pasó con La extraña.



Me queda claro que la cultura turca es muchísimo más cerrada, conservadora, tradicional, retrógrada y patriarcal que la colombiana (o tal vez la película sólo sea la visión de una alemana sobre el problema); me queda claro que para los turcos las mujeres son sólo objetos depositarios de un capital simbólico, social y económico, de la honra masculina, del poder masculino… Lo entendí porque la película no plantea salidas a esta situación, lo entendí porque, aunque al personaje se le presentan alternativas para salir de la degradación y apabullamiento a los que la somete su propia familia, su propia comunidad, le es imposible hacerlas efectivas para su salvación, para su crecimiento. ¿Qué se puede esperar si la familia nos da la espalda?, ¿qué se puede esperar si ante la elección entre una hija y el “respeto” por parte de la comunidad, el padre, la madre y los hermanos eligen la comunidad?, ¿qué se puede esperar si una mujer es encerrada por su propia familia?, ¿qué pensar si debe llamar a la policía “extranjera” para que la ayude a salir de su encierro?





Ella, extraña para su familia, extraña para su esposo, extraña para la comunidad turca y extraña para sí misma ante los berlineses, sigue buscando afuera, en esos que la juzgan, una mano que la ayude; falla la percepción cuando insistimos en ser aceptados, en ser amados por un alguien imposibilitado para hacerlo (por ignorancia, por falta de ganas, por costumbre, por lo que sea), falla la percepción cuando no podemos comprender lo que es real, lo que tiene fuerza y nos da fuerza en el aquí y ahora, falla cuando no podemos cuidarnos ni cuidar a quienes, realmente, nos rodean…





Sigue la pregunta, continúa allí como una excusa inteligente para seguir yendo a cine, para seguir viendo películas: ¿Hasta qué punto es válido aquello de que el arte –suponiendo que el cine o, por lo menos, esta película pretenda serlo– no debe ser ciego ante la realidad? ¿Por qué sigue siendo para mí más importante aquella frase de Lautrec: “Nada de patetismo en arte; para eso está la realidad”? Entre la ceguera idealista e ingenua y el patetismo desenmascarador no encuentro lugar para La extraña; sólo recuerdo mi rostro desencajado y mi cuerpo llevándome fuera de la sala antes de ver la escena final, la escena imposible… Afuera de la sala, me pregunto si todo lo que vi era necesario. Virginia Woolf decidía, con un cigarrillo entre los dedos y los labios, a cuál de sus dos personajes matar, cuál de ellos debía o tenía que morir, y la respuesta parecía ser: el menos apto para esta vida, tal y como la conocemos; la genuina existencia que al desaparecer duele en el lector más de lo esperado…





Ingenuamente, me digo que yo hubiera escrito un final diferente para la película, uno que no le restara la fuerza de su crítica, que no dejara de conmover y de sensibilizar hacia la situación de tantas mujeres, uno que me permitiera que al recordarla, la muerte vista no me doliera tanto y tanto…

jueves 20 de octubre de 2011

Zoé en Bogotá:

Me resulta difícil hablar de música. Creo que es lo más cercano a lo que alguien llama la “caverna sensorial”; trato de recordar el concierto de Zoé en el Teatro Mayor y sólo vienen a mí sensaciones… Escucho música, todos los días; a veces una emisora (la misma de hace diez años), otras una canción (que se repite una y otra vez), otras más un álbum (que se repite hasta terminar con la batería del reproductor)… Con Zoé es el Memo Rex Commander y el corazón atómico de la Vía Láctea porque “Vía Láctea”, porque “Vinyl”, porque “No me destruyas”, porque “Corazón atómico”, porque “Nunca”, porque “Paula”…

Ya sé lo que iba a encontrar, lo que escucharía: Música de fondo con la Filarmónica de fondo y sí, todo es perfecto, todo suena absolutamente como lo imaginé y mejor. El vocalista juega con sus juguetes electrónicos para entregar una voz que siempre parece venir de otro lugar, de otro espacio; la voz de ella parece venir de otro cuerpo y los botones que pulsa la conectan a ese cuerpo. Tenía la ventaja (¿?) de no haber visto ninguna imagen de MTV y las imágenes que tengo ahora son las únicas que hay en mi memoria… Es extraño recordar hoy que hace doce años pasaban los videos de Zoé y a mi hermano y a mí nos parecía un sonido tan nuevo, tan de otro mundo, de otro milenio y, al mismo tiempo, tan del fondo de nosotros mismos; es extraño que ahora estuviera sentada al lado de dos adolescentes que gritaban más que yo hace doce años; es extraño que yo no deje de recordar una canción que no estaba en el repertorio (no la “Bésame mucho” del final) y que tocaron al principio, una canción que ninguno de los allí presentes había escuchado (eso dijo él). Fue un regalo para los que estuvimos allí y fue una guitarra y unas palabras que me llevaron muy lejos, cruzando el océano, que me hicieron pensar en hombres a quienes no les importaría morir, hombres que no piden nada, hombres que no dan nada, hombres instantáneos, hombres que sólo quieren arrancarle al día algo que los haga sentir, algo…