jueves, 26 de mayo de 2011

Karen llora en un bus:





Como ella hay muchas y muchos. Visten de marrón –porque el café es el que tomamos, dice mi sobrino –, de gris, negro o azul oscuro. Así haga sol, llevan el cuello alto, las mangas largas, cubriendo todo el brazo, los pantalones como los de los uniformes de oficinistas, los zapatos también como otra parte del uniforme…


A Karen ya no le gusta su vida, ya no se reconoce en ella, y tiene la valentía (no exenta de cobardía) de cambiarla, de cambiarse. A Karen le gusta leer, le gusta el teatro, se siente fea y vieja, se avergüenza de sus senos porque son pequeños. Karen aguanta hambre, busca trabajo, aprende a sortear el día a día.


Aquí no hay televisores ni radios transmitiendo las noticias, no hay “actores del conflicto”, no hay putas ni sicarios, no hay traquetos ni políticos corruptos. Aquí sí está Bogotá, la que yo conozco: el Transmilenio, el centro, La Candelaria, Quiebra Canto, algo de Chapinero, el mismo ñero que veo cuando voy a la Luis Ángel o durmiendo frente al lugar donde vivo y un barrio residencial como tantos. Una mamá como el 95% de las mamás, un matrimonio que ya no funciona, una madre adolescente.


Karen está sola y a veces duda, pero lo que ha descubierto dentro de ella es más fuerte. Las oportunidades a veces tardan en llegar, pero llegan para quien las está buscando, para quien quiere que lleguen, para quien se prepara para recibirlas.


Algunos dirán que es otra película más, otro “intento”, que si la historia, que parece una telenovela, que los escenarios y personajes tan conocidos, que es feminista, que es autoayuda. Yo digo que no. La historia es simple y no tendría que ser de otra manera, el sonido es bueno, los diálogos creíbles, los efectos innecesarios, la guitarra del final apenas perceptible y cierta. Karen sin maquillaje y tan cercana; los otros, eso sí, un poco tan acabados de salir de la escuela de teatro o del grupo de amigos del director de la película.


Hay una escena que, creo, siempre recordaré (siempre quiero recordar): Karen y un hombre (un escritor de obras de teatro) sentados en un café-bar, alguien canta (Edson Velandia y su voz memorable, de colores y texturas diversas), una marioneta se mueve y juega con Karen; Karen ríe…


A veces cuesta mucho cambiar de colores, cambiar el marrón por el azul claro, el amarillo, el verde, el morado, el fucsia; cuesta cortarse el pelo y descubrir el rostro: los ojos un poco más grandes, los labios más visibles, la sonrisa más amplia… Por una Karen vestida de azul, cuántas y cuántos vestidos de gris, por una Karen leyendo en el bus, cuántos y cuántas llorando en el mismo vagón.

domingo, 1 de mayo de 2011

Another year:





Un año más: primavera, verano, otoño, invierno… Un año más para Tom y Gerry, para su casa en la que siempre es primavera, para su huerto que sigue, preciso, las estaciones del año: la siembra, el cuidado, la espera, la cosecha, la muerte y la renovación.


Ella es psicóloga; él, geólogo. Una pareja que se conoció el primer día de universidad y que no volvió a separarse más que para reunirse de nuevo en largos viajes, en bellos proyectos. Un hijo de treinta años y un huerto que acompaña el transcurso de los días.


El desayuno, el trabajo, la cena, una copa de vino antes de cerrar el día, el libro antes de quedarse dormido, cerrar los ojos con la cabeza apoyada en el pecho de él, abrazar el cuerpo de ella; los cincuenta años y ese cuerpo que ya no es el mismo, pero Tom sigue viendo a Gerry sensacional… Ella es su chica.


Parece perfecto y, de hecho, lo es. Tal vez estemos demasiado acostumbrados a que las películas deberían proyectar nuestro anhelo de que siempre pase algo…más, de que siempre sintamos algo…más; tal vez estemos demasiado acostumbrados a que la armonía es una excepción, a que la sensación de bienestar es una excepción. Para Tom y Gerry no es así. No se busca sentir más, no se busca algo indefinido o definido, sólo se vive, al ritmo de los días que pasan, de las estaciones que traen y se llevan lo que, simplemente, deben traer y llevar; somos nuestras decisiones: el trabajo que elegimos, la familia que tenemos, la pareja que escogimos, los amigos que hicimos.


Esos amigos son el único contraste con la “armonía” (¿por qué resulta tan difícil escribirla, creerla?, ¿por qué suena a neo-misticismo?): los hijos que no reconocen a sus padres ni a sí mismos, los hombres que trabajan solamente porque no saben qué podrían hacer con su tiempo libre, las mujeres que buscan un hombre tan desesperadamente como huyen de sí mismas. Pareciera que no hay armonía sin una pareja, pareciera que no hay armonía si no somos capaces de cuidar de una casa, de un huerto, de la comida que comemos, de los regalos que ofrecemos y nos ofrecemos, de nosotros mismos…


Hay seres de cincuenta años que no han crecido, seres con panzas enormes y rostros de niños, seres de casi cincuenta y ropa de veinte que mendigan afecto… Sus casas no se muestran, pero las imaginamos: las botellas y latas desperdigadas por el piso, el jardín lleno de maleza, la nevera vacía, la loza amontonada, la cama sin tender… Cuesta aprender a hacerse cargo de uno mismo, cuesta aprender a estar con uno mismo, cuesta aprender a salirse de sí mismo para estar con otro, con otros… Nuestros deseos a veces vienen en forma de autos rojos, de viajes como huidas; a veces vienen de la falta de deseos y de la falta de saber más que qué queremos, qué necesitamos.


No sé si sea esto lo que quiso decir Mike Leigh en esta película, no sé si suene a discurso demasiado new age (si así suena, la responsabilidad es mía, porque, definitivamente, no es el punto de vista del director)… La cámara enfoca a dos mujeres que miran al vacío, dos mujeres tan desdichadas como ciegas. La amargura paraliza y también la desilusión. La valentía, tal vez, consista en saber cómo, de nuevo, echar a andar el mecanismo, pero esto último, ya no es esta película.

domingo, 17 de abril de 2011

Kilele:



Kilele suena a ritual, a mantra, a contra, a rezo, a talismán. En una tierra que los dioses van despoblando, sólo queda el miedo de un hombre que no puede moverse. Mi abuelo decía –mi mamá me lo cuenta– que en la época de la Violencia habían huido todos los espantos: la madremonte, la llorona, el mohán, la patasola, el duende… Decía que ellos mismos se asustaron ante tanta maldad. ¿Qué les queda por hacer a los hombres cuando saben que sus dioses ya no pueden escuchar sus rezos, sus peticiones?

Hace nueve años, más de cien personas murieron encerradas dentro de una iglesia de un pueblo cuyo nombre ya pocos recuerdan –yo entre ellos–; afuera estalló un cilindro bomba (a veces también un caballo bomba, un caballo que no era de madera). Los sobrevivientes, los pocos que quedaron, avanzaron por entre la selva, como muertos en vida, como lo son todos los desplazados. Kilele, del teatro Varasanta, retoma este hecho y lo vuelve dramaturgia, lo vuelve ritual.

Hay quienes deciden ser desplazados toda su vida y hay quienes deciden afrontar el cambio y empezar de nuevo, aprender de nuevo; hay quien sigue sintiéndose desplazado toda su vida y hay quien puede quitarse esa piel, los jirones que quedan de esa piel, para tejerse una nueva. Creo que no podemos saber a ciencia cierta en qué momento alguien está listo para empezar de nuevo ni tampoco cómo unos lo logran y otros no. Kilele habla, muestra a aquéllos que están en el limbo, en el camino de decidir o, mejor, de asumir su decisión.

Como en la tragedia griega, aquí no hay salvación para los héroes, ni siquiera en la otra vida. No hay esperanza en la palabra, porque ya sabemos qué pasa aquí con quien sabe mucho, con quien quiere saber mucho. Mientras la veía, pensaba en el teatro griego, en la catarsis griega y en lo que el teatro hacía por nosotros. Pensaba que el teatro, con su eterno presente, con su temporalidad atemporal, con su continuo empezar, su persistente devenir, puede dar forma, más que la novela, más que la poesía o el cuento, a esta nuestra realidad de guerrillas noélidas y ejércitos marícolas, de empresarios que cambian casas por palmas en nombre del progreso y la paz, que expropian comunidades enteras, en nombre del progreso, de su progreso.

La novela nació para atrapar, para intentar asir el presente, pero a veces el presente es tan fragmentario e impreciso o tan rotundo y brutal que resulta más expresivo el cuerpo, un lenguaje más primigenio, más pulsional, más íntimo, para dar cuenta del dolor, de la angustia, de las ganas de llorar, de la rabia, del miedo y de la impotencia. Decía que pensaba en la catarsis griega, pensaba en las formas posibles de hacer un duelo que la realidad tantas veces impide a quienes lloran sus muertos: los que empuñaron el arma o los que encontraron el cuerpo. No dejarnos llorar, no dejarnos aullar de dolor, es también una forma de violentarnos, de seguir aplastando ese ser que necesita hacer su duelo para dejar ir lo que es necesario dejar ir, para seguir y poder ser.

En fila subíamos las escaleras para ver la realidad representándose, en fila subíamos mientras un perro llamado Castaño nos olisqueaba, antes de dejarnos entrar, antes de cerrar las puertas con nuestro consentimiento; antes de ver la tragedia de un hombre que ya no podía correr, que ya no podía moverse, que ya no quería correr ni tenía ganas de moverse. Lo que roba la guerra, la violencia, es la voluntad; lo que roba la miseria, la expropiación, la violencia, es la voluntad: sin voluntad, no hay movimiento, “sin movimiento no hay tiempo”. ¿Qué queda del hombre que no puede hacer suyo el tiempo?

domingo, 10 de abril de 2011

Somewhere:



Un Ferrari dando vueltas en círculo, quedarse dormido mientras dos “bailarinas” vestidas como enfermeras (cortísimos trajes rosados, tacones altos, altísimos, piel demasiado bronceada) hacen la coreografía para una canción de los Foo Fighters… Aquí la música no acentúa ni atenúa las emociones porque no hay muchas –una vida sin banda sonora– y, cuando las hay, la ausencia de música subraya la misma incertidumbre de los personajes ante una sensación tan nueva…

Somewhere (traducida absurdamente como En un lugar del corazón) no me gustó tanto como Perdidos en Tokio o como Las vírgenes suicidas, pero en ella –como en todas las de Sofía Coppola– se percibe una estética particular, una búsqueda en la imagen, en las historias elegidas. La cámara está quieta por mucho tiempo, en planos muy planos, en secuencias demasiado estáticas, pero no es un programa de televisión; los diálogos son apenas las palabras que se necesitan para pasar el día, para responder en un restaurante, para solicitar indicación sobre dónde está el baño, para pedirle al taxista que avance hasta el aeropuerto, pero esta banalidad –que no es aparente, que es banalidad, a secas– no es televisiva –aunque sí hollywoodense–, sino apenas indiferente.

El espectador puede pensar que pasará algo: un choque, un accidente grave, una quiebra económica, una enfermedad, cualquier acostumbrado punto de giro, pero nada de eso sucede aquí. Esta es la vida de un actor de películas hollywoodenses, que vive en un hotel en Los Ángeles, con mucho sol, muchas piscinas, muchas atractivas mujeres, muchas fiestas, mucho dinero, muchos viajes, whiskey y cigarrillos. No, él no está harto de su vida, no, él no se cuestiona el sentido de lo que hace, no, él no "ama" su profesión, no, él no está entregado a ella, no, él no se pregunta por ello. Él tiene una hija a la que poco ve crecer y ella (Kirsten Dunst en Entrevista con el vampiro, Natalie Portman en El perfecto asesino, Scarlett Johanson en El señor de los caballos) posee el encanto de sus once años: el tiempo que se pasa solamente buscando en qué pasarlo, pero también el llanto, el sincero llanto de quien se siente en un limbo con padres que no quieren serlo…

Podría decir que, entonces, ella lo hace cambiar a él, lo induce a cuestionarse acerca de ese tiempo que simplemente pasa hasta dejarlo dormido nuevamente en su cama, cuestionar su forma de no haber estado, de nunca estar, pero el final es ambiguo y no es tan fácil como esto. Sin embargo, podría ser, muy posiblemente, que no lo haya entendido.

sábado, 19 de marzo de 2011

El discurso del Rey:



La monarquía parecería un anacronismo en esta época (sobre todo para quienes nunca hemos sabido lo que es ser “súbditos” –explícitos– de unos reyes), pero para los ingleses sigue siendo un símbolo, un emblema de la unión nacional. Sólo en este contexto es posible entender la importancia de la figura del rey para el pueblo inglés durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin saber mucho del tema –casi nada, en realidad–, me aventuro a decir que la experiencia de la monarquía en el Reino Unido es única (por ahora, no recordaré a Irlanda…), que tal vez ninguna otra monarquía ha sabido asimilar y adelantarse adecuadamente a las circunstancias históricas y políticas para hacer sentir al “pueblo” que el rey o la reina está con ellos, que los protegerá. En algún momento de la película, el Rey Jorge VI cuestiona –no muy en serio, en verdad– el hecho de que no pueda sancionar una ley, aprobar un impuesto o declarar la guerra y que, en cambio, sí tenga toda la responsabilidad de mantener al pueblo inglés unido. Para mí fue emocionante ver a las personas agolpadas en la entrada del palacio de Buckingham, esperando por ver a “su” Rey –no sé si aún hoy es así, supongo que ya no tanto, que ya no muchos, que ya…, o no lo sé–, el tiempo detenido alrededor de una radio, por nueve minutos, escuchando las palabras que hablaban de tiempos difíciles, de tener valor, de defender la vida.

La Historia y las historias; la historia de una guerra que parecía inexorable y la historia de una amistad, de dos hombres. La historia de un hombre con miedo de su propia voz, con miedo de decir su palabra, y de otro que sólo quiere que el mundo lo escuche. La dignidad del género humano depende de estos hombres que se hacen dignos de sí mismos, de todos los hombres que se ocupan de hacerse dignos de sí mismos. Cuántos obstáculos debemos superar tantas veces para alcanzar nuestra propia voz, para pronunciar nuestra palabra, cuántas idioteces debemos escuchar o ver o sentir, otras tantas, antes de decidir que no valen la pena y que lo único que cuenta es el esfuerzo por decir nuestra verdad, por darle forma.

Resulta que los tartamudos no nacen, sino que llegar a ser… Cuántas personas se pueden dedicar solamente, como por un absurdo “hobbie”, a convertir en tartamudos a quienes los rodean, cuántos se quedan tartamudos toda la vida, pero también cuántos permiten que los tartamudeos se conviertan en música, en ríos de palabras, en caligramas vitales…

El discurso del rey (The King’s speech) es, de muchas formas, el complemento de aquella otra bella y triste película: Lo que queda del día (The remains of the day); dos rostros para entender esa tragedia histórica que cada vez más se asemeja a una increíble historia de terror, que asusta más cuando se intuye que en cualquier instante puede repetirse… El discurso del rey es también el reverso –el cisne blanco– de Black Swan; dos rostros más para acercarse a las formas que podemos dar los seres humanos a los fantasmas que nos habitan… Me quedo con, me gusta, la forma que le da Bertie a su fantasma y dejo los tartamudeos paranoicos, los fantasmas obsesivos del Cisne Negro, para quienes piensen que la perfección sólo puede existir con aplausos.

domingo, 13 de marzo de 2011

Biutiful:



Barcelona de inmigrantes, de prostitutas, de piratería, de contrabando; Barcelona de chinos, de senegaleses, de mujeres bipolares, de policías que le guiñan el ojo a los problemas, de hermanos que desean y son deseados por la mujer del prójimo, de niños que mojan la cama, de hombres que ayudan a los muertos a irse de aquí…

Barcelona y el cielo lleno de nieve, mariposas negras encima de la cama y espejos que reflejan lo que ya se ha ido. Decenas de máquinas de coser funcionando al mismo tiempo y una bodega que alberga los sueños de los que se van…

Él se levanta, prepara el desayuno para sus hijos, los lleva al colegio y sale a hacer lo que se puede, lo que puede, lo que ha elegido: recoge el paquete y lo entrega al policía, deja algo para él y lo guarda junto con todo aquello que no le confía al banco; allí está el futuro, allí está lo que va dejando… Luego correr, los golpes, la cárcel, la deportación, la madre y el niño solos, los chinos también tan solos… Ella lleva a su bebé en la espalda y no necesita cargadores ni correas especiales, ella sonríe y cuida la vida, porque es lo correcto, porque es lo que siempre hay que hacer.

Él y el dolor, él, que ayuda a irse a los que no pueden irse y no sabe cómo ayudarse a sí mismo; él, que ayuda a los demás, pero no sabe cómo ayudar más a sus hijos; él, que ama a una mujer, pero no puede vivir con ella, pero no debe vivir con ella; él, que no conoció a su padre, acaricia su cuerpo, después de tantos años, mira sus ojos, espera encontrarlo, como a él mismo, para compartir un cigarrillo en la tierra blanca…

Hay mañanas así, días en los que parece posible olvidar todo y seguir con las mismas esperanzas y los mismos sueños de días pasados, días en que se puede desayunar con helado derretido y comerlo con los dedos, días en que se pueden contar historias para saber dónde hemos estado, pero días también en los que es imposible no ver el colchón roto, quemado, el golpe en la cara, las ropas que sólo huelen a noche…

El tren ya no va a los Pirineos, el tren ya no va más a la nieve… Él llora por los cuerpos que el mar no ha querido llevarse, llora porque a veces las buenas intenciones no significan más que la intención contraria, porque a veces querer hacer lo mejor no resulta lo mejor, llora porque perdonarse es más difícil que perdonar…

Él regresa, prepara la cena, lo mismo de todas las noches, y ayuda a sus hijos a hacer las tareas, aunque no esté seguro de las respuestas… Se acuesta mirando las mariposas negras, con temor de que al ir al baño su hija lo siga y le pregunte “¿Estás bien, papá?”.

domingo, 13 de febrero de 2011

Whatever Works:



Si la cosa funciona, como fue traducida, esta película (2009) de Woody Allen, es también el principio que resume la vida de Boris, su protagonista. De su ciclo inglés, me quedo, definitivamente, con la perfecta Match Point; de su regreso a New York, resalto esta comedia que deja por fuera cualquier signo de patetismo, tan presente en Will Meet a Tall Dark Stranger (Conocerás al hombre de tu vida) y que ahora comprendo que es lo que me dejó con esa sensación de hartazgo y escepticismo que me parece tan extraña en la filmografía de Allen.

Allen escoge a un actor que lo representa a sí mismo (un poco más alto y con un rostro menos angustiado que el suyo), con ese aire del Desconstruyendo a Harry que tanto disfruté. Boris es un misántropo, un físico cuántico que se considera a sí mismo como un genio o, en secreto, sólo como un hombre que puede ver un poco más allá de lo que lo hace –o decide hacerlo– la mayoría; hipocondríaco y un poco suicida, parece –sólo parece– espantar todo lo bello o feliz que pueda acercársele, hasta que llega alguien: una muchacha de menos de veinte años para quien él se convierte en una especie de Dios, alguien que la hace sentir menos tonta de lo que cree y le han hecho creer que es. No, no es una película en la que el hombre mayor se rejuvenece, gracias al amor (y las dotes sexuales) de una hermosa, alegre y espontánea joven; nada de eso (ninguna escena de sexo, pues es el pulcro y tímido Allen), tampoco nada del viejo verde que –para alegría de la esposa abandonada– es traicionado por la jovencita. Nada de lloriqueos, nada de víctimas; la lucidez, la amplia comprensión que posee Boris del género humano no lo deja lloriquear ni lanzar suspiros ni pedir palmaditas… A pesar de él mismo, a pesar de su inherente insatisfacción a causa de la torpeza humana, Boris es un vividor, en el mejor sentido que puede tener esta palabra. La vida va hacia delante, todo fin es sólo una manera, entre otras, de ver las situaciones. El principio de incertidumbre que rige todo lo humano permite que nada esté bajo control absoluto, que nada se pueda echar para atrás, que nada vuelva a su forma “original”.

Mississippi y New York como dos formas de entender lo estadounidense; una familia que llega del sur y se encuentra con otras maneras de hacer, de ser, con posibilidades de alejarse de lo que se supone que deben ser, que deben hacer: crecer, casarse con alguien del sexo opuesto, ser felices de una vez y para siempre, tener hijos bellos y buenos. New York parece transformar a las niñas lindas en mujercitas con ideas más propias que aprendidas, a las perfectas casadas en mujeres dueñas de su cuerpo y de sus ojos, a los integrantes de la Sociedad del Rifle en hombres amantes, resplandecientes…

Estamos en una comedia, en una película que habla de sí misma, que le habla al espectador sin dramatismos, sin señales de un patetismo del que procuro siempre huir. Me gusta la imagen de la chica sureña tratando de decir su verdad, así no suene inteligente ni estética, me gusta la imagen de la mujer “madura” que puede asumir sin recriminaciones ni miedos aquello que sólo dormía en sí misma, me gusta la imagen de Boris saltando por la ventana para seguirse diciendo que es responsable de sus acciones y de sus nuevos comienzos, de lo que decidamos recibir, dar, sentir y pensar…

domingo, 6 de febrero de 2011

Conocerás al hombre de tus sueños:




Después del desencanto con Vicky Cristina Barcelona, encuentro esta película (2010) de Woody Allen que vuelve al tono conocido de sus películas de finales de los ochentas y de los noventas. Las relaciones de pareja que nunca están bien, que nunca son perfectas, que tienden a empeorar. Un matrimonio de cuarenta años que se va por la borda, un hombre de sesenta que quiere ser más joven, una mujer de sesenta que quiere creer, que busca algo en qué creer; un hombre de casi cuarenta fracasado en su mentira, una mujer por los treinta que sólo quiere tener un hijo “para sentir de alguna forma que avanza en la vida”, que quiere un nuevo hombre o un nuevo trabajo para sentir que algo cambia, que algo “avanza”… Las mujeres y los hombres que pueden (podemos) ser demasiado ilusos, demasiado ingenuos, que somos demasiado ilusos, demasiado ingenuos y la ventana del vecino -o vecina- que siempre muestra algo "mejor" de lo que hay en la propia… El corazón como una veleta, como comer con demasiada hambre, como un orgasmo demasiado esperado, como todo aquello que muy pronto se vuelve sólo “ruido insignificante”...

Es Londres, pero no aparece nada que la haga reconocible y sus personajes podrían estar lo mismo en Estados Unidos (o tal vez mis conocimientos no me alcanzan aún para entender la diferencia entre un estadounidense y un inglés). Es una música que ya es reconocible en las películas de Allen, en sus comedias, pero aquí no hay final feliz o tal vez sí, aquí nada termina bien o tal vez sí. Termina bien para quien eligió creer y ser fiel a eso que creía, aunque se dé cuenta –sin confesárselo nunca en voz alta– que la realidad no es como el ideal, termina bien para quien siempre se tuvo a sí mismo sobre todos y sobre todo. Un nuevo comienzo a veces puede ser sólo otro error, pero también se puede convertir en una nueva forma de ser; sólo eso. Un escepticismo muy marcado (nada de aprender, nada de “a la próxima”, nada de nada) y un tímido beso, un beso debido que no es la respuesta a ninguna pregunta.

La traducción fue pésima, la ortografía de los subtítulos estuvo peor, el menú era sólo una pantalla. El mundo cinematográfico pirata tiene sus puntos en contra, pero ya que no se sabe cuándo traerán esta película ni si la traerán a las salas de cine bogotanas, entonces defiendo a aquellos quienes, a causa de la necesidad, de la demanda de “cine arte”, se han vuelto más expertos que los cinéfilos, los críticos de cine y los empresarios, en saber cuáles son los estrenos MUNDIALES y cuál es la última película del director aún más desconocido.

martes, 18 de enero de 2011

Cartografías literarias: Cali


Hablo de ella ahora como turista, ahora que he vivido lejos de ella, en esta ciudad que elegí como destino, el mismo tiempo que viví allá. Ahora sí, como un potpurrí, soy tan de allá como soy de acá o también: no soy de allá como tampoco soy de acá, y ya no tiene mayor importancia... Antes, la lengua se transformaba automáticamente, antes, los vos, los ve, los oís, los mirá, los pues, la chuspa, el “no me azarés”, salían de mi boca con sólo sentir la brisa, el sol, el calor, la salsa… Ahora, me subo al MIO y en el mismo lugar donde me bajaba del bus para llegar a mi casa, la casa inmensa pintada de azul, hay una estación que lleva el nombre del barrio donde me enamoré de unos ojos verdes, donde jugaba fútbol, donde bailaba Ace of Base, donde mi hermano perdió su diente y otras cosas mucho más importantes, donde una mujer de cincuenta quiso dejarme en ridículo a mis pocos doce años, ya no recuerdo por qué, donde los diablos pasaban cada diciembre bailando, cantando, tocando música y, claro, pidiendo plata, donde no se escuchaba vallenato ni reggaetón, sólo salsa, donde Héctor Lavoe, Willie Colón y Rubén Blades, donde Tihuanaco, donde mi papá y mi mamá pusieron todas sus esperanzas...

Mi itinerario personal sigue allí, mi mapa para no perderme en una ciudad que, aún no siendo ya mía, está en mí, en mis sensaciones y mis palabras. Allí está la Loma de la Cruz y las tantas tardes que fui allí sólo para sentir la brisa y para ver a San Antonio desde lo alto, sólo para encontrarme con mi amigo y hablar, hablar, hablar, escuchar, escuchar… Está San Antonio y la noche en que alguien me habló como nadie me había hablado, en que alguien me miró como nadie me había mirado… Está La Tertulia y las películas que vi, las imágenes que vi, las tardes pensando, caminando por la Avenida del Río hasta la Sexta, viviendo a Caicedo en cada paso, en cada pensamiento y, claro, queriendo morirme yo también tantas veces, antes de saber que la insensatez estaba en renunciar a encontrar mi verdad; Caicedo en esa foto en la que me parezco a él, con el pelo sin peinar y los dientes grandes… Está el centro y sus salas de cine que hoy sólo exhiben pornografía, pero que yo disfruté tanto los sábados, las calles del centro solas y la mujer que ya sabía que me iba a robar; yo sólo pensando en que se hacía tarde y ya no alcanzaría a ver a ese alguien que se me iba, que no se iba a despedir… Está la emoción de cruzar la plaza San Francisco, de vislumbrar la entrada de la librería Atenas, de perderme entre los corredores llenos –y ahora tan vacíos– de libros por horas y horas y salir con tesoros que devoraba sin entender tantas palabras, tantas cosas… Está La Merced y, de nuevo, el cine, las funciones que perseguía cada semana, la forma en que todo adquiría sentido después de cada película… Están el pan hawaiano, los poemas, los encuentros sin tiempo, el tiempo sólo para hablar, para contar tantas cosas… Y Schopenhauer, Nietzsche, Beauvoir, Ciorán, Borges, Sábato y Cortázar y Cortázar y Cortázar… Y el aguacero y mi ropa mojada, mis jeanes pegados, escurriendo agua, sin frío, sólo para escuchar, sin escándalo, en silencio, una palabra…

Soy yo ahora la lejana, soy yo ahora la que puedo soltar, dejar ir, soy yo la que ya no anhela volver, la que tiene tanto de ella, la que sabe cuánto me dio, cuánto me hizo crecer, vivir, amar, recorrer, conocer…

Volver a ella cada vez que se pueda, volver para escuchar a mi amigo, el tiempo que aún siga allí, para tomar con él un café o una cerveza, para comer una marranita o un cholao, un chontaduro, una manga, volver ya no para recordar ni añorar, sino para sentir lo que ella sigue siendo, lo que me sigue descubriendo –aún con sus calles abiertas como después de una explosión o un terremoto, aún con sus veintiún megaobras y todas al mismo tiempo–, para disfrutar la emoción de recorrer la vía Panorama: el valle infinito, el cielo que parece tan cercano, los cañadulzales –no recordar, por ahora, los huesos que buscan su nombre en medio del verde y del fuego–,para disfrutar su sol, su eterno sol, el calor que sigo buscando, la brisa de sus montañas, la forma en la que caminan sus mujeres y sus hombres, para ver en esa esquina del barrio Obrero a la vendedora de mango biche, al embolador, ponerse sus mejores galas y salir a la pista con sus zapatos blancos y su mejor tumbao, para comer sancocho de pescado y pescado y mariscos en todas sus formas, preparados por esas manos negras que tienen sabor desde la boca hasta la punta de los pies…
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Fotos por Paula.

Man Ray en Bogotá:





Jamás imaginé que las fotografías que vi en un libro en una tarde caleña, hace ya varios años, estarían frente a mí algún día y sí, allí estuvieron. Esa tarde, él –a mi lado– me permitía ver, entender, la técnica, la innovación, la ruptura; yo veía, en cambio, el erotismo, el cuerpo, los rostros, eso que me hace cercana la fotografía como arte, ahora comprendo por qué: “Fotografío lo que no deseo pintar, las cosas que tienen ya una existencia”. Me gusta eso que tiene ya una existencia, me gusta lo que es real y está allí sin más pretensión que ser observado por un ojo atento.

Por lo general me pasa que, al ver en un museo las obras que he visto en libros o ahora en la Internet, lo que siento es una especie de desilusión, la sensación de que el libro o la página web magnificaron esas imágenes; con Man Ray no pasó eso, sino lo contrario: la emoción seguía allí, la sorpresa sin fin por lo que los ojos de este artista hicieron con la realidad.

Me reía frente a varias fotografías y varias esculturas, me reía con lo que muchos llamarían obsceno o adolescente, me reía con los juegos que crea Man Ray, con el juego en el que me vincula como una integrante más: “Si pudiéramos desterrar la palabra serio de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían”. Muchos disertarán acerca del significado de sus imágenes, de los objetos que crea; yo no me lo quiero tomar en serio. Yo sólo veo creatividad y el juego que puede hacerla visible y ahí sí el surrealismo tiene sentido, no es un pasado, no es un movimiento artístico, sino una corriente vital.

Las fotografías de desnudos de Man Ray tienen una estética femenina lejana a nuestros días: una axila sin depilar puede ser erótica, una panza sin gimnasio y sin liposucción, puede ser sensual; claro, las formas de los cuerpos entrelazados, abrazados, el juego de la seducción y de las máscaras, las formas femeninas y la manera en que se puede jugar con ellas, la belleza de una mirada, de un cuello, de unas manos, de una sonrisa…

“Una de las satisfacciones de un genio es su energía y obstinación”. Man Ray me enseña eso: la energía y la obstinación de quien sin saber que es un genio, sin pretenderlo o ansiarlo, sin serlo, lo hace despertar cada día y vivir plenamente su presente.
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Photos by César.