domingo, 22 de noviembre de 2009

Cartografías literarias: Sonora, México (II)



Es la cena de cierre del evento. Hay comida por montones: tripas, costillas, cortes de carne, sábanas de harina de trigo para hacer nuestros burros, fríjoles en compota y lechuga, siempre lechuga, jitomate, chile y, claro, cerveza. La banda empieza a tocar y tímidamente empiezan a salir a bailar; los colombianos no se pueden quedar atrás y tratan de dejar en alto el nombre del país… Yo estoy emocionada por el día siguiente; iremos a Bahía Kino, un pueblo costero a dos horas de Hermosillo.

El mar, siempre será el mar, pero este mar tenía algo especial para mí. Hacía sol y tenía frío; el viento era frío y el agua también. En la noche hizo más frío; frente al mar, envueltos en cobijas, escuchaba las olas y comía totopos. Dormí bajo cobijas de lana, escuchando el mar. El desierto sólo lo había visto en la carretera: dos horas de desolada sequedad y calor, de fábricas abandonadas, veía las montañas a lo lejos, los inmensos terrones de tierra colorada, de formas irregulares, sin vegetación alguna. El desierto tenía que estar cerca, ese otro mar debía estar cerca, y lo estaba. Allí, del otro lado de la arena marina, se veía una carretera y vi un carro tomar por allí; me asomé y lo vi, sin fin… Abajo había enormes carros practicando alguna especie de carreras y procuré no acercarme mucho: allí empezaba la tierra seca, la vegetación seca, un amarillo de muchos tonos, una visión nostálgica que no sé cómo describir… Este desierto creado para mí por Villoro, Bolaño y González se hace mío en las imágenes y en el viento…
Fui muy lejos y escuché una palabra que el viento se ha vuelto a llevar, que es necesario que se lleve y me deje volver aquí, a este instante…


Cartografías literarias: Sonora, México (I)




Yo sólo quiero ver el desierto, su seca vastedad…
Hermosillo es una ciudad lejana, muy lejana del D.F. Alma empieza a hablar, la observamos y sabemos que estamos en otro México. La radio cuenta que en Ciudad de México hay protestas porque el gobierno ha cerrado una empresa de energía; muchas personas han quedado sin trabajo y los estudiantes de la Unam se han sumado a la marcha. El locutor dice que hay rumores entre los estudiantes sobre una decisión estatal de privatizar la Unam y los ánimos están muy exaltados… “Por favor, ¿cómo van a creer eso?”, agrega el locutor. Nos miramos y nos reímos nerviosamente, porque esto cada vez es más creíble para nosotros…

Alma es una profesora de Lingüística de la Universidad de Sonora. Alma nos recoge en el aeropuerto y nos lleva a la casa que nos hospedará por cuatro días; nos espera y nos lleva hasta la universidad donde somos “los colombianos”… Alma nos deja en un restaurante para que almorcemos y al salir subimos a un taxi: la música parece siempre la misma; se llama banda (aquí los muchachos no bailan porque de lo contrario piensan que son gays; aquí las muchachas quieren que los hombres bailen)… El taxista (sombrero, barba, camisa sudada, el hablar más lento de toda Sonora, la taimada sumisión del que quiere parecer una oveja) empieza a “pasearnos” por todo Hermosillo… Hay discusiones, hay ofuscación e indignación; alguien nos ha timado y no conseguimos llegar al lugar deseado. Hace mucho, mucho, mucho sol, mucho, mucho, mucho calor. Es el desierto, pero esta es una ciudad que está más del otro lado que de éste; casi todos sus habitantes tienen carro y es difícil hallar a alguien que camine por sus calles (claro, menos a la hora del almuerzo). “Los colombianos” sólo quieren cambiarse y dormir…

En el D.F. parece que nadie está interesado en ir a Sonora; casi todos los mexicanos asistentes al coloquio de literatura están allí por primera vez. Cuando decimos que vamos a Sonora, el único que hace un buen comentario es Villoro, quien nos habla del desierto, de su aire, del mar donde van a parir las ballenas y de la caza controlada que se practica allí y que tanto le gusta a los gringos… En Sonora la comida pica mucho menos y las tortillas son de harina de trigo traída del otro lado (la ciudad más próxima del lado de allá está a cuatro horas por tierra y la mayoría de la población tiene visa estadounidense; las señoras siguen con diligencia las fechas de oferta de los malls del otro lado y van a toda velocidad para ser las primeras en comprar y regresar con el mejor botín), la carne es la mejor del país (Sonora es la zona ganadera que lo surte), así que tacos y burros (mis favoritos) están rellenos de carne asada o “adobada”.

Compramos más tequila y jugamos con el español al colono y al colonizado (y como buen europeo, no baila), al dominicano le pedimos que baile merengue con nosotras (y, vaya, cómo baila), las de Hermosillo nos piden que bailemos salsa, cumbia y mapalé (y lo hacemos muy bien) y ellas bailan una de Shakira… Nos reímos de este “intercambio cultural”, de esta manera de jugar con los estereotipos, y yo estoy feliz con el tequila y su nobleza, su elegante serenidad. Las de Hermosillo quieren apagar la luz; nosotros queremos ir a dormir y así lo hacemos…
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Fotos por Paula

Cartografías literarias: Ciudad de México (III)





Hay otros recuerdos, otras imágenes que no sé cómo traducir, que serán sólo balbuceos… Esta ciudad histórica, inmensa, hiperbólica, también me mostró algo de su lado “bizarro”. Después de tomar tequilas, margaritas y cerveza (la cerveza más rica que me he tomado está en México), me llevaron a un lugar en el que siempre había querido estar. A la una de la madrugada empezó el show: decenas de travestis, de drag Queens, salieron a ser, a actuar como sólo ellos-ellas pensaban que podían hacerlo. Allí estaban Yuri, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, divas de los cuarenta, bailarines con plumas y lentejuelas que daban lo mejor de sí, se daban a ellos mismos, en cada movimiento… Luego, seguía todo igual: los hombres bailaban con otros hombres o con otras mujeres, las mujeres bailaban con otras mujeres o con otros hombres; yo bailaba con dos hombres una canción de Gloria Trevi; luego nos sentábamos y tomábamos más tequila. Llegaban los hombres con botas texanas (norte de México), con sombrero norteño, pantalones vaqueros (vaqueros del norte de México), con camisa de manga larga, a encontrar una pareja, alguien con quien bailar, con quien hablar, aunque en las próximas noches volvieran a dormir solos. Nadie era extraño, nadie me miraba raro, nadie juzgaba; allí se encontraban todos los sexos, todas las edades, todos los cuerpos. Yo amanecí feliz y sin guayabo, sin una sola gota de resaca (el tequila es algo maravilloso), aunque no había dormido casi nada, aunque estaba más nerviosa que nunca y más asombrada que nunca; Juan Villoro nos esperaba para desayunar en uno de los barrios más bonitos de Ciudad de México: Coyoacán.

La plaza es pequeña y la iglesia también; al lado de la fonda está el teatro de Santa Catarina donde Villoro presenta una obra teatral: Muerte parcial. Las campanas de la iglesia empiezan a sonar y sus sonidos se cuelan entre las páginas de los libros que traje conmigo como tesoros… Mis pocas palabras y mi oído atento estuvieron allí comiendo huevos jarochos, pan dulce y café negro, escuchando las historias que sólo él puede contar, viendo las ardillas entre los árboles… En sus palabras estuvieron Fernando Vallejo y Bolaño, su padre Luis Villoro y otra imagen anhelada del desierto, Ulises Lima y el Cerdo, nombres de escritores y lecturas recomendadas por él, Alvarado Tenorio y hasta Medina Reyes… No hay silencios con Villoro; él aúna palabras como una ofrenda para sus invitados, nos escucha atentamente y siempre, siempre, tiene el comentario preciso, sin perder el hilo, termina sus historias… Me digo a mí misma que fue una fortuna ir acompañada por otros varios comensales, que mi silencio se siente menos o que, mejor, se ve como una cortesía con mis amigos y compañeros de viaje que sí cuentan, tejen, preguntan… Todos se toman fotos con él y yo por fin me animo a sacar mi cámara (la de César), espero que él no esté cansado, aunque sé que tiene afán, y me acerco y sonrío con los mismos nervios, con el mismo agradecimiento… Mi amigo tiene la “maravillosa” idea de pedirle una entrevista y él, claro, le dice que sí… Yo sigo escuchando… Juan Villoro se levanta, toma su bolsa y se despide; yo lo abrazo porque es lo único que me sale y que no necesita palabras… No sé qué más decir, no puedo decir más; lo otro se queda en mí…

Cartografías literarias : Ciudad de México (II)





Sí, fui a Teotihuacán, sí, fui a Xochimilco, sí, fui a la Unam, sí, fui al museo de Antropología, sí, fui al castillo de Chapultepec (el lugar de los chapulines), sí, fui a la cada de Frida Kahlo; pasé por el Zócalo, por el palacio de Bellas Artes, por la Casa de Cortés y por Tlatelolco. No me hizo falta ir a Garibaldi ni a la basílica de Guadalupe ni al convento de Sor Juana. ¿Cómo hablar de lugares que siempre son de postal?, ¿cómo negarse a ir en el Turibus? Escuché las palabras, las conversaciones, vi las familias, los gringos y los europeos, los gestos, los desperdicios del lugar, observé a mis compañeros de viaje comprar recuerdos (yo misma compré uno), me fui atrás, busqué algo de silencio y lo encontré, me detuve un poco y observé, respiré; dejé la pirámide del Sol (que tenía algo de Monserrate los domingos, cuando se subía a pie), dejé sus ángulos retocados por un presidente ansioso de perfección a mediados del siglo pasado, no toqué la piedra que hay en la cúspide, no me recargué de energía, no como decían que había que hacerlo… Caminé por el Valle de los Muertos y pensé en la ciudad consumida por el fuego; subí a la pirámide de la Luna y quise quedarme allí por más tiempo (el sol cada mañana sobre el valle de México, sobre Ciudad de México)…

Ciudad de México expone todo el tiempo su memoria, recuerda todo el tiempo a Tenochtitlán, a la Nueva España, es todo el tiempo ciudad, es todo el tiempo varios tiempos, de la muerte y de nuevos ritos… Recuerdo en Xochimilco los mariachis borrachos a las once de la mañana (yo les pedí “Ojalá que te vaya bonito” o “El aventurero”, pero cantaron siempre “México lindo y querido”…), las aguas antiguas, oscuras, sin fondo y sin un axolotl a la vista… Recuerdo recorrer la Unam en bus (en Puma), recuerdo que algunos de mis referentes allí no funcionaban; buscábamos una plaza del Che y nos encontramos con muchas plazas, con una Ciudad Universitaria inmensa, con las mismas caras de los universitarios, una exposición sobre vampiros y un ciclo de cine colombiano… Recuerdo el calendario azteca en el museo de Antropología, recuerdo haberme sentado para observarlo, para aislarlo de la decenas de otras piezas que hay a su alrededor, recuerdo que un vigilante me recordó que se veía mal que me sentara en un museo… El museo de Antropología recoge la lógica de la ciudad: están las salas de los aztecas, de Teotihuacán, de los Toltecas, de los indígenas de las costas, de los mayas, pero también está la sala de la ciudad actual, de sus sonidos, de sus imágenes, de sus personajes, de sus miserias, de sus sueños…
Fui al castillo de Chapultepec buscando la imagen de Carlota y de Maximiliano, encontré el mundo europeo que quisieron revivir en lejanas tierras; me conmovió encontrar la imagen de una mujer con ansias de construir “civilización” y contrastarla con la imagen final de su locura… Recuerdo la casa de Frida y mis propios recuerdos, recuerdo los cientos de detalles con los que se hizo una intimidad propia, una biografía propia, una riqueza singularísima, recuerdo el nacionalismo como empresa por excelencia de una gran parte de la cultura mexicana, pero también lo que de ello se ancla a lo más profundo de su cultura: la ciudad, la casa, recordaba el Día de los Muertos, las catrinas, las flores, las calaveras, el pan dulce, la comida, las flores. Si con algunas de las grandes pinturas del arte universal me ha pasado que al verlas en la realidad, parecen menos significativas de lo que son, con los grandes monumentos, las construcciones históricas en Ciudad de México me sucede lo contrario: la foto de postal no servía; en la realidad se muestran como gigantes. Tlatelolco me mostró (una imagen que sólo duró cuatro minutos) los inmensos contrastes de la memoria mexicana, de la memoria latinoamericana; esta imagen es la que más perdura en mi propia memoria, la que me permite entender, reconocer el lugar de esta civilización antigua y la juventud de la nuestra…

Recuerdo recorrer la ciudad en metro (y quedarme atrapada por las personas que querían entrar de cualquier forma e inmediatamente; recuerdo abrirme paso entre la montonera como me ha enseñado el Transmilenio), en tren ligero, en pecera, en camión, en taxi y en carro, recuerdo ver cientos de carros aparcados en las calles, dormir en las calles, recuerdo verlos uno detrás de otro, sin espacio entre ellos, recuerdo ver las llaves de los carros en la entrada de un restaurante, en el parqueadero de un edificio, para que cualquiera pudiera moverlos en caso de que impidiera la salida del propio. En esta inmensa y poblada ciudad, el espacio vehicular se aprovecha al máximo y medidas como pintar más separadores en las avenidas se toma con fe y con alivio; la avenida tiene tres carriles, pero si pintan un cuarto, entonces se cree que existe y se usa como tal.

Cartografías literarias: Ciudad de México (I)




Este es un sueño que comienza cuando tengo doce años; tal vez un programa sobre los Mayas, tal vez una telenovela (tal vez varias), tal vez El Chavo o Plaza Sésamo, tal vez una mujer con corsés de yeso, tal vez una o varias canciones de Caifanes, de Jaguares, de La Maldita Vecindad, de Fobia, de Café Tacuba, de Kinky o de Zoé, tal vez un cuento: “Coyote”, tal vez dos novelas: Materia dispuesta y El testigo. Tal vez todo esto… Siempre quise que mi primer viaje fuera de este país, fuera a otro país latinoamericano, no sé por qué (tal vez sí lo sepa); sé que quería que ese país fuera México y así ha sido…
Esta bitácora está llena de imágenes, de colores (sobre todo, de colores), de olores, de sonidos y de silencios, de viento…

Tomar un avión y dejar, alejarse, elevarse y llegar a otro lugar, siempre me ha parecido de las cosas más sorprendentes que ha creado el ser humano; quizás porque no he viajado muchas veces en avión, quizás porque esta era la primera vez que lo hacía por más de una hora… Aún pido la ventana, aún me estiro todo lo que pueda para ver lo que se va alejando poco a poco, para ver lo que va apareciendo, aún me sorprendo de ver los ríos, los pueblos, las ciudades, las montañas, el mar, el cielo por encima de las nubes, el otro mar… Avistamos Ciudad de México y la sobrevolamos por varios minutos antes de aterrizar; así de inmensa es, acompañada por una extensa capa blanquecina. El primer mito urbano se hace cierto… Nos dicen que nos arderán los ojos y la nariz, que hasta nos saldrá sangre los dos primeros días; nada de esto sucede. Sólo sentimos el olor a “El Muña” cuando salimos del aeropuerto, cuando atravesamos sus muchas avenidas y sus inmensas vallas publicitarias (inmensa será una palabra repetitiva en esta entrada), pero luego el olor se va o, simplemente, ya no lo percibimos.

Nos decían que la mayor parte de la cultura mexicana gira alrededor de la comida y es cierto; mi primer recuerdo de esta ciudad es un almuerzo que empezó a las tres de la tarde y terminó a las siete de la noche (era aún de día, pero es la costumbre…); en otro recuerdo, el desayuno empieza a las nueve y termina a las once (un domingo normal, en la Fonda Santa Catarina, en Coyoacán, el lugar de los coyotes); en otro, la comida empieza a las ocho y media y termina a las diez y media (un lunes normal, en el Café de Tacuba). Los encuentros giran alrededor de la comida (o tal vez sólo pasó porque era extranjera y querían y quería mostrarme las delicias mexicanas) y en realidad ésta parece siempre una ofrenda, un ritual; cada bocado pica, cada bocado se hace consciente en los labios y en la lengua, en los ojos y en la nariz. La mesa es colorida y siempre está llena, siempre hay suficiente pan, totopos y salsas, siempre más café o más aguas; el agua de horchata, de Jamaica o de naranja, siempre abundante, más que suficiente. La publicidad en las calles y en la radio habla de cuidarse, de tomar agua, de hacer ejercicio (también habla de la importancia de aceptar la igualdad de la mujer frente al hombre y aquí recuerdo las recomendaciones de los colombianos en el avión: no caminar sola si no quería escuchar frases indebidas, gestos indebidos); las imágenes muestran un hombre obeso comiéndose una torta gigante (de las que tanto le gustan al Chavo) y advirtiendo que comer en exceso puede provocar un ataque al corazón; la voz en la radio advierte sobre la diabetes… Hay frituras, pan dulce, tortillas de maíz, siempre, y también siempre hay cerveza, porque la cerveza es el único buen acompañante del chile y de una posible “enchilada”…
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Fotos por Paula

lunes, 12 de octubre de 2009

En el lejero

Según Norma y el mismo Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 1958), En el lejero (Norma, 2003) es el antecedente literario de Los ejércitos. Rosero dice que después de terminar En el lejero, quedó insatisfecho, así que decidió empezar a escribir Los ejércitos

Entre la cordillera y el abismo está el pueblo, a la sombra de un volcán, inundado de niebla y de ratones, cientos de ratones que mueren en sus calles y llenan el espacio de un olor a putrefacción. Jeremías Andrade, un artesano, un tallador que ama y conoce la madera, llega al pueblo después de un año de estar buscando a su nieta. Alguien le dice que ella puede estar allí; es el último lugar que le queda…

Personas como fantasmas, muertos; gente que no puede hablar… Un muchacho “juega” con la cabeza de una anciana, la cabeza de un perro cuelga sobre el frente de una casa, un cóndor planea buscando carroña… La vigilia es una pesadilla, pero hay una esperanza; en este viaje, Eurídice no está detrás del héroe, sino adelante, en el lejero, en el perdedero, en el guardadero… Jeremías debe creer, debe confiar…

El frío se pega a los huesos, a los huesos de un anciano que ya ha perdido a su hijo y a su esposa… ¿En manos de quién? No se sabe, no importa, es la guerra: “Decir que buscaba a su nieta, mostrar la foto, decir su edad –la de él y su nieta–, y sobre todo su edad, ver que vieran que ya estaba viejo, que no serviría para empuñar un arma, que era dueño de nada, decir y repetir siempre lo mismo, en otros lugares, en otros caminos, incluso simular más achaques y años de los que tenía –durante ese año de búsqueda incesante– lo había eximido por lo menos de morir. Muchas armas, de uno y otro bando –por esa suerte de muerte inminente que él encarnaba– lo dejaron de apuntar, despreciándolo hasta en la muerte”…

Lejos del cielo, las personas se acostumbran a todo y cierran las puertas a lo desconocido… Lejos del cielo, lejos de los ojos de quien ha abandonado lo que debía cuidar. No hay alcaldes, no hay policía, no hay Defensoría del Pueblo, no hay ejército; hay una iglesia, una tienda, una cancha, un hotel, un mercado y un convento que separa el pueblo del abismo… Los cuerpos encadenados gimen, se lamentan, se mueren de hambre, de dolor; Jeremías debe seguir buscando, aunque le digan que deberá pagar el doble, el triple, para poder llevarse aquel cuerpo de allí, aunque sean como pollos que alimentan y engordan para después vender, aunque las esperanzas sean cada vez más pocas, Jeremías debe seguir. Un pueblo es más que un hombre llamado Bonifacio…

Duele la búsqueda del viajero y su última esperanza, duele la “paciencia de quien va lejos”, duele el nombre que grita en medio de los lamentos, de los quejidos… Duele la indiferencia de todos los que pasan sin mirar, sin pronunciar una palabra, duele la mezquindad y la maledicencia de los que ya tienen arrugado el corazón y la dignidad; “seres desastrados”… Duele esta novela de Rosero Diago, duele el cansancio de los que siguen buscando sus huesos, sus muertos, sus desaparecidos… Duele esta “tremenda y concreta irrealidad, la realidad misma”…

domingo, 11 de octubre de 2009

El libro salvaje

Cuando le preguntaba al escritor colombiano Evelio Rosero Diago acerca de su necesidad de escribir para niños, su respuesta fue clara: “No hay ninguna diferencia entre escribir para niños y escribir para adultos. Esas clasificaciones las hace la academia y las editoriales; yo no. Un libro “para niños” lo puede leer un muchacho de diez años o un hombre de ochenta. La “literatura infantil” es una literatura transparente; la única diferencia con mis otros libros es que siento mayor libertad y alegría cuando escribo esas historias”…

Juan Villoro es otro escritor de “literatura transparente”, de historias libres y alegres para lectores libres y alegres… Compré El libro salvaje para regalárselo a mi sobrino, que tiene dos años y le gusta mucho que le cuenten historias, le gusta mucho coger los libros, organizarlos a su modo y observar sus colores y las figuras que ve en las carátulas, tirarlos al piso y pararse sobre ellos, le gusta jugar a pasar las páginas para sentir viento y ver las letras corriendo a toda velocidad, y a veces también le gusta tomarlos, como ve a los adultos hacerlo, y ponerse a leer, a crear sonidos y palabras… Le dije a Juan Felipe que yo le iba a cuidar su libro salvaje por algún tiempo y él aceptó; así que después de este trato, El libro salvaje se dispuso a entregarme la aventura de un lector…

¿Cómo nos convertimos en lectores?, ¿qué historias hay detrás de nuestra manía de encontrar en esos objetos figuras de nosotros mismos? Sucedió casi al mismo tiempo: una mujer creyó en mí como lectora y me prestó una historia que ocurría en un París donde las mujeres parían de pie y sus hijos caían al piso, junto a las aguas putrefactas del mercado… Un hombre creyó en mí como lectora y me dio una historia de un hombre que quería ir a T y terminó yendo detrás de una X… Una maestra nos obligó a leer La metamorfosis, El extranjero, Fausto y Edipo rey; dos hombres me ayudaron a verlas de una forma distinta, viva, amada… Si hay libros salvajes, también hay lectores salvajes que están buscando un libro que los dome, libros que crean en ellos como lectores…

Después de Autopista sanguijuela y el Profesor Zíper, Juan Villoro me regala la historia de Juan, un niño que ya no se siente tan niño, que ya no es tan niño. Los padres de Juan acaban de separarse y llegan las vacaciones del colegio; la madre de Juan decide que él y su hermana Carmen se queden en casa de otras personas, mientras ella organiza sus nuevas vidas… Juan va a la casa de su tío Tito, un hombre que vive en una casa enorme del centro de la ciudad, rodeado de libros y de tres gatos. Tito busca algo de Juan, busca un lector que pueda domar el libro salvaje, el único libro que no ha permitido que él lo lea: “Los libros no quieren ser leídos por cualquier persona, quieren ser leídos por las mejores personas, por eso buscan a sus lectores”. “Hay gente que cree que entiende un libro sólo porque sabe leer. Ya te dije que los libros son como espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza. El problema es que sólo descubres que tienes eso dentro de ti cuando lees el libro correcto. Los libros son espejos indiscretos y arriesgados: hacen que las ideas más originales salgan de tu cabeza, provocan ocurrencias que no sabías que tenías. Cuando no lees, esas ideas se quedan encerradas en tu cabeza. No sirven de nada”. En la biblioteca del tío Tito hay libros peligrosos (“Son libros hechos por gente incapaz de proponer algo por su cuenta y que sólo puede destruir lo que otros hacen”) que amenazan el libro salvaje y Juan deberá ponerlo a salvo…

El libro salvaje nos recuerda que los libros son seres vivos, que su naturaleza de árbol vive en ellos y se comportan como organismos con vida propia. Una biblioteca puede ser un hogar para los libros o puede ser un cementerio… El libro salvaje también nos recuerda que los buenos lectores no son aquellos que más saben, que más han leído, sino aquellos que nutren el acto de leer con la vida misma…

El libro salvaje es también un homenaje a la literatura y a la literatura compartida, rodeada de vida: “Comimos un banquete marinero: sopa de pulpo al estilo Capitán Nemo, pescado a la Moby Dick y, de postre, Nieve del Almirante”. En la cocina de Tito también se comen cronopios, una receta sacada de Cortázar, “un inventor argentino”. El libro salvaje es un libro que me recuerda, que me insiste sobre la importancia del lector y de su experiencia: “No hay que olvidar que los recuerdos sólo existen desde el presente; alguien tiene que estar vivo para que el pasado exista y esa persona es el lector: el mundo de ayer sólo existe cuando alguien lo recuerda hoy”…

Sounds of the universe:




El título del último trabajo de Depeche Mode sintetiza la propuesta musical de este grupo en los últimos veintiocho años. Jamás imaginé que algún día fuera una realidad vivirlo en concierto y así fue anoche… Aunque las ratas se metieran en la fila para robar lo que estuviera a mano, aunque el grupo telonero nunca haya dicho quién era ni de dónde rayos había salido ni cómo diantres se había ganado el derecho a estar allí (los únicos en Colombia que hubieran podido preludiar el concierto de Depeche Mode eran los Estados Alterados…), aunque las torres que habían prometido quitar siguieron allí, incólumes, aunque al principio estuviéramos peor que en un Transmilenio, a las 9:00 p.m. ya todo eso no existía… Ha sido el mejor concierto de toda mi vida… Ellos son la mejor banda que he viso en vivo (la puesta en escena es impecable, el sonido llega a todos los sentidos), Martin G. tiene la mejor voz masculina que he escuchado y Dave G. es el hombre más sensual de todo el universo…
Sólo me faltó “Dream on”, “Feel loved” y, sobre todo, “World in my eyes”:
Let me take you on a trip
Around the world and back
And you won’t have to move
You just sit still
Now let your mind do the walking
And let my body do the talking
Let me show you the world in my eyes
I’ll take you to the highest mountain
And the deep of the deepest sea
And we won’t need a map, believe me
Now let my body do the moving
And let my hands do the soothing
Let me show you the world in my eyes
Tht’s all there is
Nothing more than you can feel now
That’s all there is
Let me take you on a ship
On a long, long trip
Your lips close to my lips
All the islands in the ocean
All the heaven’s in the motion
Let me show the world in my eyes
That’s all there is
Nothing more than you can touch now
That’s all there is
Let me show you the world in my eyes…

sábado, 12 de septiembre de 2009

Frutos extraños:

Lamujerdemivida se llama Leila Guerriero y publicó en julio de este año la primera antología de sus crónicas (Leila empezó su trabajo como periodista en 1992): Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008. Fui a la Feria del Libro buscando un libro de Villoro, pero al doblar un stand, allí estaba su fotografía: gigante, ampliada, su imagen distante, su mirada descreída, su cuello hacia atrás, no la sonrisa fácil, condescendiente, y tampoco la pose pedante o fría…

Lo primero que leí de Leila fue un texto titulado “Me gusta ser mujer… Y odio a las histéricas”; no una crónica, no un reportaje, no un comentario, no un perfil, sino lo que ella llama en éste, su segundo libro (el primero fue Los suicidas del fin del mundo. Crónicas de un pueblo patagónico), sus “Discusiones”. Hay una paradoja aún mucho más curiosa: el primer texto que le publican a Leila (el texto con el que se jugó su vida) es un cuento, es literatura… Leila no estudió periodismo, Leila no esperó a que le abrieran las puertas, ella se defendió como pudo y patea cuando no le abren… Parece rudo, parece feminista, pero nunca será esto, jamás será esto. Leila Guerriero entra sutilmente, respetuosamente, en la vida de las personas sobre quienes escribe, se queda allí, escuchando, mirando cuidadosamente, y espera… Luego se encierra y escribe…

Con Leila he aprendido (entre muchas otras cosas) que el periodismo no tiene nada que envidiarle a la literatura, que muchos periodistas tal vez leen más que muchos otros literatos, que me gusta más lo que escribe esta mujer que mucho de lo que escriben los autores de ficción por estos días y que la literatura no es la dama de las letras, que la realidad es un imán y sólo necesita de alguien que sepa ver, que tenga tiempo, que quiera tener tiempo para percibir sus “extraños” frutos…

Ningún lector vendrá a este libro porque quiera encontrar alguna crítica política, económica o social y, sin embargo, los textos de Leila Guerriero son "siempre, la historia de algo mucho más devastador, mucho más grande que la historia de uno solo"; creo que los lectores vienen a Leila por los personajes que transitan por sus páginas escritas, por las versiones que ellos "eligen contar como verdad", por aquellas tantas cosas que el mismo periodismo desecha o elabora sin mucho interés. Leila, atenta a esa realidad, a esas vidas que nunca se detienen, que siempre tienen algo que decir, siempre pregunta “¿por qué no?”, entrega a sus lectores formas diversas de entender o de no entender lo que no vemos, lo que a veces parece tan superficial que no reparamos en ello…

Hay una mujer que fue violada, un recién nacido y un cuchillo, una mujer que escribe sobre un cuaderno de niña; hay un Facundo Cabral desconocido y cercano; hay un mago y una mano que falta; hay un hombre frente a un telón, frente al dilema de su vida; hay un grupo de hombres y mujeres que recogen, recuperan los huesos, las huellas de lo que torpes manos quisieron hacer desaparecer (no sólo en Argentina, no sólo en Latinoamérica); hay mujeres que conducen carros rosados, vestidas de rosa y brillantes en plena media tarde; hay un chino de la China conociendo el mundo; hay caminos patagónicos y estantes vacíos; hay un grupo de rock más extraño aún (para mí) que Radiohead, más extraño aún que una obra de arte contemporánea, más conceptual que el arte conceptual; hay un México que no está en los city tours, ciudades que no son de catálogo, porque en realidad ninguna ciudad es de catálogo; hay una música que enseña a escribir; hay historias sobre estas historias y lo que dejan oír, lo que permiten entender para seguir…

Leo a Leila como se lee en la adolescencia, con ahínco, con amor, con asombro metafísico. En medio de la soledad, del absoluto aburrimiento, sus textos (mis amuletos), hace cinco años, me dieron lo que cada día agradezco, lo que cada día no permite que me quede dormida a media mañana o a media tarde, lo que espanta los bostezos y cierto fango que a veces aparece en la ruta...

Nueve reinas

Dirigida por Fabián Bielinsky y presentada en el 2000, Nueves reinas era para mí un mito, era “la mejor película argentina de los últimos años”. Nueve años después y tras meses rastreándola (no sé si se pueda bajar por Internet; nunca lo intenté) por el mercado pirata de esta ciudad (dicen ellos, los piratas, que el de Perú es mucho mejor) por fin puedo hablar de Nueve reinas. Una película de ladrones sin policías ni disparos ni sangre, una película de ladrones bien vestidos (con modestia) que la mayoría de las veces pasarían más por magos; sería mejor, entonces, no hablar de ladrones, sino de estafadores, porque una gran estafa es lo que narra esta película.

Las verdades se vuelven mentiras y las estafas se vuelven verdades, lo falso resulta cierto y tener “cara de bueno” sigue ayudando mucho.

Hay ladrones que roban y continúan su carrera (orejas que sangran, mujeres que gritan, hombros que duelen), hay ladrones que roban y se pierden en su moto, en su carro, hay ladrones que abren carros, hay ladrones que deslizan su mano dentro de un bolsillo, dentro de un bolso, hay ladrones que usan trucos, que los pasan de generación en generación, ladrones que engañan, ladrones que necesitan que alguien crea en sus mentiras, en sus ilusiones; ninguno saca un cuchillo o una pistola o una sarta de ofensas y humillaciones para intimidar a su víctima. Los ladrones, los estafadores de Nueve reinas usan su ingenio, su astucia para conseguir lo que quieren que les den, lo que necesitan que les sea entregado: dinero.

Los bancos, como pirámides con corbatas costosas, también se derrumban, también vuelven agua las ilusiones de los clientes; los dueños empacan sus cosas (también sus billetes) y se van del país, ellos, los de la astucia blanca, casi transparente, los respaldados por las leyes… El “laburo” y la “guita” en una Argentina de principios de este siglo, en medio del “corralito”, bordeando el “cacerolazo”…

Hay una herencia robada, decenas de deudas no saldadas, expropiación. Hay una mujer que necesita una verdad y fabrica una enorme mentira para conseguirla, hay un hombre y el fantasma de su padre en la cárcel diciéndole que no, que él no es capaz… El vivo no siempre vive del bobo, el bobo a veces sólo quiere mantener su “bajo perfil”...

jueves, 27 de agosto de 2009

Tiempo transcurrido (sin Villoro)

¿Por qué Villoro no vino este año a la feria del libro? ¿Por qué si México era el país invitado de honor, Villoro no estuvo? Más allá de la pataleta (y de las variadas, racionales, sensatas y posibles respuestas), de lo mucho que me hace falta sentir que Villoro está cerca, esta entrada recoge un nuevo descubrimiento de su obra: Tiempo transcurrido (2006), y también un agradecimiento a la persona que puso en mis manos este libro y su dedicatoria, y que hace posible que hoy hable de él…

Escrito en 1985 y publicado por primera vez en 1986, Tiempo transcurrido es un libro de bolsillo entre la crónica y la ficción, una forma de inventar el pasado, de apropiarse de él y luego dejar que se vaya, que agote su valor y que deje espacio a la llegada de otras memorias igual de ficcionales, igual de ciertas, en todo caso, distintas...

Inventar y apropiarse una forma de entender los sucesos que ocurrieron en la infancia, retornar y ver de nuevo los sucesos de la adolescencia: la revuelta (y la masacre) estudiantil del 68, la revolución, la universidad pública, la Guerra Fría, la nación como banderita, la devaluación, el petróleo y la deuda externa, los ochenta y sus discos, la ciencia ficción y las películas de terror, la antena parabólica, pero, sobre todo, el rock.

El tiempo transcurrido es la Historia que construye vidas, individuos; el tiempo transcurrido es el tiempo que construyeron Elvis, Los Rolling Stones (y sí, ni modo, también Los Beatles), Pink Floyd, Led Zeppelin, el rock progresivo, el punk, el glam, el rock en español y la música “protesta”, la música disco, el pop, Madonna y su ombligo, sus crucifijos, la ropa interior que se vuelve exterior. Canciones y grupos que no conozco (o que no recuerdo), pero que tienen sentido en los personajes que los escuchan, que los viven, que creen en sus utopías, pero que también cambian o se adaptan a los cambios que van más rápido que sus pensamientos: “Después del fracaso de las utopías gregarias (la comuna como picnic permanente), el Gato ha ido en busca del escape individual. Tres formas de aislamiento: la playa solitaria, los audífonos para oír rock progresivo, el cubículo donde ahora trabaja”...
Los hippies y el tiempo que pasa y pesa sobre sus sueños: “En medio de la música, Rubén pensó en sus papás abrumados por la mariguana, los problemas del país, el scratch en los discos de Chuck Berry, abrumados durante décadas sin hacer algo más que prepararse otro cafecito. Le dieron ganas de quemar las barbas de su papá y las camisas huicholes de su mamá, pero por el momento prefirió bailar abrazado a sus amigos, hundiéndose en las aguas de Police hasta que el público volvió a salir a la superficie”…

El glamoroso rock, el rock y el peligro de ser diferente y joven, la violencia ingenua del “rock pesado”, el punk y su sentido rebelde, escoger entre el disco o el rock: “Rocío no sabía cómo explicar que no estaba ni con unos ni con otros. ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! Una raza marcada por las dualidades, que estuvo a punto de exterminarse en el siglo XIV para ver cuál de los dos papas era el bueno y que parecía dispuesta a hacer lo mismo en el XX si se cortaba la línea entre Washington y Moscú, tenía en su seno a alguien incapaz de definirse”…

Todos tergiversan sus sueños o los cambian por peluquerías, talleres mecánicos, recepciones y palcos, pero “los fantasmas nunca mueren”, pero están allí también dos de las “crónicas imaginarias” que más recomiendo: “1983” y “1984”, Magali y Rodolfo, a mediados de los ochenta, sin mucho que perder… Madonna y el desierto de Sonora. Magali y Rodolfo logran ser como quieren ser, logran algo con la música, con la escritura. Rodolfo regresa al desierto de Sonora y escribe sobre lo que siente, lo que ha asumido como suyo, sin complejos, sin provincianismos, sin folclorismo; Magali es una Madonna mexicana que canta al lado de la Basílica de Guadalupe. En un país demasiado católico –como el nuestro–, hacer el amor en un carro se convierte en delito y en origen de la envidia de un cuerpo entero de policías… Magali exhibe sus crucifijos, toma la fe y la devuelve en turbamultas para sentir cómo su dignidad vuelve…

Sigo esperando, seguir esperando, desesperadamente, De eso se trata
Mientras tanto, un descubrimiento: su página oficial www.clubcultura.com

domingo, 23 de agosto de 2009

Los ciegos:

Esta obra de Maurice Maeterlinck (Bélgica), escrita en 1890, fue montada por el Teatro Matacandelas de Medellín primero en 1992 y luego en el 2001. En la celebración de los treinta años del Matacandelas, en el marco de Bogotá Simbolista, la obra se presentó este fin de semana. Ver la obra de Maeterlinck porque Pessoa la leyó antes de escribir Oh marinheiro, verla porque a Pessoa no le gustaba… La influencia de Los ciegos en Oh marinheiro es evidente, pero no es lo importante; las imitaciones nunca son imitaciones, sólo reinterpretaciones y así sucede aquí.

Hace tiempo soñaba con escribir obras de teatro, hace algún tiempo las escribía, las escribí; me imaginaba y diseñaba obras en las que el tiempo parecía detenido, me imaginaba montajes que semejaran pinturas en escena. No sabía que lo que me estaba imaginando tenía un nombre: teatro estático.

Esta puesta en escena es la de Oh marinheiro y la de Los ciegos. El espectador llega a la sala y todo queda oscuro; el escenario jamás se ilumina del todo; hay presencias, más que actores. Estamos en una visión simbolista de la realidad, de la existencia. Hay trece presencias en escena y sólo una de ellas ve lo que sucede: un bebé y, a veces, su madre, que está loca y que llora, gime, grita, se estremece, se queda en silencio, quieta; los demás escuchan los rugidos del mar (el espectador también, desde que ocupa su asiento en la sala del teatro), las aves predadoras que vuelan entre el cielo y sus cabezas, algo que puede ser producto de su miedo o del olfato agudo de un perro; otros no escuchan nada: duermen o son sordos y pronuncian palabras como sonetos del apocalipsis… Todo está lejos o demasiado cerca: un asilo, el mar, el faro, el río, un muerto…

En medio de la nada, en el tiempo de la nada, sólo hay incertidumbre. Nadie se mueve y quien lo hace encuentra flores que anuncian el final de todo lo conocido… En el siglo XIX se traen, se invocan los estados del hombre que el día rechaza; la noche y todo lo que tememos, lo que no comprendemos, lo que imaginamos, adquiere existencia. ¿Cómo nombrar ahora esas presencias? ¿Cómo dejar de ver la transparencia del mundo?

Las puestas en escena de estas dos obras pueden tener elementos comunes, pero están lejos la una de la otra: el marinero sueña una patria, pero ¿quién cree en el sueño del marinero? Los ciegos están atrapados, no sueñan, no se mueven y están en medio de presencias que no se ven, se perderán en medio de presencias que no se ven, pero que están allí como amenazas para la vida que ya han perdido…

Los actores no salen a recibir los aplausos; el espectador no sabe cuándo debe aplaudir (¿en qué momento se termina la función?), no sabe si quiere aplaudir, no sabe cuándo debe abandonar la sala…

domingo, 16 de agosto de 2009

Folletín adolescente...


Mi compañera decía que no fuera, que quien iba a Makro salía con la marca del diablo, que estaba en el código de barras del producto que comprara… Se acababa el siglo XX y en Cali se abría el primer hipermercado. Mi compañera estaba buscando a Jesús en una iglesia donde todos cantaban y bailaban muy contentos –y yo sentía un poco de envidia–; yo estaba buscando… Yo sólo tenía curiosidad… En aquel hipermercado encontré un CD (el segundo que tuve) que tenía en la carátula una especie de nave espacial y algo que podía ser un planeta… Me gustaba repetir, casi gritar, como anoche, “de saber que vendrías te tendría un pastel” y “nada me alivia tanto como irte dejando atrás”, aunque en ese momento no tuviera nada que dejar atrás…

Era el tiempo de llegar del colegio e ir corriendo a prender la grabadora para escuchar el último fragmento del programa dedicado al rock en español, era el tiempo de llorar porque no alcancé a llegar a tiempo para escuchar y grabar la canción que necesitaba como nada más en el universo, era el tiempo cuando no sabía dónde se conseguía esa música, cuando no sabía a quién preguntarle… Es la época de Soda Stereo, de Fobia, de Estados Alterados, de Los Rodríguez, de Caifanes, de Fito Páez, de Rata Blanca y de Héroes del Silencio (ni modo, C.), es la época de Univalle, es la época de la panadería de la esquina sobre la autopista Suroriental, es la época de las tardes, las bellas tardes caleñas, las tardes de brisa y pan hawaiano. He olvidado los nombres de casi todos, recuerdo unos ojos, tal vez una voz y sí, sí recuerdo a alguien muy bien: lentes oscuros, pelo negro, grueso, lacio, largo, largo, jeans ajustados, negros, botas texanas, camisa a cuadros… Era alto y lejano, y tenía una bella novia que hacía juego con él… Lo recuerdo ahora porque se quedó con mi CD de Makro, con mi CD de Fobia, pero también me regaló otras cosas que siempre le agradeceré: una invitación a escuchar el Violator, escuchar a Depeche Mode…

Pasó mucho tiempo para tener otro CD de Fobia, aunque no el mismo; pasó mucho tiempo, pero “Los caminitos hacia el cosmos” nunca se me olvidaron… Anoche, como siempre, grité: “Nada me alivia tanto como irte dejando atrás”, “no entiendes porque no eres yo”, “mi pequeño corazón”, “nunca dijeron que podrías aparecerte tú”, “dame, dame miel del escorpión”, “regrésame a Júpiter”, “haré una alberca en tu ombliguito”, “hipnotízame, idiotízame”, “revolución sin manos” y otras más… Sonidos como juegos de niños, una voz que me sigue haciendo sentir mil cosas (y las piernas de Leonardo en plena acción…), sonidos que llegaban como si vinieran de otro planeta, los pies que se mueven solos, al ritmo de la cabeza…

Un concierto en Theatron es una rumba con música en vivo, pero nosotros no íbamos a tomar (no porque no quisiéramos), sólo a escuchar y a bailar. La espera se hacía larga, el dj también la hacía tediosa, Superlitio no pudo llegar a mejor hora; Elvis, el vocalista de Estados Alterados, estaba por allí también, apoyando a The Mills, y ¡cantó! Lo escuchamos, lo admiramos, lo queremos con otro disco, le disculpamos que se haya ido antes de escuchar a Fobia…

Lo bueno de no madurar del todo es que me siguen gustando ciertas canciones que no paran de sonar en la cabeza…

lunes, 3 de agosto de 2009

Oh marinheiro:

Más de siete años esperando ver de nuevo esta obra del Teatro Matacandelas de Medellín. Es extraño cómo la mente guarda los recuerdos… No recordaba muchas cosas: ni la cama, ni el candelabro, ni los muñecos a pequeña escala representando la obra que está sucediendo sobre el escenario… Tampoco el olor a flores marchitas, a coronas, a muerte; tampoco los sonidos, los ruidos que aturden el cerebro y el alma…

Esta obra se estrenó en Medellín, en 1990. En medio de los ruidos, las explosiones, las muertes, las motos, las armas, en un teatro de esa ciudad, un grupo de actores, de dramaturgos, intentaban darle sentido a ese mundo que cada vez más lo perdía. Según lo que nos contaron ese día, muy pocos lo entendieron; en los primeros años en los que se presentó la obra, la sala jamás estuvo ni siquiera a medio llenar… Las personas no se conformaban con ver la realidad explotando en sus narices, a sus pies; las personas querían seguir reproduciendo esa realidad sobre el escenario… Aún hoy parece difícil creer que si una obra de arte no referencia explícitamente los hechos de la realidad más inmediata, también puede ser una obra con valor…

Oh marinheiro habla de un marinero que inventa una patria, una infancia, unos amigos, una vida. ¿Por qué alguien inventa recuerdos y no se conforma con los propios? ¿Por qué alguien quiere olvidar su patria e inventar una nueva? Quizá muchos de nosotros nos hemos sentido así alguna vez, en este país, en esta ciudad, en este mundo… Oh marinheiro no deja espacio para la catarsis, no purifica, no reconcilia, no deja ningún resquicio de esperanza… Muchos se preguntarán: ¿para qué ver una obra así? El arte debería siempre reconciliarnos con la vida, pero Fernando Pessoa (el autor de esta obra) expresa todo lo contrario: el sentido que se desconstruye en cada palabra, en cada silencio, el desasosiego, el agobio, la infinita soledad y la tristeza de existir…
Tres almas hablan en medio del oscurísimo escenario; el tiempo se ha detenido y sólo se mueven las voces en el espacio… Los espectadores quieren salir y algunos lo hacen; otros nos quedamos hasta el final y es un alivio salir a la calle, ver a las personas que pasan, vidas que se mueven a nuestro alrededor. ¿Para qué ver una obra así? Hay ciertas obras que también dejan a quien las vive en medio de la desazón, el espanto, el asco. Algunas lo hacen con truculencia, con maniqueísmo, con efectismo; otras son más sutiles y hablan a lo más profundo de nosotros mismos: allí donde todos nos entendemos, donde todos somos iguales, y desde allí nos preguntamos, en medio de la nada de la que cualquier cosa puede surgir, ¿cómo seguir creando sentido?

María Antonieta:

Sigo el trabajo de Sofía Coppola desde que vi Las vírgenes suicidas. María Antonieta llegó a las salas de cine del país el año pasado y duró dos semanas en cartelera. Ahora, gracias a la piratería, puedo verla.
No sé mucho de la historia de esta reina de Francia, pero sé de su importancia para la historia de ese país y de su revolución. María Antonieta viene de Austria y tiene quince años; se casa con el hijo del rey de Francia para afianzar las relaciones entre las dos monarquías. María Antonieta es una adolescente.
En medio de las costumbres opresivas de Versalles, de la presión para consumar el matrimonio y tener un hijo, María Antonieta se entrega a la vivencia de su adolescencia: la moda y las fiestas (por esta razón cobra sentido la banda sonora de la película; la música que acompaña a María Antonieta es el new wave de los ochenta). La opulencia de Versalles se manifiesta en la comida y en la elegancia de la ropa, de las pelucas, del mobiliario. María Antonieta parece no estar obnubilada por estos lujos; ella quiere reírse, emborracharse, ver el amanecer, comer deliciosos postres, coquetear…
La historia muestra a María Antonieta como una reina caprichosa e indiferente con el pueblo francés (por eso le cortan la cabeza durante la revolución); igual su esposo. Son jóvenes, son muy jóvenes: él sale de caza; ella se refugia en su pequeña villa junto a su hija, a sus cultivos, a sus animales domésticos. La riqueza del pueblo francés va a parar a las campañas de independencia de Estados Unidos; el pueblo se muere de hambre y tiene una reina extranjera… La reina tiene un hijo, pero parece que no es del rey: un soldado se convierte en el primer amor de la reina y será el heredero…
La revolución cada vez se acerca más; el rey, la reina y sus hijos no entienden mucho, no entienden nada…

martes, 21 de julio de 2009

La elegida:

No he leído nada de Philip Roth; esta película está basada en una de sus novelas y su directora es española: Isabel Coixet. La bella Penélope Cruz aparece en la pantalla al lado de un hombre que ya pasa los sesenta. El hombre es un profesor de literatura que en su primera clase habla de Barthes y explica cómo la obra literaria es diferente cada vez que la leemos... Este hombre que habla en televisión y en radio sobre arte y literatura, que se ha separado porque piensa que el matrimonio es un yugo indigno para el ser humano, que da fiestas en su apartamento al final de cada semestre para elegir a su estudiante-amante de turno, escoge a esta mujer cubana, Consuela.

El hombre ama o cree amar su independencia, su soledad; este hombre conquista con su “sapiencia”, con su “cultura”. El hombre enseña; Consuela aprende. El hombre siente celos, el hombre tiene miedo. Consuela ama...

Hay una mujer que cruza los cincuenta; una mujer que también escuchó sobre Barthes en una clase universitaria, una mujer que también fue a la fiesta del profesor, una mujer que lo visita cada cierto tiempo para tener sexo y marcharse de nuevo; una mujer que nunca quiso encontrar un esposo y que ahora siente que los hombres la empiezan a mirar de una manera distinta...

¿Hay algún precio que se deba pagar por la independencia, por la libertad?, ¿hay algún sacrificio que se deba hacer en nombre del amor?

Por momentos esta película parece fría, algo postiza, muchos lugares interesantes, inteligentes, educados. Intento saber por qué: a veces los intelectuales parecen fríos, postizos, a veces sus palabras suenan frías, postizas, a veces los lugares a los que van son fríos, postizos (pero el vino delicioso y la comida una fiesta)... Consuela quiere que el hombre la acompañe el día de su graduación, pero el hombre tiene miedo, o tal vez solo es egoísta, o tal vez tiene que preparar un ensayo sobre la última novela del autor que la próxima semana invitarán al programa de televisión...¿Quién estará allí cuando nos sintamos solos?, ¿quién nos acompañará cuando tengamos que ir al hospital?, ¿cuántas veces pediremos que no sea nadie?, ¿cuántas veces pediremos que haya alguien allí apretando nuestra mano?

“Se va el tren...”


Es un sábado a las 8:30 de la mañana. La estación está casi en ruinas; han acondicionado un salón en el que se puede esperar el tren y tomarse un café, también ir al baño; el hall está en remodelación, pero hoy parece una sala de conferencias porque todos los jubilados celebran el día de la virgen del Carmen; un anciano le señala a su nieto el lugar donde trabajaba y lo que hacía allí. El dedo señala un cuarto en ruinas en la parte trasera de la estación y unos ojos lo miran incrédulo. Vamos hacia allá; hay dos máquinas abandonadas; la maleza crece alrededor de ellas y las latas, los hierros, se pudren poco a poco... Armando pone su cámara para que dispare fotos en color sepia; la de César lo hace en los colores del presente. Para mí la nostalgia es la misma. Subimos a los trenes, vemos lo que debió ser la cocina, los camarotes, el pasillo... Escuchamos aquel sonido que reconocemos de inmediato; vemos el humo que se mezcla con el color gris que tiene hoy el cielo. Ahí están los hombres que alimentan la máquina con carbón, el engranaje que empieza su recorrido y, por si fuera poco, una trompeta que trae sonidos de jazz para el oído de César... Juan Felipe escucha lo que para él debe ser un estruendo, el sonido más fuerte que ha escuchado en su vida; luego nos mira a nosotros buscando confianza y la encuentra... No se sorprende, no llora, no quiere correr; sus ojos siguen los movimientos del tren... Allí están las dos máquinas, el turistren: el motor diesel y la máquina de vapor; también otros armatostes que no sé que son... (Ni idea por qué salió en verso)...

Después de una hora de espera, el tren por fin llama a abordar; estamos emocionados y contentos. El cuadro se completa con la papayera que despide a los pasajeros...

Siempre he querido viajar en tren. Desde hace diez años, cuando llegué a esta ciudad, había querido hacer este paseo. Algo siempre se presentaba como óbice, algo siempre lo postergaba. La amistad ha hecho de esta espera una certidumbre, la amistad lo hizo posible...

No sé qué es lo que vemos cuando miramos el tren pasar. No sé qué sucede cuando suena el timbre y los carros se paran para dejar cruzar el tren. No sé qué pasa cuando escuchamos ese pito a lo lejos... Por donde pasamos siempre encontramos miradas de asombro, de alegría, de nostalgia, siempre encontramos una mano que dice adiós, con la nostalgia y la esperanza del que ve partir... “Se va el tren...” y aunque no se va tan lejos (sólo hasta Zipaquirá), su sonido, su presencia que se resiste a desaparecer, nos recuerda algo que tal vez nunca tuvimos, pero que siempre esperamos; en tren viajaron mis papás, mis abuelos y bisabuelos, y me cuenta mi mamá que también yo cuando tenía dos años... Ese tren que imagino cuando veo una carrilera, es un tren del pasado, un tren que construyó, que deseó, que fue olvidado, aún no entiendo por qué, y que hoy se mantiene como una atracción turística acompañada del desayuno con tamal y chocolate...

Son las 4:00 de la tarde. Han volteado las sillas y la máquina de vapor está del otro lado; aún no entiendo bien cómo lo han hecho... Aquí vamos de nuevo...
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Fotos por Armando.

lunes, 6 de julio de 2009

Un "joven" escritor de cincuenta años:

Aquel día, a los 54 años de edad, me dije:
“La fama, que ya no logré, ya no la quiero”.
mejor quedarme quieto aquí, pensé,
en el centro del jardín,
atento a las mirlas y los azulejos
que llegan a comerse las flores de feijoa.
Atento y quieto aquí, entre los helechos
y acantos, a los colibríes que zumban en los sauces
y arbolocos. Atento al crecimiento del roble
que sembró Pablo al pie de la caseta.
Mirando los azahares del naranjo.
Alucinado con moderación, como los gatos,
y a cada instante, y siempre,
alejado por completo de mí y de mi nombre.

Y que el pasado se desprenda, entonces,
como las naranjas,
y como ellas se pudra en la tierra
y se destroce.
(“Contemplación de la amargura en Chía, 2004”.
Manglares, 2006).

Tomás González nace en 1950, en Medellín. Su trayectoria literaria comienza en 1983, cuando publica su primera novela (Primero estaba el mar. Los Papeles del Goce, 1983) en Bogotá, en una edición patrocinada por El Goce Pagano, un sitio ya tradicional en la ciudad, especializado en la rumba y en la música salsa; el lugar donde Tomás trabajaba por esa época, después de retirarse de la facultad de Filosofía de la Universidad Nacional. A esa novela le sigue otra: Para antes del olvido (1987), ganadora del quinto Premio de Novela Plaza y Janés; en 1995, la editorial de la Universidad Pontificia Bolivariana publica su libro de cuentos (El rey de Honka-Monka) y en 1997, su libro de poemas (Manglares); luego, viene el paso a una editorial reconocida en el campo literario nacional: Norma, que en el año 2000 decide empezar a publicar su obra. De Norma son las ediciones de las novelas La historia de Horacio (1997, 2000) y Los caballitos del diablo (2003), y la reedición de toda su obra (las últimas reediciones son del año 2006); actualmente, Tomás González prepara un libro de cuentos cortos y una novela (Regresa Abraham).

A partir de esta transición editorial, después de casi veinte años de la aparición de su primera novela, la obra y la figura de Tomás González comienzan a ser reconocidas en el campo literario colombiano. Epítetos como “joven escritor antioqueño” (Feria del Libro 2000), “escritor independiente” (revista Universidad de Antioquia 278, 2004), “escritor del silencio” (revista Arcadia 7, 2006), “escritor oculto” (revista Arcadia 7, 2006) o “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana” (revista Arcadia 7, 2006) empiezan a aparecer en las revistas literarias y en los eventos de la Feria del Libro de Bogotá desde el año 2000. En Colombia, un escritor sólo se hace visible cuando una editorial de gran tiraje lo acoge y gracias a ello, su obra es conocida y leída; sin embargo, es recurrente que los críticos literarios y periodistas culturales señalen la falta de protagonismo de González como una de sus mayores cualidades (Piedepágina 8, 2006; El País (Cali), 21 de junio de 2008), como un “anonimato saludable” (Juan Diego Mejía en la revista digital www.rabodeají.com, 2001 ): “Contrario a lo que hoy sucede con otros escritores colombianos, [la obra de González] no está jalonada por una figura mediática” (Andrés Felipe Solano en la revista Arcadia 7, 2006). Ante estas circunstancias, Tomás González dice: “Entre más conozcan mis libros, mejor, sí, al ser escritor es importante darse a conocer” (“De pocas y buenas palabras”. Entrevista de Paulo González, 21 de octubre de 2008. En http://www.puntolatino.ch/literatura_entrevistas/lit_gonzalez_tomas08/); “como no vivo de eso [de la publicación de sus libros] la fama sí me interesa pero muy poco, entonces puedo siempre esperar lo que sea necesario y hasta más” (“La manigua bajo los postes de luz: entrevista con Tomás González”. Revista Piedepágina 8, 2006); “confieso que las entrevistas sí me aburren. Me parece que se vuelve un trabajo extra. Además, hay gente que hace preguntas que simplemente no tienen respuesta. Y ya bastante me cuesta seguir a un personaje desde que se levanta” (“El escritor oculto”. Revista Arcadia 7, 2006).

Tomás González se va de Colombia –con la esperanza de encontrar un lugar en donde pudiera escribir y trabajar al mismo tiempo– un mes antes de la publicación de Primero estaba el mar y vive alrededor de veinte de años en Estados Unidos (en Miami, Nueva Orleáns y Nueva York) con su esposa (también escritora) y su hijo. Vuelve al país en el año 2002 y se instala en Chía, lugar donde vive actualmente, en medio de sus plantas y sus animales, pero también, según un artículo del periódico El País de Cali (junio 21 de 2008), el lugar en donde acompaña a su esposa en medio de su enfermedad. El año 2008 fue un año que consolidó el reconocimiento de Tomás González en el campo literario colombiano: fue invitado al Hay Festival del año 2009 y la Embajada de Colombia en Alemania lo llevó a Berlín y a otras ciudades europeas a dar una serie de charlas y a hacer lecturas de su obra.

Por parte del escritor, es visible que las respuestas que da en sus entrevistas giran alrededor de un eje central: la relación entre su obra y la historia de su familia. Tomás González, sobrino del filósofo y también escritor Fernando González (de quien leyó su obra sólo a los treinta años porque no quería salir “marcado” con su figura), confiesa que todas las historias de sus libros están “inspiradas” en personajes familiares: sus hermanos, sus tíos. Primero estaba el mar narra la historia de la violenta muerte de su hermano Juan en Urabá, Para antes del olvido nace del encuentro de unos textos escritos por su tío Alfonso, su cuento “Verdor” nace de la “tragedia” que vivió un tío suyo después de la muerte de un hijo, La historia de Horacio es la historia de los últimos días de vida de su hipersensible tío Jorge y en Los caballitos del diablo describe la violenta muerte de su hermano Daniel en el Valle del Cauca.

Por eso digo hoy: ¡cuánto no querría yo
tener también mis dioses tutelares,
para sacrificarles de vez en cuando algún conejo,
encenderles hogueras de humo espeso,
ponerles frutas, ofrecerles flores!
Pero no los tengo.
Para mí sólo hay estas nubes,
estas palomas que acaban de pasar,
estas plantas intrincadas, esta abigarrada vaciedad,
este lugar del que no se pueden señalar los bordes,
este fresno florecido,
esta abundancia inenarrable mecida por el tiempo,
y que, por ser maravillosa sin interrupción
y sin descanso y para siempre,
es monocorde cuando no logro mantenerme atento.
(“LXIX”. Manglares, 2006).

domingo, 31 de mayo de 2009

Manual de pelea:


Estudié en un colegio femenino y nunca me fui a los golpes (a los arañazos, a los pellizcos, a los jalones de pelo) con ninguna niña. Eso no se veía en mi colegio, uno de monjas que nos querían formar como muy buenas señoritas. Yo aprendí algunas cosas interesantes en ese colegio: que la amistad no es para siempre, que algunas profesoras discriminan porque mi papá no tiene la plata que tienen los papás de otras, que algunas mamás aprovechan la ausencia de la mía para hacerme sentir tan mal como puedan con sus palabras... También aprendí otras más interesantes: que me gusta la danza y el teatro, y mi profesor que habla y se mueve delicadamente, que me gusta cantar en el coro, que le tengo miedo a los fantasmas, que me gustan las construcciones antiguas, que hay personas a las que no les interesa las diferencias de plata...

Luego entré en un colegio mixto y allí aprendí cosas que no alcanzaría a enumerar en esta entrada; muchas veces mi relación fue más estrecha con los profesores que con mis compañeros; esas eran las consecuencias de ser la “nerda”, pero también eso me hizo amar la filosofía, la geografía y el dibujo. En el colegio dirigí revistas, escribí poemas y reflexiones, promoví campañas ecológicas... En el colegio también me enamoré, conocí el cine, conocí el rock en español, conocí a Goethe, a Calderón de la Barca, a Camus, a Kafka, a Sófocles y también a Arreola, a Borges y a Gibran; también me enamoré...


Muchas veces he querido saber qué se siente irse a los golpes con alguien, pero las peleas de mujeres no suelen ser más “estéticas” de lo que es un arañazo o un jalón de pelo; la agresividad femenina es más sutil que la masculina y eso siempre la hará más perniciosa, más insana. Me gustan las peleas de los hombres porque solucionan su problema y ya es historia. Las peleas de las mujeres se alimentan de chismes, de rencor, de competitividad, por meses y meses, por años y años... La lengua de una mujer puede ser más dañina que los golpes de un hombre, puede dejar huellas más profundas que una cicatriz o un “morado”. Las peleas de las mujeres se miden por la habilidad con la que mueven su lengua y yo siempre he perdido cuando me toca moverla a mí... Si hubiera sido hombre, habría sido de una de dos maneras: o al que le pegan sin que se pueda defender, o el que se camufla en un bajo perfil para que no le lleguen las amenazas de golpes... No se puede saber..

.

Envidié más las peleas de hombres cuando vi El club de la pelea, pero no encontré a nadie parecido a Marla Singer para fundar un club femenino...


Todo esto sólo para recomendar un libro, una novela que me hizo divertir como hace mucho tiempo ningún libro lo había hecho: Manual de pelea (2004), de Andrés Burgos (Medellín, 1973). Lo que más me ha sorprendido en esta novela es el narrador, la construcción de la voz narrativa. Burgos logra contar la historia desde la voz de un niño-adolescente de 14 años que recrea la vida escolar de octavo C en el colegio La Salle, en Medellín, una ciudad que entraba en la recta final de la década de los ochenta, un barrio que se transforma con el cambio de una familia, de su casa de mármol, con sus columnas griegas, adolescentes en moto y armados. Un amigo y un hermano que se van con ellos...


El colegio es un sitio peligroso, es un lugar de aprendizaje feroz. Recordé a mi hermano, a hombres que aprecio, a mi amor, en sitios parecidos a ese o mucho más fieros; los imaginé yendo más allá de la frontera imaginaria que demarcaba el final del barrio (a mí que no salía de mi cuadra), los imaginé armándose de valor para soportar los insultos y las amenazas o aprendiendo diferentes técnicas para defenderse y reaccionar en el momento adecuado, los imaginé nerviosos frente a la niña que les gustaba, sin entender muchas veces los cuerpos y las actitudes que cambiaban más rápido de lo que ellos podían advertir, los imaginé tristes porque las presencias femeninas de sus sueños y de sus “pajas” se iban con quien tenía mejores tenis o con quien al papá le prestaba el carro, incluso con el que tenía carro o moto. Yo me imaginaba a mí misma con mi cuerpo plano, viendo a los muchachos correr detrás de bellas formas...


Esta novela de aprendizaje nos recuerda que el mundo adulto es el espejo de este universo que describe Burgos: los fanfarrones y los pusilánimes se forman aquí, pero también es un espacio que nos acerca a descubrir cómo somos, nuestras cercanías y distancias con los demás, nuestra manera de ser nosotros mismos y aceptarlo, y abrazarlo...

jueves, 28 de mayo de 2009

El Eskimal y la Mariposa


Es absurdo pedirle realidad a la literatura. Es absurdo pedir que la violencia aparezca retratada en una instantánea… Nunca he sido buena lectora de novelas policíacas o negras (el único recuerdo es Padura Fuentes); esta vez tampoco fue la excepción…

Había muchas expectativas para la lectura de la novela de Nahum Montt: El Eskimal y la Mariposa (sigue siendo un hermoso título). Había palabras de personas cercanas que la recomendaban, aunque también palabras de otros que simplemente la ubicaban en un “realismo periodístico”. No he leído Lara y creo que no lo haré, pero sí hay algo que hizo que llegar hasta el final de esta novela premiada por el Ministerio de Cultura (2004) y luego publicada por Alfaguara (hace algunos días me enteré de que la versión editada por Alfaguara tiene variaciones respecto a la del Ministerio; yo leí la del Ministerio...), se hiciera necesario: ¿por qué un hombre acepta un trabajo como el de Coyote?

El personaje principal (Coyote) es un escolta cuyo trabajo es asesinar a los sicarios que perpetraron las muertes que “conmovieron” al país en la década de los ochenta: Rodrigo Lara Bonilla, Bernardo Jaramillo Ossa, Luis Carlos Galán y Carlos Pizarro; Coyote debe esperar hasta que el sicario cumpla su “misión” e inmediatamente arremeter contra el “jovencito” para no dejar pruebas. No me queda claro si Coyote trabaja bajo órdenes del DAS o bajo órdenes de una entidad ajena al DAS que se llama La Federación, o algo así. De cualquier modo, la existencia de un ente tan abstracto como “La Federación”, hace que la novela cumpla con su epígrafe sobre la imposibilidad de encontrar la verdad, pero también me deja con la misma sensación de impotencia de siempre… Hay una idea que es muy clara en la obra y es el hecho de restar responsabilidad a Pablo Escobar sobre estas muertes; la idea explícita acerca de que él solamente fue “el sospechoso de siempre”. Es, para mí, inusual que una obra de éstas se cuente desde la perspectiva de un hombre que está dentro del sistema y, al mismo tiempo, atente contra él (es decir, la idea del sistema atentando contra sí mismo, aunque también puede ser que el sistema siempre atente contra sí mismo), pero es demasiado usual la manera como se narra esto: por momentos, el amarillismo, por momentos, los lugares comunes, por momentos, el escepticismo y el desencanto tan obvio, por momentos el Mendoza de Scorpio City (¿?). La descripción de la muerte de Pizarro fue lo que más me impactó, pero me molestó un poco que la narración afirmara la idea de este personaje como simplemente alguien simpático, cordial, que hacía suspirar a las mujeres…

El gran logro de Montt es mostrar a estos personajes desde una perspectiva muy humana, y rescatar el ejercicio de la escritura como una forma de construir versiones que alejen el olvido…

Por un momento, aparece la reescritura de una leyenda nórdica: la de la mujer esqueleto. Un ser comprensivo y amoroso me dio a conocer esta leyenda para enseñarme el valor de saber darle muerte a algunas cosas en el momento preciso... La mujer esqueleto nos reta a permanecer con ella, a aprender de ella; dar muerte es necesario en cualquier vida, en cualquier relación, para luego seguir, para amar a la mujer esqueleto y sus exigentes enseñanzas. En la novela, el Eskimal le cuenta esta leyenda a Mandrake, el médico que salva dos veces la vida de Coyote; al final, desaparece el tiempo mítico, desaparece el círculo: el Eskimal le dice a Mandrake que la mujer esqueleto sólo hechizaba a los hombres para luego comerse su carne y dejarlos como ella, convertidos en un costal de huesos... Al final, nada queda, nada se salva, de nada sirven las palabras...

Cuando esas muertes sucedieron, yo vivía entre Fusagasugá y Bogotá, experimentando con la Ouija y viendo cómo Freddy Krueguer (¿?) hacía trizas mis mejores sueños, pidiéndole un beso a un niño que creía a su corta edad que podía tener tras él a cualquier niña-mujer… Montaba en bicicleta y me caía por las empinadas calles del barrio donde vivíamos, hacía “pegas” por teléfono de disco y luego de teclado, veía a un niño ponerse una capa negra y acercarse a mí, mostrándome sus colmillos de niño... Veía las imágenes por televisión, aún las sigo viendo…

Queda una sensación de cinismo, de descaro en todo esto…

El arriero de mulas humanas:


Hacía mucho que no escribía aquí sobre lo que no me gustaba. Aquí voy de nuevo...
Después de ver El arriero, del director colombiano Guillermo Calle, era inevitable hacer analogías con Soñar no cuesta nada. Mi pensamiento es, sobre todo, analógico y aquí voy...

Lo único que se salva, aunque no por su actuación, es la bella María Cecilia Sánchez; también el hecho afortunado de que en la película no aparezca más de una mancha innecesaria de sangre, más de un tiroteo con corte a otra escena.


Si en Soñar no cuesta nada todos los soldados tenían una causa justificada para quedarse con el dinero de la guerrilla, aquí la causa de Ancízar es el permiso de su suegra para casarse con la mujer que ama. Ancízar sólo podrá tener a Virginia si consigue mucho dinero y, entonces, el negro que quería salir adelante a través de la educación, se ve impelido a dejar sus estudios para seguir el camino de su padre adoptivo, el hombre que lo recogió en la selva: el narcotráfico. Ancízar es mula y luego pasa a ser “arriero” de mulas; por fin tiene dinero para mostrarle a su suegra, tiene dinero para casarse con Virginia... Y entonces, conoce a Lucía: una vallecaucana-española que lo vuelve loco, pero con la que sólo pueda estar si también está con Virginia. Así empieza la caída de Ancízar: un triángulo femenino empujado por los celos, la traición y la desconfianza. La suegra de Ancízar, personaje caricaturesco hasta lo absolutamente grotesco, jamás lo acepta: la paisa estereotipada que no acepta negros en su familia.


Escenas de sexo por doquier, lo más “artísticamente” logradas: la “nucita” en varias camas, entre Barranquilla y Madrid, cuerpo negro-cuerpo blanco; el dinero y el sexo construyen los lazos.... Como en la escena de Soñar no cuesta nada en la que el soldadito por fin tiene a la Dayana en su cama, gracias a los billetes que les sirven de sábanas... Pero “soñar no cuesta nada”, porque sólo son sueños, como DMG. Ni los soldados ni Ancízar ni los que pusieron sus pocos ahorros en manos del David pueden disfrutar por mucho tiempo del dinero; aquí es tonto hablar de dinero fácil, porque el valor del trabajo “duro”, del “esfuerzo” por años y años, se convierte día tras día en un discurso dominante (hay un teórico del siglo XIX que plantea que sólo deberíamos trabajar tres horas al día...; “Quién dijo pereza”...), en otra forma de alienación, en otra prohibición del goce... No hablo de doble moral o de inmoralismo... Ancízar y los soldados no “cuadran” en las sociedades “blancas”: los soldados son muy “boletas” y no les “luce” los vestidos caros que compran, ni la camioneta de cien millones de pesos, no saben disfrutar la “buena” comida, ni la “buena” bebida... Ancízar no “cuadra” en la blanca sociedad española, en la blanca sociedad de narcotraficantes españoles.


Entonces, Porras, el soldadito que quiere la plata para recuperar su “tierrita” y la confianza de su “negrita”, lo logra; no es dinero para hacerse rico, no es dinero de sobra, no es dinero de lujo, no es dinero para ser “importante” o para diferenciarse de sus pares; es un dinero para defender un valor nacional, un valor tradicional: la tierra, el trabajo, la “humildad”... Ancízar pierde sus valores y se da cuenta de que ya no puede caer más, de que ya no quiere caer más... Rechaza el dinero, rechaza los lujos y se va a reafirmar un estereotipo: el del pescador, el negro pescador, el que sale antes de que el sol aparezca y consigue con el “sudor de su frente” la comida, lo necesario para vivir, para sobrevivir...


En una sociedad en la que, por un lado, se reafirman sin cesar los mensajes de la importancia de “ser alguien” (como si ya no lo fuéramos) “importante”, de tener “éxito” (¿cómo se mide, cómo medimos el éxito?), de ser “bonito” y, por otro lado, se intenta “adiestrar” en el lema “trabajar, trabajar y trabajar”, sin “pereza”, sin goce, ¿para quiénes son las leyes, para quiénes es el escarmiento?