viernes, 21 de febrero de 2014

Dallas Buyer Club:




La mayoría de los de mi generación, nos hemos visto enfrentados al terror que produce practicarse el examen del VIH, pero también la mayoría de nosotros –de aquellos que conozco–, hemos sentido el alivio de saber que, a pesar de los riesgos que se corrieron, a pesar de la ingenuidad, de la ignorancia, esta –esa– vez no pasó nada más de lo que nuestras emociones perdieron o ganaron.

El protagonista de esta película recibe un positivo en su examen y, por supuesto, su vida cambia, recorre la distancia de pasar los días como si la muerte pudiera llegar en cualquier momento y la vida tuviera que vivirse sin consecuencias (sexo, cocaína, whiskey en cantidades), como una implícita autodestrucción, a saber con más exactitud que cualquier otro ser sobre la tierra cuántos días quedan de estar vivo. Corre el primer lustro de la década de los 80.

Ron y Rayon se conocen en estas circunstancias y su amistad –como tantas otras– va de la extrañeza y el prejuicio (más de Ron), ante alguien que elige un camino distinto, a la comprensión y el afecto. Un vaquero con SIDA, en un momento –y aún ahora– en el que esa enfermedad se asociaba con el homosexualismo, un momento en el que el desconocimiento y la desinformación abundaban –aunque ahora también–, un momento en el que el SIDA se cubría en las familias con la palabra “cáncer” para que no se levantaran “sospechas”, para cuidarse un poco de las habladurías, de la discriminación.

Ron tiene el negocio, pero Rayon tiene los clientes. Socios obligados, abren una pequeña empresa que compite contra las enormes y poderosas farmacéuticas y, al mismo tiempo, intenta darle una mayor esperanza de vida a quienes han sido diagnosticados con SIDA. Más allá de la frontera, al sur de Dallas, en México, está el lugar donde un médico sin licencia busca, por y con sus propios medios, una medicina que les ayude a los enfermos a tener una mayor calidad de vida. En Estados Unidos, en cambio, las farmacéuticas buscan hacer legal un medicamento costoso y tóxico para estos mismos enfermos, y algunos médicos callan frente al gran negocio que se va tejiendo frente a ellos.


Ron asume su nuevo comienzo, Ron es capaz de decirle adiós a su antigua vida y empezar una en la que los riesgos ya no son un impedimento que tome más de dos segundos (lo que toma encontrar algo de dinero, poner en marcha un automóvil, hacer una llamada). Me encantan estos personajes –estas personas– que tienen la valentía de dejar de ser quienes pensaron que eran para asumirse de una manera distinta. Ojalá nunca se necesitara tener a la muerte tan cerca para atreverse a dar el paso, para atreverse a construir nuestras vidas, para intentarlo.

jueves, 30 de enero de 2014

El lobo de Wall Street




La película que más quiero de Scorsese es La edad de la inocencia, basada en la gran novela del mismo título de Edith Wharton. Sin embargo, es imposible no darse cuenta de la calidad de sus otras películas, tanto las clásicas (Taxi driver, Toro salvaje), como las más contemporáneas (Buenos muchachos, Casino). A Scorsese le había querido perder la pista desde mi desencuentro con Pandillas de Nueva York, pero, después de ver a Dicaprio en El gran Gatsby, no pude detener la curiosidad de ver El lobo de Wall Street.

Esta película no tiene un argumento muy atractivo o no más de lo que lo pueden ser –para mí– los avatares vividos por los corredores de bolsa de Wall Street. Aquí lo importante es la manera en la que se cuenta ese argumento (la técnica de Scorsese) y la fuerza de la actuación del personaje principal (Dicaprio). Lo importante, entonces, es el punto de vista (ni drama ni comedia, pero con mucho de esta última) desde donde se cuenta la historia (inspirada en un libro escrito por el protagonista real de esa historia: Jordan Belfort).

Jordan es un hombre que, básicamente, se ha trazado, como única misión en la vida, ser rico, tener muchísimo dinero, más del que se le ocurre gastar, y esto es lo que más me gusta de esta película: tanto dinero se vuelve vacío cuando ni la misma imaginación da para saber en qué más gastarlo. Exceso de drogas, de alcohol, de sexo, de dólares. Salgo hastiada –y  no sé si habrá sido la intención de Scorsese o del escritor del libro o si será una especie leve de mi particular moralismo– de esas imágenes que pierden su sentido: dar placer, hacer olvidar de la “vida real” a quienes recurren a ellas y a las sensaciones que producen. Parece que sobrevivir y triunfar en Wall Street sólo se puede lograr gracias a las drogas, las prostitutas, el alcohol y el dinero que hace posible tenerlos al alcance de la mano. 

Después de un enorme fracaso, tras los altibajos constantes de la bolsa, Jordan decide montar su propia empresa de comisionistas y, a diferencia de otros negocios, en donde el cliente siempre tiene la razón, Jordan y sus asociados pasarán por encima de quien sea para conseguir todo el dinero que quieren (y también el que no). El cliente se convierte en un estúpido a quien, con algunas estrategias de “psicología” de ventas, se puede hacer comprar cualquier cosa (¿nos suena familiar?).

Las estafas de un corredor de bolsa no están tan lejos de las de cualquier motivational speaker, pero mientras el corredor hace una apuesta no 100% segura, el que juega con las inseguridades de las personas (como muchos “pastores” de ciertas iglesias) siempre lleva las de ganar (aún con las autoridades); ambos se aprovechan del llamado “sueño americano” y explotan ese deseo en los más incautos.


Aquí la vida sigue siendo un “concurso de belleza” (tan bien descrito y criticado por esa bella película Miss Little Sunshine o por American psycho o por Belleza americana o por Réquiem por un sueño), una competencia que jamás termina. 

sábado, 4 de enero de 2014

Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (IV)



Nuestro viaje se completa yendo a cuatro playas: Jauá, Guarajuba, Arembepe y Praia de Forte. El mar azul y la arena suave y morena, el sol sin nubes, la cerveza que pasa por la garganta sin sentir el sabor excesivamente amargo de la mayoría de cervezas colombianas. Entonces, tomamos sin parar, mientras veo desfilar todos los cuerpos masculinos enfundados en sungas que, en Colombia, pasarían por ropa de baño “gay”; mi traje de baño me delata como turista, en la tierra de los bikinis y los hilos dentales… Sentados todo el día alrededor de una mesa y un parasol, compartimos chistes, anécdotas e intercambiamos información de colombianos en Brasil y brasileros en Colombia. J. habla de la franqueza de los brasileros y de la reticencia de los colombianos a decir lo que realmente piensan (por tacto, decimos nosotros, por consideración por el otro; por falta de entrenamiento en aquello de ser directos y claros, sin necesidad de herir al otro, pienso yo). Por momentos, vamos al mar, por momentos caminamos por su orilla mientras el sol se oculta detrás de las palmeras.
  
De camino al bar, vemos gitanos y gatos en las calles… Al llegar al bar, vemos hombres que coquetean con otros hombres y mujeres que bailan con otras mujeres, y hombres que besan a mujeres, y niños que, sentados junto a sus padres o corriendo por entre las mesas, también disfrutan de la música del grupo de samba que ya va terminando su presentación de hoy… Nosotros abrazamos nuestra “jirafa” de cerveza y L. me enseña un paso de samba bahiana; comemos buñuelos de pollo con papas fritas…

En casa de D. se preparan tres fiestas: dos cumpleaños y la Navidad. J. se burla de la forma en que los colombianos cantamos el “Feliz cumpleaños”; mientras nosotros hicimos una traducción de la versión norteamericana, los brasileros cantan una forma “original” –dice él–. Nosotros tratamos de aprenderla para darle a sorpresa a D., pero no lo conseguimos. Lo que sí conseguimos es disfrutar de los ponqués, los fríjoles, la harina de yuca, las carnes, las ensaladas, el arroz, la sangría, cerveza y más cerveza para celebrar estos parabéns. Yo me quedo pensando en que me gustaría un cumpleaños a lo bahiano: no esperar a que alguien me celebre, sino yo mismo celebrarme mi vida, mi llegada a este mundo; preparar para mí y para aquellos que quiero una feijoada con mucha carne y cerveza...

En su programa en la televisión local, G. envía saludos para los colombianos hospedados en la casa de su hermana; A. y yo alcanzamos a escuchar nuestros nombres y luego una cadena de sonidos acompañados de imágenes de fútbol. Somos famosos en la televisión de Camaçari, somos famosos y bienvenidos en la casa de C. y D. Como buenos colombianos del interior, nos sentimos, “apenados” y nos parece poco lo que ofrecemos para compensar, de algún modo, todo lo que nos han dado, toda la alegría, el cariño y los cuidados para estas vacaciones a la brasilera.


¿Qué son las vacaciones sino una forma –la más superficial de todas, pero una, al fin– de dejar de definirnos por lo que hacemos y pensar más en lo que somos? Paso más de una semana sin revisar el correo electrónico, sin ver las publicaciones del Facebook, sin hablar con nadie por celular, sin pensar en los papeles que me definen en mi cotidianidad bogotana, sin pensar en que valgo por lo que hago, por lo que produzco; sólo estoy yo, lo que soy y lo que construimos entre compañeros de viaje.



Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (III)



Llegamos al Pelourinho, al centro histórico de la ciudad, donde podemos ver la arquitectura que dejaron los portugueses y parte de la vida cultural de esta enorme ciudad, rodeada por el mar. Quedo gratamente sorprendida con dos lugares: una plaza en donde cada sábado hay toques en vivo de grupos de samba, y el Cravinho, un lugar en donde podemos degustar todos los licores hechos con la famosa cachaza brasilera. Lo que más me gusta es que el grupo no toca para los turistas o no sólo para ellos, sino que los músicos, sentados alrededor de una mesa rectangular, interpretan sus instrumentos y son los bahianos a quienes veo cantando las canciones y bailando, tomando cerveza y cachaza en todas sus formas. El domingo, volvemos a pasar por allí y vemos una presentación de capoeira. D. y A. me explican que no hay forma de desligar sus tres funciones: juego, baile y combate. Los esclavos (con cuchillos en sus pies) ensayaban sus movimientos de combate para enfrentar a los blancos, quienes pensaban que ellos sólo estaban divirtiéndose en esa especie de juego y danza. El hombre que recoge el dinero de los turistas en un sombrero, me empuja al centro de la plaza y me pone en medio de dos negros enormes que hacen poses junto a mí, mientras más allá, alguien ha tomado mi cámara y dispara…



 

Frente a una iglesia vemos una cruz gigante. D. nos explica que antes, allí estaba un poste del que ataban a los esclavos para azotarlos… Más abajo está la iglesia a la que podían ir los negros y, más allá, una iglesia en la que podemos pedir un novio o una novia… Hemos comido moqueca de pescado, pititinga, acarajé, sabores que tienen música… Hemos visitado la Iglesia del Señor de Bonfim y hemos pedido nuestros tres deseos; hemos caminado por el malecón, comiendo helados de coco, guayaba y piña; hemos visitado la casa de Yemanjá, la señora de estos mares; hemos ido al Faro y, al igual que la policía, hemos dejado tranquilas a las parejas que sólo quieren estar solas, de cara al mar, detrás de la vieja construcción. Escuchamos las historias de D. y J. sobre el carnaval, sobre las treinta bocas que han besado en un solo día, sobre el dolor de amígdalas y la gripa del día siguiente, sobre el calor del cuerpo que baila todo el día, sobre la cerveza que no se agota…


Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (II)



Tomamos el bus a dos cuadras de la casa de D. y empiezo a escuchar los diversos ritmos derivados de la samba que escucharemos en todo el viaje. La única canción que escucho en otro idioma (inglés) en todos esos días de viaje es una de Daft Punk (infaltable en el 2013: “Get lucky”), saliendo del equipo de sonido de un restaurante-bar en una zona del centro histórico de Salvador, hecha especialmente para los turistas. D. y J. nos mencionan decenas de grupos y cantantes brasileros, cantarán y tararearán canciones que nosotros desconocemos. Les hablamos de una canción que se escuchó mucho en Colombia y tal vez en todo el continente, pero ellos dicen que no les gusta porque el cantante se la plagió de un grupo musical de Bahía (yo recordaré el “bom [chi] bom [chi] bom bom bom” y A. pide que le pongan “La lambada”…).

Nuestro primer encuentro con Salvador tiene el encanto del candomblé, de la santería y los dioses orishas. Después de pasar por uno de los estadios construidos para el Mundial de Fútbol y de probar nuestro primer plato bahiano, caminamos alrededor de las representaciones de los dioses orishas: a lo lejos, sobre una de las riberas del Dique de Tororó, los del agua; en la otra orilla, los de la tierra y las ofrendas que les dejan los creyentes bajo los árboles, con las que nos toparemos en muchos de nuestros recorridos: champaña, cerveza, rosas, yuca, frutas, tabaco. D. nos cuenta la historia de cada uno de los orishas y me sorprende su cercanía con otras leyendas de dioses occidentales.


Nosotros somos los “blancos” –colombianos, del interior– (incoloros, insaboros, inodoros) en medio de todo este mundo mezcla de portugueses, africanos e indígenas. Los cuerpos de grandes caderas, de amplios pechos, de largas y firmes piernas, de ojos grandes, desfilan delante de nosotros. Pienso en los negros del Pacífico y del Atlántico colombianos, pero la fisonomía de los bahianos es distinta; distinto su color de piel, distinto su tono de voz, distintos sus rasgos faciales. Otra parte de ese universo negro que tanto admiro y al que tan cercana me siento, en tantos aspectos.



Cartografías literarias: Bahía (Salvador, Camaçari, Jauá, Guarajuba, Arembepe), Brasil (I)



De Brasil: Machado de Assis, Fonseca, Lispector, Ribeiro y Amado (y también Coelho); un intento feliz de aprender samba carioca; una rubia de ojos azules que a mis doce años cantaba canciones para los “bajitos” con un acento extraño; Ciudad de dios y la visión de las “favelas”; canciones que escuchaba, sorprendida por su armonía, en las voces de Chico Buarque y Caetano Veloso… Eso o un poco menos de eso: referencias que eran el tema de moda o el estereotipo exotista de un país que por su inmensidad es también diverso, difícil de definir solamente en esos estereotipos.

Llegamos a San Pablo y nos sentimos en un aeropuerto de los 80, en el antiguo Dorado, en una terminal de autobuses; las maletas se amontonan en una vuelta de la cinta y alguno de nosotros se arriesga a ordenar lo que ya parece ser un caos de equipajes… Corremos por el aeropuerto atestado de personas haciendo largas filas con niños y con demasiado equipaje (¿cómo será cuando empiece la Copa do Mundo?). Nuestro primer encuentro con el portugués es un conjunto de sonidos que intentan explicarnos dónde está nuestra terminal, pero que no logramos entender al primer intento. De ahí en adelante, nuestra conclusión será que el portugués y el español sólo son parecidos en los documentales para turistas o en los textos escritos...

Llegar a una casa que no es la nuestra siempre causa cierta nerviosidad, incertidumbre, y esta no es la excepción, pero el primer contacto con quienes serán nuestra familia adoptiva por diez días en Bahía no puede ser mejor: en la pared, hay un cartel que nos da la bienvenida y unos globos blancos que apaciguan nuestro cansancio por el viaje de todo el día.


Al día siguiente, me encuentro temprano con el sabor tan distinto del café brasilero y desde ese momento extraño el colombiano. Mi paladar no extraña la comida, pero sí esa bebida caliente infaltable ya para mí, a diario. Hay pastel para desayunar, pero –poco arriesgados aún– elegimos el pan. La familia de D. nos hace sentir como en nuestra propia casa y, como colombianos del interior que somos (un poco incrédulos, un poco timoratos), nos intimida y sorprende su cordialidad, su generosidad, toda la atención que nos prestan (hasta I., quien se molesta porque no nos entiende ni nosotros a él y trae su Google traductor como último recurso…). La casa siempre estará llena de los sonidos de todas las personas que la habitan o que pasan por ella a lo largo del día, llena de sus diálogos y, sobre todo, de sus risas. Cuando abro los ojos, lo primero que escucho es una voz llena de sonidos nasales y una cadencia que para los latinoamericanos es tan familiar y, a la vez, tan admirada; muchas veces, la voz es una sobreposición de voces, de presencias a las que les encanta estar juntas, hablar al mismo tiempo, sin tener que pedir a nadie permiso para hacerlo.  

jueves, 21 de noviembre de 2013

El mayordomo:




De los campos de algodón en el sur de los Estados Unidos a la Casa Blanca, en Washington, Cecil aprende a moverse por el mundo que han creado los blancos, gracias a sus dos caras. Lo que debe parecer: un sirviente a quien le agrada trabajar para los blancos y se siente agradecido con ellos; lo que es: un negro a quien le gusta hacer bien su trabajo y estar con su familia y, sobre todo, con su esposa.

La vida de Cecil ilustra las palabras de Martin Luther King cuando le explica a Louis (hijo de Cecil) que los sirvientes negros, a su modo, también contribuyeron a hacer una revolución social, pues ayudaron a construir una imagen positiva de los negros ante los blancos: la del buen trabajador. Louis piensa, en cambio, que su padre sólo es un sirviente de los blancos y que eso no hace más que continuar menoscabando la dignidad de los negros. Lo único cierto es que hay varias formas de hacer revoluciones: la resistencia pacífica que enseñó M. L. King, inspirado en Gandhi, los movimientos sociales que se convierten en alternativas políticas, las iniciativas individuales de hacer bien las cosas, de hacer lo que se debe. Padre e hijo se insertan en esta búsqueda de alternativas de acción para cambiar las cosas, el orden de la sociedad. Pero aquí terminan las cualidades de la película y empiezan sus dificultades argumentativas…

La señora “chirriadísima” que está a mi lado le dice a sus dos amigas –apenas se termina la película–: “Menos mal que vinimos a ver esta; es un documento histórico”. Y así es. De las primeras décadas del siglo XX hasta el “histórico” 2008 de Barack Obama, El mayordomo es una recreación de las luchas sociales y de los movimientos culturales (el jazz, el blues, el rock’ roll, el disco, el funk como música de fondo) llevados a cabo por la comunidad negra de Estados Unidos para defender sus derechos civiles como ciudadanos estadounidenses. El director alterna las escenas de la película con fragmentos extraídos de noticieros de la época y eso le da más credibilidad y fuerza a las imágenes.

La buena (¿?) noticia es que hace algunas décadas la señora “chirriadísima” que va a ver “cine arte” para “culturizarse” y para tener de qué hablar con sus amigas a la hora del té –y me pregunto yo misma para qué voy– no hubiera dicho eso… Miro a mi alrededor y no hay ninguna persona negra en la sala; miro fuera de la sala de cine y tampoco. Sin embargo, podemos sentirnos bien con nuestra conciencia porque alguien hace una película como esta que, además, a los únicos presidentes blancos que condena son a Nixon y a Reagan, pero esto no tiene nada de peligroso, porque la misma historia ya lo ha hecho. Kennedy sigue siendo un héroe y un mártir y duele más su muerte que la de Martin Luther King (la de Malcolm X ni siquiera se menciona) o la del hijo que muere en la Guerra de Vietnam. Los blancos que se oponen a la igualdad entre ellos y los negros son representados como monstruos, locos, enfermos, y el único negro que “avergüenza” la “raza” es un apostador y bebedor que termina asesinado por su propia esposa.

Más que todo esto, más que la parcialización de la historia (que siempre existirá), El mayordomo presenta a tres personajes: padre, madre e hijo. Los tres hacen sus revoluciones individuales, los tres toman conciencia de sus vidas, de su pasado y de lo que quieren que sea su futuro y actúan coherentemente para hacerlo realidad. El cambio debe ser una responsabilidad individual, primero, y debe ser en el presente, porque desde allí se conoce cómo será el futuro.


En este punto hay que recordar a Django unchained, la película de Tarantino y su estilo políticamente incorrecto de dejar a los blancos estadounidenses fuera de foco, al igual que a algunos negros con pensamiento de blancos. Y, claro, hay que recordar Precious… La belleza en medio de lo atroz, la alegría en medio de lo más doloroso. Si Precious muestra muchas de las desigualdades que perviven en la actual sociedad estadounidense, contra la comunidad negra, El mayordomo debía ser –como, de hecho, lo es– una mitología del triunfo.

jueves, 31 de octubre de 2013

Cazando luciérnagas



Siguiendo la senda que han trazado películas como La sombra del caminante, Los viajes del viento, Apocalipsur, Karen llora en un bus y Sofía y el terco (y las ya clásicas La estrategia del caracol, La gente de la Universal y Confesión a Laura), Cazando luciérnagas demuestra que hace rato el cine colombiano es más que violencia armada, traquetos, mujeres tipo video de reggaetón, chistes flojos y películas tipo televisión en horario familiar.

Producida, entre otros, por Dago García (quien con esto demuestra que sabe reconocer buenas historias, pese a que no las hace él mismo), esta película de Roberto Flores Prieto, basada en un cuento escrito por Carlos Franco, se mueve entre agua del mar, arena, árboles, montañas, una construcción abandonada de las Salinas del Caribe y un container que hace las veces de habitación para dormir.

La vida de Roberto Manrique pasa solitaria, lenta y rutinariamente (la espectadora sentada detrás de mí, ya estaba desesperada, después de media hora de película; la de mi lado se puso a hablar por celular y después le dijo a su pareja que no importaba, porque ahí no pasaba nada), mientras realiza sus rondas de inspección en esa construcción abandonada que vigila. De él no sabemos nada; sólo que no le gustan los chistes que, todos los días, le cuenta su compañero de trabajo, a través del radio teléfono, cuando se comunican para rendir el informe de “total normalidad”. ¿Quién escoge un trabajo en donde no deba tener contacto con ningún ser humano?, ¿por qué alguien escoge un trabajo lejos de relaciones humanas, de la ciudad?

Por momentos, pienso en León, en El perfecto asesino, pero Roberto –Marlon Moreno, papasito– es distinto, logra transmitir algo distinto con su solitariedad, su tranquilidad, su firme decisión. Todo cambia cuando empieza a rondar una perrita (la mejor actriz de toda la película, no porque los otros dos no sean buenos; los tres están a la altura de las circunstancias cinematográficas–), cuando Roberto decide dejarle comida, cuando pone por primera vez su mano encima de su lomo.


Detrás de la perrita llega alguien más: el pasado que, siempre, vuelve para demostrarnos que no todo es como lo recordamos.


“No hay soledad / bailando a la orilla del mar, no hay soledad / bailando a la orilla del mar”.

jueves, 24 de octubre de 2013

Blue Jasmine



Rubia, glamorosa, blanca, alta, esbelta, de ojos azules, de "bellas" facciones, de "buen gusto" y "buenos modales", Jasmine ha aprendido desde pequeña que uno no es quien es, sino quien quiere parecer. Desde niña, adoptada, al igual que su hermana, se convirtió en la preferida de sus padres y, en lugar de terminar su carrera de Antropología, se casa con un hombre que le promete lo que sus padres querían para ella: "Vivir como una reina". Así, Jasmine pasa sus días entre casas de playa, hoteles caros, avenidas llenas de tiendas de famosos diseñadores, reuniones con amigas, preparación de fiestas, comidas y almuerzos de beneficiencia. Jasmine es el complemento perfecto para la "respetabilidad" de cualquier hombre que sea o aspire a ser "público": un "gran" empresario o un pretendiente a político. Jasmine es el perfecto adorno de la casa amplia al frente del mar o a las afueras de la ciudad; Jasmine lo sabe, le gusta hacer ese papel y ha olvidado cualquier otro.

Pero en esos mundos donde lo más importante es la apariencia -esos que tanto critica Woody Allen cada vez que puede-, un descuido puede ocasionar que emerja una parte de la realidad. Entonces, Jasmine, fuera de todo su mundo conocido, debe empezar de nuevo, pero no entiende cómo debe hacerlo. Ella es la mujer que la mayoría de los hombres quieren encontrar cuando llegan a la casa, la que quieren exhibir en las reuniones y fiestas: la perfecta dama, una muñeca de colección, un florero caro. Jasmine nunca será infiel, Jasmine siempre estará del lado de su marido, Jasmine siempre lucirá perfecta, pero cuando cualquier amenaza aparece y ella sienta que pierda lo conocido, entonces se romperá por dentro (no por fuera; eso no está permitido) y cometerá un acto desesperado. Jasmine es la analogía perfecta del sueño de muchas mujeres (increíble cuántas) que aun aspiran a que un hombre rico las mantenga, mientras ellas sólo deben dedicarse a ser bellas y perfectas; el peligro está en la fragilidad que construye esa imagen...

Los personajes de Allen no caen en la caricatura: ni los que vienen del mundo de la opulencia, ni aquellos que habitan en el límite de lo estrictamente necesario. Jasmine es encantadora con quien le conviene serlo y terriblemente ácida con quien no le representa ningún beneficio económico o de "buen nombre". Tiene el comentario perfecto y el perfecto tema de conversación con quien quiere congraciarse y es, insoportablemente amarga con quien no entra en los estrechos límites de su visión de mundo. Ginger, su hermana, es la "consentida" por la dirección de Allen, aunque de otra manera; ella y sus dos parejas son las víctimas del mundo de apariencias construido por quienes creen en él, tan solo porque ellos son los que ya están acostumbrados a no tener, a no ganar. Ginger, a diferencia de Jasmine, es capaz de reconocer sus errores y empezar de nuevo, es la mujer de los eternos comienzos y de los limpios finales.

No tan divertida (ni tan esnobista) como Medianoche en París, no tan ligera como A Roma con amor o Si la cosa funciona, no tan amarga como Match point o -de cierta manera- Conocerás al hombre de tus sueños y, menos mal, no tan cliché como Vicky Cristina Barcelona, Blue Jasmine tiene el guión perfecto, las actuaciones perfectas y la carga de humor adecuada para que el espectador no quede contagiado con el "break down" del personaje ni empalagado con su "encanto" discriminativo. Lo esencial para que se genere la compasión y, al mismo tiempo, la distancia: un blues perfecto.

CODA: ¿Quiénes son los encargados de elegir los cortometrajes nacionales que se presentan antes de la película en las salas de Cine Colombia? ¿Cuándo van a dejar de pasar (llevo más de un mes repitiéndomelo) ese "juicioso" ejercicio cinematográfico, pero pésima pieza de creación titulada Fábula? Ahora me entero que ha representado a Colombia en festivales internacionales y nacionales... Este trabajo final de grado de un estudiante de la UJTL sirve para demostrar que se tienen los conocimientos técnicos sobre cine, pero que estos no son suficientes para hacer cine; tal vez sí, si a lo que aspira el director es a dedicarse a la publicidad o a las películas decembrinas (y en este caso, tendría que retirar todo lo dicho). Este cortometraje tiene demasiados clichés que van desde el anciano que camina encorvado y algo cojo, hasta el muñeco de madera que sólo puede ser un "Pinocho" y la música que llena al espectador de sentimientos tipo comercial de Bancolombia. Sentimientos fáciles e imágenes fáciles... Ojalá trascenderlas sólo sea cuestión de práctica.

domingo, 20 de octubre de 2013

Seducción: realismo extremo en la década del setenta en Colombia

Miguel Ángel Rojas

Luis Caballero

Santiago Cárdenas

Saturnino Ramírez

No lo puedo evitar. Veo la noticia en la página web de una conocida revista cultural y consigno la visita a la exposición como plan en mi agenda. La exposición, que estuvo hasta hoy en una de las salas del Gilberto Alzate Avendaño, exhibía dibujos, pinturas y esculturas de diversos artistas colombianos, cuya mayor producción se concentró en la década de 1970. Cuerpos, objetos, lugares, instantes… Este es el momento en el que la fotografía se acepta, dentro de la crítica de arte y dentro de los artistas mismos, como punto de partida de la creación de una imagen pictórica; este es el momento en el que pintar desnudos deja de ser visto como motivo de excomunión del artista; este es el momento en el que el tema urbano como motivo pictórico es aceptado, sin mayores miramientos, por la crítica; este es el momento en el que la “realidad” entra sin problemas en las artes plásticas, en el arte colombiano, en el que se acepta que no se trata de una reproducción, sino de una reelaboración.

Por esto, porque mis padres se conocieron en esa década, porque se casaron en esa década, porque mis referentes primeros, entonces, son de esa década; porque a mi casa -producto del azar- llegó un libro en donde vi las primeras pinturas de esos artistas que volví a encontrar en esta exposición; porque esas pinturas me enseñaron que el arte colombiano no era sólo lo que me mostraba mi profesora de literatura en el colegio; porque era un arte que le hablaba a mi cuerpo y a mi realidad, porque era más cercano que María y Tomás Carrasquilla; porque eran pinturas que me daban ganas de tocar, porque sentía lo que Luis Caballero explicaba: “Dibujar no es reproducir la realidad, sino tratar de apropiarnos de la emoción fugaz y siempre distinta que produce en nosotros esa realidad”; porque tenía fantasías eróticas con ellas, cuando mi cuerpo no distinguía entre la emoción “estética” y la emoción “cotidiana”; porque, como dice Darío Morales, era ante ese “realismo” “como lo era el hombre primitivo”, mirando para apropiarme de esas figuras, de esos cuerpos que aún no eran el mío, que aún no conocía.

Hoy, cuando distingo las líneas, las formas, la textura, los colores, vuelvo a mirar las fotografías en el libro viejo que aún conservo, que me traje de casa de mis padres para mirar y repasar; la sensación es la misma.


(Faltaron fotografías de las obras de Alfredo Guerrero, Óscar Muñoz, Óscar Jaramillo, Darío Morales y Mariana Varela...).