jueves, 29 de diciembre de 2011

Incendies:



“La muerte no es el fin de la historia”. Esta frase podría resumir esta película (basada en una obra de teatro), ésta y una ecuación: uno más uno es igual a uno… Parece un anacronismo hablar de las luchas entre musulmanes y cristianos, y es una lástima que no lo sea, más aún cuando esta película recuerda las guerras civiles que han atravesado varios países del Medio Oriente por ese anhelado anacronismo.


Estampas de la Virgen adheridas a los fusiles, hombres, mujeres, niños y ancianos acribillados una y otra vez a la vista de la cámara, casas y buses ardiendo al sur del país y una madre buscando a su hijo, ese que nació del amor, pero creció entre la guerra para convertirse en una máquina del terror… Cierro los ojos y oigo los tiros, las granadas explotando, el fuego atravesando las telas, la madera, consumiéndolo todo; me pregunto si es necesario mostrar la sangre, el fusil apuntando y la niña cayendo, el niño cayendo, el amante cayendo… Cierro los ojos y pienso en este país que habito, en las fotografías que he visto, en el dolor que he visto y sentido…


El amor puede producir monstruos y éstos pueden crear, de nuevo, amor. La verdad aparece para cerrar círculos de rabia y dolor, para que un cuerpo pueda mostrar su cara al sol; la verdad aparece para mostrar qué poco conocemos a nuestros padres, para enseñar su resistencia, su valentía y la historia de un país desconocido, para mostrar que el objetivo de un largo viaje es regresar a darnos cuenta de lo que hay a nuestro lado.


Nada como una canción de Radiohead para acompañar este viaje…

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cartografías literarias: P.N.N. Cueva de los Guácharos (o La vorágine para adolescentes)





Dormir en carpa, amanecer con el sonido de los gallos, los patos, los gansos y otras aves más pequeñas, bañarse viendo pasar las nubes sobre la cabeza, ver las cabras desperezándose, escuchar ese dialecto que sólo era una broma en los programas de televisión… Salir de allí y seguir la ruta señalada por el mapa; llegar a un pueblo que lleva el nombre de un país del Medio Oriente, ver los rostros con rasgos indígenas, saber que estamos al sur del Huila, pero más cerca del Caquetá y del Putumayo. Es domingo y todos salen a hacer mercado, pero, sobre todo, a tomar aguardiente y cerveza, a bailar en las discotecas de la plaza que están abiertas desde el medio día…


Nos internamos más en la montaña, me hablan de osos de anteojos, de dantas, de micos, de murciélagos, de guácharos (que escucho nombrar por primera vez); dicen que hay mucho pantano, que el camino no es fácil, que hay personas que se quedan y otras que se tienen que devolver. Decidimos partir, decido partir… El camino de cuatro horas, lo hago en seis, insultando (absurdamente), por momentos, el barro en el que mis piernas se entierran casi hasta la rodilla, donde, por poco, pierdo mi zapato; hay caídas, hay mosquitos, hay tábanos que entierran su “aguijón” por encima de la ropa. Me quedo sola, por momentos y tengo miedo, entonces, pienso en Alicia, en Arturo Cova, en los andaquíes, los indígenas que poblaron estos espacios y que acosaron los colonos traficando la quina y el caucho… Grito y una voz me contesta; trato de ir más rápido y, por fin, veo un rostro conocido…


Nos internamos en una cueva; la leyenda dice que en ella vivió un indígena que desapareció sin dejar rastro. Nos metemos en túneles, en sus cámaras que nos muestran estalactitas y estalagmitas, los racimos de murciélagos colgando del techo y volando sobre nuestras cabezas. Pensé que les temería, pero sé que huyen de nosotros… Salimos de la cueva (yo doy las gracias, porque ya quiero sentir la luz). Veo micos y un guatín, veo loros, llueve, trato de bajar por una pendiente, resbalo y caigo algunos metros abajo, escucho mi cuerpo caer contra un colchón de pasto; el tobillo duele y se inflama.


Mientras miro mi tobillo, un hombre me habla de minas quiebrapatas, de alguien que pisó una, de su muerte esperando un helicóptero; mientras miro mi tobillo, una mujer me habla de cómo lo dejó todo para salvar a sus hijos de tener que irse con un grupo armado, de cómo hacía tamales en una esquina de un barrio bogotano, de cómo recogía la ropa que otros botaban, de cómo volvió al campo para sembrar la tierra, de cómo la necesidad tiene cara de perro, de cómo extraña “su tierra”, de cómo se siente mejor estando un poco más cerca de ella… Dejo de ver mi tobillo para escuchar las voces de quienes anhelan la belleza de los centros comerciales bogotanos, de quienes cuando vienen aquí evitan pararse delante de las vitrinas demasiado tiempo para que no los señalen como provincianos…


Salgo de este 80% de bosque tropical y de este 20% de selva húmeda (sin entender bien la diferencia) a caballo; llegando a mi destino, empiezo a ver las casas en las orillas de la trocha, los techos de plástico, los fogones de leña, los conejos debajo de las camas, los niños de tres y cinco años acostados en los corredores, una niña de cuatro años con un cuchillo en la mano, “jugando” sobre una tabla, el bebé de seis meses columpiándose dentro de una red en uno de los cuartos, la emisora cristiana a todo volumen, la hora del almuerzo y los hombres que empiezan a llegar caminado a través de la montaña…


Pienso que yo ya me voy, pienso en las vidas que veo sobre un caballo, al otro lado de la baranda, desde la ventana del carro, a través de la pantalla del computador o del televisor y me siento un poco canalla; mientras voy por el camino de herradura, sin desviarme, me siento la turista que viene a conocer el país tropical… Todos preguntan si regresaremos; todos decimos que sí, pero, por dentro, yo sólo tengo dudas. Me siento débil, cobarde y, por momentos, cínica. Tal vez estos caminos, estos parques nacionales naturales sólo deban ser visitados por biólogos, por investigadores, expedicionarios, caminantes profesionales, estudiantes, no por turistas que buscan su cuota anual o semestral de “aire puro” y descanso de la “agitada vida citadina”… Pero también puedo estar equivocada y, tal vez, regrese algún día en una época en la que llueva menos…

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Fotos por Paula.

Cartografías literarias: Desierto de la Tatacoa





Todo es nuevo: el clima, el paisaje, la forma como hablan las personas, la comida. Cuando pasamos por Neiva o por Pitalito o por Gigante, veo varios lugares que llevan un nombre conocido: José Eustasio Rivera… Desde el páramo, pasando por la humedad pegajosa del río Magdalena y llegando al calor casi insoportable del desierto, el Huila permite que resuene en mi cabeza el nombre de ese hombre que dejó “su tierra” para hacerse un letrado de la capital, pero también para hacerse un intelectual y no un simple servidor de la letra oficial.


Por el antiguo camino de los trenes, atravesamos pueblos en medio de la nada en donde la antigua estación del tren queda para rememorar tiempos mejores, tiempos que anunciaban el “progreso”; atravesamos quebradas y túneles angostos hasta llegar al Desierto de la Tatacoa. Curiosamente, estas formas las he visto antes fuera de Colombia y ahora mi referente es ese paisaje sonorense que roza Arizona. Aquí, los “terrones” son más pequeños y angostos, pero, igual, las formas son impresionantes, tierra erosionada por años y años, el color del polvo, del barro, de la arcilla con la que jugaba cuando era niña, los cactus altos y otros pequeños que producen un fruto con sabor a kiwi y a pitaya.


Dicen que hay un puerto para OVNIS, dicen que los han visto; decidimos no ir y prepararnos para ver las estrellas como si el cielo fuera un tablero que Javier señala con su rayo láser; imagino películas de ciencia ficción (que no suelo ver, pero que vienen a mi memoria), imagino tener uno de esos rayos en mis manos, como una espada, y jugar con alguien a luchas intergalácticas… Aprendo el nombre de una estrella, la única que me interesa; veo las constelaciones, pero ninguna de las formas que sugiere el guía, me sorprendo descubriendo que el cielo nunca es el mismo, que nunca vemos las mismas estrellas, que todo es continuo movimiento; con grandes telescopios y binoculares, veo los anillos de Júpiter y algunas nebulosas, aprendo que hay estrellas azules y otras cobrizas, aprendo la diferencia entre el brillo de una estrella y el de un planeta… De ahora en adelante, busco en el cielo la estrella que puedo nombrar y recuerdo a una mujer del siglo XIX que llevó su nombre…

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Fotos por Paula.

Silencio en el paraíso:



Hace algún tiempo me había dicho que no volvería a ver una película cuyo tema fuera el conflicto armado, la violencia, y mucho menos si era colombiana… No se trata de ser ciega o ser como se supone lo es el avestruz… Mostrar la supuesta realidad, a veces, lo único que produce es naturalizar esa violencia, esos conflictos, y esto es lo que menos le conviene a un país que desde hace siglos espera conocer una verdad.


Toda esta introducción para hablar de una película que habla de los “falsos positivos” que nos dejó la última etapa del gobierno de Uribe Vélez y cuya responsabilidad mayor recayó en el actual presidente Santos (no soy ingenua; sé que los “falsos positivos” continúan…). La película duele por muchos motivos, pero el principal es la falta de alternativas que padecen millones de personas en este país, la pobreza que parece cerrar puertas, una tras otra, hasta dejar contra la pared, contra un abismo o contra un fusil. En mejores días, tiendo a pensar que siempre hay alternativas, que siempre se puede escapar de una situación que nos apabulla, que nos atormenta, pero hoy no, después de esta película, no. La desesperanza que recorre este país se resume en cerrar el camino, cada vez más, en dejar cada vez menos encrucijadas posibles.


Aquí, la vida se consume en su lenta y absurda monotonía. La ciudad abajo son luces titilantes como estrellas o atardeceres que matizan los colores de los edificios; el aquí y ahora, en cambio, es polvo cuando hace sol y barro cuando llueve, es estudiar el bachillerato sabiendo que ir a la universidad suena a imposible, es trabajar para ayudar en una casa con papá ausente, con una hermana quien ha dado a luz a un sobrino que hay que ayudar a mantener, es tener sexo o hablar de sexo porque no hay nada más en qué pensar, nada más qué hacer, es trabajar y conseguir la cuota para la pandilla del barrio, es escapar de una golpiza, de un robo, de una amenaza, es escapar de tanto polvo y barro, de tantos golpes, de tantas ausencias, creyendo en el amor, decidiendo creer en él, en las cartas dejadas debajo de la puerta, en la invitación a la fiesta, en el regalo de despedida, en la promesa del regreso…


Me explican que el Plan Colombia es la principal causa de estos “falsos positivos”, la exigencia de estadísticas, de resultados, de rendirle cuentas a quien patrocina la guerra… Al igual que la educación, el desempleo, los niveles de lectura y tantos otros “índices”, las personas se vuelven números vestidos de camuflado y botas de caucho.


Me siento culpable, porque por un momento lloré por la suerte del protagonista de la película y no por la de uno de los que cobraban la “vacuna” a los comerciantes y trabajadores del barrio; me sentí, por un momento, un poco fascista, pero, tal vez, lo que quiera decir la película es que cualquiera está expuesto a ser víctima del orden impuesto por estadísticas inhumanas.


Lloro porque la realidad es peor que esta película, lloro porque, por ahora, no veo qué otra cosa puedo hacer… Creo que la película logra su cometido, no porque me haga llorar a mí (que es tan fácil), sino porque escoge un conflicto que logra mostrar la complejidad del problema, el dilema moral de quienes participan en él (aunque el actor que encarna al encargado de conseguir los “positivos” parezca de mármol) sin excesos, con toda la mesura y el respeto del caso para las víctimas, sus madres, los amores que dejaron, las esperanzas rotas…

viernes, 9 de diciembre de 2011

Villa Amalia:





Basada también en una novela, Villa Amalia cuenta la historia de una pianista quien una noche descubre que su pareja por quince años le es infiel; ella decide terminar la relación y empezar otra vida (el espectador no puede estar más de acuerdo, porque el actor sólo expresa pusilanimidad). Hasta allí no hay nada extraordinario; parecería otra historia más de la mujer que lo deja todo atrás para encontrar una vida en la que pueda reconocerse más fielmente representada. Vender el apartamento, vaciar las cuentas bancarias, abandonar la carrera profesional, dejar la pareja, cambiar de guardarropa, cortarse el pelo, buscar una ciudad con mar y sol, viajar sola, tener amantes (mujeres y hombres), encontrar un viejo amigo, perder a la madre y reencontrar al padre, ser reconocida por él, al fin.


En el preciso momento en el que se decide cerrar una puerta, otra se abre para confirmar el conocido refrán. La segunda secuencia de la película parece injustificada porque nunca sabemos cómo apareció ese viejo amigo que ofrece una taza de té y una tostada a la mujer que acaba de perder una ilusión; lo que sabe el espectador es que este hombre le permitirá a ella seguir con el relato de su vida, aunque ese relato no lo incluya a él del todo.


A ella, a Eliane (que ha decidido ser Anne) le interesa señalar la diferencia entre un Madeimoselle y un Madame; a una edad en la que fácilmente se relaciona a una mujer con esta última categoría social, ella sigue afirmando su derecho a ser Madeimoselle… Me gusta la imagen de ella nadando (en piscinas, en el mar azul profundo) y componiendo canciones en un piano imaginario, me gusta la limpieza de sus decisiones, su elección por el no y por el sí cuando y como lo prefiere.


Estamos en una película francesa, asistimos a diálogos escuetos, pero honestos (un sinónimo de escueto es desnudo –según me señala el diccionario– y nada más acorde con la forma como hablan estos personajes), a escenas cortas que se van vinculando con aparente fragilidad-gratuidad. Ella va dejando maletas y vestidos en todo su recorrido hasta Villa Amalia, habla todos los idiomas perfectamente y sabe exactamente qué hacer en cada uno de los destinos elegidos. A veces, esta especie de fluidez programada llega a ser antipática para el espectador (para mí); también la imperturbabilidad del carácter de Eliane-Ann, la serenidad de su ánimo, su capacidad para estar sola y en silencio. Sin embargo, estas antipatías pueden ser sólo el resultado de una cultura en la que no nos enseñan a viajar solos, a estar solos, a sentirnos bien en silencio…

domingo, 4 de diciembre de 2011

Coco Chanel e Igor Stravinski:







Basada en una novela, Coco e Igor cuenta la historia de ¿amor? entre estos dos famosos y talentosos personajes en la París de entreguerras. Aún no veo Coco Chanel, la película basada en la vida de esa mujer que hoy me permite usar pantalones tan ajustados o sueltos como los quiera, minifaldas tan altas como quiera permitírmelo y el pelo tan corto como me apetezca. Este hecho me permite no comparar las dos interpretaciones hechas por las actrices sobre esta mujer, sino centrarme en lo que vi, en lo que sentí y pensé.



No es extraño que, después de verla, las mujeres quieran salir a encontrar un vestido o un perfume Chanel; la actriz modela toda la película hermosos vestidos que le sientan de maravilla y pasa noches en vela buscando la esencia perfecta: Nº 5. Esta es la Gabrielle exitosa, dueña de una tienda de ropa femenina, la empresaria visionaria, independiente, segura de sí misma, hermosa, quien puede tener al hombre que prefiera… El que quiere se llama Igor, es ruso, está casado y tiene cuatro hijos. La película hace ver como si pareciera inevitable que dos seres tan brillantes se enamoraran, pero aquí el amor se reduce a cuatro escenas de un erotismo bastante sugerente.


Coco no quiere ser una amante e Igor no puede decidirse; Coco admira su música e Igor, en el fondo, piensa que ella es sólo una “vendedora”… Ella crea, ella sigue creando formas que hacen ver diferente a la mujer, el cuerpo (cuando no se tenía criada, ¿cómo ponerse un corsé? Entonces, apareció Coco), que construyen identidad e independencia. Al final sólo quedan objetos que recuerdan caminos no elegidos…



El uso de algunas foto-fija es innecesario o no logra un efecto en el espectador (o al menos en mí); algunas escenas finales parecen más un capricho del director y se nota demasiado impostada la composición. Me quedo con el recuerdo de la interpretación de Coco: la mujer que amó cuando y como quiso, aunque su moral fuera mal vista por algunas “damas”, la mujer que creó una imagen para sí misma; Chanel supo cómo hacer época, cómo imponer un estilo: el suyo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

La extraña:

¿Por qué voy a cine?, ¿qué busco en las películas? Busco otras mentes, busco otras formas de pensar, otras maneras de sentir, ver y comprender este aquí y ahora míos. ¿Qué pasa cuando esa otra forma de pensar no me gusta, cuando esa otra manera de ver se torna inaceptable? Eso pasó con La extraña.



Me queda claro que la cultura turca es muchísimo más cerrada, conservadora, tradicional, retrógrada y patriarcal que la colombiana (o tal vez la película sólo sea la visión de una alemana sobre el problema); me queda claro que para los turcos las mujeres son sólo objetos depositarios de un capital simbólico, social y económico, de la honra masculina, del poder masculino… Lo entendí porque la película no plantea salidas a esta situación, lo entendí porque, aunque al personaje se le presentan alternativas para salir de la degradación y apabullamiento a los que la somete su propia familia, su propia comunidad, le es imposible hacerlas efectivas para su salvación, para su crecimiento. ¿Qué se puede esperar si la familia nos da la espalda?, ¿qué se puede esperar si ante la elección entre una hija y el “respeto” por parte de la comunidad, el padre, la madre y los hermanos eligen la comunidad?, ¿qué se puede esperar si una mujer es encerrada por su propia familia?, ¿qué pensar si debe llamar a la policía “extranjera” para que la ayude a salir de su encierro?





Ella, extraña para su familia, extraña para su esposo, extraña para la comunidad turca y extraña para sí misma ante los berlineses, sigue buscando afuera, en esos que la juzgan, una mano que la ayude; falla la percepción cuando insistimos en ser aceptados, en ser amados por un alguien imposibilitado para hacerlo (por ignorancia, por falta de ganas, por costumbre, por lo que sea), falla la percepción cuando no podemos comprender lo que es real, lo que tiene fuerza y nos da fuerza en el aquí y ahora, falla cuando no podemos cuidarnos ni cuidar a quienes, realmente, nos rodean…





Sigue la pregunta, continúa allí como una excusa inteligente para seguir yendo a cine, para seguir viendo películas: ¿Hasta qué punto es válido aquello de que el arte –suponiendo que el cine o, por lo menos, esta película pretenda serlo– no debe ser ciego ante la realidad? ¿Por qué sigue siendo para mí más importante aquella frase de Lautrec: “Nada de patetismo en arte; para eso está la realidad”? Entre la ceguera idealista e ingenua y el patetismo desenmascarador no encuentro lugar para La extraña; sólo recuerdo mi rostro desencajado y mi cuerpo llevándome fuera de la sala antes de ver la escena final, la escena imposible… Afuera de la sala, me pregunto si todo lo que vi era necesario. Virginia Woolf decidía, con un cigarrillo entre los dedos y los labios, a cuál de sus dos personajes matar, cuál de ellos debía o tenía que morir, y la respuesta parecía ser: el menos apto para esta vida, tal y como la conocemos; la genuina existencia que al desaparecer duele en el lector más de lo esperado…





Ingenuamente, me digo que yo hubiera escrito un final diferente para la película, uno que no le restara la fuerza de su crítica, que no dejara de conmover y de sensibilizar hacia la situación de tantas mujeres, uno que me permitiera que al recordarla, la muerte vista no me doliera tanto y tanto…

jueves, 20 de octubre de 2011

Zoé en Bogotá:

Me resulta difícil hablar de música. Creo que es lo más cercano a lo que alguien llama la “caverna sensorial”; trato de recordar el concierto de Zoé en el Teatro Mayor y sólo vienen a mí sensaciones… Escucho música, todos los días; a veces una emisora (la misma de hace diez años), otras una canción (que se repite una y otra vez), otras más un álbum (que se repite hasta terminar con la batería del reproductor)… Con Zoé es el Memo Rex Commander y el corazón atómico de la Vía Láctea porque “Vía Láctea”, porque “Vinyl”, porque “No me destruyas”, porque “Corazón atómico”, porque “Nunca”, porque “Paula”…

Ya sé lo que iba a encontrar, lo que escucharía: Música de fondo con la Filarmónica de fondo y sí, todo es perfecto, todo suena absolutamente como lo imaginé y mejor. El vocalista juega con sus juguetes electrónicos para entregar una voz que siempre parece venir de otro lugar, de otro espacio; la voz de ella parece venir de otro cuerpo y los botones que pulsa la conectan a ese cuerpo. Tenía la ventaja (¿?) de no haber visto ninguna imagen de MTV y las imágenes que tengo ahora son las únicas que hay en mi memoria… Es extraño recordar hoy que hace doce años pasaban los videos de Zoé y a mi hermano y a mí nos parecía un sonido tan nuevo, tan de otro mundo, de otro milenio y, al mismo tiempo, tan del fondo de nosotros mismos; es extraño que ahora estuviera sentada al lado de dos adolescentes que gritaban más que yo hace doce años; es extraño que yo no deje de recordar una canción que no estaba en el repertorio (no la “Bésame mucho” del final) y que tocaron al principio, una canción que ninguno de los allí presentes había escuchado (eso dijo él). Fue un regalo para los que estuvimos allí y fue una guitarra y unas palabras que me llevaron muy lejos, cruzando el océano, que me hicieron pensar en hombres a quienes no les importaría morir, hombres que no piden nada, hombres que no dan nada, hombres instantáneos, hombres que sólo quieren arrancarle al día algo que los haga sentir, algo…

lunes, 3 de octubre de 2011

Ruven Afanador en el MAMBO:










Ochenta fotografías, ochenta retratos, ochenta rostros, ciento sesenta ojos; son los seres que han sido atrapados en el tiempo por la mirada del fotógrafo colombiano (hasta los catorce años, cuando se va a Estados Unidos) Ruven Afanador. "Fotógrafo de moda" lo llaman en las sinopsis, pero yo veo mucho más que eso (que no es poco, sin embargo); veo a un artista que logra lo que a mí misma me hubiera gustado lograr de ese arte, del arte de detener el tiempo en un gesto, en una mirada, en una actitud, en un cuerpo…



De la fotografía, no los paisajes (aunque también), no los objetos, no los movimientos, sino las personas, los rostros, los cuerpos: cómo se mueven, cómo llevan lo que tienen puesto, cómo miran, cómo saben cuál es el lugar que ocupan en el mundo, en su mundo.
De Afanador, nada, hasta ver algunas de sus fotografías en una revista colombiana hace un poco más de un lustro. La exposición de sus fotografías en el MAMBO me confirma la fascinación que sentí cuando las vi en la revista: tenía en blanco y negro para mí (y para las otras siete personas que también estaban allí) esos seres que habían pasado por sus ojos.



Creo que, en el fondo, a todos nos gusta que nos tomen fotografías (por eso las cámaras digitales y el Facebook); conservamos la fascinación que sentimos cuando siendo niños nos miramos y nos vimos, por primera vez, en un espejo… Yo aún me sorprendo cuando me veo en una fotografía, cuando me siento real existiendo en un espacio, entre otros cuerpos, entre otros ojos… La realidad que crea Afanador es una realidad de sueños (algunos dicen que demasiado light), de lo que deseamos, de lo que, a veces, quisiéramos ser, del personaje que quisiéramos inventar y que, a veces, logramos inventar sobre nosotros mismos, un inventar que significa solamente dar realidad a lo que está dentro, lo que creemos de nosotros mismos, y que por timidez, por inseguridad, por miedo al qué dirán, por miedo a las miradas desaprobatorias, por miedo a los que sólo buscan destruir la belleza, dejamos allí, sin forma, sin expresión, sin color.



Miro sus fotografías y me enamoro de las bailaoras, me enamoro de Sevilla, me enamoro de su fuerza y de su belleza difícil, me enamoro de la perfección de los cuerpos de los bailarines, de los toreros, me enamoro de esas personas a quienes Afanador ha descubierto en la intimidad, cuya belleza se revela en el cuarto oscuro (o con ayuda del Photoshop, o de otros programas más sofisticados que ignoro). Me enamoro de la visión única que ha logrado desarrollar este artista quien no le teme –sino que, por el contrario, ha convertido en sus aliados– a la moda, a lo light, a lo comercial, a la cultura show, a los clichés, que ha encontrado en ellos su inspiración y, sobre todo, la realización de sus propios deseos, de sus sueños, de lo que llamamos nuestras obsesiones (como un Almodóvar de la fotografía). Afanador no pretende engañar al espectador ni a sí mismo con la apariencia de una nueva realidad creada; realza la simulación de la realidad creada a través del maquillaje, de los objetos, de la escenografía, del color, de la pose; ahí reside su honestidad y la belleza que crea.



Me fascino aún más por la obra de este artista, por la vida de este hombre, por su fidelidad a sus convicciones, a sus intereses, a sus sueños (la misma fidelidad que hay en la mirada de aquellos a quienes ha fotografiado), al mundo que ha creado para sí mismo y para sus historias de imágenes, entonces, aparece la frase de Afanador: “Pienso que todo en la vida evoluciona en círculos y que, a veces, algunos se demoran mucho tiempo en completarse”. Como en la película de Medem Los amantes del círculo polar, como en mi propia vida, los círculos siempre buscan cerrarse; lo que deseamos, aparece en el momento justo, la vida que avanza y que, a veces, da la impresión de desarrollarse en un mundo muy pequeño, “como un pañuelo”, a la medida de nuestros deseos, a la medida de nuestros aprendizajes, a la medida de la forma que le damos a nuestros miedos-deseos.

martes, 20 de septiembre de 2011

Mal de amores (A. Mastretta):




Criticada por muchos y querida por otros más; atacada por cierto sector “intelectual” y bien recibida por otro. A la mexicana Ángeles Mastretta la guardo cerca de mi corazón lector por Arráncame la vida (“con el último beso de amor/ay arráncala y toma, toma mi corazón/arráncame la vida y si acaso te hiere el dolor/ha de ser de no verme porque al fin tus ojos me los llevo yo”… Inevitable…), por presentarme a ese personaje femenino emocionado con su propia vida, entregado al sentir de su propia vida…



Aquí, Mastretta va hacia atrás. Si en Arráncame… (1986) nos presenta el despropósito de institucionalizar una revolución, en Mal de amores (1996) nos muestra el despropósito de la revolución misma. En ella está la historia de ese enorme país llamado México, desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX; en ella, se recorren las rutas de la hecatombe al ritmo de los trenes desvencijados, de las soldaderas con males desconocidos entre las piernas, de los niños con fusiles, de los brazos a medio arrancar de los hombros, de las piernas a medio desprender de las caderas… Desde Sonora y su bello y macabro desierto, pasando por esa enorme ciudad construida sobre agua llamada Ciudad de México, hasta Puebla, la ya mitológica Puebla para mí, la ciudad del mole, de los portales, de la cerámica de Talavera, de las iglesias, la ciudad-mundo de esta autora.



Aquí la historia de amor es la excusa para contar la historia de México, de su Revolución o tal vez no; aquí la historia de México y su Revolución es la excusa para contar una historia de amor o tal vez no. Ambas historias son inseparables porque en el ser humano todo es inseparable y quizás Mastretta lo sepa bien: ¿cómo separar el amor y la política?, ¿cómo separar el individuo y la historia (o, si quieren, Historia)?, ¿no han fracasado las revoluciones por tratar de hacer esas separaciones? Emilia y Daniel juntan sus vidas (y sus cuerpos cada vez que pueden, cada vez que quieren, pero siempre quieren, pero pocas pueden) y a través de ellas, en medio de ellas, tropezándose con ellas, buscándolas, aparece la historia, aparece la Revolución, pero, sobre todo, la guerra y su monstruosidad, la guerra y su voracidad. Emilia y Daniel juntan sus cuerpos, conocen sus cuerpos y se reconocen como individuos, como vidas que existen más allá de ellos mismos: Daniel y su creencia en la Revolución; Emilia y su amor por la medicina, por los misterios del cuerpo, las extrañas conexiones entre la enfermedad y los enrevesados laberintos del cerebro, de las emociones; él trata de no morir; ella trata de ayudar a vivir.



Aquí, al igual que en Arráncame…, al igual que Catalina, Emilia es muchas Emilia, es una mujer a quien le caben otras más en el cuerpo, en el cerebro. Su felicidad está en reconocerse como esas tantas mujeres y no luchar con ellas; su felicidad está en reconocer a ese hombre que le permita ser esas muchas. Emilia como sujeto indefinible, nunca como objeto clasificable; Emilia entregada a dos hombres que le otorgan parte de lo que desea de sí misma (nunca todo y ahí está otra gran parte de su fuerza). Abad Faciolince le recomienda a las mujeres que tengan dos maridos (o dos novios o dos amantes): “uno para el sustento y otro para el contento” y tal vez tenga razón. Aunque nuestra sociedad siga hablando de “infidelidad”, siga hablando de matrimonio, de monogamia, tal vez sería mejor aceptar que el corazón (el cerebro) anda siempre en busca de lo que le haga sentir algo nuevo o que parezca nuevo… El deseo muda como mudan las palabras sobre nosotros mismos y sobre los otros, como mudan las costumbres, como mudan los gustos… Emilia encuentra su deseo (no sé cómo sería una Emilia de la segunda mitad del siglo XX, no sé con cuánta frecuencia mudaría su deseo o si no lo haría) y se entrega a él sin cuestionarse más de lo necesario; Emilia encuentra su “paz” sin cuestionarse más de lo prudente…



Octavio Paz (sí, O. Paz) dice que cuando creemos estar enamorados de dos personas al tiempo sólo se trata de una transición de un amor a otro; una página en Internet dice que estar enamorado de dos personas al mismo tiempo es falta de madurez y otra más afirma que es posible, pero que en nuestra sociedad es difícil mantener relaciones así… En esta novela no se trata de un deseo que se cambia por otro, se trata de dos deseos que se mantienen por medio siglo y más allá (pero “como todo el mundo sabe, nuestra privadísima experiencia nunca es la de los demás”). Un lector llamará a esto “mitologías” (sí, también puedo citar a Barthes), otro más cursilería, otro romanticismo, otro simples ganas de vender.



Yo no sé (sí sé, pero esperaré un poco más para decirlo) si construir imágenes de grandeza para el ser humano sea una “mitología”, pero esas imágenes son las que quedan en mi mente, las que evoco cuando escribo esta entrada sobre la novela de Mastretta, las que agradezco por estos días cuando el sentido se va, cuando el amor se aleja, cuando hay solitariedad, cuando hay demasiado silencio, cuando miro mucho el rostro de los otros, pero no mis propios signos, cuando la mujer casi desnuda grita afuera, cuando la mugre de su pelo vuelve a recibir las gotas de la lluvia, cuando el hombre duerme en medio del separador de la avenida, cuando aparece la tan temida indiferencia…

domingo, 28 de agosto de 2011

Cartografías literarias: Santafé de Antioquia










Todos se van y me quedo sola en la ciudad; estoy en uno de mis lugares favoritos: la terminal de buses. Tengo todo el día aún y me decido por un lugar muy cercano: Santafé de Antioquia. La carretera es perfecta, la distancia es perfecta para que mi cabeza se pierda en repetir un nombre; yo la dejo, por ahora, y veo las montañas, la cordillera, los árboles. Nos perdemos en el larguísimo túnel y el calor empieza a aumentar. Ella, la que va a mi lado, me habla de lo mucho que extraña su pueblo, a su papá, su vida anterior, sus amigos; nos habla de todo lo bello que encontraremos y le creo.



La vida suele ser extraña y darnos de maneras extrañas lo que pedimos: no estoy sola; me encuentro caminando con dos desconocidos, entre las calles de un pueblo desconocido, fundado casi a mediados del siglo XVI. No tenemos mucho que compartir, no tenemos mucho de qué hablar; yo solo quiero pensar y recordar, sentir, pero, a veces, logro salir de mí y verlos a ellos: él, que pasa once meses al año mirando el mar y vigilando sus extraños movimientos; ella que pasa la mayor parte del año anhelando estar en otro lugar, anhelando ser otra.



Las iglesias están cerradas (nos dicen que hay siete tan sólo en el centro histórico; yo sólo alcanzo a ver cuatro), las calles son de piedra y las empiezo a sentir en mis zapatos. Alguien nos señala la casa en donde se grabó La casa de las dos palmas y me devuelvo a la niñez, al inicio de la adolescencia, me devuelvo a lo mucho que me hubiera gustado usar esos vestidos, enamorarme así, montar a caballo por entre esas montañas… En un museo, además, me encuentro con un mechón de Jorge Isaacs y con el mismo baño que vi en la hacienda El Paraíso; me he pasado los últimos tres días oyendo hablar del siglo XIX latinoamericano y nada mejor para cerrar estas palabras que la sensación de estar en medio de estas calles, nada mejor que atravesar el puente de Occidente, a pie, nada mejor que sentir el río Cauca pasando por debajo de mí, nada mejor que el vértigo, que oír las tablas crujir a cada paso.



Vuelvo al pueblo sola y camino el resto de la tarde, perdida entre los callejones, dando vueltas y pasando por las mismas casas. Veo una plaza más solitaria que las demás y allí me quedo sentada en una de las bancas, tan quieta a pesar de que todo adentro se mueve; alguien me pide dinero, otra persona más mi collar, luego me dejan en paz. A lo lejos, los abuelos del pueblo, encima de una tarima, entonan trovas, bailan, dicen por micrófonos que están en la mejor etapa de sus vidas… Quieta allí, perfectamente sentada, me recorro por dentro, paso mentalmente mis dedos por sobre unas páginas ya leídas y busco un nombre que al fin tiene existencia en esta vida mía.

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Fotos por Paula.

Cartografías literarias: Envigado







Aquí estuve hace un par de años, recorriendo sus habitaciones, mirando los libros en las pequeñas vitrinas, leyendo los letreros en las paredes, oliendo cómo huele una casa de principios del siglo XX, tomando tinto. Ahora, llego al anochecer. Las luces se encienden, la música suena, las personas conversan; para mí, no hay nada mejor que ese momento del día, donde tantas cosas toman forma, donde tantas otras comienzan o terminan. Doy una vuelta por la librería, pero no me decido a comprar nada. Me siento en una de las mesas y sólo quiero estar allí, en silencio, y tomar una bebida caliente, mientras llega el momento.



Me pregunto por las palabras y sus efectos: desde una dicha al azar en una conversación, otra en un mensaje, un poco menos al azar, otra en una conferencia, otra en un texto. Mis palabras y sus efectos, mis deseos y sus efectos.



Aquí, en Otraparte, me siento como si estuviera en un lugar hecho para mí, yo misma tan de otra parte, tan de tantas partes, tan de ninguna. Allí, en ese lugar sin tiempo en medio de Envigado, me reciben como la “bogotana” y yo los dejo hacer, los dejo pensar, casi hasta el final…



Es bello que nuestras palabras lleguen a alguien, que ese alguien las comprenda –a su manera–, que sienta que transforman su vida, que entiende algo (para su vida) que antes no podía. Entiendo que mi labor es recrear mundos, hacerlos vivibles para otros, hacerlos perceptibles para otros; entiendo que mis palabras no son las de los conceptos de los libros sino aquellas que pueden transformar vidas, abrir pensamientos.



La revelación se produce allí, en una de las puertas rojas del primer piso de la casa; luego el camino de piedra, los ruidos de los insectos, un búho que vuela entre los árboles (también podría ser un murciélago), la lluvia que ha dejado de caer, la música apenas perceptible, las palabras que traducen afecto, agradecimiento, que me cuentan que Tomás González estuvo por allí, hace muchos años, que saltaba la cerca y se metía entre las ramas, entre el verde que nos rodea, que estoy en medio de esa hermosa novela titulada La historia de Horacio. Hay más palabras, palabras que unen en torno a la figura, a la vida, al pensamiento de un hombre que durante la primera mitad del siglo XX no vivió sino para dejar las huellas de sí mismo en cualquier lugar donde estuviera: Fernando González…


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Fotos por Paula.

lunes, 15 de agosto de 2011

Rompecabezas





Esta película argentina, resulta una variación para el tema de esa bella película titulada Los puentes de Madison. Aquí, ella –también habitante de la provincia– se encuentra con él –también habitante de la ciudad–, cuando pareciera que ya no quedara mucho por descubrir o por hacer consigo mismos. El motivo es algo que rompe las expectativas: los rompecabezas. Mis recuerdos con rompecabezas: los mapas de Colombia y del mundo que armaba cuando niña y que me fascinaban porque eran el descubrimiento de los lugares posibles, de los viajes imaginados; de adulta, los que armo con mi sobrino: de piezas grandes y llenas de colores. Ahora sé que hay almacenes especializados en ellos, que los hay desde las 100 a las miles y miles de piezas, y que en los concursos es imposible ver el dibujo de la tapa; se debe armar sin saber, en principio, la figura que se forma.


La primera escena es reveladora, es íntima, cotidiana y, de nuevo, reveladora: una mujer lleva innumerables platos con comida de la cocina a la sala y al comedor, atiende a infinitos grupos de personas, no recibe ayuda (la rechaza; ella todo lo puede) y todo lo hace perfecto; su sonrisa es circunspecta, apenas perceptible, y su rostro es más bien el de alguien habituado a no expresar –más de lo necesario– lo que siente y lo que piensa. La tranquilidad y la paciencia parecen provenir de una seguridad en sí misma que no necesita exagerarse ni defenderse. Y de pronto, ella saca una torta de la nevera, enciende una vela con forma de número: es ella la que está cumpliendo cincuenta años.


Como casi todas las mamás de mi generación, ella es una perfecta ama de casa, quien, gracias a un regalo (un rompecabezas) descubre algo más de sí misma. Tiene un esposo bueno (trabajador, responsable, buen padre, cariñoso y que aún la desea y se lo demuestra) y unos hijos que están a punto de dejar el “nido vacío”. Ella se tiene a sí misma y a la conciencia con la que ha tomado sus decisiones, con la que “arma” su vida.


No es la historia de la ama de casa no tomada en cuenta o maltratada por su esposo o sus hijos, no es la historia de la mujer casada, de la madre aburrida con su vida, perdida en imaginar cómo hubiera sido en otras circunstancias, no es la historia de la mujer casada abrumada por la culpa de haber cometido un “desliz”. No, y esto es lo que la hace interesante (con excepción de algunas tomas que pudieron haber sido mucho mejores); el espectador podría sentirse como la hija de la protagonista de Los puentes de Madison: un poco incómodo por la idea de imaginar a su mamá en otra situación diferente a la casa, la cocina, la ropa, los mandados, los hijos, la cama en las noches en donde el papá ronca, un poco sorprendido por descubrir un ser, lo que puede ser y hacer alguien fuera de la mirada de los testigos amantes de la coherencia y de los roles inquebrantables.

lunes, 8 de agosto de 2011

Medianoche en París:




Está en todas las salas de cine de la ciudad y todos (los que conozco) ya la han visto, la quieren ver o la van a ver. Cuando salimos de la sala, no existe otra forma de felicidad más allá de ella, de sus imágenes y de su historia.



El cine de Woody Allen es muchas cosas y, entre ellas, un homenaje a las grandes ciudades: New York, Londres, Barcelona, París y, próximamente, Roma. Ésta es París y los lugares que alguna vez he visto en la televisión, en otras películas, descrita en novelas, cuentos, poemas y crónicas; ésta es París en pleno verano y un estadounidense, escritor de guiones para películas hollywoodenses, enamorado de ella.



Medianoche en París continúa la propuesta de Scoop, se aleja del dramatismo de Match point (pero se acerca a ella en su perfección artística), del patetismo de Conocerás al hombre de tus sueños, de la comedia fácil de Si la cosa funciona y de los clichés culturales de Vicky Cristina Barcelona. Esta película confirma que por más que los seguidores de Allen ya sepan qué tipo de personajes se van a encontrar, que tipo de historias les van a contar, siempre esperarán la próxima.



Medianoche en París encanta porque es lo que todos los ñoños, pseudointelectuales, intelectuales, lectores, artistas y pseudoartistas, escritores y pseudoescritores, queremos ver alguna vez, queremos vivir alguna vez; encanta porque todos tenemos en nuestra mente una Edad de Oro en la que querríamos vivir. La del protagonista de esta película está en los años veintes: Fitzgerald (esposa y esposo), Hemingway, Dalí, Picasso, Man Ray, Buñuel, Stein, y otros cuyos nombres olvido, reunidos en las noches de París, en los cafés, en los salones de baile, en la casa de Stein, donde llega el protagonista con su novela bajo el brazo para que esa mujer, esa gran mujer (ahora lo sé) la lea, le dé un comentario.



París es el sueño de un hombre, el lugar que lo une a una época añorada, pero, sobre todo, el lugar que le otorga el justo presente que desea, que descubre como suyo; París es la ciudad que le enseña que el arte no es para jactarse del conocimiento que se aprende en los libros, en la Internet, en los documentales, en los viajes turísticos, en los salones de clase y en los museos, sino que el arte se vive, se aprehende como otra experiencia de vida. París no es la pedantería del que sabe datos como una enciclopedia y los recita frente a un auditorio al que quiere conquistar, sino la sencillez del que busca en el arte una clave de su existencia.



Aquí el amor son dos puertas que se cierran, pero todo terminará bien, porque es una de las comedias de Woody Allen. Cada uno toma sus decisiones y, más temprano que tarde, asume sus consecuencias… Llueve en París y él la ha soñado siempre de ese modo, entonces, una voz resuena cerca y ya son dos los enamorados de la lluvia.

lunes, 1 de agosto de 2011

Bright star:







Sobre Campion: El piano y, sobre todo, Retrato de una dama. Sobre Keats, las excelentes referencias de Julio Cortázar sobre su poesía. Sobre su amor: Fanny, nada; hasta ahora.



Es la vieja historia de amor: la mujer (o el hombre) aparentemente superficial que sólo piensa en verse bien y en divertirse, en “parlotear”; el hombre (o la mujer) intelectual, quien sí se preocupa por asuntos “serios”. Además, es la historia del hombre pobre (un poeta) que no tiene cómo aspirar a casarse con una mujer, con la mujer que ama.



Fanny tiene lo que la mayoría de mujeres (y de hombres) no: una vida hecha a mano, una vida cosida con sus propias manos. Unos años más adelante, Fanny hubiera podido ser una Coco Chanel, pero la suya es la segunda década del siglo XIX, y su amor por Keats más grande que ella misma.



Él es flaco, desgarbado y vive en las nubes o en las copas de los árboles, sintiendo el sol y escuchando el canto de los pájaros, internándose en el bosque para escuchar un arroyo o el viento que pasa; ella vive en la tierra, mira su chaqueta rota, sus suelas gastadas, su hermano enfermo y piensa en cómo puede hacerle un parche o una bonita canasta con bizcochos. Él crea poesía y ella intenta leerla, intenta entenderla, aunque sus manos prefieran perderse en la tela y en los hilos y no en pasar las páginas de un libro; aprende los versos de memoria y los lleva consigo hasta la muerte. Ella está en las palabras de él, en la tinta negra sobre el papel blanco; él está en las formas de la ropa que ella cose, en los hilos que unen las telas.



Ella no duda, ella tiene ideas claras y acciones más claras aún; él balbucea un poco y titubea ante su presencia hasta que decide, por fin, darle un espacio en su vida y ella termina habitándolo todo.



Las cartas son las de dos amantes, las de dos seres que se aman, que saben que no pueden vivir sin el otro, que han encontrado a ese que en sueños solemos llamar el amor de nuestras vidas… Me pregunto quién ahora tendrá un amor así, quién ahora tendrá la seguridad de tener un amor así. Quién enfermará de amor por más de un día, quién caminará bajo la lluvia sólo para hacer una pregunta, para esperar una respuesta, quién esperará hasta casi desfallecer una carta y un beso entrelíneas, quién dormirá bajo un arbusto sólo para ver a su amor, quién intentará leer a Milton, a Homero, sólo para sentirse más cerca de su amor.



Para la gran mayoría de nosotros la tragedia de enamorarse consiste en amar sin ser amado, o en amar en secreto sin ser correspondido, sin ser reconocido, o en que el amor se acabe cuando nos habían dicho que duraría para siempre. Para Fanny Brawne y John Keats la tragedia es amarse sabiendo que la vida y la muerte les impide estar juntos.



Los sentimientos exaltados no necesitan música de fondo ni más efectos que los saltos y las angustias del corazón (de la cabeza); los amantes lo consumen todo a su alrededor y el mundo se convierte en un camino, en un bosque, en una estación, una casa, un cuarto, un jardín.



Todo duelo es melancólico, tanto aquel que se hace por un ideal perdido, por una ilusión muerta, como aquel que se hace por un cuerpo en el que ya no cabe la vida. Nos sentimos ilusos, nos sentimos ingenuos, o nos sentimos timados por un destino que no es posible cambiar… Fanny camina a través del bosque, con su sortija en la mano; Fanny invoca en voz alta las letras que lo vuelven a él más cercano. Yo recuerdo mi imagen bajo la lluvia, recuerdo que también esperé para hacer una pregunta, para tener una respuesta, recuerdo que también regalé frutas y dulces en canastas perfectas, recuerdo que me senté bajo un árbol para ver pasar a alguien, recuerdo que también leí buscando en las letras las palabras de alguien, recuerdo que muchas veces nada de esto funcionó (no como yo esperaba), recuerdo mi amor, sólo el amor sentido, lo único que queda.

miércoles, 29 de junio de 2011

Mujeres al Borde:



Hoy cierra la octava versión del Festival Internacional de Cortometrajes y Escuelas de Cine El Espejo. Una de las funciones era la presentación de los documentales y videoclips realizados por Claudia Corredor y Ana Lucía Ramírez durante esta última década: “Memorias de niñas raras”, “¿A qué juega Barby?, “Instrucciones para perder la vergüenza”, “¡Qué violencia tan macha!”, “El cuerpo primer territorio de paz”. El cuerpo, mi cuerpo… Aquí “el cine es más que crispetas” y estos documentales “no hacen cine por el cine mismo, sino cine con o por una causa”… Eso decía el presentador; clasificar el cine, clasificar el cuerpo, mi cuerpo…



Eran las 5 de la tarde y yo hacía fila frente a la Cinemateca Distrital junto a uno que otro anciano, uno que otro señor, algunos realizadores y decenas de muchachos, de universitarios, estudiantes –la mayoría– de Cine y Comunicación Social; ahí estaban, claro, las parejas de mujeres (no vi de hombres), algunas con sus pintas que llamaban la atención sobre la afirmación de una identidad femenina no convencional y otras queriendo decirle a todos los que estaban cerca que esa otra mujer a su lado era su pareja.


Hacía mucho tiempo, varios años ya, que no iba a la Cinemateca; el centro se me ha convertido en un lugar de paso, cuando hace algún tiempo era el lugar que demarcaba mi mapa bogotano. Eso sumado a los rostros ahora tan extraños, los de los muchachos de los que ahora me separa una década completa, me hacían sentir a mí misma extraña. Todos en pareja o en grupos –excepto los ancianos y los señores– y yo sola –como los ancianos y los señores– entrando en esa sala en la que ya había visto muchas películas, pero de las que ahora sólo recuerdo la última: Plata quemada.


No es nuevo que sintamos que el tiempo pasa, que ya no somos los mismos, que los cambios (de gustos, de lugares, de vestuario, de peinado, de personas cercanas, de pensamientos, de rutinas, de palabras) advienen a veces sin avisar y a veces llamándolos con un grito. El centro cada vez más lejano para mí (me quedan las librerías, una vieja casona del siglo XIX, un café y el restaurante de una biblioteca), las caras de los adolescentes cada vez más lejanas de la mía y la búsqueda de una definición sexual que le interesaba más a los que me rodeaban que a mí misma.


Pienso en que yo también fui una “niña rara” que le gustaba jugar fútbol, porque me gustaba chocarme y rozar el cuerpo de un niño de ojos verdes; también fui una “niña rara” que no le gustaba la ropa apretada, sino las camisetas y las camisas anchas, y los jeanes anchos, hasta que alguien me enseñó que mi cuerpo también era bello; fui una niña rara que no distinguía entre hombres y mujeres, sino entre personas, que anhelaba afecto más que cualquier otra cosa sobre la tierra. Las “niñas raras” de los documentales: niños “intersexuales” (primera vez que escucho esa palabra) que se sienten más cómodos en vestidos de niñas; niñas que le piden matrimonio a su mejor amiga… Mi sobrino de tres años dándole un beso a su primo y luego intentando darle un beso a su tía y ella, pacata, esquivándolo con una mezquina mejilla porque le han enseñado que uno sólo le da besos a su pareja –adulta–. Él, entonces, también un “niño raro”. Todos “niños raros” en un mundo de adultos que pretenden ser hombres o mujeres, bisexuales o transexuales, heterosexuales u homosexuales. Quienes no se acojan a una de estas etiquetas-identidades serán mirados con rareza, con peligro de exclusión de la manada, con enjuiciamientos de todo tipo.


La sociedad cada vez más andrógina, LGBT, la marcha por el Orgullo Gay, el mes de la diversidad sexual… Barby dejando de pensar en Kent, los niños más tolerantes que los seguros e identificados adultos, las fotos y los titulares rojos de El Espacio mirados de soslayo por la calle, el cuerpo en blanco y negro: ni mujer ni hombre, sólo cuerpo, mi cuerpo.


¿A quién le otorgo poder sobre mi cuerpo? ¿A la mano que lo recorre y que me recuerda sus formas, sus bellas formas; a los ojos que lo miran y nunca lo tocan; a los cuerpos que miro y nunca toco; a las palabras que dicen cómo debería ser; a mi debilidad por las formas, las texturas y los colores; a las formas de otras mujeres que comparo con las mías; a las voces que dicen cómo debería comportarse, de quién debería dejar tocarse y de quién no; a las voces que le temen a la incertidumbre de no saber cómo clasificar lo que miro, lo que toco, lo que amo y lo que no; a las voces que dicen con quién debo compartir mi cama y mi casa cada noche, que dicen cuándo debo ser madre y cuándo no?… “El sexo está entre las piernas y el género en las orejas”…


viernes, 10 de junio de 2011

Blue Valentine:



Sí es una historia de amor, aunque aquí no haya happy end. Primeros planos y PPP para contar una historia con una cámara que sigue a sus dos personajes, sobre todo, a ella, a Cindy, la que toma decisiones, la que puede dejar, empezar y terminar cuando cree que ya es suficiente. Diálogos escuetos, poco maquillaje, silencios y una música que no es de fondo…


Dos personajes y dos momentos de sus vidas separados por apenas cinco años de diferencia. ¿Cuánto puede durar el amor?, ¿cómo nos damos cuenta de que la decisión que tomamos ya no funciona?, ¿cómo llegamos a aceptar que ya no funciona? El amor y el matrimonio no son para siempre, pero los hijos sí; padres ausentes que no eligieron estar lejos, la paternidad tan difusa y la maternidad que siempre parece incuestionable; la terca obsesión de no repetir la historia de nuestros padres, la terca búsqueda de estar enamorados…


Ella amó; él, Dean, todavía ama. Él decidió estar ahí cuando ella más lo necesitó; ella lo eligió y creció. Él siguió siendo el mismo; ella cambió. Él sólo quiere pintar paredes, cargar muebles, para regresar temprano a casa, para verla a ella, para besarla, para oler su cuerpo, para jugar con Frank, para decirle que la ama con locura, para tocar su guitarra… Ella quiere poner orden en la casa, bañarse, cerrar sus brazos, cerrar su cuerpo, irse a la cama, salir temprano para ponerse sus zapatos blancos, su uniforme claro, para creer que lo hace bien, que puede hacerlo, que es más que su cuerpo…


Los cuerpos se juntan cuando es invierno, se juntan para calmar el frío. Luego, a veces, las cobijas estorban y, a veces, también el cuerpo del otro…

jueves, 26 de mayo de 2011

Karen llora en un bus:





Como ella hay muchas y muchos. Visten de marrón –porque el café es el que tomamos, dice mi sobrino –, de gris, negro o azul oscuro. Así haga sol, llevan el cuello alto, las mangas largas, cubriendo todo el brazo, los pantalones como los de los uniformes de oficinistas, los zapatos también como otra parte del uniforme…


A Karen ya no le gusta su vida, ya no se reconoce en ella, y tiene la valentía (no exenta de cobardía) de cambiarla, de cambiarse. A Karen le gusta leer, le gusta el teatro, se siente fea y vieja, se avergüenza de sus senos porque son pequeños. Karen aguanta hambre, busca trabajo, aprende a sortear el día a día.


Aquí no hay televisores ni radios transmitiendo las noticias, no hay “actores del conflicto”, no hay putas ni sicarios, no hay traquetos ni políticos corruptos. Aquí sí está Bogotá, la que yo conozco: el Transmilenio, el centro, La Candelaria, Quiebra Canto, algo de Chapinero, el mismo ñero que veo cuando voy a la Luis Ángel o durmiendo frente al lugar donde vivo y un barrio residencial como tantos. Una mamá como el 95% de las mamás, un matrimonio que ya no funciona, una madre adolescente.


Karen está sola y a veces duda, pero lo que ha descubierto dentro de ella es más fuerte. Las oportunidades a veces tardan en llegar, pero llegan para quien las está buscando, para quien quiere que lleguen, para quien se prepara para recibirlas.


Algunos dirán que es otra película más, otro “intento”, que si la historia, que parece una telenovela, que los escenarios y personajes tan conocidos, que es feminista, que es autoayuda. Yo digo que no. La historia es simple y no tendría que ser de otra manera, el sonido es bueno, los diálogos creíbles, los efectos innecesarios, la guitarra del final apenas perceptible y cierta. Karen sin maquillaje y tan cercana; los otros, eso sí, un poco tan acabados de salir de la escuela de teatro o del grupo de amigos del director de la película.


Hay una escena que, creo, siempre recordaré (siempre quiero recordar): Karen y un hombre (un escritor de obras de teatro) sentados en un café-bar, alguien canta (Edson Velandia y su voz memorable, de colores y texturas diversas), una marioneta se mueve y juega con Karen; Karen ríe…


A veces cuesta mucho cambiar de colores, cambiar el marrón por el azul claro, el amarillo, el verde, el morado, el fucsia; cuesta cortarse el pelo y descubrir el rostro: los ojos un poco más grandes, los labios más visibles, la sonrisa más amplia… Por una Karen vestida de azul, cuántas y cuántos vestidos de gris, por una Karen leyendo en el bus, cuántos y cuántas llorando en el mismo vagón.

domingo, 1 de mayo de 2011

Another year:





Un año más: primavera, verano, otoño, invierno… Un año más para Tom y Gerry, para su casa en la que siempre es primavera, para su huerto que sigue, preciso, las estaciones del año: la siembra, el cuidado, la espera, la cosecha, la muerte y la renovación.


Ella es psicóloga; él, geólogo. Una pareja que se conoció el primer día de universidad y que no volvió a separarse más que para reunirse de nuevo en largos viajes, en bellos proyectos. Un hijo de treinta años y un huerto que acompaña el transcurso de los días.


El desayuno, el trabajo, la cena, una copa de vino antes de cerrar el día, el libro antes de quedarse dormido, cerrar los ojos con la cabeza apoyada en el pecho de él, abrazar el cuerpo de ella; los cincuenta años y ese cuerpo que ya no es el mismo, pero Tom sigue viendo a Gerry sensacional… Ella es su chica.


Parece perfecto y, de hecho, lo es. Tal vez estemos demasiado acostumbrados a que las películas deberían proyectar nuestro anhelo de que siempre pase algo…más, de que siempre sintamos algo…más; tal vez estemos demasiado acostumbrados a que la armonía es una excepción, a que la sensación de bienestar es una excepción. Para Tom y Gerry no es así. No se busca sentir más, no se busca algo indefinido o definido, sólo se vive, al ritmo de los días que pasan, de las estaciones que traen y se llevan lo que, simplemente, deben traer y llevar; somos nuestras decisiones: el trabajo que elegimos, la familia que tenemos, la pareja que escogimos, los amigos que hicimos.


Esos amigos son el único contraste con la “armonía” (¿por qué resulta tan difícil escribirla, creerla?, ¿por qué suena a neo-misticismo?): los hijos que no reconocen a sus padres ni a sí mismos, los hombres que trabajan solamente porque no saben qué podrían hacer con su tiempo libre, las mujeres que buscan un hombre tan desesperadamente como huyen de sí mismas. Pareciera que no hay armonía sin una pareja, pareciera que no hay armonía si no somos capaces de cuidar de una casa, de un huerto, de la comida que comemos, de los regalos que ofrecemos y nos ofrecemos, de nosotros mismos…


Hay seres de cincuenta años que no han crecido, seres con panzas enormes y rostros de niños, seres de casi cincuenta y ropa de veinte que mendigan afecto… Sus casas no se muestran, pero las imaginamos: las botellas y latas desperdigadas por el piso, el jardín lleno de maleza, la nevera vacía, la loza amontonada, la cama sin tender… Cuesta aprender a hacerse cargo de uno mismo, cuesta aprender a estar con uno mismo, cuesta aprender a salirse de sí mismo para estar con otro, con otros… Nuestros deseos a veces vienen en forma de autos rojos, de viajes como huidas; a veces vienen de la falta de deseos y de la falta de saber más que qué queremos, qué necesitamos.


No sé si sea esto lo que quiso decir Mike Leigh en esta película, no sé si suene a discurso demasiado new age (si así suena, la responsabilidad es mía, porque, definitivamente, no es el punto de vista del director)… La cámara enfoca a dos mujeres que miran al vacío, dos mujeres tan desdichadas como ciegas. La amargura paraliza y también la desilusión. La valentía, tal vez, consista en saber cómo, de nuevo, echar a andar el mecanismo, pero esto último, ya no es esta película.

domingo, 17 de abril de 2011

Kilele:



Kilele suena a ritual, a mantra, a contra, a rezo, a talismán. En una tierra que los dioses van despoblando, sólo queda el miedo de un hombre que no puede moverse. Mi abuelo decía –mi mamá me lo cuenta– que en la época de la Violencia habían huido todos los espantos: la madremonte, la llorona, el mohán, la patasola, el duende… Decía que ellos mismos se asustaron ante tanta maldad. ¿Qué les queda por hacer a los hombres cuando saben que sus dioses ya no pueden escuchar sus rezos, sus peticiones?

Hace nueve años, más de cien personas murieron encerradas dentro de una iglesia de un pueblo cuyo nombre ya pocos recuerdan –yo entre ellos–; afuera estalló un cilindro bomba (a veces también un caballo bomba, un caballo que no era de madera). Los sobrevivientes, los pocos que quedaron, avanzaron por entre la selva, como muertos en vida, como lo son todos los desplazados. Kilele, del teatro Varasanta, retoma este hecho y lo vuelve dramaturgia, lo vuelve ritual.

Hay quienes deciden ser desplazados toda su vida y hay quienes deciden afrontar el cambio y empezar de nuevo, aprender de nuevo; hay quien sigue sintiéndose desplazado toda su vida y hay quien puede quitarse esa piel, los jirones que quedan de esa piel, para tejerse una nueva. Creo que no podemos saber a ciencia cierta en qué momento alguien está listo para empezar de nuevo ni tampoco cómo unos lo logran y otros no. Kilele habla, muestra a aquéllos que están en el limbo, en el camino de decidir o, mejor, de asumir su decisión.

Como en la tragedia griega, aquí no hay salvación para los héroes, ni siquiera en la otra vida. No hay esperanza en la palabra, porque ya sabemos qué pasa aquí con quien sabe mucho, con quien quiere saber mucho. Mientras la veía, pensaba en el teatro griego, en la catarsis griega y en lo que el teatro hacía por nosotros. Pensaba que el teatro, con su eterno presente, con su temporalidad atemporal, con su continuo empezar, su persistente devenir, puede dar forma, más que la novela, más que la poesía o el cuento, a esta nuestra realidad de guerrillas noélidas y ejércitos marícolas, de empresarios que cambian casas por palmas en nombre del progreso y la paz, que expropian comunidades enteras, en nombre del progreso, de su progreso.

La novela nació para atrapar, para intentar asir el presente, pero a veces el presente es tan fragmentario e impreciso o tan rotundo y brutal que resulta más expresivo el cuerpo, un lenguaje más primigenio, más pulsional, más íntimo, para dar cuenta del dolor, de la angustia, de las ganas de llorar, de la rabia, del miedo y de la impotencia. Decía que pensaba en la catarsis griega, pensaba en las formas posibles de hacer un duelo que la realidad tantas veces impide a quienes lloran sus muertos: los que empuñaron el arma o los que encontraron el cuerpo. No dejarnos llorar, no dejarnos aullar de dolor, es también una forma de violentarnos, de seguir aplastando ese ser que necesita hacer su duelo para dejar ir lo que es necesario dejar ir, para seguir y poder ser.

En fila subíamos las escaleras para ver la realidad representándose, en fila subíamos mientras un perro llamado Castaño nos olisqueaba, antes de dejarnos entrar, antes de cerrar las puertas con nuestro consentimiento; antes de ver la tragedia de un hombre que ya no podía correr, que ya no podía moverse, que ya no quería correr ni tenía ganas de moverse. Lo que roba la guerra, la violencia, es la voluntad; lo que roba la miseria, la expropiación, la violencia, es la voluntad: sin voluntad, no hay movimiento, “sin movimiento no hay tiempo”. ¿Qué queda del hombre que no puede hacer suyo el tiempo?