lunes, 20 de diciembre de 2010

El corazón es un cazador solitario:



Desde que supe que existía un libro con este título quise leerlo, desde que leí La balada del café triste quise leer este libro, la primera novela de Carson McCullers. The heart is a lonely hunter (1940) o El corazón es un cazador solitario –que a mí me suena más bello– resuena ahora en mi interior…

Como siempre, es el Sur de Estados Unidos, como siempre, está terminando la primera mitad del siglo XX, como siempre, están los negros, los molinos, el sol, el calor y la melancolía, la soledad de sus personajes. McCullers publicó esta novela cuando tenía 23 años, pero parece la novela de alguien mucho mayor, parece la novela de alguien que ha vivido mucho, que ha comprendido mucho, que ha visto mucho, que ha aprendido con todo su cuerpo y con su alma cada minuto de su vida...

Como todas las lecturas que quedan en mí, se trata más de sensaciones y de imágenes, que de citas que ahora pueda transcribir aquí o de detalles de la trama que ahora pueda contar. Puedo decir: esta es la historia de un hombre sordo que se ha desacostumbrado al sonido de su voz y también se ha quedado mudo; es la historia de un hombre que ha perdido a su amigo, su único amigo –también sordo–, la única alma que él creía que lo comprendía. Su amigo está a kilómetros de él, metido en un sanatorio, mientras él lo extraña cada minuto, cada día, cada mes que pasa sin su compañía. Esta es la historia de una niña que empieza su adolescencia, una niña que empieza a quitarse sus pantalones cortos y sus camisas de hombre para ponerse vestidos, medias y tacones; esta es la historia de una niña que tiene la fortuna de tener una habitación interior llena de la música que quiere componer cuando tenga, por fin, un piano y un profesor. Esta es la historia de un hombre negro que sufre por los atropellos infringidos a la gente de su raza, un hombre médico cuya vida transcurre entre los enfermos, los pobres, los desvalidos; este hombre ama y odia profundamente, cuando el odio es la herramienta para defenderse de lo que no se puede cambiar, de lo que no se puede aceptar, de la impotencia, cuando el amor va de la mano de la compasión y del deseo de transformar el mundo en un ápice. Esta es la historia de un hombre rojo en tierra de blancos, un hombre que carga consigo la frustración y el rencor, un hombre que sufre por las injusticias del mundo, por las nuevas formas de esclavitud del mundo blanco, por los obreros y su carrera infructuosa tras un dinero que jamás verán, por los dueños y sus bolsillos sin fondo. Esta es la historia de un hombre viudo y su amor por una niña que aún no quiere dejar de ser niño, un hombre que arregla las flores del jarrón de su vitrina, que busca un rostro que no se parezca a ninguno, que deja la puerta de su negocio abierta toda la noche para que ese rostro aparezca, para que sea inevitable el encuentro, la conversación, las sensaciones que no se repiten…

De Frankie y la boda me queda una frase: “Tú piensas que todo acabó, pero eso sólo demuestra lo poco que sabes”, esa frase, leída una tarde hace algunos años, que puede resumir todo lo que pensaba y sentía, entonces, esa frase leída como una epifanía, como una revelación también para mi corazón cazador; de La balada del café triste me quedan las imágenes del Sur de Estados Unidos, sus campos sembrados, las máquinas de sus fábricas, el whiskey y un jorobado, de Reflejos en un ojo dorado, me quedan la imagen de un caballo y de un cuerpo enamorado, de El corazón es un cazador solitario, me queda la presencia de la guerra en las radios, me quedan dos cuerpos desnudos, adolescentes, aterrados del deseo y de su contundencia, me quedan una pistola en el bolsillo y la tranquilidad de quien ya ha tomado una decisión, me queda la violencia, la discriminación, la rabia que produce más violencia, más discriminación, me quedan las estaciones y los cambios que, lentamente, ocupan su lugar en nuestro ser, me quedan los sueños rotos y la insistencia en que mañana todo sea distinto, me queda la necesidad de encontrar a alguien que escuche, que entienda -que nos haga tener la impresión de que entiende, de que escucha-, que dé calor, me queda también la necesidad de estar en silencio, de vaciar las palabras, de no invadir con ruido mi propia habitación interior...

lunes, 6 de diciembre de 2010

Mademoiselle Chambon: Une affaire d'amour




Ella es una profesora sustituta; viaja por toda Francia jugando a tener una vida o, mejor, evitando tener una propia. El apartamento es amplio, está lleno de sus cosas, como si esta vez no quisiera irse… Los discos compactos por montones, la foto de ella tocando un violín que siempre está en su imaginación, que ha abandonado porque no cree que sea buena para interpretarlo, hasta que él lo ve, la ve… Una llamada telefónica de su madre y ella que no contesta, no quiere saber que su hermana ahora es juez, no quiere saber que los ha invitado a cenar, no contesta, no quiere la sombra de su hermana…

Es verano y este no es París sino un pueblo francés con familias, con esposos y sus hijos… Él es albañil, construye casas, arregla casas, las remodela, igual que lo hacía su padre, alguien a quien ahora acompaña a arreglar su funeral, a escoger su ataúd, a escoger que harán con su cuerpo cuando el tiempo aquí se agote, alguien a quien le lava los pies con ternura, con agradecimiento… Él habla y construir casas ahora parece algo más que simplemente eso; él habla de la magia de ver la nada y luego una familia que habita, que da calor, habla de los nuevos dueños y sus deseos de cambiar, de no habitar el mismo espacio que habitó alguien más, habla de las vidas que llegan a eso que sus manos y las de sus compañeros hicieron posible y, entonces, ella lo escucha, ella también lo ve…

Tener una vida, tener una esposa y un hijo, tener una vida vista desde aquí y para siempre y, de pronto, aparece ella, la que no tiene nada, la que no se tiene más que a sí misma y que al verlo a él quiere tener algo más que sólo a sí misma… Ella, Mademoiselle Chambon, ama, él, Jan, también… ¿Cómo nos enamoramos? El violín, la música… Él no sabe quién compone, quién interpreta, sólo sabe que quiere escuchar esa música otra vez; sale del pueblo, se sienta solo y escucha el viento. Su esposa no sabe, no lo ha visto así, pero ella, Mademoiselle Chambon, sí. ¿Qué va a hacer él?, ¿qué hace ella? Hay quienes cierran la puerta, quienes se cierran a sí mismos para que no los vean, para no ver, hay quienes intentan hacerlo, pero no pueden, hay sólo sentir y hacer, o correr…

lunes, 29 de noviembre de 2010

La elegancia del erizo:


El kairos, el haiku, las apariencias, la filosofía… El Arte, la amistad y el amor… 364 páginas alrededor de estas ideas, alrededor de estas sensaciones, alrededor de estas imágenes… La elegancia del erizo (L’élégance du hérisson, 2006), de Muriel Barbery (esa foto que no parece de una escritora francesa, esa foto que es más que esa apariencia), novela traducida al español en el 2007 –que llegó a mí gracias a la lectura a hurtadillas de una revista con un dueño celoso–, podría reducirse a las palabras de la contratapa: “Un cuento moderno, refrescante e inteligente” o podría verse sin los prejuicios infundados de lo que se muestra a primera vista como “sencillo”. Prefiero la segunda opción y hablaré de las frases “sencillas” pensadas y escritas por una niña de 12 años quien, antes de suicidarse, busca motivos por los cuales vale la pena vivir, pensadas y escritas por una mujer de 54 años, quien, camuflada en un oficio de portera, resguarda lo más profundo de sí misma de la vista de personas que juzgan todo sólo por la vulgaridad de las apariencias (“La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante”). En el fondo de ambas hay un silencio que encubre una herida, hay un dolor que no ha sido dicho, que pide ser narrado: la injusticia (la imbecilidad) de las jerarquías sociales, la impotencia por no poder ayudar a quienes más queremos…

El Arte resarce las heridas, resarce de la imbecilidad de los muchos seres humanos, resarce de la sensación de impotencia, pero la herida sigue siendo herida si no encuentra vínculos humanos, si no construye vínculos humanos: tomar té de jazmín (aromática de frutas, café, capuchino, cerveza negra) con una amiga o con un amigo, comer magdalenas (mantecadas, pescaditos, galletas de mora, galletas de nueces, milhojas –ah, ya entendí por qué se llama así–, Galas de vino, brownies con arequipe, trufas, postre de tres leches, waffle de agrás con arequipe) con una amiga o con un amigo o con ese alguien que va siendo el amor mismo… Ir a la peluquería, vestirse para una comida especial, para una invitación especial, sentirse bello o bella, sentirse adecuado en el momento adecuado… Plantar flores y salvar a alguien con la visión de su belleza, cocinar para alguien, cuidar los gatos, querer conocer a alguien, querer ser testigo de su vida, de sus aprendizajes, de sus aciertos, de sus disgustos (“Hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes… Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente”)... Nada más que la estética de la vida o la vida como una estética:

La estética, a nada que uno reflexione sobre ello con una pizca de seriedad, no es sino la iniciación a la Vía de la Adecuación, una suerte de Vía del Samurai aplicada a la intuición de las formas auténticas. Tenemos anclado en nosotros el conocimiento de lo adecuado. Este conocimiento es lo que, en cada instante de nuestra existencia nos permite aprender la esencia de la cualidad de lo adecuado y, en esas raras ocasiones en que todo es armonía, disfrutar de ello con la intensidad requerida. Y no hablo de esa suerte de belleza que es dominio exclusivo del Arte. Quienes como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, las buscan hasta en el corazón de lo no esencial…

¿Qué es la gramática? “La gramática es un acceso a la estructura y a la belleza de la lengua”… La literatura resguarda esa belleza, la eleva a su mejor expresión. Hablar y escribir no para tener el poder de corregir, de poner en ridículo, sino para disfrutar del placer de la belleza de la lengua.

¿Qué significa ser una persona “educada”? "A eso me refería cuando hablaba de educación, esta actitud de alguien que le da al otro la impresión de estar ahí"… La “mala educación” de seres demasiado narcisos para salir de sí mismos (no importa si tienen o no dinero)… Me gusta esa idea: la idiotez de la envidia, de la mezquindad, viene de la ceguera que impide ver y estar con otros, querer estar con otros…

Barbery también elabora aquí una fuerte crítica a la cultura francesa, a las familias burguesas de este siglo XXI: “¿Para qué sirve la inteligencia si no es para servir?”, no para reproducir “élites estériles”. Parecen verdades innecesarias por su obviedad; lo extraño es que una novela que proviene de una cultura “tan alta”, tan antigua, tan académica, tan, tan, tan, las recuerde y que se venda bien, es decir, que a los muchos lectores les guste que se las recuerden. Si allá aún es necesario recordarlas, ¿qué podemos decir aquí en presencia de tantas poses intelectuales, del que señala el vestido inadecuado, de otras tantas entonaciones impostadas, del lugar que, se supone, ocupamos y debemos mantener?

La lectura de este ya best-seller me sigue haciendo navegar por mis prejuicios de lectora… ¿Cómo distinguir entre lo profundo convertido en cliché por la moda y el cliché convertido en algo profundo por la misma moda? La elegancia del erizo pertenece a lo primero (y los lectores nos tendríamos que oponer a la conveniencia de convertir lo profundo en cliché), a la escritura de una profesora de filosofía que no ve diferencia entre ser doctora y ser escritora. ¿Qué puede hacer la escritura? Curar almas, salirse de los guetos intelectuales para alcanzar la vida, salirse de los mercaderes de palabras para alcanzar la vida, salirse de las ingenuidades de los que “declaman” alargando los suspiros, los ohhh y los ahhh, de los que escriben para hacer reír en el bus o en el parque de Lourdes o para calmar las histerias de los “compañeros”, de los que confunden sentimiento y sentimentalismo y piensan que eso es alcanzar la vida, salirse del círculo de los que piensan que viajar a la India es una moda, que meditar es una moda, que contemplar las montañas de Kioto es una moda, que una verdad para el alma es una moda; salirse de los que lo convierten en una moda …

domingo, 21 de noviembre de 2010

María Pagés: bailar con los brazos






Esos tacones que están de moda, esos que usó mi abuela, esos zapatos en los pies de cinco mujeres, bailan, suenan, tienen ritmo. El teatro es muy grande y nosotros somos pocos, pero allí está una de las mejores Compañías de flamenco: la de María Pagés. La llaman la bailaora de brazos infinitos y es cierto; cuando ella los mueve, los brazos no tienen fin, son puro movimiento, baile, emoción, arte. Los abanicos (ahora entiendo por qué Locomía…), las castañuelas (mis diez años y lo difícil de hacerlas sonar), los chales; las manos hablan, cantan, también bailan…

Todo recuerda a Sevilla, todo recuerda a Carmen, a Saura, pero hay algo más: ¿cómo bailar un tango con zapatos de flamenco?, ¿cómo bailar una pieza de música "clásica" con zapatos de flamenco? Sí, sí se puede, Pagés dice que el flamenco es universal. Muchas veces me he preguntado por qué mi fascinación por Andalucía, por sus pueblos blancos, por su aire mediterráneo, por su música, por el vino, por la comida, por todo el viento que no he sentido, por los olores que no he tenido… Este sur que no es el norte, este sur que logró lo que nunca antes, lo que nunca después: judíos, árabes, gitanos y españoles, por muchos siglos, por muchos nombres; una imagen de la civilización, del universo.

La voz que canta sale del alma, de lo más hondo, de un hueco que no termina, la de ella y la de él, la guitarra, la caja, las palmas, los tacones sobre las tablas, la imagen de unos zapatos, cinco pares: cuatro femeninos, uno masculino; el telón baja y sólo se ven las formas de luz, los zapatos de luz. Nada de cuerpos, nada de rostros, nada de manos, sólo los zapatos, los tacones que suenan…

Ellas son hermosas y la textura de sus vestidos acompaña la curva de la cadera, del pecho, de los brazos, la fuerza de los pies, del cuerpo; ellos son la cadera que se mueve, el pecho que se eleva. Los brazos de ellos y los de ellas nunca se tocan, los cuerpos nunca se rozan, no hay abrazos, no hay acercamientos, los brazos no ciñen, no estrechan al otro cuerpo, pero sí lo acercan, lo enamoran, lo seducen, juegan, coquetean, se atreven…

Ella, María Pagés, es la mujer, la maestra, la creadora, la que se va y regresa, retorna a Sevilla, a hablar de sus calles, de la rumba, de las bulerías, de un sueño, de una realidad, de una postal y de lo vivo que hay en ella…

domingo, 14 de noviembre de 2010

Sólo un hombre:




Después de dieciséis años, ¿cómo empezar de nuevo?, después de despertarse cada mañana con él a su lado, ¿cómo despertarse solo?

Él se levanta, se baña, se viste, limpia sus zapatos hasta que queden relucientes, anuda su corbata hasta que quede perfecta. Su corazón le recuerda que está vivo, su corazón…

En la casa de al lado hay una familia “perfecta”: la madre sale a despedir a su esposo y a los niños; ella se queda cuidando los electrodomésticos que la hacen feliz…

Él no lo puede evitar, él se encuentra con la belleza a cada paso. Hoy, el que ha decidido que sea el último día de su vida, descubre la belleza en ella, la que se parece a Brigitte Bardot, en ella, la de los ojos perfectos y, sobre todo, en él, el que sólo pide un momento para hablar con él, el que le regala un tajalápiz amarillo, en el otro, el que se parece a James Dean, el que se peina como él, el que camina como él, el que ha venido de España para hacer más feliz la vida de los hombres (norte)americanos.

Hoy no habla de literatura, hoy habla de la vida y los estudiantes no entienden, hoy no es el profesor de literatura; hoy es sólo un hombre…

Es 1962 y Cuba es el enemigo público más conocido, es 1962 y el fin de la Gran Guerra que le trajo a su amor, ahora sólo le deja un bar, el whisky… Es 1962 y ella, la bella Juliane Moore, quiere volver a Londres, ya no recuerda por qué fue a Estados Unidos, ya no recuerda por qué está tan sola… Si la vida hubiera sido otra, ellos estarían juntos, se besarían, se acariciarían, compartirían una cama o un desayuno, pero la vida no es otra, sino ésta y él se va y ella se queda con su vestido de seda, con su peinado nuevo, con su maquillaje inolvidable…

El ritmo es lento, lentísimo, las imágenes se detienen en pequeños detalles, el color se detiene para señalar que es 1962…
“El que mucho se despide es porque no se quiere ir”… La vida que no da tiempo, la vida que es sólo este momento…

lunes, 25 de octubre de 2010

Comer, rezar, amar:



Basada en una novela que, seguramente, ya es un best-seller y protagonizada nada más y nada menos que por Julia Roberts (la bella sonrisa)…
Despertarse un día y sentir que esa no es la vida que queríamos, recordar la caja bajo la cama en la que hemos guardado por años nuestros sueños: recortes de palabras, ropa de bebé, fotografías de lugares lejanos o cercanos (¿qué hay en mi caja?, ¿tengo caja? Sí), pedir al cielo por una señal y no recibirla, llorar y seguir buscando…
Sonreír nerviosamente, sonreír siempre, “rechazar y aplazar las cosas entre risas” hasta quedarse sin nada, hasta quedar en harapos… Luego saltar al vacío, sin mirar atrás…
El viaje empieza en Italia, pasa por India y termina en Bali, el viaje es un ir desde el amor por las cosas más espontáneas del ser humano, por las aparentemente más naturales, hasta el amor por un otro (sí hay una historia de amor, sí es Javier Bardem, tan atractivo como hace algunos años), sí, pasando por esa verdad tan obvia, pero tan difícil a veces que es el amor por sí mismo, pasando por esa verdad tan obvia, pero tan difícil a veces que es perdonarse-donarse a sí mismo comprensión.
Me dieron ganas de comerme un gelato (la escena de Azul, el cubo de azúcar apenas introducido en el café, el café sobre el helado), sola, bajo el sol de octubre, me dieron ganas (más aún, si eso es posible para mí) de viajar, de atravesar el océano, suspendida en el cielo que no conoció Colón, me dieron ganas de bailar con ese vestido que compré sólo para mí, me dieron ganas (más) de estar en silencio y “en blanco”, me dieron ganas de amar…
Sí hay final feliz, sí hay happy end, sí hay señales en el cielo, sí hay curanderos del alma, sí hay curanderos del cuerpo, sí hay amistad, sí hay amor. Para el espectador la búsqueda sigue, el encuentro de maestros sigue, el rastreo de las pistas sigue; para el que quiera mirar, para el que tenga ojos para eso, para el que anda buscando una verdad personal transitoria, una sonrisa interna, una transformación transitoria, y para quien no, también…
“See you later, alligator”…
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“Quién sabrá el valor de tus deseos”…
“Creo en el amor porque nunca estoy satisfecho”…

jueves, 16 de septiembre de 2010

Abraham entre bandidos:

Caminar por entre los pabellones de la Feria, ver los miles de libros exhibidos y comprar sólo cuando algo tiente mucho, cuando el deseo se transforme en necesidad… Esperaba con mucha expectativa la nueva novela de Tomás González –otro escritor que pasa de Norma a Alfaguara– y no me decepciona. Ya González había hablado de la violencia colombiana de mitad de siglo XX en La historia de Horacio, ese personaje para mí tan querido que sufría porque su vaca no paría, porque el ternero venía enredado en el cordón umbilical, porque su automóvil querido estaba siendo objeto de vejaciones en una estación de policía… Ese personaje hipersensible, enfermo del corazón de tanto sentir… Horacio pasea por su finca y la de sus hermanos, ve las naranjas caer de los árboles, ve las vacas apareándose con los toros, ve un ternero pararse sobre sus patas no sin dificultad, ve a su mujer aplicándose crema en todo su cuerpo, la ve en su vestido de flores o tomando agua de apio todas las mañanas para tener el aliento fresco… Detrás pasan los bandoleros y los descuartizadores de vacas…

En Abraham entre bandidos, los bandoleros no pasan detrás de las fincas, no se escuchan sus noticias sólo cuando se baja a la ciudad o al pueblo. En este último libro de Tomás González, los bandoleros llegan a la casa, se sientan a la mesa, comen con los dueños, toman aguardiente con ellos. En Abraham entre bandidos, el bandolero se llama Pavor y con la sutileza de todo autoritarismo incuestionable –del que sabe que su interlocutor no se atreverá a cuestionarlo so pena de despertar al “gigante egoísta” que el otro lleva dentro–, se lleva a Abraham y a su amigo Saúl a caminar con toda la tropa…

González hace en esta novela algo que ya caracteriza su prosa: construye un equilibrio perfecto –humanamente perfecto– entre el horror de la violencia y el esplendor de la vida; la muerte violenta –no natural, como sí sería morir por viejos, por enfermos, por accidente–, la causada por los sentimientos negativos de los hombres, y la vida natural, la naturaleza abierta y constante en todos sus ciclos, en su perdurabilidad, dan el tono, el ritmo a la novela. Aquí, a diferencia de su última novela: Los caballitos del diablo, la naturaleza no es exuberante, la naturaleza no se desborda. La abundancia excesiva de la fortaleza construida por el personaje –“Él”– se transforma aquí en la naturaleza que existe sin más, tranquila y continuamente, sin excesos, con la certeza de lo cíclico, de lo imperecedero.

Tal vez había que esperar cincuenta años para escribir una novela que narrara estos episodios, tal vez el horror puede hacernos más humanos –si es que eso es posible–. Aquí, a diferencia de La historia de Horacio y de Los caballitos del diablo, el personaje –nuestro héroe– no está amenazado, la muerte parece rozarle los tobillos, pero no hacerlo trastabillar. Saúl y Abraham están ahí para ser testigos de masacres, de fusilamientos, de traiciones, pero también, pero sobre todo, para seguir cuidando la vida (los pies atacados por los hongos, las ampollas, el estómago revuelto), para entender como ella sigue, como puede seguir, lejos de –a pesar de, aún con– lo abstracto de un partido político, de las ideas empacadas en colores rojo o azul, cerca sí de lo concreto, de lo vivo, en los patios de las casas, en una gallina que pone un huevo, en un niño que toca el acordeón, en una mujer que deja de querer a un hombre, en un hombre que pierde su fortuna, en una mujer que trapea el piso, que pone la olla con agua para hacer el café…

Cerezos en flor:





Es Berlín, son dos. Es Berlín, lejos de casa, lejos del pueblo donde ellos conocen a todos y todos los conocen a ellos, lejos de las pantuflas puestas en la entrada para quitarse los zapatos, para quitarse el mundo del afuera, apenas se cierra la puerta, como en Japón, como en Tokio, la ciudad de los sueños de ella. Es Berlín y parece que él va a morir y sólo ella lo sabe. Es Berlín y pasean por la ciudad, pero sus hijos están ocupados, pero para sus hijos son un estorbo, un imprevisto que no se quiere afrontar, algo que se supone ya había quedado atrás; en realidad, sólo se tienen el uno al otro. Padres e hijos son desconocidos, sólo adultos que alguna vez cruzaron sus vidas, pero que ahora no se reconocen. Uno de ellos se va a Tokio para huir de ella, para huir de los brazos tan protectores, tan cálidos, tan confortables de su madre, para hacerse independiente… La huida lo acerca a lo que ella es en lo más profundo de su ser, pero es una revelación que no acepta, que sólo puede seguir rechazando…

Ella sueña con ser una bailarina de butoh, pero a él nunca le agrada mucho la idea… Ella y lo que sueña quedan guardados en una caja con fotografías, en su kimono para estar en la cocina, en su libro como habitante de su mesa de noche, con el monte Fuji en la portada… Ella no avisa, pero se va; él no entiende, él ahora quiere cumplir los sueños de ella, quiere demostrarle ahora, sí, ahora, que estaba con ella, que su vida era ella. Él, ahora, viaja a Tokio, ahora se viste con las ropas de ella para que vea, para que sienta la ciudad a través de su cuerpo que ya no la puede sentir, de sus ojos que ya no la pueden ver; ahora, camina por la enorme ciudad; su hijo no entiende, su hijo le dice a los hermanos que es un desconocido… Él se va a buscar el monte Fuji, él baila la danza para encontrar a sus muertos, baila la danza de la reconciliación y el encuentro… Ella, la otra, danza ahora con dos teléfonos, dos líneas que la comunican con lo que la vida le ha dado y le ha quitado para acercarla más al baile de las sombras…

De Berlín a Tokio, de padres a hijos y de hijos a padres… ¿Dónde están los lazos que nos unen a ellos?, ¿dónde estamos cuando no somos hijos ni padres? Esta no es una película de nuevos comienzos, tampoco es una película de arrepentimientos. El ciclo se cierra y otra vida –no ya la de ellos– es la que ahora comienza…

lunes, 23 de agosto de 2010

El quinto hijo

Desde Saramago no sentía la curiosidad de leer a un Premio Nobel, y eso ya fue hace más de diez años… A Doris Lessing la busqué –sin saber de su Premio Príncipe de Asturias ni de su Nobel– después de escuchar la recomendación de alguien a quien admiro y en quien creo mucho; en la contratapa leo que abandonó su antigua vida familiar para asumir su propia vida, en la contratapa leo que se atrevió a empezar de nuevo... La venta de una biblioteca, el cansancio de alguien que no quería seguir viendo sus libros quietos, me permitió tener este libro por un precio absurdo…

En El quinto hijo, Lessing narra la historia de una madre y su hijo, su quinto hijo. De los años sesentas a los ochentas, una familia inglesa pierde el rumbo tras la llegada de un hijo que no se parece a ninguno de los miembros, que no se parece a nadie conocido ni desconocido, que no puede ser nada más que él mismo.

Un hombre y una mujer se unen para ser y hacer una familia y creen que lo hacen bien, creen que es la decisión correcta; desde su campo de visión así “deben ser las cosas” y los demás son los equivocados…

La casa es inmensa, la casa aguarda muchos hijos, una gran familia, navidades con los cuartos llenos de gritos, de risas, de piernas que corren, de cocinas que huelen a galletas, a pasteles, a pollos horneados… Pero la casa se va quedando sola, pero los hijos ya no encuentran sitio dentro de la casa, pero el jardín sigue en desorden, pero los esposos ya no se tocan, ya no se miran…

No es posible simplemente enviar la extrañeza a un lugar donde nadie la vea, no es posible ocultar lo que cambia, lo que exige transformaciones, lo que implica tener que abandonar las formas antiguas de asumir las situaciones e intentar otras nuevas; Harriet no puede simplemente ocultar la extrañeza de su hijo en un lugar donde no moleste las convenciones de su familia, pero su familia no lo acepta, pero su familia prefiere taparse los ojos…

En la época en la que los padres tienen la culpa y los hijos son las víctimas, en la época en la que los derechos ocupan más espacio que los deberes, en la época en la que es más fácil ser comprensivo con los niños que con los adultos, con los adolescentes que con los adultos, con los jóvenes que con los adultos, El quinto hijo habla de los padres que no aceptan que su hijo no es como ellos y de las madres que son condenadas por la sociedad por no traer hijos perfectos a perfeccionar la sociedad, por traer hijos que no se parecen a nadie, que no repiten la familia en sus ojos, en sus palabras, en sus acciones, que rompen con lo conocido y son rechazados por ello, que nos recuerdan la extrañeza del mundo y la extrañeza, la orfandad, la incapacidad de pertenecer, el miedo, de aquellos que no consiguen encontrar un lugar en él…

sábado, 24 de julio de 2010

Otra argentina: Dos hermanos


Ella llama a su casa y nadie contesta; simula hablar con un hombre que no existe, simula vivir en una época barrida ya por los años y sigue viviendo en ella con pastillas, con copas llenas… Él le lava el pelo a su madre, le sirve la comida, ve con ella a Mirtha Legrand en la televisión, admiran sus vestidos, su peinado, la forma en la que lleva las joyas. Los dos llevan la Argentina de los 50 y los 60 en sus cuerpos, en sus mentes; la tía Lala vive en la casona de aquella calle, usa pelucas y vestidos pasados de moda que no han perdido brillo, que se conservan como los de las vitrinas de los locales de alquiler de trajes… Los dos se encuentran en un funeral justo con la vida que debe continuar, que se renueva y vuelve a empezar. Él llora y ella sólo pregunta por qué nadie más llega. Él acepta cruzar el río y pasar a Uruguay, a Villa Laura, e iniciar la vida, y la vida es una partida de ajedrez, el termo del mate, la bombilla, sus herramientas de orfebre, el vino, la comida, la música, una moto, la compañía, el teatro y Edipo rey. Él asume las decisiones de su vida; ella aún no las acepta y escapa de su presente…

Daniel Burman (o el autor cuya novela es la base para el guión de esta película) pudo elegir que él (Marcos) ocupara el papel de Edipo en la obra, pudo elegir que él se encerrara en sí mismo y creyera en el fin de la vida, pudo elegir mostrar las imágenes de un padre demasiado “duro” con su hijo, demasiado “blando” con su hija, demasiado “macho” con su esposa, pudo elegir mostrar más imágenes de la madre-niña, de la madre-víctima que se niega a hacer algo por sí misma, para sí misma. Nada de esto sucede y las imágenes son apenas las necesarias; los recuerdos están allí, pero no paralizan, no se convierten en una deuda. La vida va hacia delante –como me lo dice una amorosa voz que ahora puedo recibir–, los padres no son ya un freno automático ni de mano; los padres sólo son padres, los hermanos comparten una historia y hacen también una propia...

Ella por fin aplaude, se levanta de su silla para ver a su hermano, para reconocerlo, para verlo como un igual… Ya tengo ganas de embarcarme, de cruzar el Río de la Plata y llegar a Montevideo, tomar un taxi y llegar a un pueblo que se parezca a Villa Laura, sólo para ver desde allí un río que parece el mar…

viernes, 9 de julio de 2010

Cartografías literarias: Capurganá





Hace tal vez quince años escuché este nombre por primera vez en la televisión, lo pronunciaba una actriz de telenovela; las imágenes eran hermosas: me hablaban de un paraíso rodeado de verde, verde agua y verde selva. Lo escuché de nuevo hace cuatro años, cuando me acerqué a la obra de Tomás González y su Primero estaba el mar… Imaginé muchas veces la llegada a Turbo, el abordaje de la lancha, la suciedad de las aguas, el olor a putrefacción, el calor húmedo, y luego el mar en toda su inmensidad, en toda su infinitud, en su nada y origen de todo… Entrar en el mítico Darién, atravesar la difícil zona del Urabá, la ya histórica región del banano, de la violencia, de la muerte, y luego dejarla atrás (“salvaguardada” por un numeroso ejército sentado al borde de la carretera, o sobre hamacas, entre las risas con las muchachas de la zona, los niños que corren alrededor, los jornaleros que salen de las matas de plátano), y surcar el golfo hasta ver el verde agua, el azul agua, y el verde selva…

Caminar sobre las calles empedradas, ver los caballos, los coches –ninguna moto cercana, ningún automóvil–, observar de lejos la pequeña playa, el color de la arena que ya es la del cercano Pacífico, la transparencia del agua…

En Capurganá, la gente no se reúne alrededor de la iglesia ni de la casa de gobierno; la gente del pueblo se reúne en la cancha de fútbol, junto a los bailaderos, las sillas se ponen afuera y el cuerpo baila, el brazo el extiende y el licor llega… Los paisas dicen que es difícil encontrar entre los habitantes propios del lugar, personas a quienes les guste trabajar; los nativos dicen que los paisas quieren decidir sobre un territorio que solamente les pertenece a ellos; los indígenas Kuna se ponen su uniforme de soldados y las indígenas abandonan en las calles sus blusas de molas… Como dice Abad F., esta es la otra forma de la colonización antioqueña: de las montañas hacia arriba aún se encuentran el blanco y el negro, aún miden sus fuerzas, aún intentan convivir y muchas veces lo logran; sin embargo, allí están, por todos lados, las formas de resistencia de ambos lados, las formas en las que deciden su propio camino, en las que defienden su particular manera de orientarse en el mundo. El pescado se sirve con patacón, arepa y fríjoles, la mayoría de turistas vienen de Medellín, y en las calles se venden bollos y cocadas…

A quince minutos en lancha está Panamá y en lo alto de la montaña el obelisco que marca la frontera: del lado de allá (La Miel) escaleras en asfalto; del lado de acá (Sapzurro) algunas tablas de madera y sogas sostienen el camino… Sapos, cangrejos azules y pájaros acompañan las rutas; la bahía parece una piscina gigante y yo me subo contigo a una bicicleta para dos aunque sea para cuatro…

Llegamos a un Cielo de agua dulce, una cascada que ya hemos visto en una foto que queremos mucho; tomamos varias, pero ninguna parece atraparla, así que sólo disfrutamos del agua que cae, que golpea, recoge y lleva, viaja…

Puedo quedarme quieta, frente al mar, por mucho tiempo, puedo ver en mis pies cómo sube la marea, puedo escuchar los pájaros en los árboles y la oscuridad que va llegando despacio; puedo quedarme sentada aquí escuchando los pájaros cada mañana mientras me baño, mientras no me da pereza ni frío abrir la llave, meter la cabeza y salir luego a ver el sol o la lluvia que se impone con la misma fuerza…
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Fotos por César y Paula.

miércoles, 7 de julio de 2010

La noche navegable:

A los 24 años, Juan Villoro publicó éste, su primer libro de cuentos, en Ciudad de México. La cuentística de Villoro ha llegado a mí, “con la lógica artificial de todo destino que se piensa hacia atrás”; la edición de Joaquín Mortiz (2005) llega a mis manos treinta años después de su primera publicación, como un regalo de cumpleaños… Leer hacia atrás es descubrir sin asombro, pero con absoluta empatía, la genealogía de la obra de este escritor mexicano al que tanto admiro y aprecio.

Encontré en La noche navegable los cuentos (“Huellas de caracol”, “Yambalalón y sus siete perros”, “El mariscal de campo”, “La ciudad peligrosa”) que luego harían parte de sus libros “infantiles” (sobre todo, de El libro salvaje, 2008) y que dejan ver su fascinación por el fútbol (fascinación que no comparto, pero que a veces echo de menos como se puede echar de menos aquello que no podemos disfrutar, que no nos nace disfrutar, la sed con la que otro bebe, etc., etc.); es curioso que en este libro aparezcan mezclados estos cuentos con otros más “adultos” (como pueden ser los adultos de 22 o 23 años), sobre todo, porque luego ya no volverán a aparecer así y la narrativa de Villoro tendrá que encontrar su espacio “infantil” y su espacio “adulto”. Es así como en 1985 aparece su primer libro para niños (Las golosinas secretas), luego vendría el simpatiquísimo personaje de El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica (1991) y un viaje que cambia –o ratifica–, define, un destino –como lo hacía también para mí, mi viaje de ese entonces–, y después la para mí sorprendente historia de Autopista sanguijuela (1998).
La lectura de este último libro me hizo cambiar mi forma de ver la literatura y me hizo cambiar mi visión de la docencia de la literatura; en un colegio con pocas sillas y muchos niños, niños con pocos cuadernos, pocos lápices y muchas ganas de aprender, ese libro de Villoro logró que su historia en mi voz hiciera realidad un poco del “optimismo de la voluntad”… Me fui de allí hace mucho, pero no tanto como para olvidar lo que significaba llegar con el libro de tapa roja a un salón de pizarrón verde y tiza de colores… Y aquí es necesario también nombrar a Rosero Diago, quien me enseñó que no hay diferencia entre escribir para niños o escribir para adultos… Me gustaría preguntarle a Villoro lo mismo, saber qué significa para él escribir para niños…

Gracias a mi sobrino, ahora leo más libros para niños que antes, que siempre; en mis años de niñez sólo conocía a Bambi y a los hermanos Grimm, después, mucho después, a Wilde y luego, luego, luego, a Villoro. Los libros de la biblioteca que visito con mi sobrino están al alcance de sus manitas, tienen las hojas ajadas, rotas, sucias, rayadas, reparadas con cintas de todos los tamaños; es inevitable y los bibliotecarios lo saben… Gracias a mi sobrino sé que los libros para niños son menos bambis y más mamás, papás, hermanos que nacen, colegios que atemorizan, casas que se quedan vacías, viajes que transforman… Así también los libros de Villoro; sus protagonistas son niños y sus viajes, sus aventuras los convierten en otros, los hacen más ellos mismos…

Hay una palabra que quiere escribirse: ingenuidad (de espontaneidad, de sencillez)… La siento al pensar en mi lectura de este primer libro de Villoro; sus personajes a la distancia de sí mismo, sus personajes sin esposa, sin hijos, sin profesión, sin muchos recuerdos, sus personajes estudiantes, viajeros tipo turista sin mucho dinero, pero con ganas de recorrer, de ver, de escuchar a su grupo de rock favorito, con el recuerdo de una novia lejana en la cabeza, o de una novia deseada en una muchacha apenas entrevista, o de una chica tal vez en peligro al otro lado de la acera, o de la muchacha que empieza a ser ajena en los brazos de un amigo, o la que empieza a sentirse propia y se va de los brazos de otro amigo…
Personajes con el triunfo como sueño irrevocable, concentrado en una patineta, en un balón de fútbol o en las luchas a muerte creadas al entrar en la tina. Entre pertenecer y no pertenecer se define la identidad de estos personajes, la identidad resuelta a veces en una traición, en un acto pusilánime, mezquino, la identidad cuestionada y afirmada en la distancia de un país extranjero (“Un pez fuera del agua”, “El verano y sus mosquitos”, “El cielo desnudo”, “La época anaranjada de Alejandro”), en Europa o en Estados Unidos, con una acción arriesgada, abandonando los pocos prejuicios de la juventud, o impertérrita, estoica, tanto como puede ser estoico quien aún no puede ver otra alternativa; la distancia que separa al niño del joven-adulto es la capacidad de ver triunfos, de sentir cerca la victoria, de creer en ella. El último cuento del libro (“Comando de fantasmas”) exhibe a este personaje cuyo signo de crecimiento es ver en todo siempre lo mismo y expresar su descontento con un postizo “puaj”… Allí, con ese gesto de descreimiento, de desapasionamiento, empieza Albercas, el siguiente libro de cuentos de Villoro...

Sé -quiero creer que sé-, porque yo también leí Rayuela como un libro metafísico, como un libro, el único que podía mostrarme una senda de claridad o, al menos, de ceguera merecida, que “Después de la lluvia” es la voz de Villoro buscando a Cortázar, es una declaración de rendición ante un influjo que de ninguna manera se intenta ocultar; supongo que habrá otras voces (la de Agustín, a quien aún no termino de leer, por ejemplo), pero no las conozco tanto como la de Cortázar, mi primer amor literario, ese que nunca se olvida (los otros tampoco…)… Sé también que mi cuento favorito es “La noche navegable”, que alguna vez estaré sobre Monte Albán y dejaré que oscurezca para empezar a descender, para empezar a sentir la noche como un gran mar a través del cual avanzo y veo cómo los demás se convierten en barcos… “La noche navegable” como un viaje incidental que se vuelve un punto de giro, un puerto de adioses y, como diría Cerati, de nuevos crecimientos…

El secreto de sus ojos:



Ganadora del Oscar, de factura perfecta, de casting inmejorable… ¿Por qué en 1974-1976? Escoger esta fecha le sirve al autor de la novela y al director de la película para establecer su crítica de la dictadura argentina –o al menos así lo pienso yo– a través de la creación de un personaje abominable, mezquino, contrario al amor y a la libertad de la que puede disfrutar, de la que debería disfrutar, cualquier ser humano. Benjamín (nombre a través del cual se denomina al miembro más joven de un grupo) Expósito (que significa huérfano, desamparado, abandonado) busca sin descanso al asesino de la esposa de un hombre en quien ve la representación del amor más puro, más real que haya conocido. La violenta e indigna muerte de esta mujer y el dolor de su esposo, llevan a Benjamín a apegarse a esta causa y a encontrar la propia, el sentido de su existencia… ¿Quién pudo asesinar a esta mujer joven, hermosa, feliz? Únicamente alguien que también es capaz de asesinar a alguien sólo porque es sospechoso de llevar a cabo actividades de izquierda, porque es sospechoso de ser un “rebelde”.

El secreto de sus ojos se podría leer como la venganza de la Historia argentina o como la venganza de un hombre que decidió no olvidar, no perdonar, no reanudar…

¿Y la justicia? Un edificio de demasiado colosales columnas, intimidantes en su fachada, lleno de cerros de papeles, de folios puestos como dejados a la inercia del tiempo y del ánimo de los encargados... La intuición y la obstinación pueden más que un decreto, una ley, una firma, la terquedad de un amor del que se huye, que se anhela y se teme…

Ella es hermosa, rica, inteligente, tiene un cargo superior, viene del extranjero, va a casarse con un ingeniero; él… es Expósito, alguien que se piensa a sí mismo como un tal… La estación del tren se llena de lágrimas, de tacones que corren, que se desesperan, de palabras no dichas, de besos no dados, de años de espera, de amores que no nos dejan “en la mitad del patio como después de un rayo”… Jujuy suena como un punto que queda muy lejos…

¿Alguien se acordará de Pablo? Los recuerdos tienen la forma que queremos darles; Pablo será siempre el porteño, expósito también, muy a su modo, colgado de un vaso de alcohol, en un café oscuro lleno de borrachos –como él–, dándose golpes –como él– y dándole golpes al viento, protegiendo a su amigo y olvidándose, al fin, de sí mismo…

viernes, 4 de junio de 2010

El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina:

Esta frase de Gramsci (“pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”) define la posición de Jorge Herralde en el mundo editorial hispanomericano. Desde 1969, Herralde, desde la ya mítica editorial Anagrama, ha sido un punto imprescindible de resistencia frente a la censura y frente a la torpeza del mercado cuando se trata de textos literarios. Es grato, muy grato, encontrar afirmaciones explícitas de Herralde en este sentido, en un momento en el que la literatura y el libro, en general, se vende y se compra como un objeto más de consumo. Dice Herralde: “La labor de un editor literario no consiste en vender productos sino en descubrir a los mejores escritores de su tiempo y editar libros de la forma más cuidada y exigente posible. Con la esperanza y la obstinación infatigables de convencer a los lectores de que también para ellos serán libros necesarios”. Y también: “Me siento impelido, quizá demasiado a menudo, a incorporar a nuestro catálogo a aquellos autores y aquellos textos que contribuyan a iluminar nuestros tiempos inciertos, a combatir aunque mínimamente las injusticias, a ampliar y profundizar el ámbito del saber. Y pienso que Anagrama quedaría mutilada sin esas aportaciones”. La ética de un catálogo necesario frente a la “ética” de un catálogo que señala sólo índices de ventas... Publicar libros necesarios para la cultura de un país, de un continente, necesarios para la pervivencia y la salud de un idioma… Herralde está lejos de la ingenuidad de publicar por publicar; este editor sabe que los libros se publican para ser leídos, para ser conocidos, y que esto depende de la relación entre el autor, el editor, el distribuidor y el librero.

En este orden de ideas, es “curioso” que, precisamente, Herralde narre en este libro los demasiados tropiezos de su relación editorial con Colombia, los cuales fueron superados, en parte, sólo hasta esta década que ya termina. Es curioso y más que ello, diciente, que esta difícil relación se dé con un país en el que las empresas editoriales más bien han sido pocas y en el que sólo en los últimos años se presenten fenómenos como la fundación de la Red de Editoriales Independientes Colombianas (REIC). El fenómeno de los grandes grupos editoriales que desplazan las editoriales nacionales o locales es un hecho de todos los países, pero también es un hecho que a la par de este “engullimiento” editorial, cultural, se den también acciones de resistencia ante el mercado que homogeniza las propuestas literarias y los lectores.

El capítulo “Colombia, con apostillas sobre Ecuador y Venezuela” habla de esa relación difícil con un país y los intentos fallidos de la distribución de los libros de Anagrama en nuestras librerías. Así comienza el capítulo: “La historia de nuestra distribución en Colombia es la más desdichada en América Latina”… Desde ahí y pasando por la debacle de Oveja Negra, las visitas a la Lerner o la Buchholz “en el centro cada vez más peligroso de Bogotá”, la decepción por la “belleza más bien maquillada” de una Cartagena de Indias, la venta de El Tiempo (que en asocio con Círculo de Lectores distribuía los libros de Anagrama) al grupo Planeta, se llega a una cierta reconciliación en el 2007 cuando Herralde fue invitado a la Feria del Libro de Bogotá. Así recuerda Herralde la Feria: “Estaba atestada de público que también seguía todos los actos: así, tanto una charla mía como luego otra de Jaume Vallcorba estuvieron muy concurridas, y seguidas ambas de un largo coloquio con los asistentes, ávidos de noticias culturales: un admirable afán de saber. (Años antes Enzensberger me había contado su sorpresa cuando participó en Medellín, en un atestado estadio de fútbol, en un festival de poesía, durante un período políticamente tan difícil como sangriento)”. Nuestro admirable afán de saber que es proporcional, tal vez, a nuestro afán de desprendernos (no sin conciencia) de nuestra historia de destrucción y desilusión. La cultura, el arte, la literatura siempre serán una opción contra la muerte, contra los discursos repetidos, contra el poder que no quiere envejecer… A los ojos de Herralde y Enzensberger seguimos teniendo algo de esa “Atenas Suramericana” que ya no por imitación, sino por necesidad, por la obligación de respirar y seguir viviendo, busca noticias culturales, busca saber, busca la literatura, la palabra que puede seguir diciendo…

En un reciente artículo (publicado en El Malpensante), Juan Villoro planteaba la posibilidad de pensar en el libro impreso como un invento de este siglo (posterior a la Internet, a los lectores de libros digitales); cuando describía las maravillas de este “invento”, todas sus ventajas frente a las tecnologías conocidas, realmente sentía todo lo novedoso que ofrece siempre este particular objeto de nuestra cultura. Herralde también ve en el libro impreso algo parecido: “Toda una serie de cambios de alcance todavía inimaginable, aunque Robert McCrum piensa (como yo) que todavía no hay que despedirse de Gutenberg y que los editores, como escribe un colega, deben publicar libros cada vez más deseables como objetos”… Entregarse al fetichismo del libro, entregarse a esa relación que no permite la pantalla del computador (así venga en tamaño de bolsillo)…

La credibilidad en un sello como Anagrama reside, creo, en estas afirmaciones de Herralde: “He dejado de publicar libros que han tenido fortuna comercial, a veces muy previsible, pero que no me parecieron adecuados para el catálogo” y esta otra: “Una petición editorial sería absurda y condenada al fracaso literario”; afirmaciones lejanas a la mentalidad de gerente de muchos editores actuales, afirmaciones que me dejan los ecos de varios nombres que buscaré en los ya reconocibles libros de Anagrama en las librerías que visito: Copi, Lemebel, Enrigue y Gutiérrez…

Salón de belleza:

No es la belleza sino la fealdad la que recorre las páginas de esta novela de Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960). En sólo 74 páginas este autor redefine lo que es una novela: el relato de una vida que se escribe sin sobresaltos… Un hombre administra un salón de belleza y tres noches por semana se viste de mujer y sale con dos amigos a esperar sobre las calles a alguien que lo recoja, lo lleve, lo acaricie, lo recueste sobre el prado, sobre el cemento, lo devuelva a su lugar sobre la acera, que no lo golpee, que no lo hiera, que no lo deje inconsciente en cualquier sitio… Los peces en los acuarios del salón de belleza son testigos de la muerte de los dos amigos y luego de la muerte de decenas de hombres que llegan a morir, sólo a morir. El salón de belleza se transforma en el Moridero: catres cubiertos con una sábana, una sopa diaria, el cambio de pañales o la ida al “excusado” (baño, lavabo, retrete, inodoro); nada más. Aquí no hay una “muerte digna”, aquí sólo está la muerte: las pieles pegadas a los huesos, la diarrea eterna, las llagas, los ganglios inflamados, los peces que pierden sus formas en un agua que ya no es vida, que ya no es origen de nada, que ya no es retorno a nada; sólo la lama, las “algas” que van cubriendo el acuario y se van tragando también la vida que allí se mueve cada vez en menor espacio…

Este hombre, solitario entre los solitarios, quien decidió irse a los 16 años a negociar su cuerpo en una ciudad del norte del país, quien aprendió rápidamente que su juventud duraba lo que el cierre de un trato, que volvió para saber que tenía “buena mano” con las clientas, que se aburrió, que iba a los baños de los japoneses sólo para despojarse de sus toallas y dejar que su cuerpo se entregara a otras manos, quien sin rastro de compasión, de bondad o de altruismo envuelve en sábanas los cuerpos que mueren en su casa para que vayan directo a una fosa común, quien sin ese mismo atisbo de compasión mira su propio cuerpo invadido… Este hombre me muestra el rostro de nuestra abyección, el rostro de una enfermedad de nuestro tiempo; en la literatura, la enfermedad es la forma en la que se muestra una cara de la fragilidad humana, el rostro de aquellos seres que no pueden vincularse del todo a un tipo de sociedad, aquellos a quienes la sociedad declara “no aptos”, “no funcionales”, un símbolo del estado del ser humano en un momento histórico determinado. La enfermedad con su rostro más crudo, muestra a un ser humano abyecto, muestra una cara del horror de nuestros días; fealdad, muerte y enfermedad como una tripleta que conjuga la incertidumbre, el miedo, la soledad y la desilusión de seres de nuestro tiempo… Desahuciados de la vida van al Moridero, y aquí es inevitable hacer la relación con El desbarrancadero de Vallejo (la de Bellatin es de 1994; la de Vallejo es del 2001): “La vida es un sida”… Fernando ve morir a su hermano sin poder hacer nada por impedirlo, pero queriendo hacer algo para impedirlo; la muerte de este hombre sólo confirma el sentimiento de Fernando acerca de que su país va directo al desbarrancadero, la vida se escurre por allí sin poder hacer más sino dar la vuelta. Salón de belleza no ayuda a morir a nadie, sólo espera la muerte lo más rápido que se pueda…

miércoles, 12 de mayo de 2010

Bariloche:

Más allá, mucho más allá de un lugar en donde los argentinos y los turistas latinoamericanos van a experimentar con los deportes de nieve, las cabañas, las chimeneas y la ropa de invierno, está la memoria de una vida tranquila, rural, del primer amor, del primer deseo, y el adiós a esa vida…

El tiempo es inmóvil en Buenos Aires porque los días son iguales: la soledad, el silencio de un cementerio cercano, los rompecabezas en la noche, el camión en la madrugada, la basura que nunca se acaba, que parece eterna, la expresión desnuda de esa ciudad…

Demetrio y El Negro trabajan juntos cada madrugada para recoger la basura de las calles de Buenos Aires, antes de que la ciudad despierte, antes de que los ciudadanos se avergüencen de su propia miseria… El Negro sólo quiere tener un trabajo, una mujer que le caliente la comida, que lo acompañe en la cama, un hijo a quien enseñarle a patear un balón; Demetrio ya no puede querer un trabajo, una mujer, una familia, no puede ya querer algo… El amor y la familia se han perdido atrás, en medio de infinitos naufragios: un padre autoritario, un padre enfermo, el viaje a la capital, el hermano lejano, la madre desprotegida, la escasez de todo, la precariedad de la vida…

Demetrio sueña con Bariloche, con un lago, con un viaje de regreso imposible… Las piezas del rompecabezas ya no encuentran su lugar, Demetrio tampoco; el sexo es triste después del orgasmo, ninguna compañía es posible ya, ninguna amistad, ninguna lealtad. El desánimo se siente en cada frase de esta novela (Anagrama, 1999), cansancio, desolación, abatimiento, nostalgia de lo ya absolutamente perdido, negación a seguir adelante, a continuar buscando la “guita”, a conformarse con los guantes que lo separan cada madrugada de los desechos bonaerenses, el frío, los gatos, las ratas, los mendigos, los ladrones, los violadores, de toda la precariedad y miseria que guarda la noche, que acecha el día…

Esta Buenos Aires de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es la ciudad escondida, no retratada en postales o en planes turísticos, es la ciudad que termina en el basurero, en un gran vientre descompuesto, en un lago, el espejismo del gran agujero… Ninguna vida, ninguna muerte, sólo el olvido, la renuncia, ninguna redención, ningún eufemismo…

sábado, 8 de mayo de 2010

Out of Africa:




Memorias de África se publicó por primera vez en 1937; 73 años después llega a mi mesa de noche para mostrarme parte de la vida de una mujer quien, tras el fin de un corto matrimonio con su primo, decide emprender ella sola el proyecto de una granja en el nororiente de África (Kenia). Ya lejos de ella, desde su natal Dinamarca, Karen Blixen decide escribir los recuerdos de su vida en África y el resultado es este libro de fotografías narradas.

En ciertos momentos, la narración resulta extraña para un habitante del siglo XXI; en pleno período colonial, lo más lógico es salir a cazar leones con enormes armas de fuego y desollar animales para hacerse elegantes pieles, castigar con golpes a los sirvientes hasta casi matarlos, terminar con selvas enteras para comercializar madera, encapricharse de la bisutería de una nativa hasta conseguir con dinero y poder lo que de otra manera no sería propio, matar lagartijas sólo porque sus colores son vistosos y servirían para hacer algo que luzca bien en la piel blanca. Después de un siglo, creer en el poder civilizatorio de la raza “blanca” resulta un cuento poco creíble, lleno de cinismo, de traiciones y podredumbre, pero a principios de siglo XX, antes de la Gran Guerra que derivaría en una Segunda Guerra Mundial, era un proyecto natural, naturalizado e impuesto a civilizaciones que nunca han estado interesadas en justificar ante otros su existencia ni su modo de vida. Después de matar una lagartija, perseguida por sus bellos colores, la narradora dice:

Cuando fui hacia ella, que yacía muerta sobre una piedra, realmente mientras andaba unos pocos pasos, se fue apagando y volviéndose pálida. Todos los colores desaparecieron como en un largo suspiro y, cuando la toqué, estaba gris y opaca como un grumo de cemento. Era la viva e impetuosa pulsación de la sangre dentro del animal la que irradiaba hacia afuera aquel brillo y esplendor. […] Era como si se hubiera cometido una injusticia con algo noble, como si se hubiera eliminado la verdad. Me pareció tan triste que recordé la frase de un héroe en un libro que había leído de niña: “Los conquisté a todos, pero yazgo entre tumbas”.
En un país extranjero y con especies de vida extrañas se debe tener cuidado para ver qué cosas conservan su valor después de la muerte.

Creo que leer este pasaje me permitió entender mejor que ninguna otra explicación, mejor que ninguna otra imagen o escritura, la dimensión de la conciencia del colono, la dimensión del proceso colonizador. Karen intenta comprender la forma de razonamiento de los nativos, pero su condición de blanca, su condición de colona, de “patrona”, no desaparece y no es condenable, no es extraña, es la conciencia posible que corresponde a su medio, a su educación; pese a esto, sus reflexiones sobre la relación entre los nativos y los colonos no dejan de estar vigentes y de iluminar lo que ahora siempre suena tan abominable, pero que se sigue haciendo por los mismos y por otros medios: La gente que espera que los nativos salten alegremente desde la edad de piedra hasta la época de los automóviles, olvidan las fatigas y trabajos que pasaron nuestros padres para traernos a través de la historia hasta donde estamos, la fugacidad de las cosas salvajes que son, en la hora de la necesidad, conscientes de un refugio en algún lugar de la existencia; que se van cuando quieren; a los cuales nunca podemos retener. En momentos en que la vida se vuelve indigna, la firme voluntad de morir es un refugio al que se puede ir, también despilfarrar, derrochar, “malgastar”, como una forma de demostrar que los valores difícilmente se imponen y mucho menos cuando se desconoce una historia, una raíz.

Desde sus ojos y sus palabras que rememoran, desde los detalles que cuentan-muestran a Kenia, Karen Blixen me muestra parte de un continente tan lejano para mí, tan extraño. De África sólo escucho sobre sus cruentas guerras civiles, guerras de raza provocadas por los intereses económicos de los nuevos colonizadores, de la lucha por el mineral que parece ser ahora el sustituto del petróleo en la era tecnológica, de la competencia por los diamantes, escucho sobre ciudades, megalópolis caóticas que más parecen un basurero planetario… Todo empieza aquí, en el momento en que se decide ignorar que nada conserva su valor después de la muerte, que los colonos suelen caminar entre tumbas.

Cuando las cosas no marchan, cuando el ritmo decae, el colono puede tomar sus cosas e irse de vuelta a su país –aunque duela dejar una tierra conquistada, hecha a la imagen de sueños prometeicos–; los nativos pierden de nuevo el rumbo en su propia tierra. Ella lo único que puede hacer es conseguirles una tierra para cultivar y marcharse…

Hay algo más que me deja la lectura de este libro: que la justicia muchas veces no está en descubrir al culpable, en descubrir los “móviles”, la explicación de los hechos; la justicia está en la reparación –tal vez así se entendería mejor ese proyecto del gobierno colombiano que recuerda estas palabras–, en la indemnización de las víctimas, en la compensación –material, para los nativos– de las pérdidas (la imposibilidad de un buen matrimonio, de una buena dote, de un hijo que cuide de sus padres ancianos, de ser un buen trabajador), en fin, en la posibilidad real, concreta, de la reanudación de la vida. Blixen aprende de la sabiduría de las ancianas, de las mujeres, de los hombres, aprende del amor y de la muerte, del olor a tierra y a lluvia –de su falta, muchas veces–, de la “miseria” y de la opulencia, de la posibilidad de curar con sus manos, y me enseña a mí que siempre “podría ocurrir algo que lo cambiara todo porque, al fin y al cabo, el mundo no era un lugar regular o previsible”… Busqué este libro por un epitafio deseado que leí en un artículo periodístico hace ya un tiempo: “Es necesario navegar, no es necesario vivir”; “uno puede responder y es responsable por lo que hace”, “¿por qué no?”; frases de una mujer viajera, un epíteto que funciona para mí como un mantra, una manera de traer aquí, a esta lluvia que parece eterna, el olor del mar y del desierto…

Queda pendiente ver la película, estrenada en 1984, con Meryl Streep y Robert Redford.

Celda 211:


Ganadora del Premio Goya 2010, esta es una película española que redistribuye el orden hollywoodense de las historias de cárceles y motines de presos. Una cárcel es una forma de medir las normas sociales sobre las que funcionamos en un momento determinado. Cada uno de los presos encarna lo que la sociedad condena, lo que deseamos mantener alejado de los límites de nuestros hogares; un preso es también la encarnación de aquello que la sociedad no ha podido ni querido –en muchos casos– controlar, la expresión de lo que aún sigue sin resolverse en nuestra llamada civilización. Se castiga con la supresión de la libertad una equivocación, un vacío, un principio, una creencia, un dolor, una pasión, una cólera, una adicción, una ambición, una manía, una ceguera ante el otro.

Juan sólo quiere hacer bien su trabajo, sólo quiere darle un mejor lugar para vivir a su esposa y a su hijo que está por nacer… Es el día equivocado y el lugar equivocado para él y para sus planes; también para ella y su hijo…

Malamadre no es tan malo como parece, el colombiano tiene cara de mexicano y habla como mexicano, pero trata de decir “parce”, “marica” y “usted” cada vez que su dialecto se lo permite; el colombiano se vende al mejor postor y traiciona a todos, es el colombiano que controla a los colombianos en la cárcel… Los cuatro presos políticos, los etarras, son la garantía de existencia de los demás presos, son los únicos que tienen valor, los únicos que el gobierno está obligado a proteger; los otros son intercambiables, sus vidas nada valen… Juan intentará ser el héroe, quedar bien con sus futuros jefes, pero él no pertenece a ningún lugar, no es un preso y tampoco un funcionario, y su vida depende de su performance, de cuánto tiempo se demore el colombiano en descubrirlo y sus futuros, sus no-jefes en olvidarse de él, en cuanto tiempo puede pasar para perdernos a nosotros mismos, para olvidarnos, para sentirnos olvidados...

sábado, 10 de abril de 2010

Arráncame la vida


Así como el bolero, así es esta novela de la mexicana Ángeles Mastretta y esta película basada en ella. Este es el México de Agustín Lara, de Toña la Negra, de María Félix, de Pedro Vargas, de “Que te vaya bonito”, el México de “Cenizas”, también el México del pozole, de los chilaquiles, del mole, de las tortillas, de los corridos, las rancheras y los charros… Pero no es el México dorado de Frida Kahlo, de Diego Rivera, de Lázaro Cárdenas, el México de la nacionalización del petróleo y de la repartición de la tierra, el México que acogió a los refugiados de la Guerra Civil española y defendió a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial; desde 1986(año de publicación de la novela) y 2008 (año de estreno de la película), Mastretta muestra una temprana podredumbre del partido de la Revolución Mexicana., desde la crisis económica de los ochentas, desde la debacle del PRI y la soledad de la sociedad civil tras el terremoto de 1985, esta escritora tiende un puente histórico para narrar la pérdida de un sueño y el nacimiento de una mujer. Desde finales de la década del veinte hasta finales de la del cuarenta, la autora muestra una clase política reacia al comunismo, a los movimientos sindicales, a los derechos de los obreros y de los campesinos, un partido “revolucionario” dogmático, amañado en sus decisiones políticas, un partido con demasiados enemigos. Andrés Ascencio, representa esta podredumbre, el apogeo y la caída de un hombre cuyos intereses políticos se reducen a otra forma de conseguir poder económico; Andrés está dispuesto a todo, con tal de no volver a vivir en la pobreza.

Catalina, esposa de Andrés, esposa desde los dieciséis años, vive la caída de Ascencio y su propio despertar como mujer; supongo que muchas mujeres se identifican con este personaje, con la esposa que a pocos años de su matrimonio se da cuenta de que su marido no es el hombre que ella imaginaba, que es un hombre que la trata como si fuera un objeto, una propiedad más, un hombre para quien su esposa no es única y que necesita muchas más para afirmar su hombría. Parece cliché, suena como uno de los tantos que existen, pero es cierto y nuestra generación no está muy lejos de lo que esta situación significó para madres y abuelas no muy lejanas en el tiempo. Catalina tiene sus ojos muy abiertos desde antes de conocer a Andrés, desde antes de casarse con él y la aparición en su vida no es más que un camino para acercarse a lo que quiere de sí misma. Catalina ama a Andrés, pero la ilusión dura poco, se va a medida que empiezan a llegar a su casa los otros hijos de su esposo, las noticias de las mujeres que viven en sus ranchos y en sus casas cercanas y lejanas, a medida que la lista de los muertos va creciendo, a medida que ya no es posible seguir teniendo dieciséis años… Catalina se desprende poco a poco de Andrés, también se va desprendiendo de sus hijos, va dejando a un lado los papeles que le ha impuesto su condición de esposa, madre y personaje público, para encontrar su propio camino –sin ingenuidad alguna, sin sacrificios inútiles, sin renunciar a sus sirvientes, a sus choferes, al dinero, a la posición social–; entre sentir y sentir que no se siente (pero siempre sentir algo) está la búsqueda de Catalina, entre el tedio y su desaparición están sus amores, está su cuerpo, su inteligencia, sus ganas de ir más allá de la tradición, de las buenas maneras…

Una película no “traiciona” o “le es fiel” a un libro; una película simplemente presenta su lectura de ese libro. En el caso de la versión fílmica de Arráncame la vida, Mastretta interviene en la adaptación y el resultado es un guión que sigue la novela, que “le es fiel”, entonces, en el sentido de presentar los hilos principales que mueven las transformaciones de Catalina y su propia voz, los giros que muestran que, a pesar de sí mismo, Andrés ama a Catalina, Andrés conoce a Catalina y la respeta, que a pesar de sí mismo, a pesar de no poder convertirla en su cómplice, a pesar de estar separado de ella por veinte años que resumen lo que va de la Revolución, de la imagen de la hacienda y el autoritarismo, a la construcción de una sociedad que incluya su renovación, su modernización, la entiende desde la distancia desde la que la observa y desde la que ella se va desprendiendo de su miedo.

viernes, 26 de marzo de 2010

El vuelco del cangrejo


A mis siete años, en Buenaventura, yo era la “paisa come arepa sin sal”, comíamos “pepa ‘e pan” en el patio de doña Tulia, a veces las iguanas se posaban en la ventana del comedor de la casa, indecisas entre entrar e irse, y los sapos negros, gigantes para mí, dormitaban debajo de los árboles en la plaza central de la ciudad, amenazantes -así los veía yo– con sus chorros de leche envenenada -según nos decían los adultos–… La lluvia era asidua y ruidosa, y nos parábamos debajo del alero de mi casa para ver llover o para ver a mis amigos saltar y correr debajo del agua; a veces, yo también lo hacía. En Buenaventura, la mesa del comedor se llevó la mitad de la yema de mi dedo corazón y la hija de doña Tulia me llevó por toda la ciudad, en un jeep-colectivo, para buscar algún lugar donde detuvieran la sangre… En mi recuerdo, la parte que le faltaba a mi dedo había salido volando por la ventana del comedor y había quedado en medio de la calle; yo quería salir a buscarla para decirle al médico que la cosiera de nuevo en su lugar, pero no la encontramos nunca. La herida sanó con ayuda del café y la panela, y mi dedo corazón parece desde entonces el pico de un loro… En Buenaventura, mi hermano de dos años se escondía de mí, detrás de un vidrio transparente, casi se ahoga en una piscina porque quería ya nadar sin flotador, casi se pierde en una plaza de mercado, porque quiso irse a explorar solito ese lugar… En Buenaventura, gané un concurso de dibujo (yo, que siempre he pensado que dibujo muy mal) y todos mis compañeros se alegraron mucho por mí; en Buenaventura, ayudé a mudar mi escuela, recuerdo vernos a todos cargando pupitres por calles sin pavimentar, contentos porque la nueva escuela era más grande, aunque estuviera en obra negra. En Buenaventura, representé a la virgen María en la novena de Navidad, porque era la más “blanca” del barrio; en Buenaventura, conocí un barco por dentro, entré en sus enormes refrigeradores y vi frutas de todo el mundo, o así lo recuerdo, asombrada porque estaba debajo del mar, a metros de profundidad. En Buenaventura, fui muy feliz, fuimos muy felices, o así lo recuerdo ahora… También lo fuimos en Piangüita, cerca a Buenaventura, una isla pequeña donde fuimos cuando yo tenía tal vez 16 años; el hotel era de madera y se escuchaban los ronquidos del señor que dormía al lado. Dormíamos todos en un mismo cuarto, comíamos pescado (yo frito) en un restaurante también de madera y nos bañábamos en el mar del Pacífico, oscuro e impetuoso, a veces violento.

Toda esta introducción para contar que ya vi El vuelco del cangrejo, que La Barra, la población donde se desarrolla la historia, me recordó a la gente de Buenaventura, que el protagonista me recordó una época ya un poco perdida, el período que pasé en la Universidad del Valle; mientras veía a Rodrigo, alto y flaco, jugar sobre las tablas, jugar a ser otro, yo sufría porque no me podía parar en la cabeza, porque el tai-chi me producía, entonces, un poco de impaciencia, porque en la única clase que me sentía bien era en Historia del Teatro. Óscar me daba ánimos, me ayudaba a sostenerme un poco sobre mi cuello para que el profesor no volviera a impacientarse, pero ya no había nada que hacer; yo ya estaba en otro lugar, tal vez en un coctel…

De El vuelco del Cangrejo me queda la imagen de Lucía, una niña de diez o tal vez once años que casi podría decir es quien lleva el peso de la historia, una niña que tiene su cabeza más clara que cualquier adulto. No me quedarán por mucho tiempo las imágenes de los televisores y las noticias que ya todos conocemos, tampoco la imagen del parlante gigante y el odioso sonido del reggaetón. La imagen de los “negros” cerrándole la puerta en las narices a los “blancos” no es mi imagen de Buenaventura, tampoco la de los “blancos” quitándole las oportunidades, la tierra y el pescado a los “negros”. Yo bailo en mi imaginación el currulao, canto con ellos para que los pescadores regresen pronto, me quedo en silencio también para escuchar el sonido de los pájaros…