domingo 22 de noviembre de 2009

Cartografías literarias: Sonora, México (II)



Es la cena de cierre del evento. Hay comida por montones: tripas, costillas, cortes de carne, sábanas de harina de trigo para hacer nuestros burros, fríjoles en compota y lechuga, siempre lechuga, jitomate, chile y, claro, cerveza. La banda empieza a tocar y tímidamente empiezan a salir a bailar; los colombianos no se pueden quedar atrás y tratan de dejar en alto el nombre del país… Yo estoy emocionada por el día siguiente; iremos a Bahía Kino, un pueblo costero a dos horas de Hermosillo.

El mar, siempre será el mar, pero este mar tenía algo especial para mí. Hacía sol y tenía frío; el viento era frío y el agua también. En la noche hizo más frío; frente al mar, envueltos en cobijas, escuchaba las olas y comía totopos. Dormí bajo cobijas de lana, escuchando el mar. El desierto sólo lo había visto en la carretera: dos horas de desolada sequedad y calor, de fábricas abandonadas, veía las montañas a lo lejos, los inmensos terrones de tierra colorada, de formas irregulares, sin vegetación alguna. El desierto tenía que estar cerca, ese otro mar debía estar cerca, y lo estaba. Allí, del otro lado de la arena marina, se veía una carretera y vi un carro tomar por allí; me asomé y lo vi, sin fin… Abajo había enormes carros practicando alguna especie de carreras y procuré no acercarme mucho: allí empezaba la tierra seca, la vegetación seca, un amarillo de muchos tonos, una visión nostálgica que no sé cómo describir… Este desierto creado para mí por Villoro, Bolaño y González se hace mío en las imágenes y en el viento…
Fui muy lejos y escuché una palabra que el viento se ha vuelto a llevar, que es necesario que se lleve y me deje volver aquí, a este instante…


video

Cartografías literarias: Sonora, México (I)




Yo sólo quiero ver el desierto, su seca vastedad…
Hermosillo es una ciudad lejana, muy lejana del D.F. Alma empieza a hablar, la observamos y sabemos que estamos en otro México. La radio cuenta que en Ciudad de México hay protestas porque el gobierno ha cerrado una empresa de energía; muchas personas han quedado sin trabajo y los estudiantes de la Unam se han sumado a la marcha. El locutor dice que hay rumores entre los estudiantes sobre una decisión estatal de privatizar la Unam y los ánimos están muy exaltados… “Por favor, ¿cómo van a creer eso?”, agrega el locutor. Nos miramos y nos reímos nerviosamente, porque esto cada vez es más creíble para nosotros…

Alma es una profesora de Lingüística de la Universidad de Sonora. Alma nos recoge en el aeropuerto y nos lleva a la casa que nos hospedará por cuatro días; nos espera y nos lleva hasta la universidad donde somos “los colombianos”… Alma nos deja en un restaurante para que almorcemos y al salir subimos a un taxi: la música parece siempre la misma; se llama banda (aquí los muchachos no bailan porque de lo contrario piensan que son gays; aquí las muchachas quieren que los hombres bailen)… El taxista (sombrero, barba, camisa sudada, el hablar más lento de toda Sonora, la taimada sumisión del que quiere parecer una oveja) empieza a “pasearnos” por todo Hermosillo… Hay discusiones, hay ofuscación e indignación; alguien nos ha timado y no conseguimos llegar al lugar deseado. Hace mucho, mucho, mucho sol, mucho, mucho, mucho calor. Es el desierto, pero esta es una ciudad que está más del otro lado que de éste; casi todos sus habitantes tienen carro y es difícil hallar a alguien que camine por sus calles (claro, menos a la hora del almuerzo). “Los colombianos” sólo quieren cambiarse y dormir…

En el D.F. parece que nadie está interesado en ir a Sonora; casi todos los mexicanos asistentes al coloquio de literatura están allí por primera vez. Cuando decimos que vamos a Sonora, el único que hace un buen comentario es Villoro, quien nos habla del desierto, de su aire, del mar donde van a parir las ballenas y de la caza controlada que se practica allí y que tanto le gusta a los gringos… En Sonora la comida pica mucho menos y las tortillas son de harina de trigo traída del otro lado (la ciudad más próxima del lado de allá está a cuatro horas por tierra y la mayoría de la población tiene visa estadounidense; las señoras siguen con diligencia las fechas de oferta de los malls del otro lado y van a toda velocidad para ser las primeras en comprar y regresar con el mejor botín), la carne es la mejor del país (Sonora es la zona ganadera que lo surte), así que tacos y burros (mis favoritos) están rellenos de carne asada o “adobada”.

Compramos más tequila y jugamos con el español al colono y al colonizado (y como buen europeo, no baila), al dominicano le pedimos que baile merengue con nosotras (y, vaya, cómo baila), las de Hermosillo nos piden que bailemos salsa, cumbia y mapalé (y lo hacemos muy bien) y ellas bailan una de Shakira… Nos reímos de este “intercambio cultural”, de esta manera de jugar con los estereotipos, y yo estoy feliz con el tequila y su nobleza, su elegante serenidad. Las de Hermosillo quieren apagar la luz; nosotros queremos ir a dormir y así lo hacemos…
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Fotos por Paula

Cartografías literarias: Ciudad de México (III)





Hay otros recuerdos, otras imágenes que no sé cómo traducir, que serán sólo balbuceos… Esta ciudad histórica, inmensa, hiperbólica, también me mostró algo de su lado “bizarro”. Después de tomar tequilas, margaritas y cerveza (la cerveza más rica que me he tomado está en México), me llevaron a un lugar en el que siempre había querido estar. A la una de la madrugada empezó el show: decenas de travestis, de drag Queens, salieron a ser, a actuar como sólo ellos-ellas pensaban que podían hacerlo. Allí estaban Yuri, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, divas de los cuarenta, bailarines con plumas y lentejuelas que daban lo mejor de sí, se daban a ellos mismos, en cada movimiento… Luego, seguía todo igual: los hombres bailaban con otros hombres o con otras mujeres, las mujeres bailaban con otras mujeres o con otros hombres; yo bailaba con dos hombres una canción de Gloria Trevi; luego nos sentábamos y tomábamos más tequila. Llegaban los hombres con botas texanas (norte de México), con sombrero norteño, pantalones vaqueros (vaqueros del norte de México), con camisa de manga larga, a encontrar una pareja, alguien con quien bailar, con quien hablar, aunque en las próximas noches volvieran a dormir solos. Nadie era extraño, nadie me miraba raro, nadie juzgaba; allí se encontraban todos los sexos, todas las edades, todos los cuerpos. Yo amanecí feliz y sin guayabo, sin una sola gota de resaca (el tequila es algo maravilloso), aunque no había dormido casi nada, aunque estaba más nerviosa que nunca y más asombrada que nunca; Juan Villoro nos esperaba para desayunar en uno de los barrios más bonitos de Ciudad de México: Coyoacán.

La plaza es pequeña y la iglesia también; al lado de la fonda está el teatro de Santa Catarina donde Villoro presenta una obra teatral: Muerte parcial. Las campanas de la iglesia empiezan a sonar y sus sonidos se cuelan entre las páginas de los libros que traje conmigo como tesoros… Mis pocas palabras y mi oído atento estuvieron allí comiendo huevos jarochos, pan dulce y café negro, escuchando las historias que sólo él puede contar, viendo las ardillas entre los árboles… En sus palabras estuvieron Fernando Vallejo y Bolaño, su padre Luis Villoro y otra imagen anhelada del desierto, Ulises Lima y el Cerdo, nombres de escritores y lecturas recomendadas por él, Alvarado Tenorio y hasta Medina Reyes… No hay silencios con Villoro; él aúna palabras como una ofrenda para sus invitados, nos escucha atentamente y siempre, siempre, tiene el comentario preciso, sin perder el hilo, termina sus historias… Me digo a mí misma que fue una fortuna ir acompañada por otros varios comensales, que mi silencio se siente menos o que, mejor, se ve como una cortesía con mis amigos y compañeros de viaje que sí cuentan, tejen, preguntan… Todos se toman fotos con él y yo por fin me animo a sacar mi cámara (la de César), espero que él no esté cansado, aunque sé que tiene afán, y me acerco y sonrío con los mismos nervios, con el mismo agradecimiento… Mi amigo tiene la “maravillosa” idea de pedirle una entrevista y él, claro, le dice que sí… Yo sigo escuchando… Juan Villoro se levanta, toma su bolsa y se despide; yo lo abrazo porque es lo único que me sale y que no necesita palabras… No sé qué más decir, no puedo decir más; lo otro se queda en mí…

Cartografías literarias : Ciudad de México (II)





Sí, fui a Teotihuacán, sí, fui a Xochimilco, sí, fui a la Unam, sí, fui al museo de Antropología, sí, fui al castillo de Chapultepec (el lugar de los chapulines), sí, fui a la cada de Frida Kahlo; pasé por el Zócalo, por el palacio de Bellas Artes, por la Casa de Cortés y por Tlatelolco. No me hizo falta ir a Garibaldi ni a la basílica de Guadalupe ni al convento de Sor Juana. ¿Cómo hablar de lugares que siempre son de postal?, ¿cómo negarse a ir en el Turibus? Escuché las palabras, las conversaciones, vi las familias, los gringos y los europeos, los gestos, los desperdicios del lugar, observé a mis compañeros de viaje comprar recuerdos (yo misma compré uno), me fui atrás, busqué algo de silencio y lo encontré, me detuve un poco y observé, respiré; dejé la pirámide del Sol (que tenía algo de Monserrate los domingos, cuando se subía a pie), dejé sus ángulos retocados por un presidente ansioso de perfección a mediados del siglo pasado, no toqué la piedra que hay en la cúspide, no me recargué de energía, no como decían que había que hacerlo… Caminé por el Valle de los Muertos y pensé en la ciudad consumida por el fuego; subí a la pirámide de la Luna y quise quedarme allí por más tiempo (el sol cada mañana sobre el valle de México, sobre Ciudad de México)…

Ciudad de México expone todo el tiempo su memoria, recuerda todo el tiempo a Tenochtitlán, a la Nueva España, es todo el tiempo ciudad, es todo el tiempo varios tiempos, de la muerte y de nuevos ritos… Recuerdo en Xochimilco los mariachis borrachos a las once de la mañana (yo les pedí “Ojalá que te vaya bonito” o “El aventurero”, pero cantaron siempre “México lindo y querido”…), las aguas antiguas, oscuras, sin fondo y sin un axolotl a la vista… Recuerdo recorrer la Unam en bus (en Puma), recuerdo que algunos de mis referentes allí no funcionaban; buscábamos una plaza del Che y nos encontramos con muchas plazas, con una Ciudad Universitaria inmensa, con las mismas caras de los universitarios, una exposición sobre vampiros y un ciclo de cine colombiano… Recuerdo el calendario azteca en el museo de Antropología, recuerdo haberme sentado para observarlo, para aislarlo de la decenas de otras piezas que hay a su alrededor, recuerdo que un vigilante me recordó que se veía mal que me sentara en un museo… El museo de Antropología recoge la lógica de la ciudad: están las salas de los aztecas, de Teotihuacán, de los Toltecas, de los indígenas de las costas, de los mayas, pero también está la sala de la ciudad actual, de sus sonidos, de sus imágenes, de sus personajes, de sus miserias, de sus sueños…
Fui al castillo de Chapultepec buscando la imagen de Carlota y de Maximiliano, encontré el mundo europeo que quisieron revivir en lejanas tierras; me conmovió encontrar la imagen de una mujer con ansias de construir “civilización” y contrastarla con la imagen final de su locura… Recuerdo la casa de Frida y mis propios recuerdos, recuerdo los cientos de detalles con los que se hizo una intimidad propia, una biografía propia, una riqueza singularísima, recuerdo el nacionalismo como empresa por excelencia de una gran parte de la cultura mexicana, pero también lo que de ello se ancla a lo más profundo de su cultura: la ciudad, la casa, recordaba el Día de los Muertos, las catrinas, las flores, las calaveras, el pan dulce, la comida, las flores. Si con algunas de las grandes pinturas del arte universal me ha pasado que al verlas en la realidad, parecen menos significativas de lo que son, con los grandes monumentos, las construcciones históricas en Ciudad de México me sucede lo contrario: la foto de postal no servía; en la realidad se muestran como gigantes. Tlatelolco me mostró (una imagen que sólo duró cuatro minutos) los inmensos contrastes de la memoria mexicana, de la memoria latinoamericana; esta imagen es la que más perdura en mi propia memoria, la que me permite entender, reconocer el lugar de esta civilización antigua y la juventud de la nuestra…

Recuerdo recorrer la ciudad en metro (y quedarme atrapada por las personas que querían entrar de cualquier forma e inmediatamente; recuerdo abrirme paso entre la montonera como me ha enseñado el Transmilenio), en tren ligero, en pecera, en camión, en taxi y en carro, recuerdo ver cientos de carros aparcados en las calles, dormir en las calles, recuerdo verlos uno detrás de otro, sin espacio entre ellos, recuerdo ver las llaves de los carros en la entrada de un restaurante, en el parqueadero de un edificio, para que cualquiera pudiera moverlos en caso de que impidiera la salida del propio. En esta inmensa y poblada ciudad, el espacio vehicular se aprovecha al máximo y medidas como pintar más separadores en las avenidas se toma con fe y con alivio; la avenida tiene tres carriles, pero si pintan un cuarto, entonces se cree que existe y se usa como tal.

Cartografías literarias: Ciudad de México (I)




Este es un sueño que comienza cuando tengo doce años; tal vez un programa sobre los Mayas, tal vez una telenovela (tal vez varias), tal vez El Chavo o Plaza Sésamo, tal vez una mujer con corsés de yeso, tal vez una o varias canciones de Caifanes, de Jaguares, de La Maldita Vecindad, de Fobia, de Café Tacuba, de Kinky o de Zoé, tal vez un cuento: “Coyote”, tal vez dos novelas: Materia dispuesta y El testigo. Tal vez todo esto… Siempre quise que mi primer viaje fuera de este país, fuera a otro país latinoamericano, no sé por qué (tal vez sí lo sepa); sé que quería que ese país fuera México y así ha sido…
Esta bitácora está llena de imágenes, de colores (sobre todo, de colores), de olores, de sonidos y de silencios, de viento…

Tomar un avión y dejar, alejarse, elevarse y llegar a otro lugar, siempre me ha parecido de las cosas más sorprendentes que ha creado el ser humano; quizás porque no he viajado muchas veces en avión, quizás porque esta era la primera vez que lo hacía por más de una hora… Aún pido la ventana, aún me estiro todo lo que pueda para ver lo que se va alejando poco a poco, para ver lo que va apareciendo, aún me sorprendo de ver los ríos, los pueblos, las ciudades, las montañas, el mar, el cielo por encima de las nubes, el otro mar… Avistamos Ciudad de México y la sobrevolamos por varios minutos antes de aterrizar; así de inmensa es, acompañada por una extensa capa blanquecina. El primer mito urbano se hace cierto… Nos dicen que nos arderán los ojos y la nariz, que hasta nos saldrá sangre los dos primeros días; nada de esto sucede. Sólo sentimos el olor a “El Muña” cuando salimos del aeropuerto, cuando atravesamos sus muchas avenidas y sus inmensas vallas publicitarias (inmensa será una palabra repetitiva en esta entrada), pero luego el olor se va o, simplemente, ya no lo percibimos.

Nos decían que la mayor parte de la cultura mexicana gira alrededor de la comida y es cierto; mi primer recuerdo de esta ciudad es un almuerzo que empezó a las tres de la tarde y terminó a las siete de la noche (era aún de día, pero es la costumbre…); en otro recuerdo, el desayuno empieza a las nueve y termina a las once (un domingo normal, en la Fonda Santa Catarina, en Coyoacán, el lugar de los coyotes); en otro, la comida empieza a las ocho y media y termina a las diez y media (un lunes normal, en el Café de Tacuba). Los encuentros giran alrededor de la comida (o tal vez sólo pasó porque era extranjera y querían y quería mostrarme las delicias mexicanas) y en realidad ésta parece siempre una ofrenda, un ritual; cada bocado pica, cada bocado se hace consciente en los labios y en la lengua, en los ojos y en la nariz. La mesa es colorida y siempre está llena, siempre hay suficiente pan, totopos y salsas, siempre más café o más aguas; el agua de horchata, de Jamaica o de naranja, siempre abundante, más que suficiente. La publicidad en las calles y en la radio habla de cuidarse, de tomar agua, de hacer ejercicio (también habla de la importancia de aceptar la igualdad de la mujer frente al hombre y aquí recuerdo las recomendaciones de los colombianos en el avión: no caminar sola si no quería escuchar frases indebidas, gestos indebidos); las imágenes muestran un hombre obeso comiéndose una torta gigante (de las que tanto le gustan al Chavo) y advirtiendo que comer en exceso puede provocar un ataque al corazón; la voz en la radio advierte sobre la diabetes… Hay frituras, pan dulce, tortillas de maíz, siempre, y también siempre hay cerveza, porque la cerveza es el único buen acompañante del chile y de una posible “enchilada”…
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Fotos por Paula

lunes 12 de octubre de 2009

En el lejero

Según Norma y el mismo Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 1958), En el lejero (Norma, 2003) es el antecedente literario de Los ejércitos. Rosero dice que después de terminar En el lejero, quedó insatisfecho, así que decidió empezar a escribir Los ejércitos

Entre la cordillera y el abismo está el pueblo, a la sombra de un volcán, inundado de niebla y de ratones, cientos de ratones que mueren en sus calles y llenan el espacio de un olor a putrefacción. Jeremías Andrade, un artesano, un tallador que ama y conoce la madera, llega al pueblo después de un año de estar buscando a su nieta. Alguien le dice que ella puede estar allí; es el último lugar que le queda…

Personas como fantasmas, muertos; gente que no puede hablar… Un muchacho “juega” con la cabeza de una anciana, la cabeza de un perro cuelga sobre el frente de una casa, un cóndor planea buscando carroña… La vigilia es una pesadilla, pero hay una esperanza; en este viaje, Eurídice no está detrás del héroe, sino adelante, en el lejero, en el perdedero, en el guardadero… Jeremías debe creer, debe confiar…

El frío se pega a los huesos, a los huesos de un anciano que ya ha perdido a su hijo y a su esposa… ¿En manos de quién? No se sabe, no importa, es la guerra: “Decir que buscaba a su nieta, mostrar la foto, decir su edad –la de él y su nieta–, y sobre todo su edad, ver que vieran que ya estaba viejo, que no serviría para empuñar un arma, que era dueño de nada, decir y repetir siempre lo mismo, en otros lugares, en otros caminos, incluso simular más achaques y años de los que tenía –durante ese año de búsqueda incesante– lo había eximido por lo menos de morir. Muchas armas, de uno y otro bando –por esa suerte de muerte inminente que él encarnaba– lo dejaron de apuntar, despreciándolo hasta en la muerte”…

Lejos del cielo, las personas se acostumbran a todo y cierran las puertas a lo desconocido… Lejos del cielo, lejos de los ojos de quien ha abandonado lo que debía cuidar. No hay alcaldes, no hay policía, no hay Defensoría del Pueblo, no hay ejército; hay una iglesia, una tienda, una cancha, un hotel, un mercado y un convento que separa el pueblo del abismo… Los cuerpos encadenados gimen, se lamentan, se mueren de hambre, de dolor; Jeremías debe seguir buscando, aunque le digan que deberá pagar el doble, el triple, para poder llevarse aquel cuerpo de allí, aunque sean como pollos que alimentan y engordan para después vender, aunque las esperanzas sean cada vez más pocas, Jeremías debe seguir. Un pueblo es más que un hombre llamado Bonifacio…

Duele la búsqueda del viajero y su última esperanza, duele la “paciencia de quien va lejos”, duele el nombre que grita en medio de los lamentos, de los quejidos… Duele la indiferencia de todos los que pasan sin mirar, sin pronunciar una palabra, duele la mezquindad y la maledicencia de los que ya tienen arrugado el corazón y la dignidad; “seres desastrados”… Duele esta novela de Rosero Diago, duele el cansancio de los que siguen buscando sus huesos, sus muertos, sus desaparecidos… Duele esta “tremenda y concreta irrealidad, la realidad misma”…

domingo 11 de octubre de 2009

El libro salvaje

Cuando le preguntaba al escritor colombiano Evelio Rosero Diago acerca de su necesidad de escribir para niños, su respuesta fue clara: “No hay ninguna diferencia entre escribir para niños y escribir para adultos. Esas clasificaciones las hace la academia y las editoriales; yo no. Un libro “para niños” lo puede leer un muchacho de diez años o un hombre de ochenta. La “literatura infantil” es una literatura transparente; la única diferencia con mis otros libros es que siento mayor libertad y alegría cuando escribo esas historias”…

Juan Villoro es otro escritor de “literatura transparente”, de historias libres y alegres para lectores libres y alegres… Compré El libro salvaje para regalárselo a mi sobrino, que tiene dos años y le gusta mucho que le cuenten historias, le gusta mucho coger los libros, organizarlos a su modo y observar sus colores y las figuras que ve en las carátulas, tirarlos al piso y pararse sobre ellos, le gusta jugar a pasar las páginas para sentir viento y ver las letras corriendo a toda velocidad, y a veces también le gusta tomarlos, como ve a los adultos hacerlo, y ponerse a leer, a crear sonidos y palabras… Le dije a Juan Felipe que yo le iba a cuidar su libro salvaje por algún tiempo y él aceptó; así que después de este trato, El libro salvaje se dispuso a entregarme la aventura de un lector…

¿Cómo nos convertimos en lectores?, ¿qué historias hay detrás de nuestra manía de encontrar en esos objetos figuras de nosotros mismos? Sucedió casi al mismo tiempo: una mujer creyó en mí como lectora y me prestó una historia que ocurría en un París donde las mujeres parían de pie y sus hijos caían al piso, junto a las aguas putrefactas del mercado… Un hombre creyó en mí como lectora y me dio una historia de un hombre que quería ir a T y terminó yendo detrás de una X… Una maestra nos obligó a leer La metamorfosis, El extranjero, Fausto y Edipo rey; dos hombres me ayudaron a verlas de una forma distinta, viva, amada… Si hay libros salvajes, también hay lectores salvajes que están buscando un libro que los dome, libros que crean en ellos como lectores…

Después de Autopista sanguijuela y el Profesor Zíper, Juan Villoro me regala la historia de Juan, un niño que ya no se siente tan niño, que ya no es tan niño. Los padres de Juan acaban de separarse y llegan las vacaciones del colegio; la madre de Juan decide que él y su hermana Carmen se queden en casa de otras personas, mientras ella organiza sus nuevas vidas… Juan va a la casa de su tío Tito, un hombre que vive en una casa enorme del centro de la ciudad, rodeado de libros y de tres gatos. Tito busca algo de Juan, busca un lector que pueda domar el libro salvaje, el único libro que no ha permitido que él lo lea: “Los libros no quieren ser leídos por cualquier persona, quieren ser leídos por las mejores personas, por eso buscan a sus lectores”. “Hay gente que cree que entiende un libro sólo porque sabe leer. Ya te dije que los libros son como espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza. El problema es que sólo descubres que tienes eso dentro de ti cuando lees el libro correcto. Los libros son espejos indiscretos y arriesgados: hacen que las ideas más originales salgan de tu cabeza, provocan ocurrencias que no sabías que tenías. Cuando no lees, esas ideas se quedan encerradas en tu cabeza. No sirven de nada”. En la biblioteca del tío Tito hay libros peligrosos (“Son libros hechos por gente incapaz de proponer algo por su cuenta y que sólo puede destruir lo que otros hacen”) que amenazan el libro salvaje y Juan deberá ponerlo a salvo…

El libro salvaje nos recuerda que los libros son seres vivos, que su naturaleza de árbol vive en ellos y se comportan como organismos con vida propia. Una biblioteca puede ser un hogar para los libros o puede ser un cementerio… El libro salvaje también nos recuerda que los buenos lectores no son aquellos que más saben, que más han leído, sino aquellos que nutren el acto de leer con la vida misma…

El libro salvaje es también un homenaje a la literatura y a la literatura compartida, rodeada de vida: “Comimos un banquete marinero: sopa de pulpo al estilo Capitán Nemo, pescado a la Moby Dick y, de postre, Nieve del Almirante”. En la cocina de Tito también se comen cronopios, una receta sacada de Cortázar, “un inventor argentino”. El libro salvaje es un libro que me recuerda, que me insiste sobre la importancia del lector y de su experiencia: “No hay que olvidar que los recuerdos sólo existen desde el presente; alguien tiene que estar vivo para que el pasado exista y esa persona es el lector: el mundo de ayer sólo existe cuando alguien lo recuerda hoy”…

Sounds of the universe:




El título del último trabajo de Depeche Mode sintetiza la propuesta musical de este grupo en los últimos veintiocho años. Jamás imaginé que algún día fuera una realidad vivirlo en concierto y así fue anoche… Aunque las ratas se metieran en la fila para robar lo que estuviera a mano, aunque el grupo telonero nunca haya dicho quién era ni de dónde rayos había salido ni cómo diantres se había ganado el derecho a estar allí (los únicos en Colombia que hubieran podido preludiar el concierto de Depeche Mode eran los Estados Alterados…), aunque las torres que habían prometido quitar siguieron allí, incólumes, aunque al principio estuviéramos peor que en un Transmilenio, a las 9:00 p.m. ya todo eso no existía… Ha sido el mejor concierto de toda mi vida… Ellos son la mejor banda que he viso en vivo (la puesta en escena es impecable, el sonido llega a todos los sentidos), Martin G. tiene la mejor voz masculina que he escuchado y Dave G. es el hombre más sensual de todo el universo…
Sólo me faltó “Dream on”, “Feel loved” y, sobre todo, “World in my eyes”:
Let me take you on a trip
Around the world and back
And you won’t have to move
You just sit still
Now let your mind do the walking
And let my body do the talking
Let me show you the world in my eyes
I’ll take you to the highest mountain
And the deep of the deepest sea
And we won’t need a map, believe me
Now let my body do the moving
And let my hands do the soothing
Let me show you the world in my eyes
Tht’s all there is
Nothing more than you can feel now
That’s all there is
Let me take you on a ship
On a long, long trip
Your lips close to my lips
All the islands in the ocean
All the heaven’s in the motion
Let me show the world in my eyes
That’s all there is
Nothing more than you can touch now
That’s all there is
Let me show you the world in my eyes…

sábado 12 de septiembre de 2009

Frutos extraños:

Lamujerdemivida se llama Leila Guerriero y publicó en julio de este año la primera antología de sus crónicas (Leila empezó su trabajo como periodista en 1992): Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008. Fui a la Feria del Libro buscando un libro de Villoro, pero al doblar un stand, allí estaba su fotografía: gigante, ampliada, su imagen distante, su mirada descreída, su cuello hacia atrás, no la sonrisa fácil, condescendiente, y tampoco la pose pedante o fría…

Lo primero que leí de Leila fue un texto titulado “Me gusta ser mujer… Y odio a las histéricas”; no una crónica, no un reportaje, no un comentario, no un perfil, sino lo que ella llama en éste, su segundo libro (el primero fue Los suicidas del fin del mundo. Crónicas de un pueblo patagónico), sus “Discusiones”. Hay una paradoja aún mucho más curiosa: el primer texto que le publican a Leila (el texto con el que se jugó su vida) es un cuento, es literatura… Leila no estudió periodismo, Leila no esperó a que le abrieran las puertas, ella se defendió como pudo y patea cuando no le abren… Parece rudo, parece feminista, pero nunca será esto, jamás será esto. Leila Guerriero entra sutilmente, respetuosamente, en la vida de las personas sobre quienes escribe, se queda allí, escuchando, mirando cuidadosamente, y espera… Luego se encierra y escribe…

Con Leila he aprendido (entre muchas otras cosas) que el periodismo no tiene nada que envidiarle a la literatura, que muchos periodistas tal vez leen más que muchos otros literatos, que me gusta más lo que escribe esta mujer que mucho de lo que escriben los autores de ficción por estos días y que la literatura no es la dama de las letras, que la realidad es un imán y sólo necesita de alguien que sepa ver, que tenga tiempo, que quiera tener tiempo para percibir sus “extraños” frutos…

Ningún lector vendrá a este libro porque quiera encontrar alguna crítica política, económica o social y, sin embargo, los textos de Leila Guerriero son "siempre, la historia de algo mucho más devastador, mucho más grande que la historia de uno solo"; creo que los lectores vienen a Leila por los personajes que transitan por sus páginas escritas, por las versiones que ellos "eligen contar como verdad", por aquellas tantas cosas que el mismo periodismo desecha o elabora sin mucho interés. Leila, atenta a esa realidad, a esas vidas que nunca se detienen, que siempre tienen algo que decir, siempre pregunta “¿por qué no?”, entrega a sus lectores formas diversas de entender o de no entender lo que no vemos, lo que a veces parece tan superficial que no reparamos en ello…

Hay una mujer que fue violada, un recién nacido y un cuchillo, una mujer que escribe sobre un cuaderno de niña; hay un Facundo Cabral desconocido y cercano; hay un mago y una mano que falta; hay un hombre frente a un telón, frente al dilema de su vida; hay un grupo de hombres y mujeres que recogen, recuperan los huesos, las huellas de lo que torpes manos quisieron hacer desaparecer (no sólo en Argentina, no sólo en Latinoamérica); hay mujeres que conducen carros rosados, vestidas de rosa y brillantes en plena media tarde; hay un chino de la China conociendo el mundo; hay caminos patagónicos y estantes vacíos; hay un grupo de rock más extraño aún (para mí) que Radiohead, más extraño aún que una obra de arte contemporánea, más conceptual que el arte conceptual; hay un México que no está en los city tours, ciudades que no son de catálogo, porque en realidad ninguna ciudad es de catálogo; hay una música que enseña a escribir; hay historias sobre estas historias y lo que dejan oír, lo que permiten entender para seguir…

Leo a Leila como se lee en la adolescencia, con ahínco, con amor, con asombro metafísico. En medio de la soledad, del absoluto aburrimiento, sus textos (mis amuletos), hace cinco años, me dieron lo que cada día agradezco, lo que cada día no permite que me quede dormida a media mañana o a media tarde, lo que espanta los bostezos y cierto fango que a veces aparece en la ruta...

Nueve reinas

Dirigida por Fabián Bielinsky y presentada en el 2000, Nueves reinas era para mí un mito, era “la mejor película argentina de los últimos años”. Nueve años después y tras meses rastreándola (no sé si se pueda bajar por Internet; nunca lo intenté) por el mercado pirata de esta ciudad (dicen ellos, los piratas, que el de Perú es mucho mejor) por fin puedo hablar de Nueve reinas. Una película de ladrones sin policías ni disparos ni sangre, una película de ladrones bien vestidos (con modestia) que la mayoría de las veces pasarían más por magos; sería mejor, entonces, no hablar de ladrones, sino de estafadores, porque una gran estafa es lo que narra esta película.

Las verdades se vuelven mentiras y las estafas se vuelven verdades, lo falso resulta cierto y tener “cara de bueno” sigue ayudando mucho.

Hay ladrones que roban y continúan su carrera (orejas que sangran, mujeres que gritan, hombros que duelen), hay ladrones que roban y se pierden en su moto, en su carro, hay ladrones que abren carros, hay ladrones que deslizan su mano dentro de un bolsillo, dentro de un bolso, hay ladrones que usan trucos, que los pasan de generación en generación, ladrones que engañan, ladrones que necesitan que alguien crea en sus mentiras, en sus ilusiones; ninguno saca un cuchillo o una pistola o una sarta de ofensas y humillaciones para intimidar a su víctima. Los ladrones, los estafadores de Nueve reinas usan su ingenio, su astucia para conseguir lo que quieren que les den, lo que necesitan que les sea entregado: dinero.

Los bancos, como pirámides con corbatas costosas, también se derrumban, también vuelven agua las ilusiones de los clientes; los dueños empacan sus cosas (también sus billetes) y se van del país, ellos, los de la astucia blanca, casi transparente, los respaldados por las leyes… El “laburo” y la “guita” en una Argentina de principios de este siglo, en medio del “corralito”, bordeando el “cacerolazo”…

Hay una herencia robada, decenas de deudas no saldadas, expropiación. Hay una mujer que necesita una verdad y fabrica una enorme mentira para conseguirla, hay un hombre y el fantasma de su padre en la cárcel diciéndole que no, que él no es capaz… El vivo no siempre vive del bobo, el bobo a veces sólo quiere mantener su “bajo perfil”...