miércoles, 24 de julio de 2013

Cartografías cinematográfico-literarias: Nueva York II



Me niego a recorrer la ciudad en los buses de dos pisos, nos negamos a pagar los tres dólares que nos permitirían ver lo que ya no está después del 11 de septiembre de 2001. Aceptamos pagar una cantidad algo exorbitante para nosotros –a pesar de que son los boletos más baratos en el medio– para ver una obra en Broadway y lo que encontramos es una película de Disney adaptada para teatro; dos horas de canciones, música, el clásico humor “green-go”, efectos sonoros y visuales y, no hay que negarlo, excelentes actuaciones, según el formato de los musicales y, en general, de toda la industria del entretenimiento estadounidense.



En esta ciudad en donde nada es gratis, nos sorprende encontrar un ferry que nos lleva sin tener que pagar nada a otra isla: Staten Island. La Estatua de la Libertad se ve no muy lejos y mucho menos magnificada que en las películas y en la televisión. El sol cae y yo pienso en las caras de los inmigrantes que llegaron aquí a principios de siglo XX para quienes esa estatua era su esperanza, su faro…

A diferencia de la mayoría de jóvenes asiáticos y europeos que vemos en las calles, no llevamos teléfonos “inteligentes” con GPS, sino un mapa que hemos encontrado en el hostal y otro en el metro; la falta de esa brújula digital nos trae bellas sorpresas como encontrarnos con un parque, cerca del Chelsea Market, construido en las antiguas y altas vías del tren, tomadas por la “maleza” y las flores salvajes; con un bar insignia del movimiento gay en Estados Unidos y con una protesta contra el racismo en pleno Times Square.

No subo al Empire State; me quedo esperando a H. en un café cercano. La música suave, como la de tantos capítulos de Ally McBeal me hace sentir nostalgia no sé de qué… Veo una familia de alemanes, otra de colombianos, otra de asiáticos y un hombre cuyo color de piel me recuerda a alguien. Tomo despacio mi jugo de naranja artificial mientras H. llega… En la noche, vamos a un bar que tiene un gran piano blanco de cola en el centro en el que los clientes improvisan sus canciones favoritas; en el sótano, nos aguarda una discoteca. Un mexicano nos habla de la libertad que siente viviendo en Nueva York, aunque tenga que trabajar casi el triple de lo que trabaja un estadounidense para terminar ganándose un poco más de la mitad de lo que gana él… Me entretengo mirando a un hombre negro enorme y musculoso en tacones altísimos bailando con su pareja, me demoro tomándome una cerveza suave que baja por la garganta como gaseosa. Bailo y bailo hasta que, como la cenicienta, es hora de salir corriendo e ir al hostal para descansar y seguir caminando mañana.



Nueva York sin el Bronx, sin Harlem, sin Queens; sólo con la parte central y el sur de Manhattan, sólo con una orilla de Brooklyn… En el metro hacia el aeropuerto, los rostros van cambiando, las ropas van cambiando. A medida que salimos de Manhattan, las pieles se vuelven más oscuras, las ropas dejan de ser de centro comercial o de rebajas en las grandes tiendas. Los rostros se van quedando dormidos sobre el pecho o sobre una ventana. Escucho una pareja hablar en español y son ellos quienes nos avisan que debemos bajarnos y tomar otro tren.


En el avión hacia Nueva Orleans pienso en la galleta de la fortuna, en las tentaciones que confundimos con oportunidades… Me despido de alguien con quien no pensaba encontrarme y el encuentro se traduce en una nueva lectura del pasado cercano. Hay personas a quienes nos enganchamos para seguir repitiendo nuestros libretos mentales; hay personas quienes nos ayudan a liberarnos de ellos. El encuentro me devuelve una imagen de mí misma que quizás me he resistido a ver, a aceptar. ¿Tentación u oportunidad? Lo último que veo de Nueva York es la mala cara de la auxiliar de vuelo en tierra…

Cartografías cinematográfico-literarias: Nueva York I




Nos acercamos en bus a la ciudad, después de un cómodo viaje de cuatro horas desde Boston. La primera imagen no dista mucho de la de un sector bastante popular del noroccidente de Bogotá y cada vez resulta más evidente el trasplante de esta cultura a la nuestra. Poco a poco, nos vamos acercando al centro de Manhattan. El primer reto es tomar un taxi que nos lleve hasta el hostal por un precio justo. El taxista pronto se da cuenta de que hablamos español y cruza con nosotros algunas palabras en nuestro idioma. Se burla de nuestras indicaciones sacadas de Google maps y después de diez minutos –tal como decía Google maps– nos deja en la puerta del hostal, en pleno corazón de la isla. Nos registramos, dejamos nuestras maletas y salimos a caminar. Ya no tenemos anfitrión y extrañamos la amabilidad y generosidad de T., pero vamos adquiriendo confianza y nos vamos alejando cada vez más del hostal para conseguir algo de comer y encontrarnos con otras imágenes de la ciudad de los altos edificios.

No es tan cierto que es fácil llegar a Estados Unidos sin saber nada de inglés. Admiro enormemente a los inmigrantes que llegan así a este país y mucho más a aquellos quienes aunque lleven casi toda su vida viviendo aquí, se han negado a aprender el idioma. Encontramos algunos meseros y dependientes que hablan algo de español, pero la gran mayoría de la lógica de la ciudad por la que nos movemos la desciframos en inglés (mi traducción siempre quedará con varios espacios en blanco).

Las calles, al igual que en Boston, no tienen basuras, pero a diferencia de ésta, Nueva York recibe al turista con olores que no tienen nada de agradable y con la visión, al anochecer, de cucarachas y ratones saltando en los andenes –es el verano, decimos–. Vemos avisos sobre fumigación en el metro y en las calles. Cada mañana veo enormes bolsas de basura en las calles; provienen de restaurantes, cafés y oficinas. Imposible para mí no pensar en esa famosa película de los 70 y en ese otro capítulo de Los Simpsons en Nueva York…





En el metro, suben cantantes de blues y góspel, vemos mujeres tocando el violín y, en los parques, hombres improvisando Drum n’ Bass… Las caminatas son maratónicas y llegamos al hostal con dolor en las piernas y en los pies. En el primer día hemos recorrido la mitad del Central Park (las imágenes se superponen a las de las películas y las series de televisión) y hemos caminado por más de tres horas dentro del Metropolitan Museum of Art, una metáfora de gran parte de la cultura estadounidense: apropiarse de las culturas ajenas y elaborar su propia versión de ellas y de sí mismos. Veo los pedazos de las pirámides egipcias, fragmentos de esculturas romanas y griegas. Dentro de mí misma lucho contra mi actitud cínica de disfrutar las obras que posiblemente nunca veré en Colombia. Pienso en la película King Kong y sigo recorriendo las salas: allí están pintadas sobre las enormes ánforas griegas las imágenes que describen los poemas homéricos, los mitos y leyendas que tantas veces he escuchado en clase, en cine, en los libros que leo. Veo arte de Oceanía, de la parte central de África, me topo con una vitrina que guarda parte de lo que sólo había visto en el Museo del Oro de Bogotá… Encuentro las obras de Picasso, de Dalí, de Balthus, de Carrington, de Modigliani, de De la Tour y la emoción estalla cuando encuentro a Hopper, a Degas, a Renoir y a Vermeer…



Por las calles donde se encuentran los grandes teatros de Broadway, cerca al Rockefeller Center, al Times Square, voy pensando en Henry James y en Edith Wharton, en los estadounidenses y en los europeos, en cómo una nueva cultura debe buscar formas de justificar su existencia frente a la antigua y dominante, en cómo estas formas adquieren los modos de la apropiación; se niega lo que está en el origen y se busca uno nuevo más acorde con las exigencias externas...

Cartografías literario-cinematográficas: Weston-Boston (Massachusetts, EEUU)




El primer aterrizaje es en un aeropuerto de una ciudad de Florida. Desde el aire, la cuadrícula perfecta de una ciudad perfecta construida a orillas del mar. Dentro del aeropuerto, cuerpos obesos sobre sillas en forma de mini motos, los precios que ya nos empiezan a parecer exorbitantes para nuestros bolsillos colombianos. Nos imaginamos cuartos pequeños en donde van a encerrarnos para revisar con rayos X, manos y dedos indignantes, nuestros cuerpos; nos imaginamos largos interrogatorios acerca de nuestros motivos de viaje, pero con lo que nos encontramos es con un oficial que nos hace apenas un par de preguntas de rigor y con una fila en donde la gente empieza a descargar sus pertenencias en cajas que pasan por los rayos X, incluidos los zapatos. Las manos y los dedos se cambian por modernas cápsulas de rayos X que examinan todo el cuerpo. Cuando creo que todo está bien, el policía me llama y me hace preguntas sobre el arequipe que compré en el aeropuerto de Bogotá para llevarle a quien esa noche nos hará el favor de recogernos en Boston… En el almuerzo me dan como postre una muy estadounidense galleta de la fortuna. El papelito dice que no confunda la tentación con la oportunidad…

Las esperas son largas, pero mi libro es gordo y no me preocupo. Lo bueno de viajar así, como turista, es que el tiempo deja de importar, dejo de correr, de cumplir; los días se alargan –además, es verano– y parece que lleváramos mucho tiempo fuera de casa…

En el College de Weston, me siento como en una novela de Jane Austen, paseando por las grandes zonas verdes, viendo desde afuera las edificaciones antiguas, regentadas alguna vez por monjas. Boston me sigue manteniendo en Inglaterra, en el recuerdo imaginario que tengo de Londres. Nos sorprenden su arquitectura, su limpieza, su orden, la tranquilidad y seguridad que se siente en sus calles. En el metro, empiezan a aparecer los asiáticos que veremos en todo el viaje… Una línea roja pintada en el piso nos lleva a través del centro histórico de la ciudad y hacia el lugar en donde se honra la memoria de Franklin y su participación en la Independencia de Estados Unidos. Pasamos por la Universidad de Harvard: un conjunto de edificaciones que parecen llevar siglos allí. Hay numerosos grupos de turistas alrededor y una gran fila junto a la estatua del fundador. Hago un esfuerzo y trato de imaginarme dirigiéndome hacia un salón de clases o una oficina; no lo logro.

T. –quien sólo descansa de su trabajo los domingos y sólo tiene una semana de vacaciones al año, pero es feliz en su “sueño americano”– nos invita a pasear por la ciudad; ha diseñado un plan para nosotros que él considera muy estadounidense: ir de compras. Nos miramos un poco extrañados, pero no desairamos a nuestro generoso anfitrión y vamos tras él por centros comerciales, por enormes tiendas de ropa y zapatos. T. se extraña de que sea mujer y lleve una maleta pequeña, de que sea mujer y no use tacones, de que sea mujer y no use ropa interior “para mujer”, de que sea mujer y no me emocione mucho el plan de “ir de compras”, de que sea mujer y no me “enloquezca” con los precios… Me esfuerzo en encontrar algo que, realmente, me guste y que se ajuste a mi bolsillo y lo encuentro; me siento como haciendo una tarea y me dedico a mirar a los demás compradores; no puedo evitar hacer comparaciones entre la calidad y el precio de lo que veo aquí y los excelentes zapatos y bolsos que veo en Colombia. Es viernes en la noche y este debe ser un plan cotidiano para un día como ese.


Mi cara se vuelve menos escurridiza cuando vamos a comer a un restaurante japonés en el que, por cierta cantidad de dinero (no poca para nosotros, en realidad), podemos comer todo lo que queramos; me siento en un capítulo de Los Simpsons y empiezo a comer, pero muy pronto estoy satisfecha y me sirvo un plato de fruta. Los comensales van y vienen con sus platos…

jueves, 4 de julio de 2013

Cartografías: Bahía Solano-Punta Huina (Chocó). II




El pescado no puede saber mejor y el clima es perfecto, excepto cuando la ropa no se seca, excepto cuando la lluvia obliga a cambiar de planes, a pensar sólo en el presente. Gran parte de las tardes y las noches se pasan meciéndonos en la hamaca, dormitando o mirando el Pacífico, mientras llueve o cae el sol. A cien metros de nosotros, el volumen de la música (salsa, vallenato y mucho después, temprano, en la mañana, José Luis Perales) empieza a subir y a subir y a subir. Imaginamos el aguardiente, las sonrisas y el baile…

G. nos lleva a una cascada pequeña y a una playa cercana en donde las olas me arrastran hasta la orilla. Vemos cabañas construidas por órdenes de españoles, caleños y paisas que pasan sus vacaciones o su vejez aquí. Veo el árbol de la pepa de pan, que tanto disfruté en la niñez, gracias a nuestros vecinos en Buenaventura, veo las flores que no tienen la fragilidad y ternura de los Andes, sino la fuerza, la textura, los colores y el tamaño que les da el trópico. Caminamos entre el barro y yo uso las botas de caucho que, de niña, veía en los pies de mi abuelo y mis tíos, vemos ranas, pájaros, cangrejos y camarones de agua dulce, caminamos a través del río y llegamos a la enorme cascada, cuya fuerza me mantiene observándola sólo de lejos.

El belga se ha enfermado (ha tomado agua de la llave) y lo hemos dejado al cuidado de T. en el hospital; cuando regresamos, nos pide que le mostremos las fotos de la cascada. En el almuerzo, nos cuenta que la semana pasada alguien le ha dado burundanga a él y a su amigo en Medellín y que no sabe cómo regresó a su apartamento. También nos dice que este país le encanta y que volverá apenas se lo permitan sus ahorros.


Ya de vuelta, mientras esperamos en el aeropuerto, recordamos a T. y sus ganas de encontrarse con su mamá pronto en el norte de este continente, recordamos las niñas que nos pedían 1000 pesos o que les compráramos sus guayabas o que les gastáramos un paquete de papas o que les regalara mi pulsera, recordamos al belga y el regocijo que sentía cuando pronunciaba las palabras que le habían enseñado a usar los paisas, recordamos a los pescadores volviendo en sus pequeñas embarcaciones al atardecer. Nos prometemos volver alguna vez, en agosto, para ver las ballenas y disfrutar las fiestas.
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Fotos por Paula.





Cartografías: Bahía Solano-Punta Huina (Chocó)



Karen Blixen decía que viajar en avión era como ver el mundo con los ojos de Dios… A Bahía Solano sólo se puede llegar en avión porque, aunque parezca increíble en este glamoroso y civilizado siglo XXI, aún no han construido una carretera para llegar hasta allí… Volamos por encima de un verde profundo y profuso, denso, tupido: los bosques húmedos que conforman la topografía del Chocó.

Llegamos al aeropuerto José Celestino Mutis, después de media hora de vuelo desde Medellín (y otra media, desde Bogotá); el aeropuerto es pequeño y no hay ningún sistema electrónico; la policía hace su trabajo de recoger las cédulas, verificar información y revisar el equipaje. La pista apenas puede mantenerse en buen estado, en medio de la abundancia de agua y humedad; la sala de espera es una gran cabaña con techo de zinc.

Desde el aterrizaje, en la mañana, nos acompaña una llovizna que dura hasta el medio día. Horas más tarde, G. nos explica que ese es el clima característico de la zona, que los meses más secos del año están entre febrero y abril; los demás son de lluvia y algunos días de sol. Por fortuna y después de cuatro días de lluvia –nos dicen–, aparece el sol y dura todo el día y también el siguiente, en la mañana.

W. nos acompaña desde el aeropuerto hasta el puerto marítimo. Allí tomamos una lancha que nos llevará en 20 minutos hasta el hotel en Punta Huina. Las calles de Bahía Solano me recuerdan el barrio de Buenaventura al que mi familia y yo llegamos hace más de veinte años: las calles sin asfalto, los charquitos de agua que apenas empiezan a secarse, los niños descalzos, las casas de madera sobre palafitos cortos. W. nos habla acerca de las promesas de los futuros alcaldes, acerca de cómo las olvidan cuando obtienen el cargo; nos habla de cómo alcalde tras alcalde se le da la espalda a las necesidades del municipio. “Y eso que son nacidos acá y criados acá”, termina W. El tiempo no ha pasado, parece.

Pasamos por una base militar y leemos en dos grandes carteles invitaciones a los guerrilleros a desmovilizarse… Pasamos por el resguardo indígena de los Embera, pasamos por varias fuentes de agua dulce que se precipitan hacia el mar.


En la lancha, atravesamos la bahía, en medio de dos montañas de bosques; la que está a la derecha, nos explica M., luego, es el tapón del Darién. El Pacífico, tan distinto al Atlántico; los colores tan diferentes, la atmósfera tan singular. El agua es verde cuando pasamos cerca de la orilla y vemos el reflejo de miles de árboles en el agua, cuando la lluvia no ha revuelto las aguas y las muestra sin fondo, pero con las corrientes cálidas que atraen las ballenas jorobadas cada año para parir.



martes, 14 de mayo de 2013

Quartet





Si hubiera sido directora de cine, habría hecho películas demasiado serias, casi aburridas. Mi reto hubiera sido hacer comedias a lo Allen, a lo Almodóvar o una mezcla “explosiva” de esos dos directores a los que tanto aprecio y admiro… Por eso, porque la mayoría de las veces no entiendo los chistes que cuentan las personas cercanas, porque soy incapaz de recordar un chiste completo o porque difícilmente aventuro algún comentario irónico o, también, porque cada vez soporto menos el patetismo y la histeria, me gustan las comedias ahora más que antes.

Quartet, dirigida por Dustin Hoffman y basada en una obra de teatro de Ronald Harwood, es eso, pero también una mirada singular sobre la vejez y esa cosa extraña que se da a veces entre los seres humanos llamada amistad. En una casa de “retiro” para músicos, coinciden cuatro de ellos que se hicieron famosos por su interpretación de una ópera famosa –y no diré el nombre para que el ego de quienes la conocen no se infle–. Uno de ellos ha llegado por una enfermedad a la que esquiva con ayuda de su ingenio y de su aún despierta testosterona; otro llega para acompañarlo (y para ahuyentar el recuerdo de la mujer que siempre ha amado); una llega porque no hay hijos ni esposo y su memoria la empuja a detenerse por largos momentos en la niñez; la última, llega porque después de muchos esposos y ningún hijo, su carrera sólo le ha dejado algunas joyas y algunos recuerdos.

Supongo que, como todos, pienso en la vejez como en un lugar de llegada en el que, en el fondo, no se cree mucho. ¿Quiénes somos cuando nuestra confianza en nosotros mismos ya no se puede basar en el cuerpo “joven”, “atractivo”, en la efectividad de lo que hacemos con nuestra mente, nuestra voz o nuestras manos, en las personas que nos acompañan? En la casa de “retiro”, la música se escucha siempre. Ninguno de quienes vive allí ha renunciado a interpretar su instrumento; lo que me importa señalar es que saben que ya no lo hacen por lograr reconocimiento, sino porque es eso lo que le ha dado y le da sentido a sus vidas. “Hay un tiempo para todo”, repiten los abuelos y los padres. Tal vez lo más difícil de la vejez y de cada etapa de la vida es distinguir para qué tenemos tiempo. He visto ancianos y ancianas que no lo saben y se empeñan en ocupar un lugar que ha cambiado sin remedio; quisiera tener siempre su imagen en la cabeza para distinguir el momento de retirarme hacia mí misma, hacia la “refundición de todo lo aprendido”, como dice Pinkola en uno de sus libros.

La vejez de las cuatro voces que coinciden en la casa es para algunos de ellos la reafirmación de lo que han sido, para otros la huida hacia lo que alguna vez fueron, o lo que alguna vez tuvieron. Esta es una comedia y todos ganarán algo, tendrán algo que no tenían y anhelaban: la amistad que no conoce la competencia ni la mezquindad, una explicación que permite leer la vida y dar una segunda oportunidad, el descubrimiento de que la crítica importa poco cuando se quiere hacer algo verdadero y de que nadie está solo si está dispuesto, de veras, a ver a quienes lo rodean.

Para terminar con el tono de sermón –que no le hace justicia a la película–, diré dos cosas finales: la primera es que esta película es un homenaje a todos los artistas y, sobre todo, a quienes entienden (ojalá yo también, siempre) que “la creatividad [y la vida] es realmente una carrera de relevos”, como me recuerda alguien que dijo Hayao Miyazaqui; la segunda es que me encantó la historia que cuenta uno de los personajes sobre la ópera: en sus inicios era un espectáculo para el pueblo, no para la aristocracia, un evento al que se iba con la canasta de comida a disfrutar de lo que allí se presentaba. Me da risa que ahora, cuando vamos a un espectáculo de música clásica la gente que cree tener más “cultura” que otros, ponga el grito en el cielo (chistee –¿se dice así?– y amoneste con desdén al “incauto”) porque alguien aplaude antes de finalizar el último movimiento; me da risa que no recuerden que ellos –yo incluida– tampoco lo supieron de manera innata, que también tuvieron que aprenderlo…

Coda: Para mi vejez, quiero una casa así y unos amigos así. Tomo nota.

lunes, 22 de abril de 2013

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires III



Los días se pasan entre el “subte”, el hostal, los restaurantes en donde la televisión es la misma de siempre, los cafés que quisiera ver en Bogotá y las bibliotecas; me siento cuando puedo y veo a las mujeres que no se visten para seducir, a los hombres que no miran queriendo desvestir –eso veo desde mi lejanía–; los veo hacer tranquilamente la fila en la fotocopiadora, los veo esperar tranquilamente la cuenta, sentados en su mesa hasta que el mesero decide acercarse; los veo entrar y salir tranquilamente, en las horas “pico”, de los vagones del “subte”, en medio del calor y los olores que se cuelan por la paredes desnudas; sus palabras son como disparos y, a la vez, como caricias; siempre tienen la respuesta rápida y atenta de quien sabe su situación y conoce su historia –eso vi, eso escuché–.


Susana me ha llevado a una confitería donde el mozo me ha regalado una “masita” de dulce de leche sólo por repetirle la palabra que le ha parecido tan curiosa: “arequipe”; luego me ha llevado a un café donde Borges y Bioy Casares se sientan a tomar café y a escribir las historias de don Isidro Parodi todas las tardes. Susana me pasea por La Recoleta y terminamos en su casa, recorriendo los anaqueles de su biblioteca: las paredes de todo su apartamento; allí está toda la literatura latinoamericana que alguien podría tener. En los trayectos, Susana habla con el taxista sobre Perón y el día que escucharon los bombardeos en la Plaza de Mayo, a pocos metros de la Facultad de Filosofía y Letras. Susana me habla de la histeria de Vallejo, de la perfección de María, de la mezquindad literaria de Rosario Tijeras y de los libros de Vargas Vila; hablamos de psicoanálisis y de las situaciones que, tantas veces, nos hacen volver hacia dentro; hablamos de su jubilación próxima y del gato que la sobrevivirá… Más que la arquitectura nada barroca, nada colonial de Buenos Aires, más que sus edificios de principios de siglo XX, más que su puerto y la gente que camina y toma mate, más que su Río de la Plata, es Susana la que ha quedado en mi memoria… 




Cerati ha estado conmigo durante todo este tiempo: desde los carteles que veo en el hostal con frases de sus canciones, los conciertos que pone y silba la chica del turno de la noche para no dormirse, la nave espacial (el planetario) plantada en los Bosques de Palermo y las dos niñas besándose frente a ella –de espaldas a mí–, hasta el chico que interpreta una de sus canciones en una estación del “Subte”. Mi viaje termina en un hospital, como si fuera otra manera de estar con él –quiero pensar–. Paso de uno público a otro privado y mi cuerpo se ve igual en las radiografías… Salgo en pijama y en chanclas a buscar un taxi que me lleve al hostal, de nuevo, a esperar que amanezca para ponerme mi disfraz y salir de allí, para llevarme a la distancia de 6 horas en avión y llegar casi muriéndome al único lugar donde ahora podría estar tranquila. Cuando llego a Bogotá, me entero de que en Buenos Aires alguien ha desocupado mi cuenta bancaria. Intento tomarlo como una despedida furiosa, por salir casi huyendo de ella; intento dejarlo como una indemnización por mi cuerpo virulento –que antes fue de “morocha linda”– paseándose por sus hospitales, sus taxis, sus hostales y sus aeropuertos…




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Fotos por Paula.

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires II



Veo y escucho colombianos todos los días: en el hostal son quienes me atienden y son, como yo, otros huéspedes; en las calles van, como yo, admirándolo todo o en sus rutinas de vida. Me pregunto si querría vivir allí y, sin saber muy bien por qué, me digo que no.

Después de cinco días, extraño el café y la comida; estoy cansada de las medialunas y el café con leche todos los días. Ningún mesero me entiende cómo quiero el café (que aquí es brasilero, fuerte), pero después de cinco días lo consigo: alguien le explica al mesero que soy colombiana y que debe prepararlo “liviano”. Encuentro un restaurante vegetariano atendido por chinos; me gustan los sabores, el servicio y el precio; por la mitad de lo que cuesta un almuerzo en cualquier otro restaurante, consigo un buen plato de comida que me deja tranquila toda la tarde para caminar y leer.

Recorro algunas librerías de la Av. Corrientes y supongo que algo así se siente cuando se camina por Broadway: los carteles gigantes de obras de teatro en cada cuadra. Las librerías, en cambio, son discretas; paso por algunas casi sin notarlo. Entro a las más grandes para tener mayores esperanzas de hallar lo que ando buscando, sin embargo, apenas logro encontrar la mitad de lo que esperaba y a precios que se parecen mucho a los de Bogotá… Es la crisis, dicen.


Lejos de allí, en La Boca, voy, por mí misma, por un encargo, a Eloísa Cartonera, una Cooperativa Editorial que elabora libros con el cartón que recogen los recicladores por toda la ciudad. Libros, realmente, al alcance de todos. Escojo algunos y les digo que en Colombia admiramos mucho ese proyecto; el muchacho me dice un lacónico “gracias”; todos trabajan y yo siento que no tengo mucho más qué hacer o decir. Tomo fotos y me voy caminando al lado de la Bombonera, sin mucho interés… El muchacho me ha dicho que no me desvíe, por nada del mundo, y así lo hago; llego a Caminito y todos reconocen mi “gracias” colombiano; algunos preguntan si estoy sola y otro más me invita a tomar ron… Me siento a tomar un café y luego me voy de allí, hacia las calles abiertas del microcentro…

Me sorprende ver los kioscos de revistas que en Bogotá se reducen a ventas de periódicos, dulces y cigarrillos; veo en esos kioscos revistas con la imagen de la “diva” del momento que “lucha” con su “éxito” y al lado revistas dedicadas a la marihuana y un periódico anarquista… Recuerdo que hace algunas décadas, me cuentan, en estos kioscos se vendían ediciones muy económicas de obras de la literatura latinoamericana y argentina que superaron las expectativas de la editorial que impulsó la idea: la de la Universidad de Buenos Aires. Recuerdo también que, gracias a estos lugares, en gran parte, los porteños lograron tener una tasa de analfabetismo tan baja… 

En la noche y por una suerte de azar, me encuentro con una pareja que me lleva a La Recoleta. Tomo Quilmes toda la noche y a las 4 a.m. ya no puedo responder por mí; sólo quiero irme a dormir al hostal, después de escuchar en un bar de San Telmo un grupo cuyo teclista es el hermanastro de Dante Spinetta –eso dicen–, tratando de hacer un rock tipo Sui Generis. Cuando el grupo deja de tocar y han pasado más de dos horas, me sorprende darme cuenta de que sólo ha sonado rock argentino… Intento hacer el ejercicio con el rock colombiano… Las canciones de los grupos que me gustan me alcanzan para una hora y media. Me voy a dormir con las canciones de Los Visconti que pone el del turno en la recepción del hostal…

Por la calle, veo a Caparrós en un cartel de una película sobre un militante del Partido Obrero, asesinado durante una manifestación. En los corredores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA –que pueden ser los corredores de la Distrital, de la Nacional o de la Pedagógica–, no está Caparrós, sino Ferreyra, y los carteles que reclaman la verdad y la justicia sobre su muerte. En otro cartel, en una estación del “Subte” están D. Grandinetti y C. Roth; la película se llama Matrimonio. Pienso en la primera película que vi de Grandinetti: El lado oscuro del corazón; el cartel es la confirmación del tiempo que ha pasado… Y a pesar de las varias películas argentinas en cartelera, resulto entrando a ver Oblivion, en una sala de Palermo. La sala está llena y yo como algo parecido a pandebonos en miniatura con Fanta de naranja…


En La Recoleta, camino casi por entre un laberinto; veo la tumba de Sarmiento, pero no siento nada. Sigo caminando y ya no puedo mirar hacia los lados: temo seguir encontrándome con mausoleos medio derruidos, abandonados, con ataúdes semidestruidos, exhibiendo eso que somos cuando ya no somos nada conocido… Prefiero mirar los gatos y su paseo indiferente por las escaleras de mármol y las rejas oxidadas.

Cartografías cinematográfico-músico-literarias: Buenos Aires I



Todo comienza con una película que hoy me parece demasiado cursi y que, sin embargo, puedo ver de nuevo, sin sonrojarme o sentir vergüenza ajena. Una película de Subiela y tres poetas: Benedetti –sí, Benedetti–, Girondo y Gelman. A mis 16 años quería entender qué significaba volar con un hombre y si era verdad que el orgasmo era como una montaña rusa; a mis 16 años no entendía los chistes políticos ni quiénes eran los “milicos”; a mis 16 años no entendía qué significaba vivir en una “ciudad de pobres corazones”. No entendía y, sin embargo, un año después seguía caminando por las calles leyendo libros de poesía, mientras los carros pitaban y la gente miraba extrañada… Luego de la poesía, llegó el cuento, con Borges, en una fiesta de último año de colegio; mientras los demás bailaban salsa –yo también bailé–, alguien me hablaba de un Jesús que podía ser, al mismo tiempo, Judas; de un Judas, aún más admirable que Jesús… Ahí todo se vino al piso y nada volvió a ser como antes… Yo pasaba los domingos viendo la televisión, pero después de la fiesta y mientras estaba en la mecedora tratando de entretener ese domingo con Guardianes de la bahía, me di cuenta de que ya nada de lo que me mostraban ahí tenía sentido. ¿Qué iba a hacer? Entonces, apareció una novela de Cortázar y todo el mundo conocido terminó de derrumbarse. Años después, vendrían los cuentos de Arlt, más que sus novelas, y un nombre que aparece como un eco cada vez que un resquicio del pasado se quiere colar en el presente: Ester Primavera…

Algo cambió en mí con todo eso, para siempre. Había películas que no sólo eran terror, risa, acción o amor; había palabras capaces de cambiarnos por dentro…Todo ese mundo venía de una ciudad llamada Buenos Aires y ahí empieza el mito.


17 años después, Buenos Aires son un poco más de 18 horas en aeropuertos y aviones, y una escena que siempre había querido en mi vida: la del hombre esperando en la salida del aeropuerto con un cartelito que tiene mi nombre… El hombre es Marcelo y me habla durante todo el camino; empiezo a escuchar las palabras con las que imitamos a los bonaerenses y una, sobre todo, me encanta escucharla de él, de una sonoridad que no encuentro en ninguna otra: el orto… Marcelo acaba de dejar su trabajo y se siente algo desubicado; Marcelo me hace preguntas y yo hago un esfuerzo sobrehumano para contestarle más que monosílabos; el resultado es fruto de mi cansancio –quiero pensar– y Marcelo me dice que parezco argentino, tratando de explicar lo que no sé…

El panorama se repite en numerosas ciudades: personas en los semáforos tratando de ganarse una moneda limpiando parabrisas, personas durmiendo en los andenes; la escena se repetirá en las entradas y en los vagones del “subte” y aunque lo veo todo el tiempo en Bogotá, no puedo dejar de llegar a la habitación del hostal con pesadez y culpa, con la imagen del niño de la mano de su padre, tan cansado como él o más, sólo con ganas de llegar a una cama.

miércoles, 3 de abril de 2013

No, de Larraín:




Basada en una obra de teatro de A. Skármeta, No cuenta la historia de cómo los chilenos deslegitimaron la dictadura de Pinochet a través del plebiscito de 1988.

René Saavedra es un publicista que estuvo fuera de su país por ocho años y ahora trabaja en una importante firma publicitaria; convocado por uno de los principales políticos de los partidos (ya quisiéramos usar ese plural en Colombia...) de la oposición, René participa en el diseño de la campaña por el “no” de los chilenos a que Pinochet continúe en el poder.

Los opositores del régimen sólo quieren una campaña que recuerde las ignominias cometidas por éste, pero René piensa que los chilenos necesitan algo más: al lado de la denuncia de las injusticias y de la reconstrucción de la memoria colectiva, emerge algo quizá más importante: burlarse del miedo que ha carcomido la tranquilidad y la libertad, restaurar la confianza en un futuro que se puede cambiar y la alegría que produce pensarlo posible.

En formato televisivo ochentero, en colores ochenteros, en factura ochentera, la campaña del No saca provecho de todos los estereotipos publicitarios del momento (muchos vigentes hoy) para restaurar el tejido social. La ventaja de René es la del que se ha ido, se ha alejado y regresa para ver las situaciones desde otra perspectiva: quienes han vivido quince años de dictadura, conocen los desastres de la misma; la creatividad de la campaña no consiste en decir lo que ya se sabe, sino en evidenciar lo que es deseable y posible, sin hablar con el lenguaje de la oposición, sino con uno universal, que recuerda que todos son chilenos, sin importar de qué partido sean.

Se van los setenta y ya han llegado los ochenta a Latinoamérica: la cultura pop, el rock, el ideal de la juventud… Ante la incredulidad de la oposición, de la izquierda en todas sus variantes, y ante la soberbia del régimen oficial, la campaña encabezada por René busca congraciarse con el nuevo lenguaje de las masas. Ningún purista estaría de acuerdo con esto, pero hay que ver lo que pasa cuando alguien decide trabajar para devolverle a los personas la confianza para ejercer su ciudadanía.

Ver la campaña del Sí, recuerda el discurso más neoliberal posible, recuerda cómo tantas veces en Colombia se ha satanizado (y se sigue satanizando) el discurso de la izquierda (en todas sus variantes), a veces de la manera más ramplona posible (habría que sentir vergüenza ajena y propia por las palabras de Pinochet y sus “asesores”, así como por la de muchos “políticos” actuales y otros tantos “vecinos” míos) y, a veces, con la sofisticación que una campaña publicitaria puede permitir (cuando el objetivo no es devolver la confianza en la ciudadanía, sino borrarla de la memoria). Pinochet quería convencer a la gente que era mejor ser “propietario” que “proletario”; la campaña del No quería convencer a la gente que tenía derecho a la alegría. Parece tonto (por ejemplo, para quien piensa que dejarse moler a golpes en una protesta es la solución), banal, pero no lo es; tienen sentido las palabras cuando le hablan al ser humano, no al deber ser de un dogma.

¿Cómo montar esto en una obra de teatro?