domingo, 24 de agosto de 2008

CASINO chileno


No sé nada de ellos, sólo tengo un nombre: Casino. Resultan ser sólo una excusa para hablar de algo más. Mi humanismo buscado en los sonidos, en las imágenes, en las palabras; simulacros de vidas, de sensaciones que no son nuestras, pero que hacemos nuestras. Hay un lenguaje del cuerpo que es común a todos: lo comprendemos cuando nos indignamos ante el comportamiento de un personaje, cuando nos excitamos con una representación erótica, cuando lloramos con el dolor de una palabra, de una imagen, de un sonido, cuando nos emocionamos con la intensidad de una voz o la elación de un hombre, la dignidad de unas manos, cuando siempre, siempre, podemos mirarnos desde afuera y volver a ver eso que somos, hacemos y sentimos, o cuando podemos, simplemente, salir de aquí adentro y ver siempre, siempre, que la vida también está lejos, donde tal vez nunca iremos, al lado de quien tal vez nunca conoceremos o nunca volveremos a ver.

Hay quienes se alejan cuando sienten mucho y hay quienes se quedan... Vida más grande que estas palabras, vida que jamás se reduce. Imágenes, sonidos y palabras siempre abiertos, siempre más allá. Cuando estoy demasiado triste me tiendo en la cama y pienso en las personas que conozco o que apenas he visto, imagino sus acciones, sus pensamientos, sus sonrisas y su angustia y, entonces, la tristeza se expande, y luego se difumina; no soy yo sola, sino todos. Cada día de madrugada, cada día al anochecer... Tanta vida desbordándose, ser humanos, recorrer el mismo camino y sentir la necesidad impostergable de salirse de él sólo para reconciliarnos con lo que somos aquí y ahora, “y después”. Todos lo sabemos, todos lo podemos comprender; los juicios, las maledicencias, la anulación del otro, son sólo una resistencia a esta verdad, a esta experiencia, a la evidencia de una caricia o una ausencia.

Casino... Viene de Chile una densidad sentida hoy tan fuerte como siempre. Un diálogo íntimo con Zoé. Sonidos largos, largos, intensos, expandiéndose en la cabeza y en lo que no se piensa aún... Manías del cuerpo, nuevas filiaciones de la “caverna sensorial”... Todo lo que he sentido y lo que sentiré en la inmensidad de este espacio...

martes, 19 de agosto de 2008

Bel ami: "mediocre habilis"

Cuando leo novelas del siglo XIX entiendo mejor cómo ha cambiado la imagen del hombre y su posibilidad de “triunfar” en el mundo. Al hombre de las novelas contemporáneas le es cada día más difícil triunfar; a "Bel ami" todavía no.

Hay un ensayo de Gabriel Zaid que leí hace un tiempo y al que vuelvo cada vez que siento la tentación del “trepador”. Zaid expone allí cómo la mediocridad pasó de ser una cualidad positiva a una negativa, y luego se convirtió en tabú: nadie quiere saber de la mediocridad, porque nadie desea que le digan mediocre. La “justa medida”, el “justo medio”, dejó de ser una aspiración, pues lo que se impuso fue la tentación de ser el mejor, de conseguir el éxito de cualquier manera.

Allí está "Bel ami": el ex oficial que desea ser reconocido por la alta sociedad parisina y que para lograrlo se valdrá de sus encantos físicos, de su eficacia seductora con las mujeres. La sociedad del mediocre como tabú ensalza al negligente, al incompetente, al diestro en las manías trepadoras, arribistas, al lagarto que sabe cómo moverse, cómo hablar y, sobre todo, a quién hablar, al que mide sus amistades por las invitaciones que pueda ofrecerle, por los beneficios que pueda ofrecerle. En la sociedad de los “exitosos” desaparece el silencio, la honestidad, y se imponen los eufemismos y el frac.

Maupassant me hizo indignar (y admirarme) ante este personaje tan común desde hace más de un siglo, cuando la apariencia pasó a tomar el lugar del aprendizaje, del sentirse bien nadando y no solamente llegando a la meta…

miércoles, 6 de agosto de 2008

"Persépolis": "Me gusta ser mujer y odio a las histéricas" (aunque a veces...)

Llegué a ella de la mano de alguien que me ha dado el bello regalo de sus imágenes, sus sonidos, sus palabras, la musicalidad del hermoso francés...

Creo que siempre recordaré el rostro de Marji Satrapi en el aeropuerto de alguna ciudad europea: el rostro de la nostalgia y de las ilusiones perdidas, o bueno, casi perdidas, porque ahí está la figura de la abuela para hacer advenir la magia de los jazmines recién cortados, la magia de las palabras que se burlan de la trascendencia de nuestros más cotidianos y singulares sentimientos. Tal vez todos necesitemos una abuela como ella; tal vez no... Una voz que nos recuerde que el resentimiento, el rencor, sólo es el resultado de no aceptar una realidad, un error –como dijo otro alguien sabio y amoroso-, una voz que nos recuerde que los tropiezos, las “idioteces” de los otros, sólo son el resultado de su estulticia (de su propio mundo, simplemente), y que no pueden hacernos perder nuestra dignidad, nuestra integridad, porque siempre, siempre tenemos una alternativa... “Y sin embargo”...

Los directores no habrían podido escoger una estética mejor. La animación permite que lo más atroz sea parte de una memoria distanciada, que lo más “cursi” sea un contenido más de los años de aprendizaje (toda la vida), que la violencia y la opresión despierten el uso sagaz de la lengua y el refinamiento de todos los recursos.

Derecha e izquierda, oriente y occidente. ¿Dónde estaban los “revolucionarios” cuando Marji dormía en las calles de Viena?, ¿dónde estaba la "democracia" cuándo no tenía a dónde ir, cuando su mano tenía una mancha de sangre?, ¿dónde estaba la “revolución” cuando casi la mata una pena de amor? El hombre, sus guerras, sus conflictos; el hombre, su miseria, su soledad, sus fracasos... Marji sobrevivió a una guerra, a una “purga” del gobierno iraní, y casi la lleva a la muerte la infidelidad de un hombre... El amor cambia de rostros y algunas veces los idiotas somos nosotros...

Los tenis Adidas, Bruce Lee, el Dios de oriente, los sueños, los egoísmos y el orgullo de la niñez; Dios y Marx en un mismo cielo, los bárbaros en nuestro occidente “blanco”, la orfandad del extranjero, del exiliado, del inmigrante, del “provinciano”, el lento y brusco proceso de adaptación, la identidad que se resquebraja, el yo que casi desaparece, las voces que simplemente siguen su camino, la amargura, la venganza, la fuerza, la voluntad, “nuestra caverna sensorial” como un tesoro hallado, la ilusión; la voluntad impostergable de los días, la vida... Bellas imágenes-sonidos, tristes imágenes-sonidos, dones para mi memoria cinematográfica, para nuestra memoria vital.

domingo, 3 de agosto de 2008

"La gran Joda"

“Señora Aparacida Gomine, todo el mundo conoce su sufrimiento y su angustia. La prensa oral y escrita recuerda diariamente su drama: su marido, funcionario diplomático en el exterior, ha sido secuestrado y envuelto así en acontecimientos de índole política. Señora, no es usted la única que llora. Pero nadie habla de mi sufrimiento y de mi angustia. Yo lloro sola. No tengo sus posibilidades de hacerme oír, de decir a mi vez que “tengo el corazón destrozado y que quiero volver a ver a mi marido”. Su marido está vivo y bien tratado. Volverá a su lado. El mío murió en la tortura, asesinado por el Primer Ejército. Fue ejecutado sin proceso y sin sentencia. He reclamado su cadáver. Nadie me ha oído, ni siquiera la Comisión de Derechos de la Persona Humana. No sé lo que han hecho con él ni donde lo han arrojado. Se llamaba Mario Alves de Souza Vieira, periodista. Fue detenido por la policía del Primer Ejército el 16 de enero de este año, en Río de Janeiro. Lo llevaron al cuartel de la policía donde lo golpearon salvajemente toda la noche, lo empalaron con un bastón tallado en forma de sierra, le arrancaron la piel de todo el cuerpo con un cepillo de metal, porque se rehusaba a dar las informaciones exigidas por los torturadores del Primer Ejército y el DOPS. Los prisioneros llevados a la sala de torturas para que limpiaran el suelo cubierto de sangre y de excrementos, vieron a mi marido agonizando, la sangre que le brotaba por boca y nariz, desnudo en el suelo, ahogándose, pidiendo de beber. Entre risas, los militares torturadores no permitieron que se le prestara el más mínimo socorro. Ya sé, señora, que no está usted en condiciones de comprender mi sufrimiento, pues el dolor de cada uno es siempre mayor que el de los demás. Pero comprenda, espero, que las condiciones que llevaron al secuestro de su marido y a la tortura mortal del mío son siempre las mismas: que es importante darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella. Su desesperación y su sufrimiento demuestran que su marido era un buen jefe de familia, que usted deplora su ausencia y que su vida es muy importante. También Mario Alves fue un buen jefe de familia, también él me falta. Tenía una hija que adoraba; era inteligente, culto, bueno; jamás hirió personalmente a nadie. Murió por amor a los oprimidos, a las víctimas de la injusticia, a los que no tienen voz y no tienen esperanza. Luchó para que los inmensos recursos materiales y humanos de nuestra patria fueran empleados en beneficio de todos”.

Esta carta aparece en una novela publicada en 1973: Libro de Manuel, de Julio Cortázar.

Entre muchas otras cosas, en esta novela, Cortázar pone en conflicto la idea de la revolución. Esta palabra, que en Latinoamérica ha tenido tantos significados, tiene uno fundamental en la obra de este escritor: el individuo. Hay un hombre (Andrés Fava) que se pasea por parte de la obra cortazariana y que, en esta ocasión, camina por un jardín de senderos que lo obligan a bifurcarse, pero él se niega a hacerlo. Su “revuelta” no puede darse en un solo plano de la existencia; su “revuelta” es suya y de todos, pero sobre todo suya...

Hace once años llegó a mí un librito verde, que luego fue casi blanco-hueso (¿no habrá otra palabra para denominar este color?), y por culpa del cual (gracias al cual) no he podido parar de leer. Hoy el libro vuelve a ser blanco-hueso y vuelve a tener en su tapa un nombre accidentado entre Argentina y París... El libro verde llegó a mí como un regalo –como llegan los mejores libros (a veces regalos directos; otras indirectos, casi en contra de la voluntad)– y se convirtió en una compañía insistente que está sin estar, que está siempre, y también en una manía, en una idea testaruda que puede funcionar como un paraguas, como unas gafas nuevas para vivir el nuevo día que llega, tan pertinaz y la mayoría de las veces tan anónimo: no estamos obligados a aceptarlo tal y como llega, no tenemos que vivirlo como los “famas” o los “Vip” suponen; siempre habrá una posibilidad, por mínima que sea, de hacerlo nuestro, de hacerlo singular e infinitamente irrepetible... El amor, sobre todo, el amor, “y sin embargo”...

La revolución va por dentro, viene de adentro, cuando podemos decir no o sí, sin tener que renunciar a ningún sendero, cuando dejamos de pensar que nuestro dolor es mayor que el del otro, cuando no herimos personalmente a alguien, cuando podemos dejar atrás la mezquindad, los juicios, cuando ya no suponemos nada del otro, cuando nuestra ayuda no depende de cuán bien nos caiga el otro, o de cuánta competencia representa, cuando damos y cuando recibimos, cuando entregamos la posibilidad de la palabra como un don, cuando nos damos a nosotros mismos ese don, cuando un gesto, un tono, acaricia, comprende, ama...

miércoles, 16 de julio de 2008

Rebobinando, 1, 2, 3...

"La disposición espiritual que requiere
un novelista de su lector no es
solamente racional sino especialmente
emotiva. Y por el camino de la emoción
llegamos al reino de lo memorable,
que es el reino de la literatura".

"Le preguntan a Luder por qué rompió
con una amiga a la que adoraba.
-Porque no tenía ningún contacto con su

pasado. Vivía constantemente proyectada
en el tiempo por venir. Las personas
incapaces de recordar son incapaces de
amar".
Julio Ramón Ribeyro.

A veces –muchas– llego tarde a libros, a discos y a películas... Esta es una de ellas. La primera vez pude llegar hasta la 88, y luego tal vez salté a la 101, para concluir que no, todavía no, y que tal vez no habría próxima vez... Tal vez alguien preguntó, tal vez nadie lo hizo... Cuatro años después volvió a mí, en una versión “remix”, por cinco mil pesos, en un “agáchese” del centro de la ciudad... Y tampoco; tal vez hasta la 50...

Creo que fue Borges el que dijo que cada libro nos llega en el momento preciso –o algo así–; hay otra frase popular que dice que la tercera es la vencida... En este caso, todo lo anterior resulta cierto. Por favor, rebobinar, de Alberto Fuguet, llegó en un momento en el que podía disfrutarla, en el que podía conmocionarme. Hacía varios días una lectura no me producía tanto placer como esta –tanto rebobinado, como esta– y eso es algo que un lector aprecia mucho. Todos los comentarios que había escuchado sobre la novela resultaron ciertos y un poco más; tal vez una verdad obvia, pero que ahora me resulta necesaria, rebobinada: Fuguet me sorprende, como me sorprende en cualquier escritor cómo conoce, cómo observa, cómo sabe de lo humano, cómo expresa aquello de lo que casi nunca hablamos, de lo que permanece implícito, de lo que casi siempre evitamos, no sé si por vergüenza ajena o por hacernos –o ser o querer ser– "maduros", "seguros"...

“Lo que no se olvida así como así son los miedos y dudas que se apoderan de uno. Como, por ejemplo, darle la razón al enemigo. Desconfiar de uno mismo. Odiarse. Y, lo que es absolutamente letal, creer que todo el resto de la humanidad son traidores potenciales”...

“Esta cinta va a estar dedicada a todos aquellos totalmente ahogados en el vaso de agua de la desesperación, de la falta de ganas. Es sobre esa época horrible cuando uno duda de todo, sobre todo de uno mismo. Cuando no te quieres y nadie te quiere y no te perdonas quién sabe qué. Ya sé: no te perdonas haber sacado tu propia voz y haber decepcionado a los tuyos. No te perdonas ser menos de lo que esperabas ser”...

Esa “época horrible” no sé si haya pasado, no sé si ya sea un “adulto contemporáneo”. Lo más seguro es que no. La tranquilidad, la seguridad, y la confianza en uno mismo, es un futuro al que no es muy claro cómo llegar o al que tal vez sólo se llega por intermitencias, con un ritmo que sólo puede ser un regalo para sí mismo. Si uno rebobina, pueden decirle nostálgico o quedarse pegado al pasado como un lastre de culpas. Los personajes de Fuguet lo evitan; nuestra generación también. Por favor, rebobinar es claramente la voz de esa generación que sólo rebobina en la intimidad para no sentirse sola, y que para descanso de sus amigos tiene un analista llamado Max que ayuda a oprimir el botón...

Rebobinar para reanudar... Escribir es rebobinar -el tiempo de la escritura es un paréntesis en medio del play-; rebobinar es un poco también poder amar y, en uno de los universos cinematográficos de Fuguet, al último que lo intenta, sin conseguirlo del todo, se lo están comiendo "Las hormigas asesinas", como en Cien años de soledad -y tal vez estas palabras le incomoden un poco a Fuguet-. En García Márquez, las estirpes están condenadas a la soledad; en Fuguet, esa generación MTV está condenada a no poder amar -a menos que se transforme en "adulto-joven" (¿?)-, a no poder expresarse, a huir de rebobinar.

A diez años de la publicación de Por favor, rebobinar, estamos en la época del DVD y el MP4: siempre play, nunca más rebobinar.

lunes, 7 de julio de 2008

La “República de las Letras”:


En 1955 el Premio Nobel de Literatura fue concedido a Halldór Laxness (Islandia). Yo ni siquiera sabía que existía un escritor con este nombre... Ese mismo año, Jean-Paul Sartre y Thornton Wilder postularon al escritor antioqueño Fernando González para el premio entregado por la Real Academia Sueca de Ciencias. Este escritor, nacido en Envigado, fue el primer candidato colombiano al Nobel de Literatura...

Adivinen qué hizo la Academia Colombiana de la Lengua cuando los suecos solicitaron su opinión sobre la postulación de González... Los colombianos dijeron que este escritor carecía de los méritos necesarios para aspirar al excelso galardón. “Presidida por el padre Félix Restrepo, la Academia de la Lengua fue aún más lejos: sugirió el nombre de Ramón Menéndez Pidal”...

miércoles, 18 de junio de 2008

El factor Solano: “La pesca está salá”


En el 2005, Mauricio Becerra presenta esta novela con olor a salitre, a sal que lo oxida todo. Arturo Solano carga sobre sí, como una condena, el factor Solano, una fórmula verbal fatalista que signa su existencia, que inevitablemente convertirá la búsqueda de su paraíso en un infierno.

J y Solano son dos personajes que buscan en el mar la solución a su malestar. En Primero estaba el mar (1983), Tomás González le da a J la visión del mar como un útero al que su personaje regresará como en un remoto e intemporal comienzo de la vida. La muerte como un origen, el espacio impreciso donde todo es posible de nuevo o en donde nada es necesariamente posible... En El factor Solano, Becerra le da a su personaje una imagen, un paraíso anhelado al que jamás arribará.

El lector sólo puede sentir impotencia. ¿Qué haríamos si un día nos dijeran que nos quedaremos totalmente ciegos en algunos meses? Solano decide darle la espalda a su vida tal como la conocía, decirle adiós a su trabajo como editor, a su madre como fuente de culpas hiperbolizadas; decirle sí a su hijo, un joven extrañamente desconocido, decirle sí a otra manera de grabar en su memoria las formas del mundo. Pero hay hambre, vasijas vacías, dinámicas que Solano desconoce; “la pesca está salá” y hay que conseguir algo qué comer. La miseria corrompe los rostros, empieza a corroer desde adentro y emergen las formas del resentimiento. Solano solamente espera y luego desespera...

Duele ver a un padre mintiendo a su hijo para convencerlo de que pasen algún tiempo juntos, duele ver a un hijo golpeando a su padre, duele ver a una madre pensando en la inutilidad de su vida y en la soledad de sus hijos, duele ver a una madre que, pese a esto, no renuncia a su rígida manera de sentarse a la mesa y compartir una comida con su familia que luego irá a parar a la basura. Duele ver los documentos que se extravían a la vista de todos los que hacen “justicia”. Duele ver a un hombre ciego luchando contra nada, contra la tormenta estival, contra la soledad y el olvido de quienes ya no lo visitan. Duele ver las luces apareciendo poco a poco en la ciudad que se extiende más allá de la ventana y que Solano ya no puede ver.

Lejos de casa, lejos de lo rutinariamente conocido, el deseo se alza como el territorio de toda esperanza. ¿Dónde está la voz de la certeza?, “¿qué vilezas viven debajo de nuestras buenas intenciones?”. El corazón del hombre viaja entre brumas, entre una sustancia neblinosa como la ceguera de Borges o la de Arturo Solano. Si la ceguera es otra manera de ver, ¿qué figuras dibujan el fracaso de un hombre, la pérdida de su brújula, su bitácora sin viajes posibles?

domingo, 8 de junio de 2008

Pat-agonía: Los suicidas del fin del mundo

A veces me pregunto qué habría sucedido si mi familia hubiera decidido que nos quedaríamos a vivir en Fusagasugá, en Silvania, en Quimbaya, en Chinchiná, en Buenaventura o en Arauca... Pero mi papá siguió su trasegar, pero luego llegamos a Cali y después yo llegué a Bogotá... Pasé más de un año en Armenia (una ciudad intermedia) y el tedio fue un síntoma constante, pero había Internet, algunos libros y revistas, un cuarto propio, una casa cálida y algunos viajes (pocos y a veces tristes, pero posibilidades al fin) a la “gran ciudad”... En Las Heras no hay ni siquiera esto; no hay nada. La palabra futuro es un lugar sin conjugaciones verbales posibles. Al sur, siempre más allá de Caminito, del obelisco, de la Casa Rosada, del River, del Boca, de Boedo, de Florida, de El Cacerolazo, de los chorizos, del churrasco, existe un pueblo que hace poco empezó a aparecer en el mapa argentino, un pueblo patagónico, una enfermedad agónica, un síntoma del olvido, de la indiferencia y de un desarrollo “nacional” siempre lleno de baches.

Cuando era niña, la gente a mi alrededor nombraba la Patagonia –y la Cochinchina– como un lugar demasiado lejano, el fin del mundo, un lugar infantil, mítico y amenazante que en realidad no quería que existiera, que en realidad no podía existir... En medio del desierto, de inviernos atroces y vientos interminables, cientos de hombres trabajan extrayendo petróleo, decenas de mujeres trabajan en lugares oscuros, moviendo con desgano sus cuerpos al ritmo de una cumbia, cientos de familias resuelven sus conflictos como mejor pueden o simplemente como pueden, con las soluciones que aprendieron de otros o sencillamente las que tienen más a mano...

“En la Patagonia la agresión natural del paisaje y la soledad histórica aumentan la posibilidad de malestar, generando este tipo de salidas. Esto se repite en otros pueblos con falta de arraigo, falta de calidad en las relaciones. Aparece todo lo erótico agresivo y empiezan a darse relaciones cruzadas, sin lugar a oxigenarse. En lugares grandes como Buenos Aires, una persona cambia de grupo, de lugar y renueva su historia, ensaya conductas nuevas. En esos pueblos la persona queda reverberando siempre en el mismo circuito, y encima con un alto nivel de prejuicio y de incomunicación en las familias. Cuando en una comunidad como Las Heras los suicidios aumentan de forma tan alarmante, quiere decir que algo anda mal en el sistema. Y esta urbanopatía tiene como síntoma principal la pérdida del impulso vital. Es un sistema jodido que te deja expuesto, sin posibilidad de sostén. Hay un vacío, un dolor, y no hay sentido. La gente no es de ahí, de esa tierra. Muchos vienen de otros sitios, y se habla del síndrome de la valija: la valija lista atrás de la puerta, para irse. [...] En una estructura donde están todos sostenidos muy frágilmente y en una situación social con alta desocupación, se genera silencio, frialdad, reclamo de atención a través de conductas autoagresivas muy fuertes”.

Dice Leila Guerriero que, en realidad, las respuestas a estas muertes no están entre los vivos; quizá tampoco entre los muertos. El suicidio, como tantas otras cosas, se “empeña en no tener respuestas”. Dice Leila: “Me pregunté, con cierta ira, cómo era vivir en un lugar donde la vida del otro ocupa tanto tiempo. Donde el guión de los demás se come tanta parte del propio guión”. A veces no hace falta vivir en un lugar como el desierto para estar insistentemente dentro de los guiones de los otros o para sentir el malestar o el desarraigo; en Las Heras, esta situación termina haciendo parte de tantas teorías para explicar las decenas de suicidios que se presentaron antes y después del fin del milenio. Creo que todos hemos vivido alguna vez dentro de esa pérdida del impulso vital, creo que todos tenemos formas singulares de hacer el duelo por esa pérdida, otras valijas... En un mundo donde el sentimiento de exclusión, de rechazo, signa la inserción social de todos, hace falta quien hable de los que deciden autoexcluirse, sobre todo, cuando las noticias oficiales (como en la Alemania Oriental) insisten –o desisten– en ignorarlos.

“Miráme esta belleza”:

A él lo encontré en mi adolescencia, detrás de un cuerpo, una nariz y una voz descomunal, que despertaron -y despiertan- mis más prístinas sensaciones... Gérard Depardieu ama especialmente estas palabras, según cuenta alguien muy cercano a sus vivencias:

“Todos los hombres son mentirosos, inconstantes, falsos, bastardos, hipócritas, orgullosos y cobardes, despreciables y sensuales: todas las mujeres son pérfidas, artificiosas, vanidosas, curiosas y depravadas: el mundo entero no es más que una cloaca sin fondo donde rampan las focas más informes y se revuelcan en montañas de fango; pero hay en el mundo una cosa santa y sublime, es la unión de dos de estos seres tan imperfectos y tan repugnantes. No pocas veces a uno lo engañan, lo hieren y lo hacen desdichado en el amor, pero se ama, y cuando se llega al borde de la tumba, uno se vuelve a mirar atrás y se dice: He sufrido no pocas veces, me he engañado algunas otras, pero he amado. Yo soy quien ha vencido y no un ser inventado por mi orgullo y mi aburrimiento”.

(Musset, On badine pas avec l’amour).

lunes, 2 de junio de 2008

Semblanza de una vida entregada a sí misma: Marguerite Duras

De padres franceses, Marguerite Duras (1914-1996) nace en Saigón (hoy Ho Chi Minh), Cochinchina (Indochina francesa: Vietnam del Sur-Camboya), y se traslada a París a los dieciséis años. Duras se siente separada de esa sociedad blanca a la que se refiere como “ratería colonialista”: “Éramos más vietnamitas que franceses”. De su llegada a París recuerda: “Cuando llegué a Francia había que abrazarse, preguntarse cómo andaban, todo ese circo; a mí no me salía”. Duras se siente extraña en un lugar donde habita el tipo de personas que llevó a su familia a la quiebra, que engañó a su madre con la compra de unos terrenos que el mar se iba tragando poco a poco.

De la vida familiar, Duras dice: “En una familia, cuando las relaciones son buenas, amigables, encantadoras, es porque la naturaleza fue soslayada. La vocación natural es una vocación animal, espantosa. Vivir juntos no es un destino común”; Duras expresa su negativa a ser dependiente-obediente a los condicionamientos sociales, a las instituciones sociales –en este caso, la familia–. En un primer momento, Marguerite siente “pena por haber sido tan reglamentaria, por no haber estado nunca contenta. Pena de una concesión al conformismo, pena de dejar delimitar en sí la parte donde se afila la personalidad que, poco a poco, es consolidada por la práctica de la escritura hasta hacerle recuperar su impetuosidad natural” (Duras); la manera en la puede resolver este bloqueo es lo que le permite dar una forma: escribir. Duras rechaza la nominación tradicional, “ella no quiere más que aullar su espanto” (Duras), hablar desde el dolor, desde el malestar del hombre contemporáneo (las guerras, el capitalismo salvaje, el espacio psíquico horadado), resucitar las angustias que quiere borrar el “hermoso” presente de entretenimiento televisado, pero también decir la perseverancia de sobrevivir (aunque mostrando la grieta).

En El camión, Duras escribe: “Todo lo que hay que hacer es intentar cosas, aunque estén hechas para fracasar. Aunque fracasadas, son las únicas que hacen avanzar el espíritu revolucionario”. Duras realiza estudios de Derecho y Ciencias Políticas, desarrolla actividades en la Resistencia durante la II Guerra Mundial, lucha contra la Guerra de Argelia y se adhiere al Partido Comunista en calidad de secretaria para “romper con el viejo mundo” (Duras). Marguerite es excluida del partido, y en mayo de 1968 redacta un texto político que es rechazado por el Comité de estudiantes-escritores; a lo largo de su vida sostendrá varias polémicas con feministas: “Una feminista es alguien de quien uno debe escapar. No es un buen medio si se quieren cambiar las cosas” (Duras). A pesar de las acciones que lleva a cabo para hacer avanzar “el espíritu revolucionario”, Duras se percata del reduccionismo al que la puede llevar ese tipo de acciones, lo que la conduce a expresar su desacuerdo con las feministas y su ira contra el comunismo, una práctica social que ahoga la creación literaria y artística, debido a su simplificación y a su “rigidez cadavérica” –que compara con la del freudismo–, y que, según ella, conduce a la “muerte del deseo”.


Duras quiere un izquierdismo desprovisto de discurso teórico, un espíritu revolucionario sin las trabas de los dogmas (“También existe un racismo para con los ricos”, afirma Duras), un feminismo que no se centre en las diferencias entre el hombre y la mujer: “Creo que esa energía que tienen era común a los hombres y a las mujeres antes y que fue a partir de la corrupción progresiva del hombre como ellas la perdieron. No es energía masculina ni femenina” (Duras). Duras elige la escritura: “Escribir es la mejor opción política” (Duras); la escritura es el espacio privilegiado del deseo, de la intimidad, del antimaniqueísmo. El cuerpo como espacio del deseo se convierte en la forma de Duras, aquella que permite “abrir la Ley y dejarla abierta para que algo entre y perturbe el juego habitual de la libertad. Habría que abrir también a lo impío, a lo prohibido, para que lo desconocido de las cosas entre y se muestre” (Duras). “Digo lo experimentado por todos, aunque no sepamos vivirlo”, dice Duras; lo experimentado por todos como malestar, la inadecuación del cuerpo ante esta situación. Escribir el cuerpo desde el deseo es decir su inadecuación.


La literatura de Duras es una literatura no conforme, no convencional, no buscadora del lenguaje “correcto”; la literatura de Duras no es literatura de entretenimiento, sino de silencios, de huecos, de oscuridades, de lo que hay en el espacio psíquico del sujeto que habla desde su propio duelo, desde su propia pérdida, y que la asume en su discurso, la desnuda, la des-anuda y prepara la reestructuración de la intimidad. Duras vincula en su escritura un sujeto no unitario, un sujeto “a la deriva”, “ser cuyo revés herido ella devela”. Este sujeto es expuesto en una total desnudez que no concilia con la desnudez
show, la desnudez que muestra para entretener, sino con aquella que también tiene la facultad de distanciarse de sí misma y ver sus dinámicas lejos de todo idealismo o banalización.