lunes, 10 de diciembre de 2012

Mariposas negras:





No tener una casa donde llegar, no tener un lugar que se sienta como propio, debe ser la cara más triste de la orfandad. Ingrid es la hija de uno de los hombres más influyentes de Sudáfrica, pero su cuarto es el de los empleados, su lugar en la gran casa es el de quien está allí para procurar no ser visto. Así, Ingrid se identifica más con los negros “apartados”, desterritorializados en su propio territorio, marginados, reprimidos y explotados por blancos quienes –como el padre de Ingrid– pensaban que ellos eran una raza superior por naturaleza, a pesar de que hacía tan sólo veinte años Europa se llenaba de sangre por ideas muy parecidas.

Mariposas negras es la historia de una mujer poeta: Ingrid y de un hecho histórico: el apartheid. Mientras Ingrid y sus amigos escriben versos y frases que su padre intenta censurar por su amenaza de contenido revolucionario, los negros protestan en las calles para poder circular libremente por ellas y para tener poder de representación en proyectos que sólo a ellos competen. Ingrid escribe un poema y Nelson Mandela lo lee como parte de su discurso de posesión presidencial casi treinta años después. La literatura, las palabras transforman silenciosamente los pensamientos, la cotidianidad; el dolor, la rabia, la neurosis, la esquizofrenia de una persona, pueden traducirse en el ansia de libertad de otro, en la acción de otros.

El cuerpo blando de Ingrid se estrella, una y otra vez, contra la roca que es el cuerpo de su padre; el corazón de Ingrid busca un lugar en el de su padre, pero sólo encuentra reprobación de sus conductas. El cuerpo blando de Ingrid es una fiera hambrienta de amor, de aprobación, de sexo, de libertad. Ingrid escribe en las paredes, en papeles con historias de fiestas, de alcohol, de hambre, en sus puntas. Ingrid empujando el columpio de su hija hasta el anochecer, porque no hay otro lugar a donde ir. Ingrid escapando de su padre y de su esposo. Ingrid destruyendo la única casa en la que podía estar segura. Ingrid destruyéndose a sí misma. En el exterior, una bala se incrusta en la frente de un niño; en el interior –el suyo–, las agujas se incrustan allí donde ya no puede nacer la vida.

martes, 13 de noviembre de 2012

360





De Fernando Meirelles, esta película, filmada en Londres, Paris y Viena (y también con imágenes de Budapest, Bratislava, Denver y Rio de Janeiro) habla de las decisiones, de las oportunidades que decidimos o no tomar. Una mujer decide prostituirse para tener su salón de belleza; otra decide aceptar la invitación de un desconocido hacia ningún lugar; otra más decide terminar con su amante; otra decide tener una aventura de una noche con alguien que acaba de conocer; una más decide terminar su matrimonio... Un hombre decide contratar los servicios de una prostituta en un país lejano a su hogar; otro busca a su hija entre los cadáveres de desconocidas; otro se debate entre su religión y su ética para decidir si cortejar o no a una mujer; otro lucha contra sí mismo para evitar volver a la cárcel; uno más desea dejar de ser un “perro”...

Todos ellos, como en las mejores películas de Tarantino y de González Iñárritu, se rozan en algún punto; sus decisiones afectan las de los demás, así nunca se conozcan. Llevados de la mano de una hermosa y sutil banda sonora, de un guión que siempre deja esperanzas acerca de nuestro poder de decisión, de la existencia de alternativas, nos preguntamos si siempre necesitamos a más de una persona para sentirnos bien; lo que sucede aquí es que cada relación dura lo que debe durar y luego sólo hay un punto final y un comienzo que no siempre empieza de la mano de alguien más, sino solos, caminando por una calle de Paris o por las playas de Rio de Janeiro.

Me digo a mí misma que las decisiones son más importantes que las explicaciones, que cualquier intento de decir la verdad, de justificar un comportamiento. Un hombre rechaza a una mujer en el cuarto de un hotel y ella le pregunta si acaso no le gusta... Hay asuntos que son demasiado complicados de explicar, que son muy largos para contar; hay asuntos que sólo dejamos para nosotros mismos. A veces pareciera que nuestra valía dependiera de una explicación, más que de una decisión; tendemos a aceptar menos los hechos (las decisiones) que las virtualidades (que las suposiciones). Cada decisión que tomamos es un hecho que desencadena otros y en cada una de ellas hay razones suficientes por las que no tenemos que pedir permiso. ¿Quién juzgará a quién?

martes, 6 de noviembre de 2012

México (Vol. 2)-Aguascalientes:






La música de fondo siempre es banda: en los autobuses, en las tiendas, en los camiones...
Viajo en un autobús con baños separados para hombres y mujeres; con dispensador de café, té, agua y aromáticas; con sillas cómodas; con un refrigerio; con audífonos y canales musicales; con un control que me permite silenciar la película que no quiero escuchar –ni ver–... 

Llego a Aguascalientes al amanecer y camino por las calles del centro hasta dar, por fin, con el hostal. Aguascalientes es el tequila, los mariachis, la cerveza y la muerte. Confío en un país que tiene un Museo Nacional de la Muerte, confío en un país que convive con la muerte y la hace, en verdad, parte de la vida.

Quiero una muerte mexicana; quiero que cuando muera, quede alguien que cada año quiera hacer un altar para mí, con una foto en donde esté sonriendo, con velas blancas, con flores amarillas, con agua, con lo que más me gusta comer, con una oración para mi alma, para mi recuerdo...

Cada viaje parece ser una muerte, el fin de un ciclo y el comienzo de otro; cada muerte es un renacimiento. Muere algo de nosotros que necesita darle espacio a algo nuevo; muere un sentimiento o un deseo; nace un aprendizaje, un descubrimiento; abandonamos personas y nos abandonan a nosotros; decimos “adiós” y “hola”, con más facilidad que antes; escucho “Cenizas” y esta vez no lloro; mi cuerpo recuerda, pero no añora, mi cuerpo como una marea...

Cartografías literarias: México (Vol. 2)-Puebla-Cholula:





El autobús sale a tiempo; el recorrido es tranquilo y la carretera no tiene ni un solo bache... Llego a Puebla sobre el medio día y mi recorrido me lleva a la pirámide-montaña de Cholula. Aprendo a no subir los escalones de frente, sino de lado y, cuando estoy arriba, la música de unos tambores resuena en todo el valle que alcanzan a ver mis ojos. Alguien me indica cómo llegar a la iglesia de Tonantzintla y, casualmente, entro cuando comienza la misa. Mis ojos no dejan de mirar las paredes y el techo de la iglesia, el asombroso barroco indígena; no dejo de pensar en el parecido de esas piezas con el de los objetos de arte que vi en el museo de Arte Colonial en Bogotá, provenientes de una iglesia en Boyacá... El sacerdote ofrece el ritual por las almas de algunos difuntos (hoy, los que han muerto violentamente); cuando salgo, miro hacia mis pies y veo que estoy pisando un terreno que pertenece a los muertos, a algunos muertos...

Vuelvo a Puebla y el volcán, el Popocatépetl, se ve a lo lejos... Busco, ansiosamente, los portales en el centro de la ciudad, de nuevo, por Mastretta:

Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar...

Camino entre mucha gente; recorro los portales y veo su tantísimos cafés; veo a otros hombres y mujeres mayores bailar danzón y no hay mejor música para acompañar aquello en lo que pienso en este momento. Camino por los alrededores de esos portales y busco un café, yo también, para descansar.

Cartografías literarias: México (Vol. 2)-D.F.


Hace tres años, mientras me bajaba del avión, mientras reclamaba mi equipaje, los “debo volver” se repetían como un golpeteo que impedía la llegada de un sentimiento parecido a la nostalgia.

Al aterrizar, el olor es el mismo de hace tres años. Son las 5:00 a.m. de un día que empezó hace 22 horas y yo sólo quiero dormir. Tomo el taxi y el D.F. no parece la megalópolis que es. El conductor me habla de la celebración del Día de los Muertos y de las carnitas de puerco que no me puedo perder, cuando esté en Aguascalientes. Son las 5:30 a.m. y me quedan en la cabeza las canciones de Roberto Carlos que escuché durante el recorrido de veinte minutos...


Sé que no he dormido lo suficiente, pero sé también que el D.F. lleva despierto muchas horas. Caminamos hacia el metro y minutos después estamos en el centro de la ciudad. Veo hombres y mujeres mayores bailando salsa en medio de un parque; me gusta, porque no parece el ejercicio de personas de la “tercera edad”, sino el ritual de quienes llevan muchos años haciendo lo mismo.

Lo digo con todo el amor y la alegría del mundo: volví a México por esto:

Juan consiguió el helado de vainilla y me dejó en la puerta de Sanborn’s de Madero. Ahí me sentía yo protegida porque las paredes son de talavera. Manías de uno...
Me quedé un rato en la puerta de Sanborn’s. Recargada contra la pared como una piruja...



Crucé la calle para ir a Bellas Artes. Me gustaba ese edificio que parecía pastel de primera comunión. Entré. Las puertas del teatro estaban cerradas, pero subí a buscar de dónde salía una música como queja larga y repetida...

Es Ángeles Mastretta y es Arráncame la vida... Almorzamos en ese Sanborn’s, nos sirven en vajilla de talavera, saboreo las enchiladas más ricas que ha probado mi boca y mi helado es de chocolate. Cruzamos la calle y llegamos al Palacio de Bellas Artes. Subimos las escaleras, pero no es música lo que nos llega, sino los murales de Alfaro Siqueiros, Tamayo y Rivera.


Llegamos al Monumento a la Revolución; yo me quedo mirando los niños que juegan entre los chorros de agua y a las quinceañeras que llegan con sus familias y su “corte” de amigos para hacerse allí un estudio fotográfico, ataviadas con vestidos que también parecen pasteles.

Los muertos empiezan a tomarse las calles; van en bicicleta, en automóviles y a pie. Todos caminamos hacia el Zócalo o desde el Zócalo; las personas hacen suya una ciudad que no hace monumentos para próceres, para nombres, para singularidades, sino, sobre todo, para un pueblo. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Histeria:





Antes de verla, no sabía que el vibrador tenía una historia…

En la Inglaterra victoriana, más de la mitad de la población femenina de Londres estaba diagnosticada con histeria; eso dice mucho acerca de la condición de la mujer en esa sociedad y, en esa época (finales del siglo XIX), en todas las sociedades. Las mujeres debían ir a consultar un doctor para que atendiera sus “ataques”; lo que hacía el doctor era realizar lo que ellas no podían hacer sobre sus propios cuerpos: un “masaje vaginal”, una masturbación, pero controlada, vigilada. El placer estaba prohibido –aún hoy, en muchos casos–, así que el tratamiento de la histeria no podía estar asociado con la búsqueda de placer, con la búsqueda de satisfacción, sino con el tratamiento de una enfermedad.

Lo interesante de esta película es cómo logra crear un paralelo entre la insatisfacción sexual y la insatisfacción social, cómo logra hacer entender que la histeria sólo era una manifestación del descontento de las mujeres frente a su situación, frente a sus pocas alternativas de actuación pública y de decidir sobre sus cuerpos, sobre sus vidas. Charlotte es la mediadora entre el descontento individual y social de la mujer y de una sociedad entera; todas quisiéramos ser, en algún momento, una Charlotte, todas –y todos– quisiéramos ser heroínas de nuestras propias vidas. Ella lo logra.

La invención del “masajeador eléctrico” combina varios elementos: un médico lúcido que tiene claro el hecho de no convertir la medicina en un negocio lucrativo, sino en un método que, en serio, se ponga al servicio del paciente; el estado de una sociedad próxima al siglo XX que ya empieza a ver como anticuadas las prácticas decimonónicas; un aristócrata visionario que, mejor que nadie, sabe convertir su ocio en negocio.

Es también interesante ver, al final de la película, en imágenes, la evolución del “vibrador", ver cómo el tamaño se vuelve algo importante a partir de la década de 1970; me gustaron más lo de antes, cuando el aparato no intentaba copiar la forma del miembro masculino, sino sólo servir como estimulante femenino. Cuando entro a una Sex Shop y veo el tamaño de los vibradores y cómo el dependiente, entusiasta, me muestra unos aún más grandes, no puedo más que sonreír y pensar que no es eso lo que busco, que, tal vez, no es eso lo que buscamos. Freud se preguntaba ¿qué quiere la mujer? Y si pensamos en el contexto de la pregunta, la respuesta no puede ser más que una cura contra la insatisfacción social y sexual constante.

Lo otro que es interesante en la película es el tono de comedia  ambientada en las postrimerías del siglo XIX (¿por qué cuando hablamos de sexo es más fácil hacerlo desde el humor?); ver a las y los elegantes ingleses en (in)decorosas escenas de tono sexual hace reír al público en la sala. Por poco, por segunda semana, nos quedamos sin conseguir boletas para ver esta película. El sexo sigue siendo un tabú en nuestra sociedad, una tensión siempre latente en las relaciones entre los seres humanos que atrae los pensamientos de todos en algún momento de nuestro día. ¿Quién se ríe más alto en la sala?, ¿quién no se atreve a reír?

Este mismo tono de comedia y, además, “romántica”, hace que la música de la película sea desafortunada, pues ella cuenta sólo una historia “romántica” rosa. Por momentos, también, la película se deja seducir por estereotipos de personajes y situaciones, también por chistes fáciles. Pese a esto, vale la pena seguir indagando en lo aún no contado.